El tren de los recuerdos

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No era una mañana cualquiera y ella lo sabía. Aquellos duermevelas de la noche anterior habían puesto de manifiesto el nerviosismo que recorría su estómago, el cual había impedido degustar de forma complaciente la deliciosa cena de aquel jueves.

Al día siguiente conocería a la hija de Roberto, su actual pareja, por insistencias de éste, no por gusto de ella. Seis meses de relación, comenzaban a tatuar lentamente cambios sustanciales en su ritmo de vida, y eso no acababa de gustarla.

Las idas y venidas, viajes y estancias en diferentes lugares de la geografía española, habían ayudado a que sus relaciones anteriores no hubiesen sido demasiado duraderas, situación que en el presente no se daba, al haber cambiado de empresa, y haberla ofrecido la posibilidad de trabajar desde casa.

“El sábado es el cumpleaños de la niña, ¿no crees que es un buen momento para que os conozcáis? Llévala un libro de regalo y acertarás, lo que más le gusta son las historias fantásticas”, le había dicho Roberto durante el transcurso de aquella cena.

Éste había salido rebotado en su anterior relación, escéptico de poder volver a rehacer su vida, después de que su anterior mujer lo abandonara, dejándole junto con su pequeña de seis años, por un empresario aragonés para el que ella trabajaba.

Amaneció un viernes espléndido, un sol radiante presidía ostentoso el cielo azul, por el cual campaban a sus anchas los vencejos y las palomas, sembrando la enorme cúpula celeste de cientos de manchas negras, que pululaban entre los jactanciosos edificios de hormigón y cristal que aspiran a tocar el cielo con cada amanecer.

Salió del portal, el número cinco de la calle Serrano, miró al cielo, “nunca más se volverá a repetir esta primavera” se dijo, y anduvo largo rato, ensayando mentalmente esas frases de presentación que pensaba suelen decirse delante una niña, para quedar lo mejor posible, mientras en su cabeza ordenaba sus asuntos.

“La compraré un cuento, o mejor una muñeca”,-hasta luego Joaquín-, “hay que ver lo que ha engordado este hombre. No, ya no tiene edad para muñecas, o quizá sí”.

-Buenos días Matilde-, “vaya cotilla, mejor sería que estuviese en casa con su pobre marido, en vez de hacer guardia en la esquina para ver quién pasa”.

- Hasta luego Germán, ¿qué dicen hoy los periódicos?-

-Nada nuevo, mentiras como siempre-, contestó el quiosquero cortésmente.

“Adiós fisgona. Mejor un libro y me quito de historias, si le gusta que lo lea y si no que lo tire. Haré caso a su padre, un libro y barato, por que más de diez euros no me gasto en esa cría, a saber donde acaba el regalo luego, sabiendo que viene de mi parte”.

A pesar de su desidia hacia el mundo de la literatura, Gloria accedió al consejo de Roberto, y pensó que para una pequeña de diez años, a medio camino entre una inocente niña y una adolescente insoportable, regalarle un libro suponía un peldaño más para conseguir un acercamiento pausado, acción que no estaba muy convencida de querer llevar hasta sus últimas consecuencias.

Entró en la librería. Atalayas inmensas de libros flanqueaban los angostos pasillos que se perdían camino a una oscuridad desconcertante. Un mostrador repleto de volúmenes forrados en cuero daba la bienvenida a los pocos clientes que atravesaban aquella puerta, a pesar de esas horas, en las que la gente bullía en el exterior, invadiendo las aceras como una plaga indeleble. Un hombrecillo de mirada ausente que se escondía tras unas gafas de pasta marrón le dio los buenos días, mientras con su dedo índice repasaba columnas infinitas de nombres y títulos.

-¿En qué puedo ayudarla?, le preguntó sin apenas mover la vista de aquella lista interminable que blandía en una hoja de papel.

-Buenos días-, dijo ella,-buscaba algo para una niña de unos diez años, algo que la entretenga.-
-¿Qué clase de historias le gustan?-

-No lo sé, no la conozco, y el tipo de libro es indiferente, sólo quiero uno que aleje su atención de mí, ¿entiende?-

Aquel hombre levantó la vista de su tarea y clavó su mirada en ella, sus ojos se elevaron por encima de sus gafas, y se fijaron en el rostro serio e irascible de Gloria.

