El almirante


Nunca con una nave pirata se había topado, nunca con su escondite había dado, nunca un buque ilegal había abordado.

Para él era sería más real el Nautilus de Nemo visto desde el Abraham Lincoln que un barco pirata visto desde nuestro buque. Porque aquellos, al menos, habían visto algo. Fuese cetáceo, fuese kraken, fuese monstruo o buque de guerra; habían visto algo. Nosotros en cambio nunca habíamos visto nada.

Y a pesar de tantas evasivas, de tantas incursiones sin resultados, de tantos ataques al Imperio, a los mercantes o a indefensas familias en viajes de recreo, el Almirante seguía al mando de la Flota.

Indudable resulta, pues, que el Rey, cabeza del Imperio, sigue manteniendo su confianza en él, decían unos.

Indudable resulta, pues, que el Rey, el mayor cabezón del Imperio, sigue siendo el mismo niño orgulloso que comenzó a gobernar con sus escasos trece años, y sigue sin querer reconocer sus errores. Este Almirante nos llevará a todos a pique.

Y el Almirante oía estos comentarios, más los segundos que los primeros, aunque simulaba ser el mayor duro de oído de toda la Flota; lo cual no resultaba en puntos a su favor pues, ¿cómo es posible que se deje toda la Flota al mando de este “tapia”?, o, ¿cómo pasó las pruebas de audición para alistarse?; preguntas estas que aumentaban las malas palabras en su entorno y mandaban los comentarios negativos a los primeros puestos de las canciones más escuchadas de la Flota. Casi ningún marinero dudaba de que esa sería la canción del verano.

Mas el, como trataba de decir antes de desviarme yo también a hablar mal de nuestro oficial al mando, se mostraba sordo e indiferente a este tipo de palabrería. Él seguía adelante con su empresa.

Así, después del mayor viaje que nuestras naves hayan soportado jamás, arribamos a un puerto que según él –o según sus contactos- era el mayor enclave pirata de la Historia.

Tan sólo tres cosas nos escamaban de esta afirmación: la primera, que la hacía el Almirante; la segunda, que sus contactos hacían menos contacto que un cable sin cobre; y tercero, que nunca en la larga Historia de la humanidad habían existido los piratas. Es decir, que el mayor enclave pirata de la Historia bien podía ser una tasca de paso con tabernero escoba en mano, mesa de billar sin tacos y futbolín sin porteros. Nada más.

Puedo ver toda la Flota por la ventana y, sin duda, sacaría más provecho haciendo vuelos acrobáticos para niños en la capital.

Y, sin embargo, nos perdemos en la inmensidad del espacio en busca de un planeta del que nadie, excepto el Almirante, ha oído hablar; y buscando a unos piratas del que todos, excepto el Almirante, han oído hablar.

Por tanto, una vez más, directos a una nueva hazaña de Nuestro Muy Ilustre Almirante de cuyo nombre nadie se quiere acordar.


Josué Ramos
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