Microrrelatos Superheróicos



Adelina Flores

Mi nombre es Adelina Flores y aunque suene un poco hortera, soy una superheroína.

Durante mis primeros años , ayudé a ancianitas , perseguí raterillos , intervine en peleas callejeras separando a los contrincantes…

Más adelante mi categoría fue aumentando y atrapé a personajes peligrosos, atracadores de bancos, mafiosos, inspectores de hacienda, presentadores de la televisión rosa. . .

Mi prestigio alcanzó gran fama y apresé a quien iba a apretar el botón que haría estallar la gran bomba nuclear mandándonos todos a hacer puñetas.

También logré que una tonelada de meteoritos no impactara contra la Tierra, simplemente con mi gran golpe de ojazos verdes ultra-cósmicos.

Estoy orgullosa de haber sofocado el gran incendio de China, estuvo ardiendo durante cinco meses, hasta que me llamaron. Con mis lágrimas caudalosas empecé a llorar y lo apagué.

Mi mejor aventura fue evitar LA GRAN CATASTROFE ., que ocurriría tras declararse EL DIAL MUNDIAL DEL MENOSPRECIO, no se trataba de despreciar a nadie, sino de rebajarlo todo.

Lo conseguí hipnotizando sus mentes con mi gregoriana voz que les cantó: TODO ES PRODUCTO DE SU IMAGINACION

Mas aún me quedan grandes hazañas que realizar por el Universo.

Pilar Lou Martín


El amor de Robin

“Sí, Ahora estoy seguro de que eres el amor de mi vida”, le dijo Batman a Betty Kane (Batichica), la respuesta se fundió en un largo beso. El callejón sombrío se convirtió para ellos en el mejor lugar de la ciudad Gótica, pero al terminar aquel espacio íntimo descubrieron a Robin taciturno mirando cómo perdía a su amor en los brazos de su mejor amiga.

Alberto Benza González


Teletransportación

Cuando Flash se teletransportó, el volcán lo abrasó.

Alberto Benza González


Celebración Fallida

Después de comprometernos, invité a Alfonso a conocer por fin a mi familia. No estaba segura de su reacción, pero tampoco esperaba la que tuvo.

Primero se quedó con la boca abierta al ver el rostro lleno de pústulas de mamá y eso que ella se había reventado por él todos sus granos. Después, revolvió el pelo sin consideración a papá, que dormitaba en la alfombra de entrada y se atrevió a gritar cuando él se incorporó, desconcertado. Pero el remate fue al aseo y descubrió a mi hermana Melisa, que en ese momento se frotaba su cola de pez en la bañera.

-¿Es que tú eres la única normal en esta casa? –gritó desesperado.

Enfadada, le saqué mi lengua bífida, y él salió corriendo.

Echo de menos a Alfonso. Quizá si le digo que somos los parientes “cobaya” de mi tío Reed Richards, científico reputado y superhéroe elástico, se muestre más comprensivo.

Rocío de Juan


El beso del superhéroe

Al abrir los ojos lo vio. Era un hombre fuerte, los músculos de sus bíceps estaban tensos debido a que la llevaba aferrada a sus brazos, parecía que le iba a reventar una de las venas de su brazo derecho por el esfuerzo. Sus ojos eran verde esmeralda y aquellos labios se le hacían tan apetecibles… tuvo la necesidad de besarlos, pero se contuvo. ¡Qué iba a pensar de ella! No pudo ver más del rostro de aquel misterioso hombre ya que llevaba una máscara de color cereza. Volvió a sus ojos y le resultaron conocidos, intentó recordar, pero estaba magullada y asomaba un enorme chichón en su cabeza, no sabía muy bien a qué se debía, tan sólo recordaba un rascacielos y un empujón. Aquel héroe que le había salvado de caer de un inmenso rascacielos no dijo ni una sola palabra mientras volaban por el cielo de Nueva York. Aquel misterioso hombre la llevó a un lugar seguro, un vagón vacío, en un corto andén. ¿Su hogar?

