Microrrelatos Futboleros


Campeones

La historia se repite. Siempre dicen que se acuerdan de mí, que esta vez sí pasarán un rato conmigo, y sin embargo al final nada. No sé cómo no escarmiento, cómo puedo creerme sus promesas cuando sé que todo es mentira. Debería caérseles la cara de vergüenza, engañar así a un pobre viejo. Pero ésta es la última, prometo no escucharles más.

De repente paró su cantinela y aguzó el oído, ¿eran ellos? Al verles llegar unas cuantas lágrimas comenzaron a resbalar por su poblada barba. Acariciando su tridente y con una sonrisa en la cara susurró: "Aúpa Atleti"

Miguel Ángel Molina López


¿Sabías qué... ? El Puénbol

A lo largo de los doscientos años de historia del fútbol, se han visto muchas modalidades. Pero pocas variantes han sufrido una vida tan corta como el Puénbol.

Debido a los repetidos ataques nucleares a Londres durante la invasión coreana del 2098, la orografía de la región se vio alterada, haciendo que el estadio Stamford Bridge quedase inclinado 90º respecto a su posición inicial. Once años después, un veinte de marzo, el abandonado campo fue aprovechado por unos jóvenes amantes del puenting, que practicaban esa actividad clandestinamente después de que fuera prohibida por el dictador coreano Puen Ting. Llevaban cuatro días utilizando ilegalmente el estadio cuando un helicóptero policial apareció. Los jóvenes, queriendo aparentar que sólamente jugaban al fútbol y que los arneses y cuerdas eran apenas un elemento de seguridad, usaron un balón olvidado para improvisar un partido de lo que insistieron en llamar “Puénbol”.

Sin embargo, el hijo primogénito de Puen Ting resultó llamarse Puen Bol, lo que propició que también ese nuevo deporte fuera prohibido antes de que su primer y único partido finalizase. Sólo queda para las próximas generaciones la filmación de aquel evento, que afortunadamente hoy se conserva en vídeo en el Archivo de la Unesco.

Víctor Pintado


El Partido del siglo

Me levanté temprano, como casi todos los domingos. Abrí el periódico y leí la hora del partido. No está mal, pensé, tendré tiempo de sobra para llegar, buscar sitio, aparcar y dar un agradable paseo.

Una hora antes del gran acontecimiento conducía tranquilamente por Atocha, cuando de pronto aquella Vanette me envistió por detrás. Miré el reloj nervioso, podría decir que excitado, no tanto por el choque fortuito como por la demora en mi llegada al estadio; no había por qué alarmarse, aún faltaba mucho y estaba próximo al campo. Rellenamos amistosamente el parte de accidente y conversamos sobre lo difícil que es conducir por Madrid, más que un parte amistoso, parecía que estuviésemos realizando un informe pericial sobre la precaria situación de algunas calles. Estampé mi firma en la casilla correspondiente y cedí la hoja al conductor de la Vanette, entonces esgrimí mi mejor sonrisa y le dije, “a ver si hoy machacamos a estos putos culés”. Lo dije tranquilamente, como una coletilla necesaria para cerrar ese círculo de amistad que habíamos entablado, entonces me miró, noté que en sus ojos se entreveía un filo de desprecio, que fue mutando hasta convertirse en puro odio, y delante de mis ojos agarró el parte de accidente y lo rasgo en dos. Me miró fijamente y dijo “que te jodan merengue de mierda, ahora llama a la policía, porque no pienso mover el coche hasta que la poli diga quién es el culpable”.

Pasaron 2 horas hasta que una patrulla se presentó en el lugar del siniestro, con lo que perdí las entradas que me había conseguido mi cuñado por medio de un segurata del club, y no sólo no vi el partido, sino que acabamos en urgencias del Hospital Clínico con severas contusiones y esposados.

Para que luego digan que hay violencia en el fútbol, de haber llegado a tiempo al partido aquel tipo y yo nos habríamos ahorrado seis puntos de sutura y cuatro de carnet.

