Microrrelatos Homenaje a Miguel Hernández


Anotaciones de un Olvido

Me fui acercando a tu aire, bebiéndome uno a uno los limoneros del camino, coronándome con el cielo de tu pueblo, vistiéndome la piel de su sol denso.

Escuché tu risa alborotada, tu palabra clara; sentí tu paso, masculinamente firme, seguro del campo que pisaba y mis pies penetraron en tu tierra como raíces incontroladas, disparándose en todas direcciones.

Me adentré en tu amor, en tu calle y en tu casa; supe conocer la higuera y tu huerto; imaginé las cabras y reconocí tu asiento y tu sombra en la montaña.

De todo lo tuyo, queda la montaña que, cada mañana, llora lágrimas de piedra que se le desparraman al asomarse y ver tu casa; de tus pasiones…., unas paredes que te llaman a golpe de pintura mal pintada. Una puerta rota, unos espacios vacíos que quisieron ser tu casa, tu alma.

Es el amor, quizá, la mejor palabra que de ti hemos heredado y solo los labios decididos saben pronunciarla.

Todo el que te estallaba dentro salió a tus labios en rico néctar de palabra; y libamos un universo de sentimientos llanos dejando, tras su explosión devastadora y silenciosa, la mejor metralla... la pasión hecha palabra.

(De mi visita a Orihuela, cuna de Miguel Hernández. Verano de 1981)

Yolanda Campos
3º premio Concurso Microrrelato


Cita a Ciegas


Recientemente, el cantautor Joan Manuel Serrat relataba una anécdota producida en 1972 cuando conoció a Josefina Manresa, esposa del poeta Miguel Hernández. Recreemos la situación.
En 1972, por supuesto, nadie conocía a Miguel Hernández, poeta proscrito. Ella es una humilde modista, viuda del poeta desde que Miguel murió de tuberculosis en la prisión de Alicante, treinta años antes.

Humilde y olvidada de todos, recibe a Serrat, a quien apenas conoce, si acaso alguna canción perdida, oída en el aparato de radio que le acompaña mientras cose trabajosamente puños y cuellos de las camisas para otros.

El viaje de Joan Manuel Serrat, con su primer disco sobre el poeta, es un viaje semiclandestino. De Barcelona a Orihuela. Una cita a ciegos, se podría decir. Se saludan, él le regala el disco recién grabado, y ella no sabe qué hacer. “Gracias. Pero no tengo tocadiscos donde escucharlo”. Joan Manuel, sorprendido, sabe reaccionar: baja a la calle y compra un tocadiscos para Josefina. Y es que en la esposa de Miguel, se unen todas las desgracias de los verdaderos perdedores de la guerra civil y de la posterior posguerra: la pobreza y el olvido. Mucho olvido durante demasiado tiempo.

Margarita Izquierdo



Cuando él llegó la primera vez a mi aprisco, yo era ya vieja, vieja y sabia.

Observé su mirada abierta, cómo bebía el viento, y me estremecí de amor y de pena. Fui siempre su preferida. Él no lo supo, pero mi maldición me permitía intuir todo, conocer su futuro.

Me acercaba a él cuando, en lo alto del monte, sentado en una roca caliente por el sol, abría su cuaderno de hojas amarillas y escribía. Apoyaba mi testuz contra su espalda, y así leí sus primeras letras, aún barrocas, complicadas, las rimas de un muchacho que soñaba otros mundos.

Y yo sentía ya su fuerza, aún en tinieblas, aún sin la pasión que solo otorgan el dolor y la vida.

En las noches inmóviles de Orihuela, cuando los grillos y los cárabos cantan al silencio, él se tumbaba boca arriba sobre el musgo, mirando las estrellas.

Y yo ví su rostro muerto, su mirada apagada por el odio, sus palabras que arderían, que levantarían el alma de tantos y tantos, el amor brotando en estallidos de sangre, el hambre de sus hijos, el fuego y la pena, el dolor y la rabia.

