Pesadilla


Salir y despejar su mente de aquellas pesadillas, sumergirse en la realidad y abandonar el barco de la locura que azotaba su destino. Con esfuerzo arrojó la pluma sobre la mesa dejando un manchón de tinta sobre el papel, solo para ver cómo la mancha le miraba burlona con los ojos de aquella criatura fantástica que únicamente debería existir en la imaginación. Con paso veloz arrancó la chaqueta del perchero con tal ímpetu que acabó estrellándose contra el parquet del suelo. No se molestó en volverse a levantarlo. De un fuerte portazo se arrojó escaleras abajo para encontrarse con una riada humana en la calle en la que poder refugiarse. Caminó sin rumbo, entre la gente. Se dejó llevar. La mirada fija en el suelo. Tras unas docenas de minutos de caminar a ciegas comenzó a sentir los primeros síntomas de tranquilidad en su interior. Poco a poco se permitió ir levantando la vista para situarse. Conocía la calle. Estaba en la zona comercial de la ciudad, abarrotada de gente. Pasaban a su lado, le llevaban, le desviaban con sus empujones, no se fijaban en él; nadie se fijaba en nadie. Llevaban bolsas en las manos, corrían de un lado a otro, deprisa, deprisa. Un matrimonio pasó a su lado compartiendo la noticia de la necesidad imperiosa que tenía la mujer de comprar una camisa nueva a su marido para sustituir la que llevaba, tan monótona, tan usada. El hombre escuchaba en silencio con gesto derrotado y asentía de vez en cuando tratando de demostrar un interés que para nada sentía. El niño pequeño que correteaba intentando seguir el paso para no ser arrastrado de la mano de su madre le atacó con la inocente torpeza infantil que hace que los chupachups acaben siempre pegados al pantalón de otra persona. En el inútil intento de esquivar el envite se tropezó con un grupo de mujeres que chillaban entre ellas con exagerado jolgorio acerca de algo de unas gangas en una tienda cuyo nombre no había oído nunca.

Realidad. Por fin se sintió libre de sus fantasmales monstruos imaginarios. Libre de criaturas fantásticas que torturaran su mente obligándole a escribir horrendas historias imposibles de asimilar sin abandonar la cordura. Emprendió camino a su casa, ahora tranquilamente, mientras daba vueltas en su cabeza a la idea de aquella novela en la que llevaba tiempo intentando trabajar. Aceleró el paso, sonriendo, al brotar una genial idea de entre las secas arenas de aquella mente con la que había salido de su casa hacía ya más de una hora. Con ilusión retomada entró en su casa, levantó el perchero y se quitó la chaqueta antes de sentarse frente al escritorio.

Tiró el manchado papel y colocó unas blancas hojas sobre la mesa. Recogió su pluma y comenzó a garabatear sobre ellas. La tinta corría sobre el papel, eufórico, inspirado. Hoja tras hoja la historia cobraba sentido. Cobraba vida… No… No podía ser… Sintió moverse las letras del renglón superior. Escuchó un ruido a su espalda y se giró para descubrir su habitación vacía. Al volver su vista sobre el papel encontró aquellos ojos felinos que le miraban con fiereza. De un salto se incorporó tirando tras de sí la silla. Sobre la pila de papeles que había terminado de escribir comenzó a materializarse la criatura diabólica que tan bien conocía. Podía oírle, aunque sabía que aquella voz solo sonaba en el interior de su mente. Podía escuchar cómo le dictaba, no, ordenaba, lo que la bestia quería que escribiera. Palabras atroces, violentas, obscenas. Todo volvía a empezar. Las pareces de aquel cuarto se le venían encima. Las imágenes de las terroríficas escenas que la criatura grababa en su mente ponían a prueba la escasa cordura que creía conservar. Tenía que escapar de aquella pesadilla. Tenía que …



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Castillos en el Aire

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2 comentarios:

  1. Un estupendo y angustioso relato con afán de microrrelato. Angustia y te hace entrar en un torbellino que desenvoca en un final muy adecuado. Está muy bien, la verdad.

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  2. Gracias por el comentario y por la publicación. La idea era que el final continuara de nuevo por el principio.

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