Microrrelatos de Romanos

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Una de piratas.

El joven Julio Cesar leía su libro en cubierta, haciendo caso omiso de las ofensas de los piratas cilicios que abordaban su barco.

-Y tú, ¿Quién eres?- Preguntó el jefe pirata al ver sus aires de superioridad- tus ropas parecen delatar una noble procedencia, quizás nos paguen veinte talentos por tu rescate…

-¿Veinte? Si conocieses tu oficio, sabrías que puedes conseguir al menos cincuenta talentos.-Respondió Cesar mirándole ofendido.

Tras su traslado a la isla, los piratas se mofaban de su porte afeminado y su elegante oratoria. Cesar, por su parte, despreciaba sus burdas maneras y su analfabetismo.

-Habéis de saber que cuando quede en libertad, volveré para daros el merecido castigo de la crucifixión.- Les amenazaba a diario entre solemnes discursos e improvisados poemas.

Las negociaciones dieron sus frutos y pasado un mes de cautiverio Cesar fue liberado, una vez en tierra, reunió una flota y volvió para apresar a sus captores, recuperando los cincuenta talentos. Cuando los piratas suplicaron perdón, Cesar recordó los buenos ratos que pasó junto a ellos y se mostró clemente, quebrando sus piernas para acelerar la muerte en la cruz.

Aquellos cilicios comprobaron que, a la hora de negociar, Cesar era un hombre de “mucho talento”, pero de escaso talante…


Gotzon Sillero Pérez de Albéniz


Sangre en la Arena


La sangre en la arena resplandecía rojiza, bajo los rayos de un sol furioso, abrasando la piel desnuda de los gladiadores que yacían semidesnudos; Algunos agonizantes, otros desmembrados y unos pocos protegidos de los dioses…vivos.

El hombre de coraza dorada se puso en pie, apoyado en una lanza que usaba a modo de bastón. Su porte era regio y más que un esclavo parecía miembro de la nobleza. Su cara, pese a estar surcada de cicatrices era la de un adolescente y su cuerpo musculoso el de un guerrero experimentado. Avanzó arrastrando el pie derecho, levantando polvareda con cada paso, el público ya no murmuraba, el silencio era lo único que podía escucharse.

Al otro lado un hombre enjuto y encorvado que aparentaba poco más de 40 años se ponía en pie con la misma dificultad, agarrando una enorme espada de doble filo que reflejaba su rostro ensangrentado. Ambos sabían que el final no llegaría hasta que uno de ellos cayese para siempre, así pues se encaminaron hacia el rival, arma en mano, doblegando el dolor y encomendándose al cielo.

El sonido de las armas al chocar no tardó en llegar, ambas colisionaban asemejándose a un trueno que toca tierra. Las voces del público fueron in crescendo hasta casi dañar los oídos. Las personas jaleaban a los luchadores enfebrecidos por la lucha, hasta que uno de ellos cayó al suelo. El hombre de facciones joviales y cuerpo esculpido en piedra no volvería a ver jamás la luz de un nuevo día.

Lucía Arca Sancho Arroyo


Él

Él, el hombre más poderoso del mundo, aquel que lo había hecho todo por y para el pueblo. Él, que había llegado donde nadie antes había llegado. Él, que por unos arrogantes, ambiciosos y egoístas había hallado la muerte. Él, que en herencia dejó la mitad de su riqueza al pueblo. Él, que había vencido lo invencible. Él, que había convertido un nombre en el mayor titulo de poder del mundo. El gran estratega y gran orador político, yacía ensangrentado y sin vida a los pies de la estatua de su némesis y gran amigo, muerto unos años antes en Egipto.

Sus asesinos no tardaron mucho en difundir la noticia alegando la salvación de la república. No se dieron cuenta de su error hasta que fue demasiado tarde pues no tardaron muchos días en verse autoexiliados por miedo a su seguridad. El acto que pretendía salvar a su amado gobierno no fue sino su total perdición ya que este hombre, aún estando muerto, cumplió su objetivo: años después de su muerte, su sobrino e hijo adoptivo se convirtió en el Emperador del Imperio más famoso del mundo y del que heredamos casi todo.

