Romana

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En el silencio de la noche, unos delicados pies se deslizaban por el empedrado con absoluta ligereza. La dueña de aquellas suaves pisadas cubría su rostro con la capucha de su holgada capa, a pesar de lo cual un avezado observador se habría dado cuenta al instante de su avanzado estado de gestación. Había abandonado su lujosa litera a favor del anonimato, pero cuatro esclavos germanos protegían su peligrosa excursión nocturna. Las esquivas figuras, amparadas en las sombras de la noche, recorrían la populosa Roma hacia el Subura.

Julia sabía que era vital no ser vista, sus facciones, tan parecidas a las de su ya famosísimo padre, eran conocidas en toda Roma, y si su esposo, el cruel Pompeyo, descubría su traición, ella y el bebé lo pagarían caro.

Bajo la rosada túnica, pegado a su cuerpo como un tesoro, estaba el conjunto de legajos que su padre le había confiado antes de partir a las Galias, no hacía falta entender las implicaciones políticas de aquellos pergaminos, que contenían la lista clientelar de los Julios en pleno cursus honorum, para saber la importancia que tenían para su padre, si sus enemigos descubrían qué políticos tenía en nómina, César perdería el Senado y sus fieles la vida. Una mera confidencia oída a escondas entre su esposo y el temible Escipión, enemigo acérrimo de los Julios, había bastado para que Julia supiese qué hacer.

Su fidelidad estaba clara, ella era una Julia, sobrina nieta del gran Mario, nieta de Cornelio Cinna e hija del valiente Cayo Julio César, el nuevo héroe del pueblo de Roma. En sus venas corría la sangre de la diosa Venus, y del buen rey Anco Marcio, y un matrimonio oportuno por cuestiones políticas no la colocaba del lado de aquellos pomposos burros, envidiosos de su padre, que se hacían llamar así mismos Los Hombres Buenos.

Su padre no había tenido hijos varones que perpetuaran su noble estirpe, y de ser varón el hijo que crecía en el vientre de Julia, llevaría la sangre del petulante Pompeyo Magno, ese itálico provinciano, venido a más por gracia del odiado dictador Sila. Ella era la última esperanza de su padre si los Julios no engendraban un varón digno de su herencia que éste pudiera adoptar.

Al llegar frente al edificio de viviendas propiedad de su abuela, la noble Aurelia, Julia suspiró, añorando su infancia en aquella insula, pero se repuso en un instante, dirigiéndose a una humilde domus al final de la calle. Golpeó la gruesa puerta que tenía enfrente, solo tres toques bastaron para ésta se abriera dejándole paso. Un hombre de aspecto humilde bajó la cabeza con reverencioso respeto y la invitó a entrar, era un curtido veterano de las Galias, y por lo tanto, un hombre de su padre, en quien podía confiar sin reservas.

La elegante patricia avanzó con decisión hasta una mesa en el fondo de la oscura sala, donde una figura la esperaba con las manos enlazadas en crispante nerviosismo.

- Julia – la figura se desveló como una joven no mucho mayor que ella – ¿Por qué me has hecho venir aquí? ¿Sabes que podría pasarle a una vestal que viene a este barrio de noche?

- Lo siento Cornelia, no hubiera querido arrastrarte hasta aquí – repuso Julia mordiéndose compungida el labio inferior – pero me encuentro en peligro de muerte.

- ¿…Qué quieres decir?

- Pompeyo tiene nuevas amistades, yo soy un obstáculo en el camino de hombres muy poderosos, que tratarán por todos los medios de romper la alianza entre mi esposo y mi padre.

- ¡Oh! ¡Julia! ¿No puedes pensar que Pompeyo…?

- Él está tan interesado en seguir siendo el Primer hombre en Roma, que sin levantar la mano en mi contra, me dejará a merced de mis enemigos- Julia acarició su hinchado vientre- No nos queda mucho tiempo.

- ¿No puedes avisar a César? Él cuenta con legiones de avezados soldados ya veteranos que morirían por él, vendrá a Roma y…

- No llegaría a tiempo, yo estoy condenada, y conmigo mi hijo.

La joven vestal no pudo reprimir el llanto, en cuestiones de hombres, las mujeres eran, desgraciadamente, prescindibles, una dura lección que cada Pater Familias inculcaba a las féminas de su sangre desde el instante mismo de su nacimiento.

- No te lamentes Cornelia – la voz de Julia se tornó dura – Que rían ahora su victoria ante una mujer en estado, mi padre les hará llorar lágrimas de sangre.

- Me has llamado para que le haga llegar algún mensaje póstumo a César, ¿No es cierto?

- En parte, mi querida Cornelia – una lágrima resbaló por el pálido rostro de Julia, sus oscuros ojos brillaban de emoción – Quiero que guardes algo que mi padre me legó antes de partir, sólo se lo entregarás a él, o al heredero que él designe.

