Ave César

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Abro los ojos. Miro el despertador y salto de la cama. “Joder otra vez llego tarde”. Me visto sin mirar lo que me pongo y abordo el cuarto de baño con un ataque inminente de necesidad. Me siento en el váter y me fijo en el intenso brillo que esconde el azulejo. Otra vez me quedo embelesado, y este reloj que no cesa de correr.

Me levanto todo lo rápido que puedo, ya que llevo 20 minutos sentado en la taza y se me han dormido las piernas.

Me lavo las manos y la cara, sin descuidar ese orden. Me peino lo mejor que sé y salgo del piso. Ya desayunaré por ahí, me digo mientras desciendo a todo trapo por las escaleras.

Salgo a la calle. Me detengo sobrecogido al ver delante de mí el gran Coliseo Romano, justo en el mismo lugar en el que ayer se erguía el diminuto kiosco de prensa. ¿Pero qué pasa aquí?, digo en alto. Miro hacia atrás y compruebo con pánico que mi bloque ha desaparecido, y en su lugar se levanta un precioso palacete.

Miro a través de un amplio ventanal que muestra la vista de un patio interior, en el cual dos hermosas mujeres, ataviadas con sendas túnicas, desenredan sensualmente sus cabellos mientras conversan.

Barajo entonces la posibilidad de que todo aquello no sea más que un sueño. Mientras sigo mirando por el ventanal, abofeteo mi cara con ambas manos, gesto que absurdamente provoca un dolor insoportable en mis mejillas. En ese momento las señoritas me miran y se sonríen. Son verdaderamente bellas pero decido no conversar con ellas y opto por averiguar qué demonios pinto yo en Roma a estas horas de la mañana.

Camino en dirección al Coliseo. En el trayecto me cruzo con un peregrino andrajoso que me pide una moneda, busco una en mis bolsillos que incomprensiblemente han desaparecido, y en su lugar hay una apertura en mi túnica a la altura de los muslos. Al no haber usado jamás una prenda de tales características ignoro si esas aberturas son para ocultar armas de defensa (teniendo en cuenta la época) o simplemente para obtener una sensación placentera al conseguir rascarse las partes nobles con suma facilidad (teniendo en cuenta la época). Opto por la segunda opción y me rasco.

Continúo andando camino al Coliseo y me cruzo entonces con un centurión. Me quedo mirando fijamente la mata de pelo rojo que decora su casco. Parece no sentirse cómodo y me increpa. A punto estoy de recibir un tajo, en su lugar recibo un golpe en la ceja que hace que mi ojo se hinche de forma inmediata. Por fin me deja y permite, tras mis disculpas, que continúe andando hacía mi destino.

Me cruzo con un emperador, una centuria al completo pateando la tierra, dos cuadrigas en plena persecución, Jesucristo, nueve de los apóstoles y dos niños lanzándose piedras, de las cuales una de ellas impacta en mi cabeza produciéndome una brecha. Ante mis gritos de dolor, dos de los nueve apóstoles se dan la vuelta y llaman a Jesucristo, el cual se acerca hasta mí y me toca la herida, y el chichón de la ceja, haciendo que milagrosamente ésta deje de sangrar y el ojo recupere su estado normal. Tras el milagro continua su camino.

No sé si por el impacto, por el que me encuentro en un pequeño estado de shock o por la situación, olvido decirle que tenga cuidado con un tal Judas. Recapacito y decido pasar de ir a buscarlo y contarle todo. Al fin y al cabo, si lo hiciese podría acabar de un plumazo con toda una religión. Le doy las gracias desde lejos y continúo hasta el Coliseo.

Por fin llego hasta sus imponentes arcos de piedra. Pregunto a un ciudadano en qué año estamos, aunque por el rostro de mi sanador, deduzco que tiene que rondar los 30 y por tanto debemos estar a escasos años de comenzar la era cristiana. Me mira, levanta los hombros en señal de ignorancia y sonríe mostrando sus dientes, o en su caso la ausencia de ellos, al no sumar entre las dos filas más de tres, suponiendo que un pedazo negro de materia misteriosa que nace de su encía inferior sea un diente.

Entro en el coliseo que afortunadamente es gratuito. Aún así instintivamente he echado mano, de nuevo, a mis inexistentes bolsillos, y compruebo, afortunadamente, que realmente carezco de ropa interior. Vuelvo a rascarme.

