Cualquier noche puede salir el sol

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-En el próximo programa (creo) vamos a tener en Castillos en el Aire a dos escritores muy diferentes, por un lado el novel y muy joven Josué Ramos, escritor de Ciencia Ficción, que nos contará su andadura por el difícil mundo de las letras y por el otro, Miguel Florián, un consagrado poeta con premios nacionales e internacionales de poesía en los bolsillos, que nos hablará del difícil paso de la poesía por el mundo literario. De Miguel os dejo con este excelente artículo en el que se muestra su pasión por los tebeos y que espero que os guste tanto como a mí, os lo recomiendo.


Mi infancia como todas las infancias estuvo envuelta de misterios, de luz, de contraluz, de una mirada limpia que ahora desconozco. Mi infancia estuvo rodeada de tebeos; a través de ellos es como fui accediendo, poco a poco, a la lectura de los libros. En gran medida les debo a ellos, a los tebeos, el sentimiento de lo maravilloso que no ha dejado de acompañarme. Las convoco, regresan a la memoria aquellas tardes infinitas de verano, y me veo bañado de nuevo en el seno de historias que suspendían el tiempo y reducían la edad a algo ligero y radiante. Mi padre se resistía a que tanto mis hermanos como yo los leyéramos. Temía que habrían de hacernos mal y nos dificultaran el acceso a la lectura de los libros. No fue así. Por eso en muchas ocasiones los tuve que leer a escondidas. Mi padre nos compraba libros con ilustraciones, casi todos sobre vidas de personajes ejemplares: Marconi, Pasteur, San Juan Bautista de la Salle, Teresa de Jesús…Otras veces novelas edificantes de la colección ‘Historias’, publicadas por la editorial Bruguera (¡qué otra hubiera sido mi vida, y la de tantos niños, sin la editorial barcelonesa!). Pero yo prefería las revistitas apaisadas con viñetas que me adentraban en destinos que habrían de acompañarme en el futuro.

Sí, toda mi infancia (y gran parte de mi existencia) cabe en los tebeos. Los domingos, al salir de la aburrida misa, solía acercarme a un tenderete ambulante donde adquiría a bajo precio ejemplares retrasados de El Capitán Trueno, El Cachorro, El teniente negro, Roberto Alcázar y Pedrín, Hazañas bélicas, Pantera negra, Diego Valor, El Jabato…, y también de Jaimito, El Tiovivo (¡13 rue del Percebe!), DDT, Pulgarcito, TBO, Pumby… Solían llevar una marca verde o una ligera muesca para indicar que eran de saldo. También, en muchas ocasiones, merodeaba alrededor del kiosco para enterarme de si el último número de Orlando o El guerrero del antifaz había llegado.

Como el dinero no abundaba una solución muy oportuna era prestarlos o cambiarlos. Solía pasárselos a compañeros del cole y ellos me pasaban a su vez los suyos. También había tiendas donde se podían alquilar o canjearlos por unos pocos céntimos. La que más frecuentaba era la de Luís (Luís Garrido, que luego alcanzaría alguna notoriedad con la novela Los niños que perdimos la guerra). La tienda se encontraba en la madrileño paseo de Marqués de Zafra. Luís discutía con los niños porque le regateaban el precio, ya que variaba según criterios que a veces ellos no llegaban a comprender. Había también un kiosco de cambio en el bulevar de la calle Doctor Esquerdo. Qué lástima los bulevares. Tan cómodos para pasear, con sus árboles y sus banquitos. Los fueron sustituyendo por carriles para la circulación de automóviles (¿el progreso? ¿el regreso?). En la calle Ibiza, muy cerca de mi colegio, que era la SAFA (“Sociedad Anónima de Frailes Anormales”, decíamos los alumnos), se encontraba Pirulo (“el amigo de los niños”, se hacía llamar). A mí me parecía el más ruin de los cambistas, pero seguramente no era muy distinto a los demás; de todas formas había que ir necesariamente a su tienda porque tenía mucho y buen material, tanto de tebeos como de cromos (la de los cromos es otra historia paralela). Pirulo comenzó con un pequeño puesto de chucherías en una puerta de El Retiro; junto a una estampita de la Virgen María, se podía leer este aviso dirigido a los niños: “Si me robas, recuerda que la Virgen te está mirando”.