- ¿Debo hablar a César de este encuentro? – preguntó Cornelia mientras acariciaba con ternura uno de los rubios rizos de su amiga de la infancia.

- Sí, dile que acepté mi destino como una patricia, y… dile a mi abuela Aurelia, una vez llegue lo inevitable, que no sufrí, aunque sea mentira, porque sé que si es mi final cruento, sufrirá sobremanera y se dejará morir.

- No, Pompeyo no lo permitirá – La vestal enjugó las lágrimas con el extremo de su blanca túnica - ¡Vas a darle un hijo!

- Si – la voz de Julia temblaba – un hijo que le vincularía a los Julios, cuando él ya tiene hijos varones que le perpetúen, mi hijo está condenado.

- César podría adoptarlo.

- ¿Al hijo de Pompeyo? Eso no pasará, es imposible. Ya no importa… ya he aceptado mi sacrificio por Roma, los dioses así lo han querido, y yo soy una ciudadana de Roma. Mi padre salvará la ciudad de esos senadores inútiles, cuya única ocupación es acaparar poder y tierras, él acabará lo que ni los hermanos Graco pudieron concluir, y a ningún ciudadano de Roma volverá a faltarle el pan.

Julia sacó de sus ropajes los documentos que su padre le había confiado.

- Guarda esto bien, muchos querrían conocer su contenido para destruirnos, mi padre me dijo que si caen en malas manos, caeremos en desgracia.

- No te preocupes, Julia, Vesta es testigo de mi juramento, solo un Julio, solo César, o el heredero que César designe, tendrá en sus manos los pergaminos que me confías, incluso si sus enemigos se alzaran sobre él, yo seguiré fiel a los sucesores del buen Mario, que tanto bien le hizo a Roma y mis antepasados. Dijo Sila que veía en César a mil Marios, y eso esperamos muchos.

Julia se levantó despacio, con una amarga sonrisa en sus rosados labios, y abrazó a su amiga de la infancia. Luego cubrió su área cabeza con la capucha, y tras una señal convenida a los fieles esclavos que la esperaban entre las sombras de la calle, salió perdiéndose en la oscuridad.

Al llegar a casa, Julia cayó de rodillas sobre el frío mármol que cubría el suelo, acuciada por los primeros dolores del parto. Ella sabía que no eran sino la señal que le anunciaba la llegada del cruel Caronte. Mientras los esclavos la llevaban en volandas a su lecho, pensó por vez primera en su hijo, y sintió alivio al pensar que la acompañaría a los Campos Elíseos, y que nunca sería víctima de las encarnizadas luchas por el poder en la ciudad más hermosa del mundo.

Le dejaron a su niño entre los brazos mientras se desangraba, podía oír llorar a las esclavas tras la puerta, les habían prohibido auxiliarla bajo amenaza de muerte, y sufrían su dolor como propio tras tantos años de fiel servicio. Seguramente Pompeyo las mataría o vendería a algún burdel en Numidia, para así evitar que Roma supiera de su crimen.

Tal y como ella esperaba, tenía un rubio varón entre los brazos, tan parecido a ella, que el rostro de Julia se inundó de amargas lágrimas al comprender, que nadie le contaría nunca eso a su padre.

Era muy pequeño, blando y suave como la piel de armiño. Ni siquiera había abierto los pequeños ojitos, Julia le besó una y otra vez, casi con desesperación, las sonrosadas mejillas y las pequeñas manitas, hasta que le abandonaron las fuerzas, y ya solo pudo acurrucarlo junto a sí y susurrarle.

- Tranquilo, mi niño, tranquilo, pronto descansaremos juntos. Yo me iré primero, y luego tú vendrás conmigo, y ya nunca nos separaremos. Debí huir… debí salvarte…pero no pensé que al verte te iba a amar tanto siendo quien es tu padre, nuestro dueño y verdugo. Me dijeron tantas veces que los hijos solo pertenecen a su Pater, que no pensé nunca quererte... Perdóname...te quiero, pequeño mío…

Una densa oscuridad veló los ojos de la moribunda joven, el cansancio entumeció sus delicados brazos, y cayeron sus párpados como alas de cisne. El llanto de su dulce bebé fue la música que acompañó a Julia en su viaje al Averno.

Muy lejos de Roma, en una inhóspita región de las Galias, un general estudiaba sus exhaustivos mapas bajo la tenue luz de una lucerna, cuando, sin previo aviso, el corazón le dio un vuelco en el pecho, y una palabra llena de amor y miedo escapó de sus contraídos labios.

- Julia…

La Historia fue de nuevo burlada y reescrita, y la desgraciada Julia pasó a la posteridad como una insignificante reseña a pie de página, una esposa muerta en duro trace del parto, como tantas otras en todas las épocas y lugares, sólo que esta muerte, ésta y no otra, precipitaría el fin de la República Romana.


Laura Pollo García
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