Él, el hombre llamado Cayo Julio César…

Ismael Aguado


El Dragón Ausente

Escondida entre los multicolores montes Apeninos, se encuentra la morada de un dragón bravío. Se discute, entre los especialistas, la razón por la cual, desde hace siglos, el animal fabuloso no accede a ser visto. Algunos afirman que se esconde por vergüenza, desde que perdió la capacidad de producir fuego. Otros, con mayor rigor histórico, aseguran que el dragón se condenó al ostracismo por remordimiento. Sólo así se explica que su desaparición haya sido concurrente con aquel famoso incendio de Roma.


Martín Gardella


Gestos.

En un pequeño descuido de los romanos, Barrabás aprovecha para lavarse las manos delante de la plebe, tras un pequeño instante de confusión y de asombro, el pueblo en plena euforia decide liberar a Jesucristo y Poncio Pilatos acaba siendo crucificado.

Gotzon Sillero Pérez de Albéniz


Intercambio

Después de la larga y peligrosa travesía por el Egeo, amo y esclavo llegaron agotados a Delos, la pequeña isla entre las Cícladas donde se celebraba el mayor mercado de esclavos de todo el mediterráneo. Llevaban muchos años juntos, circunstancia que hacía difícil la separación, pero la edad no perdona y era necesario efectuar la compraventa cuanto antes, cambiarlo por otro más joven. Un cliente interesado en aquella mercancía humana inspeccionó primero los dientes, como si de un caballo se tratase. Luego buscó, en vano, alguna tara física en los músculos y en las articulaciones. Preguntó también por su conducta, para asegurarse de que no sería problemático. Al fin, tras un breve regateo en el precio que sólo consiguió rebajar unos pocos sestercios, cerraron el trato. Esa misma tarde, el esclavo emprendió el viaje de regreso a Roma, satisfecho por haber comprado un nuevo amo a precio de ganga.


Víctor Lorenzo Cinca


La guerrera de ojos de hielo

Los romanos, antes confiados por la inminente victoria, miraban ahora asustados al batallón de galos que se disponía ante ellos. Su número era inferior al prominente ejército romano. No más de cien hombres, a comparar con los casi cuatrocientos soldados que contaba el general Augusto P. III. Pero lo que les acongojaba, lo que les hacía temblar, era ella. La creyeron muerta, y allí estaba, pelo castaño y rizado ondeante al viento, armadura dorada que relucía a la luz del sol, piernas totalmente descubiertas excepto por unas sandalias que le llegaban hasta la rodilla, y con unos ojos fríos, azul hielo, relucientes de ira y odio, que taladraban a todo a que osara a mirarlos fijamente. Si apareciese algún imprevisto que lograse acabar con toda esperanza de fulminar a los celtas y obtener la victoria para el César, sin duda sería por ella. Y lo estaba consiguiendo, pero aun así no se rendirían. La guerrera los contempló con repugnancia, desenvainó su espada y en un grito furioso de guerra, se lanzó contra el ejército al galope de su caballo, acompañada por todos sus hombres. Sólo podía pensar en una cosa: ‘Vencer o morir. Jamás sería una esclava al servicio de Roma’.

Noemí Carbonero


La Maldición de Dido.

Aquella noche Virgilio tenía el sueño intranquilo, el encargo del emperador le tenía preocupado. El poeta viajó a un reino lejano y vi cómo arribaban a la costa unas naves fugitivas, el líder de aquella flota perdida fue llevado a presencia de la reina Dido, ella se enamoró perdidamente de Eneas. La reina buscando su compañía ordenó que los exiliados fueran acomodados en sus dominios y durante un tiempo fueron felices.

Pero Eneas tenía una misión que por amor había olvidado. Una noche Júpiter se le apareció en sueños: “Eneas te has olvidado de tu misión, éste no es el lugar que hemos designado, debes partir para cumplir tu destino”.

Eneas obedeció el mandato divino y en silencio embarcaron en sus naves abandonando Cartago. Dido sólo pudo ver las ultimas naves de los troyanos en el horizonte, la reina lloró puesto que nunca volvería a ver a Eneas, fruto de esa frustración cogió una daga y se la clavó en el vientre, con su último aliento lanzó una maldición: “Eneas que nuestros pueblos nunca encuentren la paz…”

Aún resonaban en Virgilio esas inmortales palabras cuando el poeta se despertó e inmediatamente se puso a escribir su inmortal obra.