-Bien, veré que podemos tener por ahí.- Dijo confuso, y salió de detrás de su diminuta trinchera. Al salir, Gloria tuvo la impresión de que aquel tipo había menguado, debido a que unas tarimas colocadas detrás del mostrador ayudaban a darle una apariencia más corpulenta, y sin apenas cambiar el ritmo lento en el ejecutar de sus tareas, se perdió por uno de los pasillos que conducía hasta una puerta trasera.

Un extraño reloj de cuco anunció, con un sonido agudo y desagradable seguido de un absurdo baile de un pequeño verdecillo, las once y media, ella miró su reloj y frunció el ceño. Aquel hombre había desaparecido y una impaciencia adormecida comenzó a atormentar su estancia en aquel, para ella, tétrico lugar.

Inesperadamente, una anciana apareció tras un viejo estante. Llevaba un vestido blanco, que descendía por su cuerpo escuálido hasta posarse en sus pies, ocultando unas sandalias acharoladas, de un intenso color rojo, que Gloría enjuició como inapropiadas para aquellos atuendos. El pelo suelto, sujeto en la nuca por una larga coleta, formando un escobajo de cabellos canosos que caían perezosos sobre su espalda encorvada, como una pequeña cascada de aguas plateadas y serenas.

Portaba dos libros bajo su brazo, se acercó a paso lento, ocultando su mirada tras unas diminutas gafas del mismo color que las sandalias, caminando sin perderla de vista, hasta estar frente a ella, y se detuvo a escasos centímetros.

-Aquí tiene lo que pidió.-Dijo con una voz temblorosa que al salir de su garganta manaba decadencia.

-¿Quién es usted, y dónde está el señor que estaba en el mostrador?-

-Ha tenido que salir, me ha dado esto para usted.-

-Yo sólo le he pedido un libro para una niña.- Explicó tajantemente a la anciana.

-Lo sé, este otro es para usted.-Dijo estirando su mano arrugada y trémula, ofreciéndola el libro.
-No, yo no quiero libros, no tengo tiempo para leer, además tengo un poco de prisa.-

-¿No tiene tiempo de soñar?, preguntó la anciana mirándola fijamente a los ojos.

-No, sólo tengo tiempo para trabajar, sería tan amable de cobrarme el libro de la niña, ya le he dicho que tengo algo de prisa.-

-Lléveselo, seguro que le va ha gustar.-

-Le he dicho que no, si quiere me cobra el de la niña, y si no me iré a comprarlo a otro sitio.-
-Perdóneme, tiene razón, aquí lo tiene.-

Metió el libro en una pequeña bolsa, y cogió con sus manos ajadas y temblorosas el billete de veinte euros que Gloria le daba.

-Aquí tiene, espero que lo disfruten.-

-Espero que ella lo disfrute, que para eso es.- Espetó Gloria sin ninguna simpatía.

-Ahí se equivoca, un cuento infantil no es para disfrutarlo a solas, el adulto disfruta, viendo cómo el niño sueña al escucharlo.

-No, creo que esto no sucederá jamás. Que tenga un buen día.-

-Hasta la próxima, espero que disfrute del viaje.-Susurró la anciana en una despedida que sólo ella entendió.

Gloria salió de la librería, sin hacer caso a las palabras de la señora y cerró la puerta dejando atrás el pequeño tintineo de una campanilla que colgaba del techo, y abordó la calle abarrotada.

-“Las gafas”.- dijo en voz alta, y volvió a entrar, liberando el sonido que de nuevo había vuelto a ser apresado por la campanilla y buscó con la mirada a la anciana, pero no había nadie.

Miró al mostrador, vio las gafas que reposaban en su madera añeja, las cogió, y se dirigió hacía la puerta.

De repente la voz de aquel hombre la detuvo.

-Aquí lo tiene, Alicia en el país de las maravillas, éste seguro que le gusta.-

-¿Perdón?, le dijo Gloría, con el rostro perplejo.

-El libro, aquí está, con éste seguro que acierta.-

-Ya tengo el libro, su madre me lo dio.-

-Perdone, pero mi madre murió hace diez años.

Los ojos de Gloria se abrieron de par en par, pero su sentido común la rescató de sus fantasías y la recondujo a la realidad que guiaba sus pasos por la vida.

