Microrrelatos de la II Guerra Mundial

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Aún hay esperanza

'Igor Petrenko miró a su izquierda e intercambió una amplia sonrisa con su camarada Basili Orlov. Lo habían conseguido. Después de meses de avance y combates desde que abandonasen la frontera soviética, estaban caminando por fin por las calles de Berlín, sintiéndose victoriosos e invencibles. Estaban a punto de derrocar al III Reich.

A escasos mil metros de allí, el joven Albert Von Stauffenberg empuñaba su fusil con furia, mirando con ira hacia el frente, por donde ya se avistaban las tropas enemigas. El panorama era desolador, pero él se mantenía fuerte en su convicción de no abandonar a su Führer, al tiempo que recordaba la traición de su mejor amigo, con el que una vez había compartido el sueño de una gran Alemania. Mientras quedara un sólo soldado alemán con su determinación y fidelidad, nada estaría perdido.

De repente, sin saber cómo, le invadió la oscuridad y el silencio. Intentó moverse sin éxito y notó un gran peso sobre su pecho. Estaba medio sepultado y apenas podía respirar. Pensó que era su fin, pero se resistió. No podía morir ahora, aún no. Sin embargo, su esperanza y coraje comenzaron a desmoronarse, lo mismo que los muros a su alrededor, hasta que notó una mano sobre su hombro y abrió los ojos. Un pequeño rostro sonriente le miraba. ‘Yo aún sigo aquí’, le dijo, al tiempo que veía al niño coger su fusil de entre sus brazos y alejarse corriendo hacia los soldados soviéticos. ‘Aún hay esperanza’, pensó Albert.'

Ana María Rubio Esteban


El hombre que surgió de un esmoquin

-“El hombre que surgió de un esmoquin”

… desesperadamente subió al dormitorio, abrió un armario y los cajones y agarró dos…

-¡Bendito sea Dios!

Adalberto se cagó en la puta guerra y en los malditos conejos, venados y puercos así como en sus copiosos huéspedes: pulgas, garrapatas, sarna, piojos…

-¡Silencio… o eres hombre muerto!

Supuso que la voz era del portador de la pistola que encañonaba, y a huevo, su entrecejo.

-¡Eres hombre muerto,… ni un movimiento!

Entre el asombro, por la inesperada y esperpéntica situación, ¡en ese lugar, donde todo era penumbra y … armarios negros, ropa oscura, trajes pardos y… un esmoquin negro!

¡Sí, del esmoquin!. atinó a ver que sobresalía por arriba una cabeza señorial, mayestática, portadora de unos fríos ojos. Notó que por el medio, unas delicadas manos empuñaban sendas pistolas, una de ellas con la vida de Adalberto en juego.

-¡Ni una palabra! -oyó de nuevo, mientras notaba su entrecejo presionado- ¡Qué busca, largo!
-dijo el caballero del armario.

Balbuceando, su sofoco aumentado, gotas frías recorrían su frente y espalda, Adalberto contestó: “¡Mire usted, por dios, señor! ¡No dispare!. Busco pañuelos para aliviar la coriza y conjuntivitis...., que no deseo a nadie, por culpa del infierno de Las barrancas y sus asquerosos huéspedes. Podría haber robado, ya que preciada mercancía hay por toda la mansión, o peor aún, llamado a mis compañeros, y ….¡fin del cortijo!, y yo me juego la vida, al venir a por un necesario pañuelo, y me encuentro con usted, y … ¡verá que todo está en orden”.

Por la algarabía de sus compañeros, Mochales y Chaveta, cantando y bailando, por el temor al bombardeo, o por las palabras, porte, discreción e intenciones del sargento, el hombre que surgió del armario, sin abandonar su compostura, ni su firme encañonamiento dijo: “¡…cójalos y largo, antes de que me arrepienta, …. y recuerde que debe usted su vida, a mí o al diablo!”

-¡Si señor, enseguida, ya le digo, que yo, sencillo huertano…!

-¡Siii…lencio, lárguese,…!

Gálvez, saltando escaleras bajó como alma que había visto al diablo, y…

Despertóse con gran dolor de cabeza, mucha niebla en sus ojos y varios chichones junto a un abrevadero, y… rodeado de escombros por todas partes.

Recompúsose y se dirigió donde estaban sus compañeros que, bastante bebidos, alrededor de un mojón, daban vueltas, le dijeron “


Julián del Salado


Hiroshima

Todavía no ha amanecido sobre el desierto de Nevada. En la base de Alamogordo los motores de los B-29 rugen como animales hambrientos, mientras se dirigen al área despegue.

Antes de embarcar, el coronel Tibetts se entretiene en retocar la inscripción que luce el bombardero en el morro: Enola Gay, en honor a su madre.

-Cielo despejado sobre Hiroshima. –El control meteorológico llega de forma transparente a la escuadrilla.

A las ocho de la mañana Hiroshima aparece con nitidez ante los ojos del coronel; los B-29 de reconocimiento ya han dado el visto bueno. Tibetts reza un padrenuestro; no sabe si lo hace por su alma, o por los desgraciados que están a punto de morir.

Se abren las puertas del sollado que acoge el artilugio atómico. Liberado de su peso, el bombardero recupera altura rápidamente: 42, 43, 44… los segundos van cayendo sobre la conciencia del coronel.

Un fulgor prodigioso se abre paso ante su mirada vacía; la luz lo inunda todo, y sin embargo, reina el silencio. Un hongo atómico, de dimensiones pavorosas, se eleva desde el suelo, al tiempo que un ciclón de fuego se abate sobre la ciudad nipona.

-Regresamos a casa…

Amanece sobre Alamogordo. Misión cumplida.


Diego Castro Sánchez



Nada

Las bombas… a tantos se han llevado. Y ya no importan nada. No, no importan nada. Tanto las hemos sufrido, tantas veces nos hemos escondido… Y ya no importan en absoluto. Al igual que sus dueños, los bastardos alemanes que las arrojan sobre nuestras preciosas calles. Nos mantienen sitiados, acorralados, propiciando la matanza. La magna y espléndida Leningrado… ¿quién iba a pensar que sería acosada por esos monstruos?. Pero así es, incluso ellos carecen de importancia a estas alturas.

También han dejado de importar las enfermedades, el frío. La gente muere a millares por causa de la disentería, congeladas en sus casas por falta de calefacción. Y ya no importa nada. Nada.

Nada.

Incluso nuestro mayor enemigo, nuestra mayor agonía. Quién se hubiera atrevido a vaticinar hace unos meses que el hambre dejaría de importarnos. Que dejaría de ser nuestra tortura diaria. Aquella que nos ha hecho comer ratas cual caviar. Pegamento cual sopa. Cadáveres cual ternera.

Dos inviernos han transcurrido. Dos inviernos han machacado nuestros huesos. Dos inviernos enjaulados en nuestra ciudad: sin comida, sin calor, sin ayuda. Dos años y ya no importan las bombas, ni los nazis, ni la enfermedad, ni el frío. Ni el hambre.

Los cadáveres se han consumido. Y en la ciudad de los caníbales, el tercer invierno está siendo testigo de la caza de los vivos.

Ángel Villán
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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