Microrrelatos de Caza

El trabajo de Marcelino

A Marcelino le habían pedido en la escuela que escribiese una historia sobre caza, pero él nunca había ido a cazar nada, a no ser que por caza aceptasen abatir un puñado de molestas e incómodas moscas con una redecilla de plástico o preparar cepos para ratones en la antigua y vieja casa de sus abuelos. A pesar de pasar los meses de agosto en un típico pueblo de la meseta castellana, no le atraía en absoluto la idea de matar ningún otro animal.

Los únicos recuerdos que tenía al respecto eran la visión de su tío regresando por la mañana, con las botas llenas de barro, unos pantalones viejos, un sombrero de paja para protegerse del fuerte sol, la escopeta de perdigones al hombro y el cinturón lleno de perdices muertas colgando del mismo, e incluso cuando tenía suerte, hasta alguna liebre. Entraba por la puerta trasera, con los perros pegados a sus pies, agotados por las carreras y el calor, con la lengua fuera y jadeando, casi suplicando un cuenco con agua. Y por supuesto, el inolvidable y entrañable recuerdo de su abuela al atardecer, sentada en una silla de mimbre en medio del corral de la casa, a la sombra del melocotonero, desplumando y limpiando las aves que su tío le había traído, para después guisarlas y saborear el premio a su esfuerzo matinal.

Ana María Rubio Esteban
Microrrelato ganador del concurso de Caza


Caribú

Los cazadores salieron temprano; pasarían todo el día rastreando las huellas de la manada.

Para Inuk sería la primera vez; el chamán le había dicho que poseía el espíritu del lobo. Al llegar la noche los hombres extendieron sus pieles sobre el suelo de la tundra. El sol teñía de morado los perfiles de la cordillera helada, a cuyas faldas se extendía la superficie cristalina del lago Beluga.

De madrugada un ligero temblor sacudió el suelo sobre el que dormían. Los perros, erizados por el miedo a lo desconocido, comenzaron a removerse inquietos.

-¡Los caribúes! ¡El rebaño!

El viejo caribú blanco emprendió un ligero trote. Se encaramó a la cima del collado y rebuscó con su hocico en el tapiz de flores amarillas.

Inuk contuvo la respiración; la emoción se agolpaba en sus sienes y muñecas. Eligió la falda de la ladera dónde una ligera brisa soplaba en su contra; oculto tras unos peñascos se quedó inmóvil, como si formara parte del paisaje.

Templó el arco con lentitud y respiró profundamente; cuando hubo expirado hasta el último gramo, disparó. La saeta atravesó el cuello del caribú blanco, que expiró sobre el altozano lanzando al viento su último y agónico berreo.

Diego Castro Sánchez


Proyecto de cazador

“No puedo fallar esta vez”, se dijo el cazador temblando mientras apuntaba al conejo. Los movimientos de su rifle eran mínimos, iguales a los de su presa. El hombre se movía entre los arbustos precisando el disparo para no fallar ni ahuyentar a la que sería su comida de esa noche. Esta vez debía ser implacable, exacto, perfecto. No podía seguir dándose el lujo de llegar con las manos vacías a casa. “Mierda”, pensó al jalar el gatillo. “Otra vez heno de cena”.

Esteban Dublín
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