-Discúlpeme, pensé que la señora de blanco era su madre, ella me lo dio y me lo cobró.
-Señora, estamos solos en la tienda, aquí no trabaja ninguna señora mayor.

Gloria miró nuevamente al mostrador, el billete de veinte aún permanecía encima de la madera, dio dos pasos hacia atrás y palpó el contenido de la bolsa. Allí estaba, el libro que había comprado.
-“Esta gente está como un cencerro, no me extraña, todo el día rodeados de seres irreales, y lo que es peor, de la vida de sus creadores”, pensó Gloría.

-Adiós, dijo, y abordó la calle con la mirada perdida, confundiéndose entre la multitud que la ocultaba en su fuga, camino a casa.

Abrió la imponente puerta blindaba que la protegía, en su soledad, del resto del mundo en las noches a solas. Descalzó sus pies cansados de encaramarse diez centímetros por encima del resto de la humanidad. Encendió el ordenador y se dispuso a acabar con la auditoria que la tenía absorta.

Dejó la bolsa con el regalo colgado del perchero de la entrada, junto con el bolso que la acompañaría en el gran acontecimiento del viernes.

Se sentó en su butaca de trabajo y comenzó a releer balances.

Al cabo de dos minutos, una sensación de dependencia la condujo nuevamente al perchero, en busca de su ansiado paquete de cigarrillos.

Abrió la cremallera, metió su mano temblorosa por la adicción y rebuscó entre la madeja de cosas que abarrotaba normalmente todos sus bolsos.

Al instante su mano se detuvo, había palpado algo extraño con la yema de sus dedos, algo que no recordaba haber puesto en aquel saco.

-¿Un libro?-, dijo en voz alta, custodiada por la soledad de su apartamento.

Tiró de él y lo sacó del bolso. Lo miró como quien mira un objeto desconocido, no antes visto y comenzó a ojearlo.

Era un libro de cuentos infantiles y fábulas, pinzó el libro por completo con su dedo pulgar y su corazón, y comenzó a liberar páginas pausadamente, deteniendo la lectura en algún que otro párrafo, la última página era un billete de tren, perteneciente al mismo libro, cosido al mismo lomo que el resto de las páginas, lo miró y en él leyó su nombre. Origen Madrid, carente de destino.

Soltó el libro, que provocó un fuerte estruendo al golpear en la caída la tarima barnizada.
-No puede ser. Maldita vieja, ella lo ha tenido que meter en el bolso, la muy…, pero ¿cómo se las ha apañado, cómo sabe mi nombre?-

Tiró el libro sobre la encimera de la cocina, abrió la nevera, se sirvió una copa de vino y encendió su ansiado pitillo, iluminando su punta incandescente con una larga calada. Miró el libro de reojo durante unos segundos y esbozó una sonrisa de medio lado mientras sujetaba el cigarro con los labios.

Permaneció sentada el resto de la mañana frente al ordenador, haciendo anotaciones en los alocados papeles y mandando informes por mail, gracias a esa tarea, comenzó a olvidar poco a poco el suceso del libro.

Levantó la vista de la pantalla del portátil y miró al reloj que colgado, desde aquella pared, marcaba su vida.

-Las tres, hora de comer preciosa,- se dijo a sí misma.-

Repentinamente, nada más sentarse, el sueño comenzó a apoderarse de su cuerpo y su cabeza, y decidió tumbarse en el sillón del salón.

-Echaré una cabezada antes de comer, luego seguiré trabajando.-

Estiró las piernas en el gran sofá que la acompañaba en muchas noches solitarias y cayó en un profundo sueño.

Un humo vaporoso envilecía la visión de un andén, a través del oscuro túnel en el que se encontraba. Avanzó andando, titubeante en su caminar, desconfiada pero impaciente por llegar al otro extremo, en el cual ya se adivinaba a gente bullendo en un movimiento descompasado, mientras el tumulto y el griterío iba creciendo.

Levantó la vista que permanecía petrificada en sus zapatos, iluminando su mirada con el color rojo de éstos. Todo a su alrededor era extraño, y esa ausencia de realidad la inundó de desconfianza.

-Perdón, ¿dónde estoy?-, preguntó a un hombre de pequeña estatura, cuya cara centenaria estaba completamente saturada de gruesas arrugas.

