La Herencia

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La carta llegó temprano. El cartero, un tipo tristón y desgarbado, abrió el buzón y la depositó con desdén.

En ella me explicaban las circunstancias de la muerte del abuelo, y como de sorpresa, dos párrafos más abajo la herencia, que recaía en mí como único heredero.

Organicé las cosas para poder irme un par de semanas y tomé el barco. Pasados dos días atracaba en mi destino. Un hombre de barba canosa y gruesas arrugas me esperaba junto a dos caballos. Subí al mío, y le seguí mientras ascendíamos por la ladera del acantilado.

La casa estaba en la cima. La maravillosa vista desde su gran salón se había convertido para mí en uno de sus mejores atributos.

La tarde, que avanzaba atropellándolo todo desgastó la precaria luz que aún entraba por el gran ventanal. El hombre canoso se marchó sin decir palabra, únicamente un extraño guiño de su único ojo antes de cabalgar ladera abajo.

Acompañado únicamente por la luz de la vela, decidí dar una vuelta por la casa, para familiarizarme con las estancias. Una vez examinada la planta de abajo, me detuve frente a la escalera que subía al desván.

Decidí subir. La madera crujiente parecía esforzarse para no troncharse con mi peso. La puerta estaba abierta. La luz de la vela iluminó temblorosa la diáfana estancia y entré.

Entre el polvo y las telas de araña, el silbido del aire paseaba tremebundo por el entarimado apolillado. Al fondo un enorme cofre parecía esperar a ser abierto. Avancé hacia él y lo abrí. En su interior, enrollados como pergaminos, una decena de mapas acartonados y desprendiendo un acumulado olor a sal parecían estar muriendo entre el roble de su madera.

De pronto la puerta se cerró. Detrás de mí, una especie de hombre se aproximaba amenazante. Detrás de su cuerpo traslúcido, las telas de araña parecían envolver ese halo de misterio que le acompañaba. Nunca antes había visto un fantasma, y la verdad que la experiencia no fue tan aterradora como la había imaginado.

No habló, simplemente se mantuvo en silencio detrás de mí, y una vez había acabado de examinar el interior de cofre, señaló con su dedo putrefacto un retrato colgado de la pared.

Me acerqué con la vela para ver de cerca aquel rostro y vi con sorpresa que era el del tipo que permanecía inmóvil en medio del desván. Descolgué el retrato, lo giré y leí con atención las palabras escritas en su reverso. “Capitán Alan Ron”.

“¿Mi bisabuelo un pirata famoso?”, me pregunté. El abuelo jamás nos había hablado de él, parecía que renegase de esa rama familiar, de la misma forma que jamás había visitado aquella casa. La pregunta más inquietante era ¿por qué había heredado yo la casa?

La respuesta vendría de mi bisabuelo espectral. Señaló hacia la ventana y corrí a mirar. Amarrado a un viejo embarcadero un enorme galeón se bamboleaba con las tímidas olas. Miré al fantasma y me guiñó el único ojo que tenía. Bajé corriendo las escaleras y salí de la casa. Casi despeñándome entre los cantos rodados iluminados por la luna, descendí hasta el muelle. Allí estaba nuevamente aquel tipo del caballo. Vestido con una casaca roja y nimbado por un gorro negro gobernado por una calavera cruzada por dos tibias. “Bienvenido a bordo Capitán”, rugió la voz detrás de su espesa barba.

Entonces decidí que jamás regresaría a aquella oficina. Subí a mi barco y me abandoné al caprichoso viento que empujaba aquellas velas parduscas, presididas por la bandera negra en la que mis antepasados habían sido arrullados. Agarrado a tu timón di un último vistazo a la casa, y en la ventana del desván lo vi por última vez. Saludó, haciendo que los despojos de las mangas de su blusa zigzagueasen en el viento y mientras los rayos de la luna le cubrían su cuerpo traslúcido, se diluyó en el aire, desapareciendo para siempre.


Luis Haro Berlanas
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