Y lloré, balando a la luna, lloré y canté su vida, sin palabras y sin lágrimas.

Rocío Ordóñez Rivera


El hombre que siempre perdía el sombrero

El viento desordenaba la consistencia de la luz de las farolas, convirtiéndolas en haces que desganados alumbraban los retazos del anochecer, e intermitentemente, al hombre de gabardina y sombrero de detective que subía la calle desde el centro de la ciudad. Hay que señalar que era un hombre que siempre perdía el sombrero, y aquella noche ventosa auguraba un desenlace anunciado, por lo que nuestro protagonista se agarraba afanosamente la parte superior de su vestimenta, al complemento que le definía como ser humano, y le cubría de las inclemencias del tiempo, con autentica desesperación. El inquieto céfiro, a su vez, buscaba, quizás inconscientemente dado su condición de ser inanimado, despegar el sombrero de su dueño, con inusitada terquedad.

Al cruzar la quinta farola de la calle, el sombrero se separo del hombre e inició libre un nuevo rumbo. El hombre corrió en contra de su esperanza tras la prenda que vestía el viento, y justo cuando por una casualidad, consiguió atraparlo, una recia farola interrumpió el paso de los dos perseguidores, doblando violentamente por las costillas al hombre que siempre perdía el sombrero, que desde el suelo, susurro, con un tibio hilo de voz -Compañero, tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento.

LUR Sotuela Elorriaga


La Higuera

La higuera atrás del patio continúa mirando el muro blanco de su casa. Como único ajuar de la familia: un lavabo. Apenas al otro lado de la calle, su colegio y una explanada de palmeras férreas suplen los antiguos campos de la Vega Baja de Orihuela. Huele a azahar de enredaderas.

Pastores, ovejas, versos.

En algún momento de la tarde y entre las cuatro paredes ya muertas, Miguel le pregunta a Marcos con un anhelo que hiela: ¿Cómo seguirá mi higuera?

Encar Jurado Salván


La Metáfora de los Cinco Azahares

En Orihuela, el pueblo de las palmeras alicantinas, hace calor después de un invierno de lluvias.

-¿Tú sabes quién es Miguel Hernández, Miguelito?

-Sí. La “seño” lo ha explicado hoy en clase: era un escritor que escribía poemas tristes…

-Sí, pero también escribía cosas alegres, al amor, a sus amigos, a su esposa Josefina: “Besándonos tu y yo se besan los primeros pobladores del mundo”

Miguelito cuenta a su tía Marta que ha tenido que leer un poema en el cole. “La canción al ajo”, dice Miguelito. Marta suelta una carcajada: ¡Serán las “Nanas de la Cebolla”. “Eso”, concede Miguelito.

-Oye, tía, ¿tú sabes lo que es una metáfora? Es que la “seño” dice que Miguel Hernández hacia muchas metáforas….

-¿Si?

- En los deberes que tengo hoy hay que descubrir qué quiere decir “con cinco azahares, con cinco diminutas ferocidades”

-Te voy a dar una pista. Eso lo escribió tu tocayo a su hijo, desde la cárcel, cuando tenía meses y le aparecieron……

-¡Los dientes de leche! ¡Cinco dientes! Cinco “ferocidades” porque los dientes cortan, ¿no?

-Eso mismo, sobrino

-¡Cuánto sabes, tía! ¡Tú eres “mi compañera del alma”, mi querida Marta!

Enrique Jurado


Libertad

-Despierta Miguel, pronto serás libre para siempre.- Una voz femenina, surgida de la nada, le susurraba al oído. Mientras, Miguel agonizaba postrado en su lecho de muerte.

Él levantó la cabeza observando con pánico la solidez de los barrotes de acero que le mantenían atrapado en el interior de aquella celda. Cerró los ojos abatido, y entonces aquella voz le volvió a hablar.