Vuelvo de nuevo a aspirar el perfume de los tebeos. Su áspero papel, su tinta… Los que mejor me olían eran los de la editorial Novaro, procedente de México. En su mayoría eran traducciones de los tebeos (¿comics? entonces se les llamaba tebeos o historietas, aún no se había implantado esa palabra incómoda, bárbara y fea) estadounidenses. De ellos prefería los de ciencia ficción: Batman, el hombre-murciélago, siempre acompañado de su fiel Robin; y Flash que llevaba en un anillo un traje comprimido que al ponérselo le transmutaba en un nuevo Mercurio, capaz de correr casi a la velocidad de la luz. Pero de todos aquellos superhéroes galácticos que llegaban de América ninguno como Superman (sí, después tendría ciertas desavenencias ideológicas con él). Superman, era un alienígena procedente del planeta Krípton que al entrar en la atmósfera terrestre adquirió superpoderes. Además, como todos los superhéroes, para salvaguardar su vida privada tenía una doble personalidad. En la vida común se protegía tras el timorato Clark Kent, el reportero enamorado de Luisa Lane, que no le correspondía porque ella a quien amaba era a Superman. Su talón de Aquiles eran las piedras de kriptonita, fragmentos de meteorito procedentes de su planeta original. La kriptonita poseía una enorme influencia sobre él, anulaba sus poderes, llegando a extenuarle hasta el punto de robarle la vida. Pero eso, felizmente, nunca llegó a ocurrir; siempre, en el último instante, cuando todo parecía perdido, lograba ser salvado. Sus más señalados enemigos (el más malvado –e inteligente- era Lex Luthor) buscaban el preciado mineral verde para acabar con ese incómodo enemigo de los pillos. Pero a mí Luthor, con todo, me agradaba. Y es que había logrado, entre otras ‘maldades’, reducir las cosas a un tamaño mínimo, y coleccionaba ciudades enteras con sus habitantes bajo una campana de cristal. Mi avidez infantil ansiaba poseer aquellos liliputienses vivos, muchos más reales que mis indios de goma.

A pesar de que leyera con entusiasmo las historias gráficas estadounidenses venidas de México, mi héroe indiscutible fue siempre Trueno, El capitán Trueno. Él se eleva en mi memoria como un enorme y mayestático monumento. Él es el héroe intachable creado por Víctor Mora y dibujado espléndidamente por Ambrós (Miguel Ambrosio Zaragoza). El primer número de la larga saga se titulaba ‘A sangre y fuego’. Lo tuve entre mis manos aunque nunca me perteneció. Muchos años más tarde lo busqué y lo conseguí. Trueno acababa de regresar de Tierra Santa a la Península Ibérica, que se hallaba sumida en la fraticida (para no variar) guerra de la Reconquista; había acompañado durante años al esforzado Ricardo Corazón de León en las Cruzadas. Lo estoy viendo ahora con los ojos de entonces enfrentándose sobre un puente al descomunal Goliat. En aquella pelea no hubo vencido ni vencedor, lo que surgió fue una amistad perenne que no habría de destruir el tiempo. Veo también a una mujer moribunda que gritaba: “¡Salvad a mi hijo, salvad a Crispín!”. Y, era inevitable, me enamoré perdidamente de Sigrid, la reina del hiperbóreo país de Thule. Era rubia, esbelta, delicada. Yo envidiaba a Trueno el que ella le amase. Pero él se merecía la mejor de las mujeres; era un héroe sin igual: inteligente, valiente, gallardo, generoso; creo que en el cine debía haberle interpretado Gregory Peck. Defendía a los menesterosos allá donde se le necesitaba. Surcaba la superficie del planeta en barco o en globo (que había sido inventado por el Mago Morgano) y se plantaba ya en Escandinavia, ya en la remota tierra de los mongoles, ya en África… Víctor Mora buscó suerte con otros personajes, todos ellos muy semejantes a Trueno. Ninguno estuvo a su altura. Situó a El Jabato en la Iberia ocupada por Roma. Igual que en el caso de Trueno se repetía la tríada de héroes. Le acompañaban el gigante Taurus y el enclenque Fideus, que tocaba la lira y atormentaba a todos con sus poemas; para colmo lucía unos bigotitos parecidos a los de Salvador Dalí. Era un auténtico pelmazo. Su amada, la de Jabato, era la noble romana Claudia (que para mí no competía en nada con la nórdica Sigrid).

