Las aguas del deshielo

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Ha llegado mayo. Presentía este tiempo atrás que algo se estaba apoderando de mí poco a poco; una extraña y a la vez agradable inquietud que me obligaba a indagar en mis sentimientos en busca de tan novedosa situación, intentando concretar cada día mi estado, tratando de darle alcance para ponerle nombre. Pero siempre, en el último momento, parecía que se escapaba de mi mano y yo, sin saber por qué me quedaba con media sonrisa en los labios. Media, porque la otra mitad se quedaba atorada en mi pecho presa de la confusión y, en parte, atrapada también por la decepción. Sabía que cada día estaba más cerca pero, más cerca ¿de qué? Al fin, llegó el momento, llegó ese ansiado momento en el que ya ni siquiera sentía la inquietud de la búsqueda. Un día (sencillamente) me miré a mí misma y me dije: ¿dónde estás, desasosiego? Ahí estaba la respuesta, era algo tan simple…: serenidad, placidez. Después de tantos años de obligada convivencia, la costumbre lo había hecho parte de mí, y dejé de verlo como un elemento externo, ajeno y enemigo. Se fue. Se fue yendo despacio y no lo vi marchar; sólo sentía que una parte de mí iba renaciendo. Era la parte muerta de mi ser, de mi voluntad, de mi… ¿espíritu?, que durante tantos años ocupó el sufrimiento.

Y hoy, que ha llegado mayo, yo por primera vez me siento tranquila, conscientemente tranquila, nadando en este sentimiento nuevo que asoma ante mi mundo. Me he sentado en la hierba y, con una sonrisa (completa) dejo que mis pies se balanceen libremente en el agua. Cierro los ojos y escucho. Al cabo de un rato mis pensamientos se funden con el agua y me siento mimetizada; ¡qué paradoja! ¿Cómo es posible -me pregunto- que mi sosiego vaya parejo a la vitalidad del río? Abro los ojos de nuevo. El río, que se ha despojado de su disfraz de hielo y olvido, baja en su renacer raudo hacia el mar, besando alfombras de musgo, orillas arenosas, árboles recostados sobre su lecho que olvidan sus raíces, saciadas de agua, al descubierto a merced del sol y del viento.

Los rápidos rompen el silencio de la mañana uniendo su música cristalina al canto de los pájaros. El agua ríe en su jugueteo despertando vida en cada recodo, abriéndose, en su reflejo, hacia el cielo. El vientre oscuro de la profundidad muestra orgulloso su preñez a los primeros rayos de sol y de pronto el río se envanece, esforzándose inútilmente en ofrecer su transparencia en cada recoveco; bendito fracaso.

Su manto se convierte en espejo de la caricia matinal del astro, que le devuelve su beso de fuego y en ese rincón secreto resultan vencedores la intimidad y el silencio. Yo me recreo en mis sentimientos.

Los árboles y las plantas lloran rocío a través de sus hojas; las lágrimas resbalan indiferentes y confluyen en los riachuelos que alimentan el cauce. Los árboles, las plantas… y yo. Porque acabo de darme cuenta: yo también lloro. ¿Qué serán mis lágrimas? ¿Qué serán hoy, que precisamente siento que soy libre en medio de la serenidad que me acaricia el alma? Amor, alivio, olvido. Dejo que se deslicen libremente por mis mejillas hasta caer -pequeñas e impacientes gotas-, confundiéndose con las aguas del deshielo. De vez en cuando recojo una suavemente con mi dedo índice y la miro. ¿Qué eres? -quisiera preguntar-. ¿Quién, en este día tan singular, te ha dado forma?

Sin darme cuenta me sorprendo viajando en el tiempo, hurgando en la herida de los recuerdos. Me sorprendo contándome -y contándote- la historia que pudo ser, la que tú no quisiste que fuera (es la misma). Y te escribo. Debes saberlo; aunque creas que ya todo está dicho habrá palabras que hasta el momento mismo de la muerte lucharán por salir de su cautiverio.

“Hoy ha llegado mayo. Estoy en el río, junto al agua. Aquí mismo adiviné un día tu figura emergiendo serena del entonces rincón otoñal, cuando los árboles, luchando contra la previsible desnudez que acechaba, dejaban un manto pardo de silencio en el camino mientras desgranaban oro en las alturas, acariciando nubes de blancos contornos y caprichosas formas, soñadoras pasajeras del día en el cielo azul. Apareciste mágico -o eso me pareció entonces-, como por encargo del viento, obedeciendo a sus notas agudas silbadas desde el profundo misterio del canto eterno.

