Corazón en Salsa de Tomate


Supongo que todo aquel lío en el que me metí yo solito comenzó el día en el que el señor alcalde nos reunió a todos en el polideportivo municipal recién estrenado, el recinto se había construido gracias a una subvención y aunque todavía no teníamos deportistas que lo precisasen, su sola presencia ya auguraba, siempre según los dictados del edil principal del ayuntamiento, un prometedor futuro para el deporte de nuestra minúscula localidad.

En un primer momento el edificio nos pareció hostil, casi dañino, nosotros éramos gente de pueblo, acostumbrados al campo y a las noches refrescantes de banco en la plaza y chafardeo, no habíamos practicado más deporte que aquellos partidos de fútbol sobre el barro de la explanada de detrás de la iglesia y algunos revolcones en los pajares… aunque a estos últimos no sé si es apropiado llamarlos deporte. En fin, que gracias a la última subvención del estado y a que a nuestro alcalde poco le importaba que en nuestro pueblo no hubiese más que tres o cuatro niños que aún dormían en cuna, teníamos un centro polideportivo último modelo. Olía a nuevo y a plástico. Nosotros, sentados en unas sillas desplegables que había regalado una empresa, cuyo nombre figuraba en los respaldos, mirábamos al techo de metal con desconfianza, atemorizados y temerosos de que se nos pudiese caer encima en cualquier momento. El Tío Jacobo y la Manuela no dejaban de mirar a las canastas colgadas del techo y plegadas hacia arriba gracias a unas poleas unidas con cabrestantes, yo sabía que eran canastas porque veía algunos partidos de baloncesto por La 2. De hecho, creo que por aquel entonces yo era el único vecino de El molar de las mulas al que le gustaba el deporte… y no tanto como para cansarme practicándolo, no sé si me entienden.

En fin, que allí estábamos nosotros, el municipio al completo, menos de tres docenas de gentes acostumbradas a los rigores del tiempo y las fatigas del campo, escuchando la dialéctica increíblemente laberíntica del único de nuestros allegados que había salido del pueblo. Don Ramiro, el alcalde, que había ido a la capital para estudiar leyes y que había vuelto al pueblo no sólo cargado de dineros y sabidurías, sino también con unas ropas de ciudad muy extrañas y un gigantesco coche negro, con nombre de mujer y estrella en la delantera, que relucía resplandeciente entre los cascajos que teníamos los demás y los tractores, que aún eran los únicos vehículos que usaban el Jacinto y el Antonio.

La cháchara del alcalde y su baile de cifras, números, politiqueos y demás insistes raros, que a nosotros ni nos iban ni nos venían, acabó por sumirnos a todos en un sopor extraordinario, que se sumó a nuestra certeza de que aquel recinto repleto de moderneces acabaría repleto de telarañas y pasado de moda antes de que nadie lo utilizase, como le pasó al Macario cuando puso el cine y al Rogelio con la discoteca… donde hacía años que no pasaban nada más que el propio Rogelio y sus cada vez menores ganas de juerga.

Estábamos tan amodorrados que ninguno prestaba atención a lo que decía don Ramiro, ni siquiera cuando nos anunció que se iba a construir un colegio y un hospital en nuestro pueblo le prestamos atención. Más tarde, al cabo de los meses, cuando empezaron las obras, nos enteramos de todo y comprendimos que nunca hay que asentir a las palabras dictadas por un político sin prestar atención, por si las moscas… el caso es que al año de aquella charla nuestro pueblo cambió para siempre y nosotros ni nos enteramos hasta que pasó. Pero bueno, no es ese el lío del que quiero hablarles a ustedes, por lo menos hoy.

Ya he dicho que todos estábamos medio dormidos, hipnotizados por la verborrea imperial y aturdidora declamada por el alcalde. Incluso hubo quien bostezó sonoramente. Pero nuestros ojos se abrieron como platos cuando escuchamos la palabra mágica, la única que captaba nuestra atención de inmediato, la palabra que todos deseábamos escuchar aunque no nos diésemos cuenta de ello: Televisión.

Sí, amigos, la televisión era nuestro verdadero escape de la vida cotidiana, no había día demasiado frío ni trabajo demasiado esforzado si cuando llegabas a casa tenías a punto tu programa favorito con tan sólo pulsar un botón. Nuestras tertulias en la taberna del Genaro y nuestras conversaciones de camino al campo se poblaban de esos personajes tan sufridos de las telenovelas, los azares del protagonista de la última película o las curvas de la azafata de nuestro concurso favorito… incluso había quien lograba entrever entre las rayas bailonas lo que hacían los protagonistas de la X del Canal + por las noches, con lo difícil que era eso. Yo había probado con un embudo empapelado de papel de aluminio en muchas ocasiones, pero ni por esas oye.