Y El cosaco verde… Y El espíritu de la selva…Y el misterioso Guerrero del antifaz que creara Manuel Gago ya en 1944. El enigmático guerrero medieval que tras un antifaz ocultaba la identidad de quien creciera como enemigo de la cristiandad al creerse hijo del malvado Ali Kan pero que, conocedor más tarde de su verdadero origen, se convertirá en acérrimo adversario de quien antes tomara por su padre. El enorme amor filial se mutó en odio. Vaivenes de la fortuna. Son extrañas estas transformaciones, aunque no infrecuentes.

Ya, sin la timidez de aquellos años primeros, puedo confesar que en más de una ocasión devoré también los tebeos ‘de niñas’ (Claro de luna, Graciela, Esther, Sissi, Flora, Mary Noticias, Azucena…) que poseía mi hermana Mercedes. Eso sí, con la precaución necesaria para que no se supiera. Los tebeos... Aquellas revistitas son ahora relicarios para mí, pequeños mundos que encierran entre sus páginas la enorme infancia que se redujo a memoria y que se fue precipitando como fina arena en el olvido, como pecio sumergiéndose en la tiniebla del tiempo.

Al hacer recuento de aquellas lecturas iniciales no quiero dejar en el tintero una colección de Historia bíblicas por las que accedí a la mitología del pueblo hebreo mucho mejor que en las clases de religión. A veces pienso que los tebeos y las colecciones de cromos fueron mi mejor escuela. Por ellos tuve noticia, con gran indignación, del engaño infame de Dalilah al cortar el cabello a Sansón, y dejarle inerme ante los infieles filisteos; y supe de los hijos de Jacob pidiendo ayuda a su poderoso hermano José, sin reconocerle, y como éste mandó ocultar en un saco de trigo un cáliz de oro para que le entregaran a su querido hermano Benjamín; y de Daniel entre los leones; y de la desesperación de aquellos que arrastrados por las aguas (“los ríos se salían de madre”) levantaban sus brazos a Noé para que los auxiliara.

Como entre galerías de espejos observo la mano confusa del niño que fui, lo veo doblado sobre una mesa dibujando con detenimiento las viñetas de sus héroes favoritos, bajo la apagada luz de la tarde. Y distingo, entre las brumas de la edad, el lápiz desafilado que trazaba la espada de Trueno o la cachiporra de Pedrín.

Y llegó el fin de la infancia. Pero el decurso de los años no me apartó de los tebeos. El niño se fue envolviendo en los anillos cerrados del devenir. Crecía y ellos, los tebeos, crecían junto a él. Variaron los héroes pero no la pasión que buscaba compartir sus aventuras. Adolescente ya, llegó el momento de leer aquellas historietas en formato grande, apaisado, que procedían de Estados Unidos. Me vi envuelto por el misterio que rodeaba a El hombre enmascarado (el fantasma, el espíritu que camina), el personaje creado por Lee Falk y dibujado por Ray Moore, que habitaba el corazón de la selva en algún lugar ignoto del Pacífico, acompañado de su fiel lobo Satán. Según la leyenda que repetían los aborígenes era inmortal. Pasaban los años y su apariencia no variaba. Protegía a los nativos y a la selva de la codicia de los traficantes occidentales. Cuando golpeaba a los malos, en la mandíbula su anillo dejaba la impronta permanente de una calavera. También tenía una amada, Diana Palmer, que vivía muy lejos, en el mundo civilizado. Él, en ciertas ocasiones, tomaba un avión y, cubierto por un sombrero y una gabardina, se plantaba en el apartamento de ella. Hice mías también las aventuras de Mandrake, el mago; las de Rip Kirby, el detective neoyorkino creado por Alex Raymond. Rip era miope, elegante, fumaba en pipa y bebía coñac. Alex Raymond fue muy prolífico, fue el padre de El agente secreto X-9, cuyos dibujos realizó él mismo, mientras que del guión se encargó, nada más y nada menos, que el mismísimo Dashiell Hammett. A Raymond le debemos Flash Gordon, el jugador de polo, que se verá arrastrado a batallas galácticas, llegando al planeta Mongo para enfrentarse al tirano Ming, que pretendía apoderarse de la Tierra. No debo ser exhaustivo en este festín de la memoria, pero no quiero dejar pasar por alto al arturiano Príncipe valiente, creado por Harold Foster.

