A la decimotercera

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Soñé que caminaba por una ciudad perdida en el tiempo, cuyas calzadas estaban pavimentadas con asfalto en la que no había coches que circularan por ella. Las personas paseaban a través de los edificios sin hablar, en silencio, con la mirada fija en lo que pasaba por delante de ellos. El lugar era igual que todas las ciudades que he conocido con el paso de los años y a la vez, a las que nunca había pisado; consiguiendo así que mi atribulado espíritu se sintiera aún más confundido ante aquellas visiones. Por el aire flotaba un pesado polvo ocre que me traía recuerdos pasados, presentes y futuros de un mundo mejor, un lugar que no existió y que nunca será real.

Entonces la multitud se detuvo y los niños más pequeños me señalaron con ojos rojos y dedos acusadores, mientras empezaban a cantar una letanía que se extendió por toda la multitud infantil, como si recibieran una orden muda del que les precedía. En poco tiempo, todos alzaron sus manitas y sin dejar de cantar y observarme, las alzaron al cielo azul y yo no pude evitar levantar la mirada, para comprobar con horror, lo que ocurría sobre mi cabeza sin yo saberlo. La bóveda se estaba desquebrajando a lo largo y ancho de todo el mundo, mostrando, entre sus grietas claras, una oscuridad inmensa que pugnaba por salir de su prisión celestial... pero de las fisuras comenzó a surgir un líquido rojo que amenazaba con desplomarse encima de nuestras cabezas. Era sangre, de la que manaba un olor pútrido y nauseabundo.

-Al caer la decimotercera gota, todo llegara a su fin...- dijo uno de los niños y entonces la frase se expandió de la misma forma que el cántico, que seguía resonando en mis oídos furiosamente.

Pensé entonces, con esa extraña lógica onírica que se nos da en aquellos momentos, que aquello apenas tardaría en ocurrir, porque la sangre del cielo amenazaba con abundante lluvia. De pronto sentí mis piernas mojadas, por lo que bajé la mirada para descubrir horrorizada, que las calles estaban inundadas de aquel líquido vital y que me empapaba hasta los tobillos. Volví a alzar la vista por entre los edificios ruinosos y entonces comprendí que no iba a haber lluvia. Del firmamento cayó una única gota rojiza, tan grande y virulenta que fui incapaz de moverme a causa del terror. Y mientras, veía la gota caer sobre la ciudad hasta arrasar lo poco que quedaba de ella, ahogando a la multitud y a mí con ella.

Desperté y respiré profundamente, aún creía sentir en mi boca el sabor acre de la sangre ahogándome y encendí la luz para alejar a las sombras. Intenté convencerme a mí misma de que aquello sólo había sido un sueño y para comprobarlo, escupí en mi mano para probar que nada era real... y horrorizada observé, que entre la saliva se encontraba un pequeño hilo de sangre oscura.

Una vez soñé que una gota de sangre caía en el mundo y producía miles de males cuyos motivos me eran desconocidos... y como cada vez que volvía allí, mi esperanza moría un poco más, decidí perder la razón antes que abandonarme a la desesperación.

Para mi pobre consuelo, volví hasta doce veces a ese lugar… sólo espero, que cuando al fin recupere mi poca cordura, no encontrarme de nuevo en aquella ciudad.


Laura López Alfranca
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