Don Ramiro, como le gustaba al alcalde que le llamásemos, aunque casi todos éramos quintos por allí nos habló de que la televisión española iba a cambiar debido a las nuevas tecnologías y que nuestras televisiones no valdrían a partir del mes siguiente, así que tendríamos que comprar unas nuevas que, precisamente, qué casualidad, vendía su mujer en la tienda de electrodomésticos que había puesto en la Plaza del Velorrio. La mujer del alcalde era una joven que tenía a medio pueblo descolocado y al otro medio en celo. Sus redondeces y sus faldas escasas de tela eran un suplicio para la mayoría, incluso para el bueno de Don Tomás, nuestro párroco, que nunca antes había tenido que luchar contra la tentación de ver ese buen par de piernas en el pueblo. Las mujeres de El molar de las mulas solían vestir con faldones largos y gruesas chaquetas de borrego, a poder ser oscuras, y estaban achaparradas y robustas de tanto trabajar en el campo y en la casa. No era de extrañar que todos estuviésemos algo distraídos con la Rubia, como todo el mundo llamaba a la mujer del alcalde, a pesar de que ella decía llamarse Carmen, no hubo nadie en el pueblo que la llamase así jamás, para nosotros siempre fue la Rubia.

El caso era –nos dijo don Ramiro- que había que comprar esas nuevas televisiones para poder ver los canales de ahora en adelante, a cambio tendríamos muchos nuevos programas con los que pasar nuestros ratos libres. Nosotros ya estábamos contentos con los que teníamos, pero bueno, si había que ver más… el alcalde también nos dijo que había logrado una nueva subvención para un proyecto de futuro y único en toda España: una televisión local que se emitiría para toda la nación.

La perdición de El molar de las mulas estaba segura, aunque ninguno de nosotros podía saberlo, menos aún ante la sonrisa satisfecha del que nos daba la noticia como si de la llegada del hombre a la luna se tratara. La televisión local, que se llamaría, claro está Don Ramito TV, se haría por los propios vecinos del pueblo. Era un proyecto novedoso que quería poner en marcha el estado y gracias a la maestría negociadora de nuestro ilustrísimo alcalde y de su concejala de urbanismo, cultura y deportes, así como la nueva agente de desarrollo local (su mujer), el experimento estatal había recaído en nosotros. Todos los vecinos del pueblo podrían tener su propio programa de televisión, para hacer y decir lo que quisieran durante una hora diaria. En realidad no podrían tenerlo, debían, ya que en eso consistía el experimento, en que toda España tuviese la oportunidad de ver qué podía ofrecer un pueblo como el nuestro, todo el pueblo.

El Remigio, alguacil del ayuntamiento desde tiempos del generalísimo y quizás desde la II República de lo viejo que era, repartió unas octavillas a cada uno de los allí presentes, en los que todos pusimos nuestra idea. De allí salieron una buena cantidad de títulos y formatos de programas televisivos que al alcalde le pusieron una sonrisa de oreja a oreja en la cara, la subvención era enorme… la verdad es que creo que en aquel instante fui el único que entregó la octavilla en blanco, porque no se me ocurría nada en ese momento y porque en mi fuero interno una vocecilla maleducada me gritaba improperios negándose a participar en ese nuevo formato gigante de Gran Hermano local.

Al día siguiente aparecieron en el pueblo un montón de personas desconocidas que dijeron ser los Nuevos. Levantaron en menos que canta un gallo una urbanización de 20 casas, un colegio, un ambulatorio, una farmacia (porque no se podía estar en medio del campo sin una farmacia), un nuevo ultramarinos (que arruinó al que ya había desde siempre en nuestro pueblo) y un edificio extraño, insulso, sin más adornos que unas letras enormes en lo alto, azules y rojas, que decían Don Ramito TV y una antena puntiaguda que se perdía en lo más alto del cielo.

Ni que decir tiene que el bueno de Don Tomás puso el grito en el cielo, porque aquel edificio era más alto que el campanario de la iglesia, pero cuando le comentaron que podía evangelizar desde su nuevo “El viaje de la Virgen” y “Las Dichas de Jesús”, y que podía emitir la misa en directo las mañanas del domingo para toda España, dejó de protestar. Bueno, puede que también ayudase algo el que el alcalde le dijese que durante la emisión de sus programas habría unos cartelitos en la pantalla con unos números telefónicos, empezados por 902, que irían acompañados de la palabra “Telecepillo”.

