Y nació para ser agua

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Esta es la historia de un hada, un hada muy especial, una hada que nació del agua y que buscará siempre el agua.

El hada deja a Aura en un nido de pluma, dormida. La mira con cariño, preocupada. Hace ya varias lunas que nació, pero la pequeña apenas descansa. No llora, pero la madre la siente inquieta, disconforme. Tan solo se calma cuando bebe, leche de hada o los jugos que la lluvia deja en las campánulas.

La pequeña busca sin descanso con sus ojos de agua, transparentes, sin que el hada sepa ya que darle. La limpia con esponjas de suaves calabazas mojadas en agua de rocío, la peina con plumas de ave, la besa y la estruja con cariño, y el hadita ríe, pero al fin su mirada siempre se pierde a lo lejos, buscando...


Aura crece. Despacio, como todas las hadas. Y la madre se desespera ¿Porqué aún no le han brotado alas?

La pequeña se escapa las noches de lluvia, se deja mojar bajo las ramas de los sauces. Su madre la ve marcharse pero calla, no la llama. Porque siente sus ojos brillantes, y cuando deja de llover, Aura vuelve, se duerme y descansa, la sonrisa suave, los ojos cerrados.


Aura tiene un amigo.

Es Yuno, un duende de pelo crespo y magia en las manos. Le trae al hada pelusas de polen o nueces llenas de miel, una calabaza llena de agua, o la invitación a una excursión al lago.

Es el único que juega con ella. Los elfos no quieren porque dicen que Aura no tiene alas.

Juntos recorren el bosque, y Yuno hace aparecer y desaparecer bellotas, la hierba crece y las flores se abren a su paso. Pero lo que más le gusta a Aura son las historias que Yuno le cuenta.

El duende las escucha en las cabañas de los humanos, por las noches, cuando todos se reúnen al calor de la lumbre, mientras Yuno les espía escondido tras las cortinas o bajo la cama.

Hoy le cuenta a Aura el cuento de un pájaro que se dejó clavar la espina de un rosal para que un enamorado consiguiera una rosa roja para su caprichosa amada.

- Pero el pájaro ¿Murió? – pregunta Aura, impresionada.

- Supongo.

El duende arranca una pajita y la sopla, despertando sonidos de flauta.

- Y sé otra historia más triste aún.

- ¿Cual?

- La de otro pajarillo.

- Cuéntamela.

- No puedo.

Yuno tira la paja y se da media vuelta.

- ¿Por qué? – pregunta Aura.

El duende se agarra a un junco y se balancea, sin contestar. El hada se baja de la rama en la que estaba sentada y se pone frente a él, los brazos en jarras.

- Dime ¿Porqué no me lo cuentas?

- ¿Y a ti que te importa? - contesta Yuno, molesto.

- ¡Claro que me importa! Tiene que ser una historia preciosa – susurra, melosa.

- Sí, lo es...

- Pues cuéntamela, por favor, Yuno...

El duende se sienta, pensativo, rascándose una oreja.

- ¡Vamos, Yuno, hazlo por mí! – le dice, melosa.

- ¡Odio a las hadas! Siempre consiguen lo que quieren de los demás... y eso que tú eres solo medio hada.

Aura se ofende, da media vuelta y se cruza de brazos.

- Pues entonces no me cuentes nada. ¡Yo que creía que eras mi amigo...!

- Y soy tu amigo... – el duende la abraza pesaroso - perdona, Aura, no debí decir eso. Pero es que esa historia es tan triste... que cada vez que la cuento... me pasa algo muy raro.

- ¿Qué?

El duende la mira, resignado, y empieza a contar la historia de un pajarillo que, al llegar el otoño, migraba a un sitio más cálido. Pero una estatua cubierta de oro le pide que ayude dando su oro a los pobres de la ciudad. La estatua se queda sin oro, fea, y la derriban, y el pájaro muere de frío.

Cuando termina, el hada mira al duende y ve gotas de agua resbalando por su rostro. Se acerca y las recoge con el dedo corazón.

- ¿Qué es? – pregunta, maravillada.

- No lo sé, es lluvia que brota de mis ojos. Por eso no quería contar ese cuento.

El hada recoge otra lágrima del borde del ojo del duende, y la acaricia con los labios. Sabe salada.

- ¿Qué te pasa, Aura, en tus manos?

El hada se mira las manos con sus transparentes ojos y ve que le han brotado unas finas membranas entre los dedos.

- ¡Ay! ¿Qué me pasa?

Se marchan corriendo a decírselo a la madre. Aura le enseña sus manos, los dedos delgados unidos por membranas.

- No sé que puede ser. Deberás preguntar a la maga de la montaña. No te han salido alas, y esto... vamos, llévale un tarro de miel y un panal con cera, y le cuentas todo.

