Microrelatos en homenaje a Edgar Allan Poe



"Querido Poe ¿cómo vamos a convencerles de que existe vida en el más allá si ellos están allí y nosotros aquí?"


Anika




Basado en un suceso real

La luz de la lumbre escogía luces y sombras caprichosamente para reflejarlas en los rostros de sus amigos. Él, leyendo de espaldas a la chimenea, veía en ellos satisfacción y creciente emoción. Sería, sin duda, uno de sus mejores relatos; quizá el mejor.

Al terminar, todos sonrieron satisfechos. Llenó el pecho de orgullo y les preguntó qué les había aparecido. Todos coincidían en que era una de sus mejores y más bellas creaciones, un relato magnifico.

Ante su rostro satisfecho, sus amigos comentaron el relato con voces que sonaban como una bella sinfonía para sus oídos. Pero poco a poco, los instrumentos comenzaron a desafinar.

Bromeando, comentaron que quizá había mencionado demasiado el nombre del héroe. Pero era este un matiz que no restaba en absoluto belleza o maestría a su artística creación.

Pero aquella noche se perdió aquel relato, un relato muy divertido, que no manifestaba su peculiar melancolía. Su espíritu orgulloso no pudo soportar aquella franca crítica y le provocó un estallido de cólera. Antes de que sus amigos pudieran impedírselo, Poe arrojó todas las páginas al fuego.


Josué Ramos


Flores Marchitas

El otoño lánguido se abraza a un verso que parece recapacitar en una lóbrega esquina; un poema fallido en labios frustrados y que pugna por florecer en boca estéril.

¿Qué se dice entre los lugareños? Que suenan las campanas…campanas mortales en Baltimore.

Una historia que inquieta, susurrada frente al crepitar del fuego en el hogar, fallece sin dueño a la misma hora y se pierde entre oídos sordos a lo largo del tiempo.

¡Ay, escuchad el tañido de la campana! ¡Ay, que Don Edgar se ha muerto!

Dobla, y mientras dobla la campana, se escapa un agónico gemido en la herrumbrosa garganta del poeta que quiso ser y nunca fue.

Lo han encontrado ebrio de sufrimiento y desesperanza; la mano abierta dejando escapar el oro de la ignominia y los ojos muy abiertos, con su historia escrita en ellos. Letra cursiva arañando el papel sin estrenar de su propia vida.

Sobre la tapia del cementerio, cubierta de enredaderas, se desliza la sombra del gato negro; la luna se oculta entre bostezos nubosos que el aire esparce por el cielo nocturno.

Y las flores…sobre el verdín que se come la inscripción grabada a pulso en el mármol, flores marchitas son.

Diego Castro Sánchez


Azazel

Sólo esperaba el momento oportuno. En la mesa, su pasión y perdición, la ruleta rusa. Una bala, seis alojamientos. Primer intento, el trinquete salta en vacío. Suena el teléfono. Gerad amartilla de nuevo.

El agente Smith ya sube las escaleras al tiempo que tropieza con un gato negro que lanza un desgarrador maullido. Un disparo, el agente se apresura a derribar la puerta. La bola se aloja en el 13 negro mientras se detiene la ruleta. Doce jugadores yacen asesinados en torno a la mesa.

El macabro gato negro permanece quedo mirando fíjamente al agente. Desde la cocina llega una voz.

-¡Ya es la hora!-, ¡Alto Gerad! -. Smith trata de reducirle pero en ese instante explota el móvil lanzándole contra la alacena. Se levanta aturdido entre el humo, Gerad ha desaparecido. Huye hacia la puerta pero se topa con trece gatos negros que le acechan desafiantes.- ¡Se acabó Smith! – Le amenazó el líder de los felinos.- No Gerad , no podrás convertirme. Otros acabarán contigo. – Al tiempo que levanta su arma hacia la sien los doce gatos se abalanzan sobre él acabando con su vida a mordiscos.

Tras el último latido del agente los felinos abandonan la casa mientras recobran su anterior apariencia humana. Smith, tras ellos.

El mal, disfrazado de felino continúa su amenaza contra la estirpe humana.


Javier Díez de Paz

La tienda

El pasado mes heredé la tienda de mi abuelo. Abrí la vieja puerta y entré. Sobre el mostrador seguían los tarros de especias medio vacíos, emanando ese aroma añejo que invadía toda la tienda. Un cajón abierto, donde guardaba el dinero, daba claras muestras de la larga clausura y, al fondo del pasillo aquella oscuridad que lo acompañaba a diario, y tras la que parecía ocultarse el germen recóndito de la humanidad.

Bajé al almacén y ahí seguía el género, intacto y misterioso. Ubicado en enormes sacos de cuyos cuellos colgaban pequeños carteles agrietados: CARIÑO, TERNURA, CLEMENCIA…; todos llenos y cerrados. Casualmente los de ODIO estaban completamente vacíos, agotados.

Mi abuelo siempre vendió sentimientos, le tomaban por loco, pero llegó a vivir de ello.

Luis Haro Berlanas

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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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2 comentarios:

  1. El primero genial. Vendré a por más.
    Saludos.

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  2. Iba a decir que yo no soy muy amiga de lo "raro", pero mejor me doy un punto en la boca, porque no es así. No de la ficción, de lo oculto,etc. Pero al margen de ello, sí puedo valorar los relatos, y creo que son muy buenos, cada uno a su manera: más sensible (Luis), más fantástico (Javier), más poético (Diego) y más realista (Josué). Os felicito a todos. Anika, no me olvido de tu pregunta: a pensar...
    Encarna

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