El caso es que desde aquel día la televisión digital terrestre (la nueva tecnología que nos había hecho comprar televisiones nuevas en la tienda de electrodomésticos de la mujer del alcalde) se enriqueció con los programas que nacieron de El molar de las mulas. Había programas rurales como “Cómo ordeñar con precisión” o “Noticias del pastoreo”, otros más filosóficos como “El pensamiento entre los pinos”, de cocina “Con las manos de Tomasa”, de bricolaje “Haz lo mismo que en el pueblo” y hasta de cultura, “Molinos enlazados”, en alusión a la lanza con la que el Quijote embistió en su día a los molinos que tomó por gigantes. Había tantos programas que todo el pueblo estaba en el ajo y todos contentos, porque todos recibían su parte de subvención. El que parecía más contento era el alcalde, que veía cómo Don Ramiro TV se convertía en una cadena en auge, a la que seguían centenares de miles de personas en toda España, lo que aseguraba que el grifo continuase corriendo sin descanso.

Empezaron a recibir cientos de ofertas para insertar publicidad en nuestro canal local. En poco tiempo el EGM anunció que era la cadena más vista de España y El molar de las mulas fue, por primera vez en su historia, portada de todos los periódicos. A los programas del pueblo acudían gentes muy variopintas e importantes para ser entrevistados o realizar cualquier tipo de colaboraciones. Estrellas de Hollywood, cantantes internacionales, deportistas de élite… nadie quería quedarse sin salir en Don Ramiro TV. Al final incluso el presidente acudió a ser entrevistado por la Juani en su programa de información económica y política “La charca de la piara”, que había conseguido lo que nadie, que la gente común se interesara por fin de asuntos económicos y políticos… gracias a ese programa aprendí de una vez por todas qué narices era eso de la Bolsa y cómo funcionaban los tipos de interés.
Al final resultó que yo era el único vecino del pueblo sin programa y un buen día el bueno del alguacil vino a traerme un requerimiento del ayuntamiento. Cuando me alcancé por allí y me hicieron pasar al lujoso despacho de Don Ramiro, que desde el éxito de la cadena local del pueblo había duplicado su extensión y se había convertido en una especie de salón de burdel… al menos a mi modo de ver, éste me contó que el acuerdo entre El molar de las mulas y el estado era que todos los vecinos del pueblo mayores de dieciocho años debían de tener programa propio para continuar con el canal y con la subvención. Le dije a Don Ramiro que yo no era hombre de ideas y que no contara conmigo, pero fue tanta la insistencia y la codicia que me mostró su rostro que al final accedí a preparar mi propio programa. Ayudó algo, también es verdad, el que Don Ramiro me advirtiese que ya había quejas por parte de mis vecinos, que me empezaban a ver como un intruso por seguir con mi vida de siempre y no colaborar con el éxito de la empresa iniciada por nuestro beatífico alcalde… que a mí cada vez me recordaba más a Berlusconi, no sé por qué.

El caso es que, de buenas a primeras, me vi en mi propio despacho, con un par de secretarias y un cuaderno en blanco donde debía de iniciar mi idea de programa. Me devané los sesos durante toda una mañana y al final, aburrido de no tener ideas mandé a mis dos secretarias a tomar un café y me senté en un sofá de cuero, situado frente a un televisor plano, de 50 pulgadas, con el piloto de stand by en rojo. Encontré casi por casualidad el mando a distancia y pulsé el botón de encendido. Por supuesto me encontré con un programa emitido por Don Ramiro TV. Últimamente sólo se veía en El molar de las mulas nuestro propio canal, era de lo que hablábamos en el bar al día siguiente y lo que parecía dar sentido a nuestras vidas. Un repentino impulso de rebeldía me obligó a zapear, ni siquiera lo pensé, pero antes de darme cuenta ya me encontraba a la deriva a través de la televisión española, la misma que desde hacía unos meses comandaba nuestro pueblo. Ni siquiera supe qué hora era, pero todo lo que me encontré fueron programas del corazón, uno estaba presentado por una señora mayor, que tenía también una revista en la que siempre aparecía su fotografía en la portada, en otro había un señor con viruela en la cara y en otro me topé con un tipo muy histriónico que llevaba gafas y parecía en realidad un humorista conduciendo un programa que parodiaba a las cosas del corazón… el caso es que de pronto supe cuál sería mi programa.

Ya había un programa en Don Ramiro TV que trataba de cotilleos, se llamaba “Mariposas, Lunares y vestidos de Flamenca”, lo presentaba Doña Petra y tenía bastante éxito, incluso había logrado exclusivas mundiales, pero trataba de los asuntos mundanos que trataban de una manera semejante todos esos programas y hablaba de los famosos de siempre. Mi idea era otra… si España quería tanto a los presentadores de El molar de las mulas ¿no querría igualmente enterarse de sus cotilleos?