El diminuto duende acompañado de otro ser de similares características se detuvo ante ella, la miró de arriba a abajo y dando un codazo a su acompañante le dijo con voz aflautada.

-Otra que llega tarde,- y soltó una carcajada aguda que penetró por su oído dando un leve martilleo en su cabeza.

-¡Llego tarde!, ¿adonde?-

De repente el silbato del tren sonó y un revisor con la cabeza nimbada por una gorra de plato, se asomó por una de las ventanas de la locomotora.

-¡Viajeros al tren!-, vociferaba otro revisor mientras caminaba recorriendo el tren de adelante hacia atrás, haciendo sonar una pequeña campanilla.

La muchedumbre arrastró a Gloria hasta llevarla a unas escaleras en cuyo quicio resplandecía un gran número trece de color dorado. Apoyó el pie en el primer peldaño y subió.

Era un habitáculo majestuosamente decorado. Un vagón del siglo XVIII, construido en madera policromada, resplandeciente, tallada con todo lujo de detalles y con miles de grabados que engalanaban su quietud. Gloria caminó por el pasillo, avivada por las decenas de personas que, como ella, subían en tropel a aquel tren. Giró a la derecha, y se introdujo en uno de los compartimentos interiores, librándose de los empujones y la algarabía que distorsionaba la belleza de aquellos pasillos. Tomó asiento en uno de los escaños, y miró por una de sus ventanas, en un breve vistazo pudo ver como los miles de personas que invadían aquel anden, habían desaparecido, e intuyó que habrían subido al tren.

El vapor que ascendía desde las ruedas metálicas, cubría todo aquel escenario y un suave olor a primavera ascendía hasta su nariz, impregnándola de una agradable sensación de infancia ya casi olvidada.

Sonó un pitido largo, y el tren comenzó a andar, dejando atrás aquella nublosa estación, y abriéndose paso hacía un mundo desconocido para ella.

Al cabo de un instante, el acomodador entró al vagón, pidiendo los billetes.-Billetes, por favor.-, le oyó decir desde el otro lado de la puerta.

Un tipo corpulento que transportaba bajo su nariz un gran mostacho, el cual impedía la visión de su labio superior entró al compartimiento y fijó la mirada en Gloria, que permanecía hipnotizada, inmersa en el paisaje que gratuitamente brindaba la ventana.

-Señorita, ¿su billete?-

-¿Perdón?, contestó ella con semblante ausente.

-El billete por favor.-

En un movimiento involuntario, rebuscó en su bolso, removiendo los objetos que contenía de un lado a otro, y palpó algo parecido a una tarjeta. La sacó y la miró extrañada. Era el mismo billete que se encontraba en el libro que la anciana había escondido en su bolso.

-Ese, ese es.-, dijo el revisor.

Estiró su gran mano y lo cogió, rasgó uno de sus vértices y se lo devolvió.

-Perdón, ¿hasta dónde va este tren?-Preguntó Gloria que parecía haber vuelto de un letargo lejano.

¿Hasta donde?, no, no, no es hasta donde. Es hasta quién-, le contestó marcándose una sonrisa que hizo que su gran mostacho virase hacía un lado como un gran galeón pirata.

El revisor salió del compartimiento, y sus pasos fueron perdiéndose en la lejanía.

Estaba sola en aquel mini espacio, sin saber adonde se dirigía y sin tener la menor idea de cómo podía salir de allí.

Miró por la ventana, los paisajes grises y nublosos que la dieron la bienvenida, se habían transformado en un mundo colorido y lleno de vida. Grandes praderas verdes ilustraban su mirada y en el horizonte, se divisaba un pueblo, uniendo a través de él el cielo con el verde follaje. Un pueblo en el cual cuando era niña, disfrutó de la vida como nunca había vuelto a disfrutar.

Aquella reminiscencia hizo que acercase aún más su cara al cristal, ello provocó que su aliento empañase el trozo de vidrio que su nariz tocaba. Entonces pudo distinguir entre todos los reflejos que el cristal desprendía dos pequeños ojos, que la miraban fijamente. Se separó súbitamente y se miró las manos, buscando en ella misma algo que no había reconocido en esa imagen. Su cuerpo era el de una niña de diez años, y sus ojos, esos que vio reflejados en la ventana, desprendían el vigor y la emoción que sólo a esa edad se posee.