La tentación de Roma


Ni en guerras, ni en pillajes, había conocido el romano mujer así. Ni siquiera en Roma, en las listas públicas de meretrices, ni en ninguna prostituta que huía de los impuestos, ni delicatae, ni en las ambulantarae que ofrecían su sexo cerca del circo, las lupae en los bosques, ni entre las bustuariae en los cementerios, había encontrado una dama parecida. Su belleza en si misma no era para causar admiración, pero ningún amante había podido nunca resistirse a sus encantos. Encerraba dentro de un cuerpo curvilíneo, casi perfecto, una gentileza en la palabra que emanaba de una feliz personalidad, aunque su mente siempre escondía un aguijón asesino de hombres, que los mataba en placeres, los sumergía en deseos, los embarcaba a un abismo donde el placer era continuo. Cleopatra Filopator Nea Thea era así. Y allí, junto al Nilo, en uno de sus grandes palacios, semidesnuda tras una túnica transparente, utilizando su voz susurrante, dulce, sugerente, atraía a su víctima amada, el patricio de los Antonios, sobrino segundo de Julio César. El soldado era burdo en sus ataques, tosco en sus ademanes sexuales acostumbrados a otras batallas, pero Cleopatra, sabía llevarle hacia ella… de esto ya hace tiempo. Hoy, me siento al áspid más agraciado del mundo.

Agustín de las Heras Martínez


La Traición


-César, aquí está el galo.

-Hazle pasar Claudio y... vigila cerca de la tienda, no me inspira confianza.

-Así lo haré –asintió el pretoriano, mientras daba paso con la mano- pasa galo.

En la entrada de la tienda apareció un hombre de aspecto rudo, fuerte. Su expresión denotaba intranquilidad y desconfianza. Caminó hasta situarse ante el todopoderoso Julio César.

Los dos hombres cruzaron sus miradas desafiantes. Eran enemigos que buscaban una tregua, pero nunca serían amigos.

-¿Así es que tu eres el galo que va a entregarme a su jefe no? –Preguntó César mientras servía vino en dos lujosas copas

-Él no es mi jefe.

-Él dice que lo es.

-Pues no lo es. Los galos nunca hemos tenido jefe.

-Y por eso ¿tiene que morir? –dijo César mientras le tendía una de las copas de vino.

-Sí, por eso tiene que morir –dijo el galo mirando fijamente a César y dando un sorbo de vino.

Durante varias horas tramaron la muerte de Vercingetorix, el jefe unificador de las tribus galas y feroz enemigo de César. Tras la traición, La Galia se sometió al todopoderoso Imperio Romano.

Mª Jesús Rodríguez


Munda

Microrrelato ganador Concurso Microrrelatos de Romanos Castillos en el Aire

El clamor de los soldados ante la victoria ensordeció los gritos de los moribundos. Por las murallas cuerpos desmembrados eran lanzados al vacío estrellándose contra las rocas mientras los legionarios de Roma destrozaban con sus gladios y sus pila el portalón. No habría perdón. Tampoco clemencia. Al otro lado del río, César observaba a sus hombres, orgulloso y calmado. Recordó. Recordó cómo esa misma mañana, cuando los rayos de sol arañaban las colinas, presintió que ésa sería su última batalla, que la parca se llevaría su esencia arrancándosela a dentelladas.

Sonrió con desgana.

Su caballo se encabritó y lo controló con un seco ademán. Una leve brisa le acercó el nauseabundo olor a sangre y muerte y suspiró haciendo suya la sustancia volátil de sus enemigos. Hizo un gesto a su lugarteniente y tiró de las riendas de su montura que se lanzó a un raudo galope, nervioso ante el tufo de la destrucción.

No quedaría piedra en pie.

No quedaría recuerdo de la última plaza que rindió el dictador de Roma, el vencedor de los pompeyanos.

César estaba tocado por los dioses y, a lomos de su montura, en una carrera frenética, enloquecida, se lanzó a su destino.

Lola Montalvo Carcelén



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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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4 comentarios:

  1. Gracias por la iniciativa y por publicar aquí mis microrrelatos sobre Roma.

    Enhorabuena a los participantes, en especial a la ganadora y ánimo con futuros concursos.

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  2. Enhorabuena por el concurso, y gracias por colgar mis dos microrrelatos que participaron en el concurso.

    Un saludo.

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  3. Gracias a vosotros por participar, sin vuestros microrrelatos ni el concurso ni la entrada serían posibles. Tenemos mucha suerte de teneros por aquí. Gracias.

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  4. Muchas gracias por poner los microrrelatos. Me hace mucha ilusión ver el mío ahí. Os felicito por vuestro programa. Besos

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