Así nació “Corazón en salsa de tomate”, mi programa. En el que cotilleábamos sobre los quehaceres diarios de nuestros propios vecinos. Copiando ligeramente a los programas del ramo contraté a varios periodistas de dudosa reputación y a falta de una buena Belén Esteban que animase el cotarro, me traje a la Rubia, lo que me aseguraba una audiencia segura entre las gentes del pueblo. Así llené la noche de los viernes de Don Ramiro TV, con los cotilleos de mis vecinos. Al principio todo fue de perlas, a mis vecinos de toda la vida no les importaba salir en el programa, incluso se lo pasaban muy bien cuando les perseguían por la calle mis fotógrafos y reporteros… pero cuando saqué a relucir que la Lucía se había casado de penalti con el Rufino y que el Fermín le tiraba los trastos a la Rubia a espaldas del alcalde, todo empezó a cambiar.

Lucas, el padre de la Lucía, apareció en el estudio con un enorme “quitapenas” con el que quería felicitar a Rufino por su hazaña, después fue el padre de Rufino el que salió al viernes siguiente para llamar de todo menos guapa a su nuera y al viernes siguiente, traje en directo a las dos madres de los susodichos, lo que me dio la mayor audiencia del programa en su corta historia de emisión y logró que el resto de programas del corazón intentasen contraatacar con los mejores cotilleos nacionales, aunque no hubo manera, al final todos terminaron conectando con nosotros, no había habido en España una audiencia como la nuestra.

Al viernes siguiente hice descansar el penalti de la Lucía, aunque dimos alguna novedad y explotamos el affaire de la Rubia con el Fermín, lo que fue otro éxito rotundo de audiencia, el alcalde quería matar al Fermín en directo o por lo menos echarle del pueblo, pero no podía hacerlo por culpa del contrato que había firmado con el Estado. Al enterarse de esto la Rubia pidió el divorcio, diciendo que su marido era un agresivo y que estaba coartando su libertad de enamorarse del Fermín y el Fermín sacó a relucir unos papeles sustraídos del ayuntamiento que afirmaban que don Ramiro se estaba enriqueciendo gracias a unos contratos urbanísticos fraudulentos. Incluso aparecieron unas bolsas negras de basura repletas de dinero por alguna parte.

Yo estaba en un frenesí inaudito, olvidé mi vida diaria para enfrascarme en cuerpo y alma a mi “Corazón en salsa de tomate”, mis periodistas eran unos hachas en encontrar conflictos y asuntos turbios en el pueblo, debido a las millonarias audiencias de mi programa tuvimos que ampliar el horario de emisión y en vez de ser algo semanal se convirtió en diario. Los anunciantes pagaban auténticas burradas por aparecer anunciados en nuestro espacio y toda España nos veía. En miles de foros de internet se comentaban nuestras exclusivas y alguien habló de crear una nueva revista con las noticias que dábamos en directo, con mi foto en portada, como la revista de la señora esa.

Mientras tanto el lío de la Lucía y el Rufino estaba en su punto álgido, el pobre hombre estaba en el hospital por culpa de una brutal agresión por parte de su cuñado, que había acabado en la cárcel por bestia y por cumplir las amenazas berreadas por su padre. Sin embargo, a pesar de los pesares, los dos pobres novios seguían queriéndose, convirtiendo todo aquel asunto en una tragedia shakesperiana de aquí te espero. La Rubia y don Ramiro se reconciliaron en público más de una docena de veces, las mismas que ella se iba de casa para acabar en los brazos del Fermín. Pero no eran esos dos los únicos tejemanejes que anunciamos en “Corazón en salsa de tomate”, todo El molar de las mulas tuvo su San Martín, como se suele decir en estos casos. A todos les sacamos trapos sucios con los que generar audiencia, logramos que los amigos de toda la vida se insultasen en público y se denunciasen por injurias, que matrimonios de siempre se rompiesen por presuntas infidelidades que nos inventábamos al azar, que cualquier obra del pueblo apareciese como desarrollo urbanístico desmedido e ilegal… incluso si me hubiesen dado tiempo, creo, habría conseguido que el bueno del Rogelio, tras cogerse una cogorza de órdago en su Discoteca, la cual era últimamente muy exitosa gracias a su programa de música y a la visita continuada de artistas invitados, me confesara que él fue quien mató a Manolete y que había enterrado a García Lorca con sus propias manos… en fin que convertimos nuestro programa en una carnicería en la que nadie se libró de convertirse en carne picada.