— ¿Los superhéroes besan? —Ella rompió aquel incómodo silencio.

Él siguió en sus trece con aquel silencio pero la besó.

Un suspiro la despertó. Su hermano se mofó de ella.

Silvia Ochoa Ayensa


Formol

Nací el 20 de mayo de 1915. Mi nombre era Antonio Molina. Estuve ahí cuando Franco derroco al gobierno, estuve cuando destruyeron Guernica, y estuve entre los que desertaron y fueron drogados, ahogados en formol, y encerrados en una fosa.

Pensé que sería el fin, pero no fue así. Dormí durante mucho tiempo, abandonado, herido, y sintiendo cada segundo pasar. Hasta que un buen día, me rescataron.

Creí que no había pasado más que algunos días, tal vez una semana ahí en la obscuridad, pero el presidente en persona me informo que estábamos en el año 2009. Sesenta años.

Aunque me trataban como un héroe de guerra, yo estaba harto de las comodidades y los lujos. Quería volver a la acción. Así que ellos me ayudaron y me volvieron algo que era muy popular en estos tiempos. Un superhéroe.

Pronto, la escoria de las calles sólo hablaba de una nueva amenaza, una contra la que las balas rebotaban al contacto de su piel, una que levantaba automóviles sobre sus hombros, una que sabía de peleas callejeras cómo nadie, y que aparte de todo, tenía la puntería y la destreza de los mejores soldados. Y le dieron un nombre: El Francotirador.

Luis Enrique Mejía Rodríguez


Héroes de acción

Hoy un héroe se ha sacrificado por salvar mi vida y yo le he quitado la máscara para conocerlo.

Lo he visto cubierto por una sábana blanca, como se cubre a los héroes con su capa cuando caen en combate. Lo he visto a través de un cristal, como se contempla un juguete de acción a través del escaparate de una tienda.

Está ahí, perfectamente embalado y expuesto, y captando toda mi atención mientras mi madre llora a mi lado, porque el juguetero le está explicando que ya no tiene arreglo...

Llevo toda la vida pidiéndolo y, de repente, ahí está. Y quiero que alguien me lo compre. Y quiero entrar a desembalarlo. Y quiero traerlo de vuelta a la vida.

Necesito abrazarlo para darle cuerda a sus destrozados engranajes, para hacerlo hablar tirándole del ya roto cordel. Necesito romper todo ese embalaje —las máquinas, los tubos, las agujas…— para desatarlo, para repararlo, para vivir con él innumerables aventuras y hazañas; para que sea mi superhéroe… pero ya es tarde.

Al menos, al fin, le he quitado la máscara para conocerlo. Hoy he conocido, de verdad, a mi padre.

Josué Ramos


Los Cuatro Fantásticos

Oigo un crujido, y siento como las fibras de los músculos de mi brazo izquierdo se desgarran. Grito como no lo he hecho en mi vida. Sue, mi esposa, cae, braceando, como si tratara de aferrarse al aire caliente que emana del núcleo. Por primera vez en mi vida, no tengo respuestas. Percibo como Ben lanza un alarido desesperado, cuyo eco resuena como una bomba de neutrinos. El mundo comienza a girar. Mi cuerpo puede tomar la forma de un globo aerostático. Si lo hiciera, sólo tendría que esperar a que Johnny viniera volando hacia mí. Pero para poder moldear mi cuerpo necesito de calma y concentración. El calor se intensifica por momentos. Sue debe de estar a punto de ser devorada por las leguas de fuego. Soy el culpable de todo. Fui yo quien empujo a los demás a este loco viaje por la zona negativa. Ellos decidieron acompañarme porque somos una familia. Estiro mi brazo derecho, mientras trato de olvidar el dolor. El brazo izquierdo cuelga, a merced de las corrientes de aire, como un guiñapo. Alcanzo lo que podría ser el cuerpo de Sue. Mis ojos, llenos de lágrimas, son incapaces de dar nitidez a la forma amorfa que asciende hacia mí. La calma llega con el olvido. Todo termina.