Aquí mismo hoy, mientras sumerjo mis dedos en las frías aguas del deshielo, te acercas caminando por el sendero abrupto de mi pasado y alcanzas la cima de mi presente. No quiero soñarte. No quiero ver espectros de leyendas muertas entrando por los ventanales de la torre en la que tú me encerraste. ¿Te envanece pensar que hoy son mis recuerdos tus cautivos? Una vez más te equivocas; porque lo cierto es que no estás. Y si acaricio tu rostro en mi pensamiento me saludan los siglos que separan tu ayer de mi hoy. Ya ves, tú, que estuviste tan cerca… Pero no te voy a mentir -nunca lo he hecho-: yo te siento. Mientras fluye el agua entre mis dedos siento tus ojos avanzar entre las tinieblas de tu mirada. Siento húmedo aquel beso que me enseñó a llorar tu distancia y a sentirla olvido. Y aquí sentada, durante unos segundos, me hiere tu ausencia.

Pero en cuanto desaparece ese remolino de confusión, tu ausencia me relaja. No. No quiero soñarte… Tengo en mi mano el tiempo muerto de nuestro pasado: puedo, con un simple soplo, hacer que se pierda en la brisa de mi recuerdo, suave… como una pluma.

¿Te he dicho que lloro? Lloro, sí, sobre las aguas del deshielo. Lloro llanto frío porque me hiela la duda de este silencio. Pero mi llanto es sereno, aunque en este cauce de sentimientos, descubra que sigue habiendo un lugar para ti. Me recreo visitando el rincón de mi alma en el que habitas, susurrando tu nombre sin palabras, clavando mis ojos cerrados en tu mirada.

Si pudieras penetrar en mis pensamientos, tú que te pierdes en los laberintos más sencillos, creerías que estoy hecha un lío, y posiblemente huirías para no enredarte en lo que se te antojaría una maraña en mi cerebro. Porque no lo entenderías –una vez más-; y es que hoy puedo llorar, reír, recordar u olvidar a placer; porque hoy, por fin, soy la dueña de mis emociones. Pero sobre todo, sé en cada momento lo que siento y cómo me siento. A pesar de lo simple que parece, no es fácil: intenta tú si quieres distinguir entre melancolía, tristeza, ansiedad, soledad… en esos momentos en los que los sentimientos nos ponen a prueba. No sabrías; o, mejor dicho, no podrías, porque tu ego es tu propio límite en la búsqueda de las incógnitas del corazón. Yo, que he aprendido a abrir todas las puertas antes de decidir por cual entrar (o salir), sí puedo elegir: te recuerdo si quiero, te aparto de mi memoria si no deseo estar contigo e incluso a veces, aun no queriendo soñarte, permito tu estática presencia en un amplio espacio de mi mente y, en contadas ocasiones, consiento que lentamente te vayas apoderando de mi historia hasta llenar el presente. Otras veces, cuando te crees con derecho a extender tu telaraña sobre la adormilada masa gris de mi cerebro, corto los hilos.

Hoy es uno de esos días -ya lo habrás notado- en los que mi parte masoquista pide permiso para asomar entre mi sosiego; así que hoy, en este apartado lugar que un día fue nuestro (ahora es sólo mío porque a ti se te quedó pequeño), voy a dejar que me acompañes unos minutos (tal vez te deje más tiempo). Quizá, según me vaya sintiendo, deje florecer mi nostalgia y me quede aquí sentada contemplando cómo se da un baño de melancolía en estas aguas gélidas. Tal vez me canse enseguida de tu compañía y me refugie de nuevo en mi rincón sereno. En cualquier caso, no creas que cuando regrese a casa te llevaré conmigo, cogido de la mano, como en otoño… Recuerda que octubre murió hace ya tiempo. Recuerda que ha llegado mayo y que el río se ha despojado de su disfraz de hielo y olvido.


Hasta siempre.

Laura”



Encarna Martínez Oliveras

Primer premio III Certamen de relatos Comarca del Maestrazgo 2008
“El agua y la vida”

Editado por Comarca del Maestrazgo, Zaragoza 2009
Publicado en Imán, junio 2009, l revistan de la Asociación Aragonesa de Escritores
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5 comentarios:

  1. Disfruté el relato. Ciertamente es una victoria encontrarse al fin en ese momento en el que controlas los recuerdos; en el que ya puedes llorar, reír, recordar u olvidar a placer; en el que has aprendido a amar con desapego. Felicidades, Laura.
    Hasta siempre.

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  2. Gracias, Mercedes; me alegro de que hayas disfrutado. Ojalá fuera siempre tan sencillo, ¿verdad?
    Encarna

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  3. Nunca es tan sencillo. Los recuerdos vuelven, y siguen doliendo.
    Pero leer algo tan hermoso te lava las heridas.
    Enhorabuena, Encarna.

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  4. Muy conmovedor y muy buen manejo del escenario: te vi ahí,sentada junto al río, reflexionando en la búsqueda de uno mismo. Un tema filosófico, tratado con tanta simpleza...; para leer una y otra vez...
    Un saludo argentino

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  5. A veces simplemente quiero recrearme en una escena o en un pensamiento, pero me meto en los laberintos del entendimiento y no es fácil encontrar un escape. Gracias por vuestros comentarios.
    Un abrazo,
    Encarna

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