La Noche del Cetrero - Preludio



Está dicho que llegará el día…

Cuentan las Crónicas que en la antigüedad, en los albores del advenimiento de los humanos a Gelth, los dioses aún caminaban por el mundo y gobernaban sobre cuanta criatura lo poblase, ya fuese esta hombre o bestia, no había distinción, todos rendían pleitesía a los dioses…

Pero hubo un dios que quiso prevalecer sobre el resto, Orgöm, el Dios de la Guerra y la Muerte, el de los Cuernos Retorcidos… Orgöm levantó en armas a sus huestes contra los reinos de sus hermanos y tras siglos de batallas sangrientas solo quedó una diosa enfrentada a su poder, un baluarte donde se refugiaron los humanos supervivientes… Teldra, la de la Estrella Blanca, la Diosa Madre. Era tan poderosa como su enemigo y combatía su oscuridad con el fuego imponente de la luz. Teldra y Orgöm eran hermanos e hijos del Padre de Todos. Pero también eran enemigos antagónicos, la Creación y la Destrucción, la Oscuridad y la Luz…

Gelth tuvo desde entonces dos reinos opuestos, que convivieron en una guerra perpetua durante años de inestabilidad, el reino gobernado por la oscuridad y el regido por la luz.

La guerra se recrudecía y la débil tregua mantenida por ambos reinos no tardó en resquebrajarse. Así, tras un breve lapso de paz, el mundo volvió a entrar en guerra y por fin llegó el momento que los siglos habían aguardado pacientemente, la última confrontación, el combate entre Orgöm y Teldra. Luz y Oscuridad se encontraron en el capo de batalla y jamás Gelth ha vuelto a contemplar una devastación semejante.

La batalla se desarrolló a lo largo de treinta días con sus treinta noches, sin tregua ni descanso, una batalla inigualable como no se podrá repetir y no es capaz de entender la mente humana… miles, millones de seres perecieron en aquella pugna de dioses… tal fue el fragor de la batalla que llegó a desestabilizar los Pilares del Mundo y derruir las Torres del Infierno, donde los dioses había encadenado al Padre de Todos en el inicio de los tiempos y Él, el Todo y la Nada acudió vengativo donde sus hijos luchaban entre sí.

Su furia fue infinita y demoledora. Teldra y Orgöm fueron los únicos supervivientes de aquella primera oleada de la cólera del Creador… tal fue la ira desatada, que muchos seres se extinguieron para siempre… los más afortunados murieron rápidamente, el resto sufrió una muerte agónica que se extendió por todo Gelth como una plaga infecciosa y acabó con millones, lentamente.

Ante un ataque semejante ambos dioses solo pudieron aliarse ante su progenitor para sobrevivir y combatieron ante él durante lo que habrían significado generaciones humanas.

Al final del combate, contra todo pronóstico, el Padre de Todos cayó a los pies de Orgöm, herido en cada centímetro de su cuerpo, agotado… humillado, débil. El dios de la Guerra, el Asesino de Dioses, apenas estaba vivo y sangraba en abundancia, con un esfuerzo último, levantó su Cetro sagrado sin un ápice de compasión, ansiaba la cabeza de su padre. Ansiaba destruirle para siempre. El Cetro comenzó a bajar, pero Teldra utilizó sus últimas fuerzas para retener la mano ejecutora de su hermano, impidiendo el golpe de gracia. Era la primera vez que ambos dioses se tocaban, la Luz y la Oscuridad… Orgöm se giró furioso, con un brillo asesino reflejado en los ojos, pero su mirada se topó con el azul profundo de los de Teldra… y ambos dioses se enamoraron al instante, desde aquel día Luz y Oscuridad caminaron de la mano…

La guerra concluyó en un segundo.

El Padre de Todos aprovechó el momento para dictar sentencia. Se levantó orgulloso y se marchó del mundo para recuperarse a un lugar recóndito y olvidado del universo… su sentencia fue una venganza, la Ley. La Ley exigía que los seguidores de Orgöm y los de Teldra fueran enemigos para siempre… solo cuando un enemigo común amenazase al mundo podrían estos ser aliados.

Teldra y Orgöm se amaron aquella noche que duró eones, de su amor nacieron todas las Criaturas del Nuevo Mundo, como semillas desperdigadas alrededor de todo Gelth… tras eso erigieron Dureilad, con sus propias manos y guardaron en su interior sus armas sagradas, por si eran necesarias en el futuro.

Lo que Orgöm nunca supo era que al dejar su Cetro en el interior de la Catedral Blanca, dejaba allí todo su poder divino. Teldra planeaba que se alejaran de Gelth para toda la eternidad, con el fin de permitir que los nuevos seres nacidos en el orbe azul pudiesen por fin vivir en paz. Engañó a Orgöm y le arrebató su poder, encerrándolo en el Cetro.

Lo que Teldra no sabía era que, fruto de su amor con Orgöm, nacería una niña, la Hija de los Dioses, que gobernaría Gelth desde entonces, en silencio y sin oponer sus caprichos a sus siervos, aunque imperturbable y justa. Eterna e inmutable.

Muerte nació de ese amor entre dioses y a su llegada a Gelth Teldra y Orgöm se alejaron del mundo… ella por propia voluntad y él, alejado a la fuerza, sin poder para regresar y con la furia azotando los cimientos de toda la Creación…
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