Tomo asiento en la grada, la cual está completamente abarrotada y espero a que empiece el espectáculo.

Tras deleitarme con la lucha de gladiadores, y recoger del ruedo las orejas, dedos y demás partes de los contrincantes, salen al ruedo un grupo de cristianos apretados unos contra otros, como si aquel caluroso agosto les arrebatase la temperatura y buscasen calor entre ellos.

Tras colocarse voluntariamente en el centro del ruedo, se abre una puerta por la que salen despavoridos media docena de empleados de hacienda ataviados con trajes de raya diplomática y con sus respectivos maletines de color negro. Tras una trepidante persecución dos de los empleados de hacienda son capturados por los cristianos y ofrecidos como sacrificio a los leones que esperan atados con cadenas en una mínima parte del ruedo. Los maletines son lanzados a la grada.

Ante la inverosimilitud del acontecimiento que acabo de presenciar, decido abandonar mi sitio y salir de nuevo a la calle. Me parece una manera tan absurda de pasar el tiempo que volveré al palacete a contemplar a aquellas bellas mujeres mientras se engalanan.

Regreso sobre mis pasos y vuelvo a cruzarme con dos de los nueve apóstoles. Me los quedo mirando fijamente, intentando averiguar si alguno de los dos es el tal Judas. Tras cabrearse ante mi actitud escrutiñadora me increpan severamente y uno de ellos se lanza a mi cuello y recibo un puñetazo que hace que mi nariz sangre abundantemente. Ante el ataque, Jesucristo, que lo ha visto todo unos pasos más allá, acude hasta mi posición y se arrodilla para interesarse por mi estado. Tras ser informado por el apóstol agresor del motivo de la agresión, me insta a que ponga la otra mejilla. Me abofetea y me abandona, dejándome tirado en el suelo sobre un charco de sangre.

Tras recuperar la visión, que hasta entonces era borrosa, veo que se acercan unas sandalias marrones y se detienen ante mí. Alzo la vista y veo al centurión que momentos antes me había herido en la cabeza. “Lo que me faltaba”, me digo, y cubro instintivamente mi cabeza con los brazos, intentando así protegerme de un inminente ataque.

Tiende la mano y me invita a levantarme. Me pide disculpas por la agresión anterior y tras contarle mi problema con los apóstoles, me confiesa que “ya andamos detrás de ellos. Entre usted y yo, estos no va a acabar bien”. Susurra en mi oído.

Me conduce ante su casa, que casualmente es el palacete de las bellas damas. Me dice que ninguna de ellas es su mujer, y que simplemente están ahí para proporcionarle a él, y a sus invitados, favores sexuales.

Tras maldecirme por idiota y haber decidido ir al Coliseo en vez de quedarme, decisión que no me ha traído más que dolor, acepto su invitación y damos comienzo a una preciosa orgía en la que se mezclan los placeres carnales con manjares que una enorme mujer mayor nos deja sobre la cama.

Tras quedar extenuado por los ejercicios físicos y espirituales que una de las damas ha practicado conmigo me quedo profundamente dormido.

Abro los ojos. Busco con la mano a mis acompañantes, pero lo único que encuentro es mi despertador. Cierro los ojos e imagino que lamentablemente todo ha sido un sueño. Me levanto de la cama y compruebo que en realidad sigo en la cama en la que compartí fluidos y comida con aquellas mujeres, intuyo entonces que se han ido y me han dejado sólo. Pero… qué pinta ahí mi despertador.

Tras tomar posesión racionalmente de que en realidad vivo en el siglo uno antes de Cristo, me pongo la túnica y decido disfrutar de la vida y salir a la calle. Salgo del palacete y me paro aterrorizado ante la imagen del kiosco de prensa que en este momento ocupa el lugar en el que se encontraba el coliseo. Sobre éste un cartel de chapa azul en el que pone “Calle Gran Vía”.

Miro hacía atrás y compruebo que el palacete ha desaparecido, y en su lugar hay un imponente edificio de siete plantas en el que se encuentra mi piso.

Un vecino que en ese momento sale del portal se ríe de mí y me dice “Ave Cesar”. Tras bajar la mano continúa su camino sin dejar de reírse.

“Que asco de vida” me digo. Meto las manos en las ranuras de mi túnica, me rasco groseramente, como cabreado conmigo mismo, y decido caminar calle arriba.


Luis Haro Berlanas

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