-Miguel, no temas, soy tu libertad. He vuelto a ti más fuerte de lo que era cuando te abandoné. Ahora ya nada impedirá que recorras el mundo. Ahora, nada ni nadie podrá impedir que tu voz pasee por los prados y recorra las dehesas, que vuele por los campos y atraviese los muros. Ahora Miguel ya eres libre.-

Su mano cayó muerta de la cama, colgando como un cairel inerte y desde aquel jergón, ya sin vida, fue testigo de cómo las palabras escritas escapaban entre las rejas de acero, abandonando la penumbra del encierro, acompañadas de una dama vestida de blanco. Guiadas por el pasillo que conduce al futuro inmortal.

Y aquellas palabras amplificadas por la presencia de aquella muerte, alcanzaron mi mano, y de ella surgieron mil caricias y mil besos, y los latidos de rabia que hacen posible que se sea capaz de gritar “LIBERTAD”.


Luis Haro Berlanas
Primer Premio Concurso Microrrelato


Manantial de Perito en Lunas

“Eres la noche esposa, yo soy el mediodía”
M.Hernández

“Desde la fuente del arroyo [del Molino de la Presa] hasta su desembocadura en el río”
Tumbo de Santa María de Valdeiglesias, siglo XVI


Busco en lo alto del monte algo que me de vida, un aluvión de imparables fluidos, borbotones de agua después de la torrente lluvia de este invierno.

Camino, corro, vuelo, en busca de algo, ¡qué se yo!, allá al centro de lo alto.

Cabalgo entre riberas, matas, matojos, encuentro un cervatillo muerto, ¡será la muerte quien me espera! ¡Pero no! Subo, trepo, escalo, sobre la ya negra noche.

La botas, escarcha mojada, me recuerdan las alpargatas de Miguel Hernández, y yo, poeta de la nada, sueño con él, sueño en su manantial de sementera, en su amor de trigo y cebada, en sus hijos de la luz y la sombra. Por soñar sueño en la noche cerrada.

Mientras, entro, penetro en la húmeda oquedad del río, antaño arroyo molino, presa de monacal silencio.

Descubro, me zafo, me adentro en los montes de Venus, Afrodita diosa. ¡Bendita Luna celeste, resplandor de la luna llena. Orihuela, su pueblo, y el mío, el Alberche, juntos en la noche estrellada.

Y, al fin, despierto.

Enrique J. Salván


Miguel “el cabrero”

Como cada amanecer sin excepción, Miguel cuida y mima a cada una de sus cabras a las que conoce por su nombre y diferencia por su carácter. Disfruta con ello y con el contacto casi íntimo entre él y la naturaleza, Los días transcurren lentos y a veces monótonos, aunque para Miguel el pastoreo es algo más que su trabajo. Se siente parte integrante y activa del pasaje, le gusta saborear todas las sensaciones que el entorno provoca sobre su persona.

La rutina diaria se rompe con la explosión de sensaciones que provocan en sus sentidos el ordeño, el paisaje con sus cambios de color, las nubes, el sol, , los olores, los sonidos del viento, de la lluvia de los pájaros ,los validos y el tintinear de las esquilas de sus cabras. Tiene la necesidad de expresarlo sobre un papel, no solo esto, sino además todas sus emociones y sus inquietudes.

Aprovecha el tiempo en que su rebaño pasta para escribir todo lo que siente e imagina. El es un hombre tranquilo de campo, un cabrero con una sensibilidad especial y con inquietud social. Gran parte de su obra transcurre en este escenario y no es posible saber a la vista de la historia desde cuando, el cabrero poeta deja de serlo para ser lo contrario. Desde cuando el apellido se une al nombre para siempre.

Carmen Recio García
2º premio Concurso Microrrelato

Mujer

Niña, mar, playa, nube. Droga dura dulcísima. Te noto por mis venas. Mayo entre mis noviembres.