Abstraída por su recuerdo, el tren se detuvo.

Miró por la ventana. Un grupo de personas avanzaban en dirección a una pequeña estación y en un cartel adosado a la pared pudo leer.-BIENVENIDO AL AYER.-

De pronto la ventana se tornó negra, impidiendo ver el exterior del vagón. Comenzaron a aparecer reflejos dorados, y la imagen volvió a ser poco a poco cada vez más nítida, pero no era la imagen de la estación. El interior de un salón apareció ante sus ojos, una mujer de mediana edad y una niña, interactuaban en aquel escenario. La mujer tenía cogida a la niña en su regazo y entre sus manos, a la vez que la abrazaba, sujetaba un libro.

Apenas oía nada, pero en los ojos de aquella niña, pudo leer la felicidad, la emoción y el deseo de seguir escuchando, entonces enfocó su mirada hacía el vidrio y pudo ver el reflejo de sus ojos, los mismos ojos que miraban entusiasmados las páginas de aquel libro.

Una lágrima resbaló lentamente por su mejilla, mojando su tersa piel, y moría en la rodilla, empapando el fino lino blanco que la cubría.

La imagen volvió a borrarse, un pitido descortés hizo que el tren se pusiese nuevamente en movimiento, el traqueteo crecía ferozmente y los vagones vibraban al paso de las ruedas por los raíles metálicos. Secó sus mejillas con la manga del vestido y se aferró a los apoyabrazos del sillón. El miedo se apodero de ella, que sumida en la oscuridad de aquel habitáculo, esperaba el peor de los desenlaces. Cerró los ojos, los temblores de la madera que cubría su asiento se trasladaba a su propio cuerpo, transmitiéndola aquellos bandazos, haciendo que su pequeño cuerpo se golpease con las paredes del vagón.

Abrió los ojos a la vez que dejaba que un grito escapase de su garganta. A medida que el tren se desbocaba cada vez más su voz se tornaba más grave. Miró sus manos y pudo ver como su piel, envejecía con cada metro que aquel tren recorría. Una súbita oscuridad se apoderó de todo y en un golpe seco el tren se paró.

Gloria abrió sus ojos asustados, mientras sentía como su corazón pedía más espacio. Un grito apagado se había quedado en su garganta y en una aspiración repentina, despertó.

Un sudor frío cubría su frente en diminutas gotas latentes. Se incorporó en el sillón y palpó sus piernas, como temiendo el no encontrarlas en su sitio.

Miró sus pies, y observó con asombro que estaban calzados por los mismos zapatos rojos que los calzaban en aquel vagón, y un vestido blanco cubría su cuerpo.

Se puso en pie, asustada, mirando de un lado a otro del salón. En su escrutinio, fijó la mirada en el libro que reposaba sus páginas en la encimera de la cocina y se dirigió hacia él.

Lo cogió y lo abrió por la última página, en busca de aquel extraño billete. Allí estaba, cosido al libro, pero en un segundo vistazo se percató con asombro de que a aquel trozo de papel, le faltaba una esquina, el pequeño pico que aquel revisor había cortado en su presencia.

Acabó de desperezarse, cambió aquel vestido blanco por su ropa y con decisión salió de su casa en dirección a aquella librería.

Entró sin tener en cuenta el desagradable sonido que aquella campanilla despedía al abrir la puerta. La tienda estaba vacía, los libros habían desaparecido de los estantes, y ocupaban miles de cajas que esperaban su traslado a algún lugar.

¡Hay alguien!, vociferó, pero nadie contestó.

Caminó sigilosamente entre las cajas apiladas y vio a una mujer al fondo de uno de los pasillos, era ella, la anciana que la había dado el libro.

-¿Qué tal estás Gloria, te gustó?- preguntó la anciana desde el fondo del pasillo.

-¿Quién eres y que es lo que me ha pasado?-

La mujer avanzó a través de la penumbra que brindaba aquel pasadizo y se quedó parada en medio de un rayo de sol que atravesaba con fuerza la media luna de cristal que decoraba la puerta de la entrada.