Roberto Jiménez


Mendigoman

De acuerdo. Asumámoslo. Tengo superpoderes. Capacidades increíbles. Dotes natas para salvar la ciudad de New York varias veces en su historia…

¿Debo torturarme llevando calzoncillos rojos por fuera de unas mayas azules?

Todos los héroes que conozco, Spiderman, Superman, Capitan América… Todos aparecen con un súper traje tope guay sacado de no se sabe dónde, caro, costoso de elaborar, imposibles de conseguir, incómodos, americanos… ¿De qué maldito sitio puedo conseguir yo un supertraje? ¿Si voy a un modisto, me tomará las medidas o me delatará a la prensa? ¿Tendré dinero suficiente? ¿Debo esperar a las rebajas de enero?

Abrí mi armario para ver que podía ponerme en mi primera aventura por la ciudad… Pero lo más heroico que encontré fueron una careta de payaso para ocultar mi identidad, una manta de lana, naranja par ser más exactos, que harían las veces de capa agarrada por imperdibles al cuello de una camiseta negra… Cogí unas de estas mayas que utiliza mi hermana, negras y ceñidas, y unos calcetines negros, con chanclas, para que no me molestara el acerado de la calle.

Con todo esto, me miré al espejo. Y suspiré.

“No se preocupe, señora. Mendigoman le ayudará a cruzar la calle.”

José Miguel


Pet el Gordo

Se ha cerrado la puerta tras de mí. El mundo entero se queda fuera, tras la superficie desgarrada de la madera desconchada. Aquí dentro soy tan sólo el pequeño Pet, un niño gordo, llorón y mocoso al que corretean sin piedad sus compañeros de clase.

Gordo, gordo, gordo cebón. Las palabras martillean en mi cerebro con la agudeza de un fino estilete.

Enciendo la televisión y me siento frente a la pantalla parpadeante, dispuesto a someterme a una mutación mil veces soñada.

El poder, la maldad, Mazinger puede controlar. Sueña el niño gordo con los ojos cerrados. Sueña con transformarse en un ser increíble, en un superhéroe que borre de la faz del patio a sus archienemigos.

Pet el Gordo salta por la ventana, su cuerpo es ligero como una pluma. Su magnífica capa biónica le permite volar sobre la ciudad encendida como una tea de neón.
Los malvados tienen sus días contados.

Las sirenas de la ambulancia desgarran el velo de silencio; los curiosos se apartan sin poder desquitarse del gesto sorprendido. El pequeño, despanzurrado sobre la acera, mantiene una expresión serena. Entre el amasijo de huesos y sesos parece emerger una sonrisa cómplice.

Dedicado a todos los niños que soñaron con ser Superman.-

Diego Castro Sánchez


Problemas Públicos

Ha estado haciendo mucho frío este otoño en la ciudad. En estos momentos nada se me antojaría más que estar tirado en cama, con la calefacción encendida y el pijama puesto, durmiendo.

Pero en lugar de eso, estoy aquí. Sobre el techo descuidado de la Torre Latinoamericana, y con el frío calándome los huesos. El traje de kevlar se enfría más y más.

Escucho algo, que se esconde tras el sonido de las patrullas. La radio habla acerca de un robo a un supermercado. A menos de medio kilometro.

Me justo el antifaz y salto del edificio. Pronto comienzo a volar. El rostro se me congela. Tras un minuto de vuelo, llego al sitio del robo. Me gustaría sobrevolar en él, confundirlos, pero este estorbo de solo usar un poder a la vez es más grande que yo.

Entro al lugar. Alterno fuerza, invisibilidad, rapidez y, en menos de 20 segundos, he detenido el asalto. Las cámaras de televisión entran al lugar. Una videocámara del noticiero se enfoca en mí. Los reporteros no hablan. Extrañado volteo el rostro hacia un espejo, y me doy cuenta de que no llevo el antifaz. Me han grabado el rostro en televisión nacional.