¡ Rosa entre las mis nieves ¡ Pero que tarde llegas ! Guitarra huérfana de mis manos. Diseño de mis sueños. Niña limpia de lunes. Niña rota de lunas. ¡ Pero que tarde llegan, mujer, tus labios repletos de miel y de cerezas !

En tus ojos hay islas donde naufragaría. Entro hacia tus semanas con restos de farmacias. Niña, cuerpo en escorzo, caderas de manzana. Ola que azuza espumas y azucenas. Gacela que huye rauda de mis lobos-palabras. En las noches difíciles fabrico amaneceres con tu risa. En tus teticas claras duermen todas las músicas que nunca hare nacerte. Niña, uva lívida, armónica y helénica, florida, titilante anémona y áloe. Niña, cántaro, pájaro. Mujer. Rojos claveles vivos, danzan entre tus manos. Y un río de naranjas naciendo de tu pelo.

Cuando te vi llegar con tu sonrisa de canela y alma supe que la vida venía, que me desarmarías, y aqui estoy desarmado, como un niño desnudo o un hombre vulnerado.

Luego, al alba, me invento tu cuerpo de barro y de palomas dormido entre mis brazos... la primavera es en tu cuerpo.


Luis Santos

Poeta de Pueblo

El enorme puchero bulle encima del bailón fuego envolviendo toda la plaza con un embriagador aroma de azahar, mar y campos abiertos.

Una voz inquisitiva, como si se tratara de un trueno, se alza en medio del gentío e interroga a los presentes: - ¿Se puede saber quién osa mezclar, sin medida ni concierto, nanas de cebollas, elegías a muertos, silbos vulnerados, rayos que no cesan, vientos de los pueblos?¡Decidme, si alguien de vosotros lo sabe! ¿Quién es capaz de este portentoso hecho?

Desde el fondo, por detrás de la perola, emerge la silueta orgullosa de un hombre, aún joven, menudo, de frente despejada y ojos bien despiertos, es Miguel Hernández, el de Orihuela, el valiente cocinero, quien avanza triunfal enarbolando un cucharón del cual aún gotean sentimientos, pasiones, alegrías y penas.

La multitud, expectante, se arremolina en torno al gran poetacocinero para obtener, aunque tan solo sea, una pequeña muestra de su mágico brebaje de versos que tiene el don, con solo catarlo, cuan bálsamo milagroso hecho a base de dulces caricias, de reconfortar corazones heridos, almas derrotadas y resquebrajados espíritus.

¿Qué más se le puede pedir a un “humilde poeta de pueblo”?


María Celia Martínez Parra
3º premio Concurso Microrrelato


¡Porque él era poeta!

La madre contaba historias al niño... ¡como aquella del pastorcillo que quiso ser poeta! Creció entre libros y soñó entre ovejas, en el campo, donde siempre llevaba un cuadernillo para escribir los versos que de pronto asomaban a sus labios; en su casa no lo entendían. Él sólo quería ser poeta. Y un día se fue lejos, a buscar otros poetas. Pero encontró un mundo gris, donde había peleas y envidia, y entonces sus versos salían de color gris, porque él era poeta. Hasta que un día, conoció el amor y su poesía se volvió azul; azul... ¡como su cielo de poeta! De ese amor pronto nació un hijo, y aunque les separó la miseria él, que era un poeta, escribió en blanco: blanco como la Luna; blanco como la cebolla, para consolar el llanto del niño. El de todos los niños, y el de los mayores. ¡Sí! ¡Y su poesía volaría lejos! -soñaba el poeta-. Y, cuando él ya no estuviera, sería recordado por sus versos, sus versos de colores, ¡porque él era poeta!

−¿Y se cumplió su sueño?

La madre tomó el libro y leyó un poema...

Encarna Martínez Oliveras
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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2 comentarios:

  1. Además fue ella quien me recordó que no habíamos publicado en el blog estos microrrelatos.

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