El hada abraza a su hija y la besa... no lo sabe, pero no la volverá a ver.


El duende le enseña el camino. La maga de la montaña es una mujer muy, muy antigua. Nadie sabe desde cuando vive allí. Ya los abuelos de los abuelos del duende hablaban de ella como “la vieja”. Es, además, la persona más sabia del bosque. Ella asegura que conoce el mundo desde que se creó, y, por eso sabe todo lo habido y por haber. Todos los seres mágicos la consultan aquello que no entienden y le piden consejo sobre como actuar.

Tras varios días de camino, llegan al castaño en el que vive la maga. Llaman a la puerta de corteza oscura y esperan. Una ardilla les observa desde lo alto. La puerta se abre sola, con crujir herrumbroso. Los jóvenes, asustados, entran.

La maga de la montaña les espera removiendo un caldero.

- ¿Queréis sopa? – como no le contestan llena con un cazo tres cuencos – tranquilos, es solo sopa de pollo – viendo la duda en sus huéspedes, se hace la enfadada - ¿Es que una maga antigua no puede hacer comida normal?

- Perdone – contesta el hada, presurosa - le traemos esto...

- ¡Vaya, miel! – descubre las manos palmeadas de Aura - ¡Esto sí que es una sorpresa, hacía más de mil años que no veía una ondina.

El hada se mira las manos y el duende pregunta.

- ¿Qué es una ondina?

- Un hada del agua. No te salieron alas ¿Verdad? Y siempre estás deseando encontrar agua, mojarte con la lluvia, nadar en el agua... ser agua. Ahí está el peligro – murmura la maga.

- ¿Qué peligro? – pregunta Yano, preocupado.

La maga hace un gesto con la mano, restando importancia.

- Hay dos tipos de ondinas, de agua dulce y de agua salada. Las de agua dulce viven en los remansos de arroyos escondidos. Las de agua salada viven en el mar. Debes averiguar de que tipo eres, sólo serás tú misma en tu propio elemento. Es lo que siempre has buscado.

- ¿Y como lo puedo saber?



La maga se despide de ellos. Van a buscar el mar.

Salen del bosque y bajan al valle. La experiencia del duende les sirve para no ser descubiertos por los humanos. Siguen, como les indicó la maga, el curso de un arroyo, que va aumentando de caudal hasta convertirse en río. Una espuma blanquecina mancha las márgenes con restos de detergente y abonos agrícolas.

El hada se siente mal.

Una inmensa pena le va invadiendo por dentro. Le duele el agua contaminada.

Dan amplios rodeos para evitar pueblos y ciudades. El duende tose con el humo de las fábricas, y se enfada porque ya no hay niños jugando junto al río. Cada vez se arrepiente más de haber comenzado el viaje, de ver en lo que los humanos están convirtiendo su tierra.

Un día el río, en un amplio y arenoso estuario, llega al mar. El agua dulce del río se mezcla allí con la salada ofreciendo un contraste de tonos azules, blancos y ocres.

La playa arenosa parece la clara de un huevo gigantesco, de tan blanca. Nunca el hada pensó que pudiera existir tanta agua, tan inmensa, tan azul... Aura se acerca a la orilla.

Mete un pié en el agua, y al instante se este se le cubre de escamas turquesas, mete el otro y los dedos se le palmean. El duende ve como las piernas se le funden a la ondina en una lustrosa cola de sirena.

Le da una mano intentando sacarla del agua, pero Aura no quiere. Ha encontrado lo que tanto necesitaba, aquello que ella es... agua.

Mira al duende con sabor a despedida.

Y se lanza de cabeza entre las olas.

Yano se mete en el agua tras ella, desesperado, tras la estela de la sirena. Las olas le golpean, celosas, pero él insiste y entra más y más adentro, hasta que sus pies ya no tocan suelo. Grita llamando a su amiga, pero ella ya no responde. El agua le rodea y le entra por la boca, por la nariz, hasta que ya no puede más.



Aura se vuelve y corre hacia el duende. Le toma entre sus verdes brazos de sirena. Cree que los ojos de Yano nunca más la mirarán, su risa no volverá a alborotar el bosque, nunca le volverá a hacer cosquillas con plumas en los pies, ya no le contará los tristes cuentos que a ella tanto le gustaban.

Y entonces comenzaron a brotar de sus ojos decenas, miles, millones de minúsculas gotitas de agua, tristes lágrimas de hada, que se convierten en bruma.

El sol, compasivo, la iluminó con colores, Yano abre los ojos y la mira, feliz, y de la luz del sol y de la sonrisa de un hada y un duende se formó el más bello arcoiris que se recuerda.



Dicen que la niebla en el mar está hecha de lágrimas de sirena...
Llanto de ondinas tristes...
Sueños perdidos de hadas... que vuelven a vivir tras el arcoíris…



Rocío Ordóñez
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