Cuando el mundo se paró...

Y en aquel instante el mundo se paró…

Ambos quedaron frente a frente y sus miradas se encontraron y por primera vez los dos sintieron algo nuevo al descubrirse, como si nunca antes se hubiesen visto. Se conocían desde hacía tiempo y ella le amaba. Él lo sabía, aun sin que se lo hubiese dicho, mas no hacía falta, porque ella era transparente como el agua de un manantial. Y aun luchando por mantener esa idea lejos de su mente, tratando de aceptarlo como un amor imposible, había sido inevitable quedar atrapada en la red de su encanto.

Él nunca se había planteado que ella llegase a ser algo más que una amiga… Realmente no sabían demasiado uno de otro, cuando apenas se veían tres o cuatro veces al año, pero en aquel momento, en medio del vacío que los rodeaba, todo pareció cambiar. Él vio el brillo en sus ojos y a través de ellos la devoción que le profesaba. Y al tenerla tan cerca, incluso creyó escuchar el latido de su corazón, acelerándose a cada segundo que pasaba, porque nunca antes él le había sonreído de aquella manera.

Era doce años más joven que ella, ¿pero acaso eso le importaba ahora? Lo único que en aquel instante quería era hacerla feliz, más de lo que ya era cuando le tenía delante.

Ella apartó su mirada, ruborizándose y notando el calor que acudía a sus mejillas, mientras él, al darse cuenta, la tomaba de la mano apenas con un roce… Ambos queriendo explicarse, pero incapaces de decirse nada. Siempre les sucedía así. Intercambiaban unas palabras, demasiado amables para continuar hablando, y ella se sentía torpe e insegura a su lado. Cada vez que se alejaba y le veía marchar se preguntaba cómo era posible que le causase tal efecto. La intimidaba y la desarmaba completamente. ¿Por qué se sentía tan atraída por él? Verle, aunque fuese en la distancia, era como una droga, pura adicción de la que no podía escapar. La dejaba embobada y bloqueada, sin poder de reacción. Y escuchar su voz era como caer en estado de hipnosis… incapaz después de recordar nada más que no fuese él, y aun así, para su tristeza y desdicha, incluso los detalles de su encuentro se difuminaban. Y aunque ella no lo sabía, él se preguntaba lo mismo. ¿Por qué ella le adoraba tanto? Y sin embargo se mantenía distante, temerosa de acercarse a él, lo cual le hacía dudar por momentos sobre lo que creía saber con certeza. ¿Sería todo cosa de su imaginación? Entonces volvía a mirarla y la veía tímida e inocente, y las dudas desaparecían. Y se dio cuenta de que además de hacerla feliz quería protegerla. Ella le amaba, pero nunca se lo había dicho, aunque tampoco lo ocultaba y era consciente de que él lo sabía.

Y en aquel instante, cuando notó el roce de su mano asiéndola con ternura a la vez que con firmeza, quiso salir corriendo. Su cabeza le decía que huyese, que aquello no estaría bien, pero su corazón se revelaba y la empujaba a arrojarse en sus brazos.

¿Cómo decirle que aquello que esperaba era sólo un sueño? Él no podía darle lo que ella anhelaba. Tan sólo pensarlo era una locura. Tan sólo imaginarlo… una prohibición. Y más con el respeto que le tenía y el silencio con el que rodeaba sus gestos. Jamás hasta entonces había insinuado nada, consciente de que quizá él no lo entendiera. Hasta entonces él había estado seguro de lo que pasaba y de lo que no pasaría con ella, pero ahora…

Trató de resistirse a ese nuevo sentimiento, pero la dulzura que ella irradiaba se lo hacía difícil. La ternura de su mirada y la delicadeza de su sonrisa no ayudaban a contener aquel arrebato inesperado. Esa situación le había pillado por sorpresa.

Era doce años mayor que él… ¿Qué interés podría tener en un hombre tan joven para ella? Y mientras la miraba, casi como por primera vez, supo que aquella mujer era especial. Y se sorprendió al descubrir que además de hacerla feliz y protegerla, quería amarla. Y la amaría a pesar del tiempo y la distancia, a pesar de la edad y las habladurías. La amaría porque ella le amaba sin reservas. Se amarían en silencio, como se aman dos almas que no pueden alcanzarse, que no pueden tocarse porque no hay cuerpo ni materia, sólo espíritu inmortal y eterno. Así se amarían…

Una voz lejana les sacó a los dos de su ensueño. Alguien le llamaba, rompiendo la burbuja que se había creado en torno a ellos. Aquel momento mágico terminaba y era hora de regresar ya a la realidad. El mundo comenzó a moverse de nuevo, aun cuando ellos quisieron echar un ancla y amarrarse allí juntos por un tiempo.

‘Me alegro de verte’, dijo él. ‘Cúidate’, dijo ella. Y acto seguido soltó su mano con lentitud, como queriendo retener ese momento para siempre, y acarició su mejilla con el dorso de sus dedos. Él sostuvo su rostro entre sus manos y la besó en la frente, justo antes de girarse e iniciar su camino de regreso. Ella lo veía alejarse y de nuevo volvía a su mente la pregunta de siempre, ¿por qué? Fue incapaz de moverse, tratando de asimilar lo que había sucedido. ¿Qué había cambiado para que él hubiese tenido ese gesto con ella? Sintió que se perdía en el abismo que poco a poco los separaba. Él se volvió hacia ella y la vio allí, observando su partida. Pasarían meses antes de volver a verle y deseó retenerlo a su lado, y por una vez, confesar lo que sentía. Pero a él lo esperaban.

Ella se volvió y atravesó la amplia explanada a su espalda, mientras las lágrimas se escapaban de sus ojos, sintiéndose culpable. A ella también la esperaban al otro lado de la plaza. Apenas fue consciente del canto de los pájaros, del alboroto de los niños jugando, del ladrido de un perro, del sonido del agua de la fuente… Caminaba casi sin rozar el suelo, suspendida en una nube. Su embrujo aún la aturdía y la acompañaría quizá hasta que volviese a verle. Era el efecto que le causaba, inevitable…

Su marido la vio acercarse y observando que lloraba la abrazó sin palabras, ofreciéndole el consuelo que necesitaba, sin preguntas, sin querer respuestas. Para él ella era su bruja, su diosa, su musa, su amarre, su fuerza... Era su luz y su sombra, su día y su noche, su pan y su agua, el aire que respiraba… Su alegría y su tristeza, su llanto y su sonrisa, y hasta su vida entera. Él dependía de ella.


Ana María Rubio Esteban
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Castillos en el Aire

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2 comentarios:

  1. Ana... M E -- E N C A N T A !!!, Me lo llevo!

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  2. Ey!!! qué sorpresa verlo entero!!! :))) Me alegro de que te guste, Silvia. Gracias por publicarlo para compartirlo con todos!!! Besos

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