Al final conseguí que hasta el padre Tomás le soltase una bofetada a uno de nuestros reporteros por llamarle borracho, lo que fue todo un éxito de audiencia y un escándalo en el que intervino el propio Vaticano… casi nada. Me convertí en un tiburón capaz de cualquier cosa por mis telespectadores, alguien a quien no le importaba la suerte de ninguno de sus vecinos y que se alegraba sobremanera de cada una de sus desgracias, porque me permitía tener unos minutos de relleno con carnaza de la buena.

Y al final, como suele ocurrir en estos casos, de un día para otro todo esto se acabó. Los estamentos oficiales se pusieron en contacto con don Ramiro, que gracias al escándalo de las bolsas de basura estaba en la cárcel desde hacía más de seis meses, pero que era el dueño legal de Don Ramiro TV, bueno, medio dueño, porque la otra mitad pertenecía a la Rubia desde el divorcio de ambos. Algo se comentó de que el experimento había sido todo un éxito pero que ya no se podía costear por más tiempo una cadena con tantos contenidos de telebasura, que algunas asociaciones habían protestado por sus altas cotas de crudeza, incivismo y bastedad, que era una pena pero… y de buenas a primeras los Nuevos se marcharon de El molar de las mulas, cerrando a cal y canto el edificio con las letras rojas y azules de Don Ramiro TV, el colegio, la farmacia… todo, por llevarse se llevaron incluso las llaves del polideportivo donde se nos anunció el nacimiento de nuestra televisión local.

Así que todos los programas de Don Ramiro TV dejaron de emitirse de un día para otro, los miles de fans que teníamos por toda España protestaron hasta la saciedad, incluso hubo una recogida de diez millones de firmas que acabó con una charla amistosa entre el presidente del gobierno y el club de fans que las había recogido, pero en la que no se sacó nada en claro. El congreso y el senado debatieron sobre El molar de las mulas sin resultado ni acuerdos de ninguna clase. Se realizaron manifestaciones por toda España pidiendo el restablecimiento del canal y la puesta en libertad del bueno de Don Ramiro, incluso los canales de nuestra competencia se mostraron indignados ante las cámaras, aunque detrás de ellas suspiraban aliviados por nuestra caída en desgracia.

A nosotros el berrinche nos duró unos meses, aunque había algo más que el síndrome de abstinencia por no contar con las cámaras, los focos, el estudio y nuestro afán de protagonismo… no nos dimos cuenta hasta días después del cierre de emisión de Don Ramiro TV de lo que era en realidad… aunque cuando lo hicimos nos entristecimos soberanamente. Era el vacío a nuestro alrededor, por culpa de “Corazón en salsa de tomate” no nos hablábamos con nadie por miedo a que nuestro comentario o nuestras ideas se viesen reflejadas, criticadas y debatidas en ese programa tan cotillo. Además, por culpa de los continuos líos, dimes y diretes, nos habíamos enemistado de verdad entre nosotros, algunos acérrimamente incluso.

Después de aquel experimento, El molar de las mulas murió poco a poco… los vecinos se fueron marchando del pueblo uno a uno, hasta que sólo quedé yo por allí, paseando a solas entre sus casitas viejas y sus edificios más modernos, los chalets, el ultramarinos nuevo, el estudio, el colegio, la farmacia, el ambulatorio y el pabellón, al que le salieron telarañas sin que nadie llegase a usarlo jamás más que para aquel pleno improvisado sobre sillas plegables de madera con el nombre de una empresa en sus respaldos.

Un buen día vi a la Rubia en uno de esos programas del corazón que había por la tele, afirmaba que sí, que era cierto, que se había liado conmigo después de una noche de programa y que fruto de aquella relación había nacido una niña que se llamaba Raquelilla, en homenaje a mi difunta madre… me quedé de piedra, con la boca abierta por la sorpresa y con la incertidumbre de no saber en realidad si había pasado una noche con la Rubia de verdad o no… y me dije que me daba igual, que si la gente quería circo, circo iba a tener para rato.

Y así, el último habitante de El molar de las mulas lo abandonó para siempre.



Javier Fernández Jiménez
Premio Relato Corto
IV Concurso de Relato y Poesía de Navas del Rey 2010
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1 comentarios:

  1. Eres grandioso Javi, con lo que me gustan a mi esos enredos que aun se siguen dando en los pueblos...¡y vaya por dios!, ni el susodicho creador de corazòn en salsa de tomate se salvò...ya me extrañaba a mi que hubiera sido el unico en salir limpio...
    abrazos

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