Luis Haro Berlanas


Fútbol, comienza el espectáculo

Este deporte me trae de cabeza. Cada domingo es lo mismo, y eso sin contar la pretemporada y los amistosos. Ya puede hacer frío o calor que siempre se juega. Claro, a no ser cómo aquella vez que nevó tanto que fue imposible. A mí me toca ir de acá para allá, de un lado a otro, y así hasta que me jubile. Cuando llegue ese momento seguiré un tiempo más en los entrenamientos y luego en las categorías inferiores. No sé lo que duraré, pero me guste o no, estoy muy vinculado al mundo del fútbol y no puedo vivir sin él. En fin, que el partido va a empezar y os tengo que dejar. El árbitro me tomará en sus mano y con cuidado me colocará en el círculo central antes de que empiecen todos a patearme. Me voy rodando que sin mí no hay espectáculo.

Víctor Manuel Jiménez Andrada


Los gritos de una nación

Se oye una nación unida a lo lejos. Se escucha desde los confines de la tierra a unos corazones latir con fuerza. Se sienten los cuerpos vibrantes por la tensión. Se percibe una ola de sentimientos provocada por una tormenta de derrotas y victorias que está a punto de precipitar. Y se siente una vibración en el cielo que grita: ¡GOL!

Me acerco al lugar de aquel grito, no puedo esperar, necesito ver qué ocurre, qué es eso que oigo, y de repente, ¡veo personas libres al fin!, gritos que liberan la tensión y, ¡al fin!, precipita la tormenta de emociones que se avecinaba. Veo personas que de repente olvidan quiénes son y quién está a su lado, veo una nación entera unida al fin.

Yo vi no hace mucho tiempo una nación dividida en dos, pero al ir desesperadamente al encuentro de esos gritos, vi una nación unida que entonaba al mismo tiempo: ¡GOL! Esta nación peleada entre hermanos, peleada consigo misma, esta nación que guardó rencor por el pasado indigno de memoria, ¡hela aquí unida!, ¡hela aquí abrazándose sin rencor!, a mi me da ejemplo.

Pero me paro a pensar en lo que veo, y no solo hay una nación unida, sino que veo qué es aquello que los une. Los une un partido de fútbol en un estadio lleno de ilusión, los une el orgullo de formar parte de un equipo y un color, el color rojo, llenos de pasión. Pienso en cómo un deporte puede ser capaz de hacer que una nación completa se una, ¿cómo es posible que once jóvenes hombres con un balón en los pies sean capaces de que no exista el rencor?

Simplemente por ver a dos personas de una ideología diferente abrazándose, felicitándose, gozándose juntos, este deporte merece la pena que esté presente en nuestras vidas. Merece la pena que en nuestra vida metamos los goles que podamos para hacer de España y de esta camiseta con el color rojo, lleno de pasión, una nación diferente, que marque la diferencia y sea capaz de hacer sentir orgullosos a los que antes se avergonzaban.

Quiero seguir escuchando más allá, quiero oír cómo rueda la pelota hasta la meta y descubrir el poder del fútbol que hechiza a las personas y las hace libres con un grito.

¡Viva España! ¡Viva la roja! ¡Viva el fútbol! ¡Y brindemos por una victoria unánime!

Agustina Costa Vílches


Rivalidad extrema

Todo está preparado, la televisión enchufada y colocada en medio del salón y el balón en el punto central del terreno de juego.

A la izquierda, mi padre con la bufanda azulgrana y la camiseta de Iniesta y a la derecha, mi madre con la bufanda blanca y la camiseta de Ronaldo.

Se palpa la tensión pero al principio predominan las buenas maneras, mi padre le guiña un ojo a mi madre, y ella le devuelve una carantoña en la mejilla. Los capitanes se estrechan la mano demostrando su amistad.

El resto, es una historia que se repite con cada partido. Emoción, tanganas, errores arbitrales, goles, un espectáculo donde con el pitido final, a unos les tocará sonreír y a otros, llorar, los jugadores irán a los vestuarios y mis padres, a su dormitorio cerrándose la puerta. Y aunque sigo sin entenderlo, soy todavía muy pequeño, una vez me dijeron que era terreno neutral donde solucionaban sus diferencias haciendo el amor y no la guerra.