Gloria miró fijamente a los ojos de aquella mujer, y su pulso comenzó a acelerarse cuando pudo ver que aquellos ojos, eran los ojos de la niña que miraba emocionada el cuento, los mismos que se reflejaban en el cristal de la ventana de aquel vagón, los ojos que la miraban con cariño al sonido de un beso, mientras le daban las buenas noches envueltas en una dulce voz, los de aquella mujer que noche tras noche, cuento tras cuento, construyó en su cabeza el habitáculo perfecto para almacenar fantasías, los ojos de su madre, la cual murió cuando sólo tenía doce años, marcando su infancia, la cual el obstinado pasar del tiempo había difuminado de su memoria, borrando los malos recuerdos, pero también los buenos, con la esperanza de así, paliar el dolor.

Salió corriendo de la tienda, chocando contra la gente que subía por la calle. Presa de un sentimiento de culpabilidad que la comenzaba a taladrar su autoestima, al haber dejado, durante su vida, que aquellas fantasías que su madre había instalado en su mente volasen lejos, ocupando ese hueco con las tercas verdades que el día a día le había obligado a digerir.

Llegó a casa, cerró la puerta y se quedó mirándose al espejo que la despedía cada mañana, observando como las lágrimas descendían lentamente por sus mejillas enrojecidas. Miró sus ojos enrojecidos, y su sonrisa comenzó a borrar la tristeza que su rostro había adquirido durante tantos años. Cogió el bolso y con paso firme se dirigió a casa de Roberto.

Llamó al timbre, una pequeña de pelo rubio abrió la puerta, y se quedó mirándola fijamente, a los ojos.

-¡Papa, es Gloria!-y su pequeña boca formó una preciosa sonrisa.

-Tu eres Sara,- dijo Gloría con los ojos enrojecidos, -es un placer, conocerte, no te imaginas las ganas que tenía de venir.-

Roberto desde dentro, acomodado en un sillón, oía con escepticismo y sorpresa las palabras de Gloría, pero ella sabía que eran verdad, que aquel sentimiento de euforia no era una quimera, sabía que había nacido en lo más profundo de su alma, en el mismo lugar en el cual se guardaban sus recuerdos.

-¡Que sorpresa!, no te esperábamos hasta mañana-, le dijo Roberto, mirándola, desconfiado, intentando adivinar en sus ojos la razón de la inesperada visita.

-Necesitaba veros-, y sus ojos comenzaron a mostrar la emoción que contenían.
Y sin dar más explicaciones entraron en casa.

La cena transcurrió como nunca ninguno de los tres hubiera soñado. Las conversaciones a tres, sólo eran interrumpidas por las risas que nacían de la buena armonía que reinaba en la mesa. La noche fue apoderándose de las horas, tiñendo el atardecer amarillento en una tenue negrura que se instalaba suavemente en aquel salón.

-Es la hora de dormir- le dijo Roberto a su hija.

-He traído algo para ti,- le dijo Gloria,-si te apetece subimos a tu habitación y te lo doy, y no te preocupes que mañana recibirás tu regalo de cumpleaños.-

-De acuerdo,- y juntas subieron de la mano las escaleras que conducían a su cuarto.
Gloria le dio el paquete, que ella abrió impacientemente, y exclamó un “gracias” que sonó a sus oídos como el más sincero jamás oído hasta entonces.

Abrió el libro por la primera página y leyó con voz dulce.

-El tren de los recuerdos-, y tras una breve pausa su voz invadió la habitación.

-Había una vez, en un país muy lejano…-

A medida que los párrafos avanzaban al ritmo vibrante del traqueteo de aquel tren que protagonizaba la historia, los párpados de Sara se cerraban, abandonando la realidad, sumiéndose en un profundo sueño, transportándose al maravilloso mundo que está en su fantasía, a la vez que los ojos de Gloria se llenaban de felicidad mientras recobraba los recuerdos que su vida había ocultado durante tanto tiempo, mientras degustaba con ella cada palabra, cada frase que impresa en el papel inerte, tiraba como una locomotora que nuevamente reconducía su vida.

Luis Haro Berlanas


.Os vais a reir de mí, pero leyendo este relato de Luis me he emocionado y se me han humedecido los ojos... es simplemente precioso, de verdad, os recomiendo a todos que lo leáis. Gracias Luis.
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