Lujuria, alcohol y muerte


La luna alumbra la calle a lo lejos, algunas noches, en estado de embriaguez, corría intentando alcanzarla, pero nunca lo lograba, parecía que, burlona, se alejase de mí, incluso me parece ver su gesto divertido.

Entro como cada noche en el antro de paredes empapeladas en ocre y barra iluminada por las mortecinas bombillas de unas lámparas de antiguo cabaret, decoradas por unos sucios flecos, que caen deshilachados y perezosos alrededor.

El barman, un tipo más bien enjuto, sostiene el cigarro sin filtro entre sus dientes, mientras murmura para sí, frotando, a la par, con un paño embadurnado de solo dios sabe el qué, uno de los tubos de vidrio que a posteriori servirá algún incauto. De pronto un fuerte aroma, con marcadas notas acarameladas me hace girar en redondo sobre el alto taburete rojo en el que estoy sentado, con una copa de Martini en la mano. La bella mujer de voluptuoso contorno atraviesa la estancia con caminar vulpino, provocando las miradas de unos y otras. Su oscura cabellera cae lustrosa por la espalda y solo unos afortunados cabellos se escapan sobre su perfectamente moldeado busto, ligeramente al descubierto, gracias al generoso escote en pico del sugerente vestido en tonalidad carmín que le cae justo por encima de las rodillas.

El rojo omnipresente, parece brillar en su mirada, pero quizás sea solo el reflejo de una de las luces que se reflejan en la obsoleta bola de discoteca, que cuelga, peligrosamente de un hilo de pescar del techo lleno de desconchones.

Con un gesto de la mano, me indica que le siga y yo, por supuesto, no me lo pienso dos veces. Se gira para tentarme con la mirada, puedo saborear la lujuria en sus carnosos labios, ahora fundiéndose con los míos. Me agarra con fiereza de la camisa a rayas azules y grises que llevo y me introduce en el viejo almacén. El olor a humedad y alcohol desparramado serían insoportables, si su embriagadora fragancia no las tapase por completo.

Nuestros cuerpos jadeantes rebotan contra las cajas, cuyas botellas vacías resuenan como mil campanas, acalladas por la música de la siguiente canción. Me acorrala contra la pared y entro en éxtasis al notar su húmeda lengua descendiendo por el lóbulo de mi oreja derecha, no puedo evitar agarrarla con más fuerza, como deseando fundirla con mi cuerpo. De pronto una dolorosa punzada rompe el clímax. Noto un agudo dolor en el cuello y la hasta entonces inofensiva doncella se transforma ante mis ojos en un ser endemoniado, sus ojos, en efecto rojos me miran con deseo, pero un deseo que va más allá que el que una mujer pueda sentir por un hombre y en su sensual boca, unos prominentes colmillos sobresalen teñidos de sangre, mi sangre. Es demasiado tarde, vuelvo a notarla dentro de mí, me agarro con fuerza a su espalda que de pronto parece musculada, pero es inútil, solo me queda ceder a mi destino. Mis ojos se cierran.

El local está en penumbra, no hay ni rastro de la monstruosa criatura, sin embargo salgo a la calle, alertado por unas luces amarillas que puedo ver brillar a través del sucio cristal de la puerta metálica de entrada. Una ambulancia intenta socorrer a un hombre, me acerco pero es demasiado tarde, comienzan a cubrirlo con una manta que parece reflectante, ante la atenta mirada de los que minutos antes estuviesen en el bar. Me acerco un poco más y horrorizado compruebo, que el cadáver de pálida piel y ojos carente de vida es el mío. Me giro temiendo la muerte, que en verdad ha llegado y la criatura terrible está frente a mí con su cabello ondulando al viento. Me guiña un ojo y desaparece, solo me queda esperar, la luz aparece frente a mí y debo decidir, entregarme a ella o vagar por la oscuridad.


Lucía Arca Sancho-Arroyo
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