El tiempo no dejó de devanar su incesante madeja de hilo; ya adulto del todo, descubrí revistas como Metal Hurlant o 1984 donde encontré los imponentes dibujos de Richard Corben, Víctor de la Fuente y, sobre todo, los de Moebius, el seudónimo de Jean Giraud (El teniente Blueberry), que supo mostrar como nadie la topografía del mundo planetario y la variada morfología de su fauna. Ninguno como él para ilustrar historias de ciencia ficción (El garaje hermético) y diseñar los decorados y vestuarios de películas como Alien o Blade Runner. No puedo seguir la estela de todos ellos, pero a lo lejos, en el horizonte de un puerto asiático, distingo la figura erguida, hierática, del conradiano Corto Maltés, con sus largas patillas y el rostro impenetrable, que dibujara Hugo Pratt.

Perduran esos hijos de la imaginación, poblando la topología del sueño y del tiempo, como fieles amigos que se resisten a abandonarme y, en algo, prolongan mi infancia: Mortadelo, Carpanta, La familia Ulises, Zipi y Zape, Rompetechos, Anacleto, el impresentable tendero de 13 rue del Percebe…, y también Tintín, y Spirou, y Lucky Luke, y Asterix, y el ‘infame’ Iznogud (obsesionado en “ser califa en lugar del califa”)… Y, lleno de hondo y sincero agradecimiento, mis labios se mueven para pronunciar, con veneración, los nombres de quienes les dieron existencia: Escobar, Goscinny, Uderzo, López Blanco, Emilio Freixas, Peñarroya, Raf, Vázquez… el gran Ibáñez… Y, para acabar, quiero hacer míos algunos de los versos que cantara Jaume Sisa/Ricardo Solfa:

Oh, bienvenidos, pasad, pasad, de la tristeza haremos humo.
Mi casa es vuestra casa si es que hay casas de alguien.
Hola Jaimito, y doña Urraca, Carpanta, y Barbazul,
Frankenstein, y el Hombre lobo, el conde Drácula, y Tarzán.
La mona Chita y Peter Pan (…).
Oh, bienvenidos, pasad, pasad, de la tristeza haremos humo.
Mi casa es vuestra casa si es que hay casas de alguien.


(Oh, benvinguts, passeu passeu, de les tristors en farem fum.
A casa meva és casa vostra si que hi ha cases d'algú.
Hola Jaimito, i doña Urraca, en Carpanta, i Barba-azul,
Frankenstein, i l'home-llop, el compte Dràcula, i Tarzan,
la mona Chita i Peter Pan (…).
Oh, benvinguts, passeu passeu, de les tristors en farem fum.
A casa meva és casa vostra si que hi ha cases d'algú.)


Miguel Florián
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Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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2 comentarios:

  1. Muy buen artículo. Yo nunca me enamoré de los tebeos. Leía los de Ibáñez porque me hacían gracia, aunque sin gran pasión. Ahora reconozco que es un mundo que ha evolucionado a partir de aquellos, que eran geniales y que hay estupendos dibujantes de viñetas.
    Lo que sí creo es que hay muchas personas que opinan como el padre de Miguel. Es el recelo ante el tebeo porque parece el enemigo del libro, y uno no ve el momento en el que los chicos vayan a pasar a otro género. Supongo que Miguel es un ejemplo de que hay que reestructurar la mente en ese sentido. Puede ser que el tebeo cree avidez por la lectura y también por encontrar en ella todo aquello que se esbozó de alguna forma en los tebeos.
    Enhorabuena y gracias.

    Encarna

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  2. Por cierto, Miguel:
    He entrado desde Castillos en el Aire en tu blog de poemas y me han parecido estupendos. Serenos; capaces de conducir al lector en la misma suavidad del verso.
    Ya me informaré de la manera de adquirirlos. Pero muchas gracias por compartirlos.
    Un abrazo.
    Encarna

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