David Moreno


Venganza redonda

El balón, harto de ser tratado siempre a patadas, tomó aire y, cogiendo carrerilla, comenzó una cruzada contra los futbolistas persiguiéndolos por todo el terreno de juego. Cuando hubo terminado con ellos, se fue de allí rodando.

Maite García de Vicuña


Y dale rojo

Ya no recuerdo el año, fue la primera vez que fui con mi abuelo al Pascual, teníamos boletas de Occidental segundo piso (Preferente), el viejo Lenín trató de convencerme que el partido se vería mejor desde el primer piso, cerca a Norte; yo no quería, no entendía cómo íbamos a desaprovechar las boletas más caras, en la única tribuna donde había sillas, pero la batalla de terquedad entre dos Figueroas esta vez se ganaría por veteranía, no valían los berrinches del nieto.

Ya sentados sobre el banco de concreto, me olvidé de la incomodidad y me sentí como en familia, casi todos a mi alrededor eran viejos y hablaban con mi abuelo como si lo conocieran de toda la vida, que si eso era fuera de lugar de Iguarán, que si Luna era un paquete, que si Cabañas era el mejor jugador del planeta, en eso último sí asentí, sobre todo después de verlo a escasos metros de mí, dentro del área de Millos, recibió un centro desde el tiro de esquina, levantó el balón con el hombro derecho y, haciendo una de sus habituales "Cabañuelas", le pegó un zapatazo con su guayo derecho -que oí como si destaparan una botella de champaña dentro de mi cabeza- que se fue directamente a la red. Fue el mejor gol de mi vida. Ahora cuando voy al estadio busco hacerme en el mismo sitio y cuando algún viejo me comenta el partido, se me escapa alguna lágrima que va a parar rápidamente a mi boca sonriente.

David Figueroa


El minuto de oro

Yo estaba allí frente a él, y él se encontraba frente a mí y frente a todos ellos como si de un ejército se tratara, querían e iban a impedirlo, eso no era una sorpresa para mí, era un hecho, pero mi misión estaba allí, era mi meta, sabía que el cincuenta por cien de los que allí se encontraban irían en contra mía, me abuchearían, me criticarían y me odiarían, pero también sabía que el otro restante estarían conmigo, y grabarían en sus ojos, en sus mentes y en sus corazones aquel momento único, aquel momento que yo debía darles, aquel momento que parte del mundo esperaba, y estaba en mis manos, manos sudorosas que en ese momento empuñaban fuerzas, y en mis piernas, nerviosas, tambaleantes por el momento, pero firmes buscando el gran final, un final que parecía estar escrito y que sin embargo yo me lo tenía que ganar, lo tenía que sudar y me lo tenía que merecer, pues claro si, ese final era mío, porque ese balón seria mío, el balón que nos llevaría a ganar la copa del mundo.

Marsé Sobrino


Pasiones

El zaguero envió con rapidez la bola al lateral y éste, sin tiempo que perder, la movió hacia delante con un pase a ras de césped. La pelota llegó al cerebro del equipo que la tocó de un lado a otro para oxigenar el centro del campo. Segundos más tarde, en posición más avanzada, el esférico regresó a sus pies. Necesitaba una pausa. Madurar la jugada. Sólo entonces, levantó la cabeza y para deleite de su hinchada, trazó un pase milimétrico hacia el interior del área. En situación ventajosa, el delantero recibió el balón, controló en carrera y tras una cinta, con la que sorteó a su oponente, encaró el marco rival. Consciente de la importancia del momento –se jugaba la final de la Champions, ni más ni menos-, se acomodó el balón a su pierna buena y con potencia, apuntó a la escuadra derecha. Un suspiro se apoderó de todo el estadio. Pero, ante la incredulidad de jugadores e hinchas, el balón golpeó el poste y salió disparado hasta perderse entre la multitud. Fue la última jugada del encuentro. La Copa se marchaba a Barcelona. ¡Maldito muñeco de goma! Me lamenté mientras me sacaba una nueva moneda del bolsillo.

Daniel Sánchez
Ganador Concurso Microrrelatos Futboleros
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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