¡Claro que te perdono!

Me senté lo mas tranquilamente posible asiéndome al barandal. Las manos me sudaban de emoción y del rostro, que había maquillado cuidadosamente, comenzaban a caer pequeñas gotitas... ¡Vaya por dios!, solo esperaba tener tiempo de secarme tanto unas como el otro, antes que te acercaras y pudieras percibir mi nerviosismo, aunque dada la casi oscuridad reinante en aquél discreto rincón, era poco probable.

¿Cuántos años?, francamente no estaba segura, pero por lo menos eran diez. Fue en la boda de Carlos y Elisa en la cual fuimos padrinos y ellos ya tenían un hijo que pronto cumpliría nueve.

Recordaba todo perfectamente, cada vuelta bailando cercana a tu cuerpo, la suavidad de tu cara aun con la barba incipiente que te gustaba lucir, tu perfume... pero sobre todo tus palabras, esas que a pesar del tono dulce, ¿conmiserativo?, me parecieron una bofetada que parecía querer dejarme sin sentido. Es más, creo recordar que por algunos segundos tuviste que sujetarme fuertemente para que no cayera al suelo.

Cuando te escuché a través del teléfono apenas diciéndome un suave e íntimo hola, tuve que realizar un esfuerzo sobre humano para responderte sin que me fallara la voz; aún no comprendo cómo pude hacerlo en forma natural, como si hubiéramos conversado ayer por última vez.

Reconocí tu silueta. Miraste directamente hacia donde me encontraba, un lugar que te era familiar, pues varias veces vinimos a ocultarnos aquí de miradas indiscretas, y el tiempo poco lo había cambiado; si acaso algo más solitario. Sin dudarlo te acercaste con paso rápido y ágil... Aún conservas esos movimientos atléticos y varoniles que tanto me gustaban.

Cuando caminabas hacia mi toqué ligeramente el barandal con mi mano izquierda, observando que estaba bastante flojo, casi roto, mientras con la derecha me secaba las imperceptibles gotitas de sudor, dando al mismo tiempo un paso para quedar bajo la pálida bombilla que apenas alcanzaba a alumbrar el entorno. Quería que pudieras verme claramente, especialmente mis ojos.

¡Amor, no has cambiado nada, estas hermosísima!, gracias por permitirme verte, por darme la oportunidad de decirte cómo me he arrepentido todos estos años del daño que te hice. Fui un tonto, un inmaduro... ¡No sabes cómo valoro tu perdón! ¿porque me has perdonado,verdad?

Mientras me abrazabas y acercabas tu boca a la mía, saqué de mi cintura el afilado puñal que había guardado celosamente, y clavándotelo en el corazón te dije con tono dulce mientras te empujaba al vacío... ¡Te perdono, claro que te perdono!

Una sonrisa iluminó mi rostro mientras veía como ibas cayendo, con esa mirada de incredulidad y sorpresa en tu cara...


Adelfa Martín
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1 comentarios:

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