Luis Enrique Mejía Rodríguez


Una Superwoman

Me río yo de superhéroes como Batman, Aquaman,Los increíbles o aquel que porta una capa roja y es capaz de leer el pensamiento o alcanzar velocidades supersónicas.

María sí era una supermujer, una heroína, de carne y hueso, pero con cualidades sobrenaturales. Cada día, vuelta a la rutina, sin un mal gesto o una palabra fuera de lugar. Su hoja de ruta marca las 5 de la mañana como hora de comienzo: toca limpiar casas de familias pudientes. A las 12 concluye su jornada como limpiadora, para volver al hogar dónde le espera cocinar y acostar al pequeño.

Acto seguido, es el turno de sacar brillo a la cocina, salón y los dormitorios, y para finalizar dura jornada laboral en un restaurante de comida rápida hasta las 3 de la mañana, al grito de: "Marchando dos menús infantiles, tres perritos sin mostaza y cinco burguers completas".

Y sin rechistar. ¿Alguien da más?

Rafael Bailón Ruiz

¿Superhéroe o supervillano?

Soy el ser más poderoso que existe sobre la faz de la tierra. Fuerza, invulnerabilidad, velocidad, vuelo, descargas de energía, mirada calorífica,... pero no sé si mi moral está a la altura de estas capacidades. ¿Debo ayudar a mis congéneres? ¿Debo buscar el bien común, o por el contrario aprovechar estos dones para el beneficio propio?

Probaré los dos lados, veamos cuál es el que me da mayor satisfacción...

Esa misma noche: ataviado de un disfraz oscuro y una máscara bastante incómoda he robado todo el oro de la Reserva Federal sin problema alguno. Es reconfortante confirmar que no hay nada que pueda pararme, y que todo lo que quiera de quién quiera está a mi disposición sin apenas esfuerzo alguno. Mañana probaré la buena acción...

A la mañana siguiente: he hecho lo que jamás nadie había imaginado. Todas las armas nucleares de la Tierra descansan ahora en la tranquila superficie de la Luna, sin amenazar la vida de ningún pueblo. He visto lágrimas de alegría, he oído vítores y aplausos. He sentido la admiración y el respeto. No hay comparativa posible: esta tarde devuelvo el oro “recuperado” de un villano que no molestará nunca más.

Vicente Ponce López


Starman

Starman volaba entre estrellas. Miró atrás, hacia el surco multicolor que la vía láctea abría en la perenne negrura. Se encontraba en sus confines, ya cerca de la estrella alfa centauri... Con su poderosa voz habló para sí:

─¡Qué pena!, pronto llegaré a la estrella Sol y se habrá acabado mi hermoso viaje.

La proximidad de la estrella alfa de la constelación del Centauro no le afectó, y sonrió tras examinar la incandescente superficie a pesar de la inmensa luz. Podía distinguir imágenes en condiciones tan extremas como ésa. Continuó su viaje y pronto llegó a las proximidades de nuestro sol.

Una vez en el planeta Tierra, se cubrió con su capa de invisibilidad y entró en la ONU. Durante tres días escuchó a todos, vio sus actitudes...

─No me gustan los habitantes de este mundo. Veo que no han mejorado desde la última vez que estuve aquí. Me marcho a Sirio, al menos en su planeta habitado aún quedan esperanzas... Pero volveré.

José Enrique Expósito

El Chico Relampagueante

En vez de poder acelerar mi percepción y moverme en un plano en el que un segundo equivale a un minuto, hubiera preferido tener superoído o superfuerza. Así no habría despertado colgando de un arnés en la presa, atado a una bomba de relojería. Seguro que fue el Doctor Estronguer, tan rebuscado él. Y eso que ni debe tener el doctorado. La cuenta atrás marca tres minutos y siete segundos. Como acto reflejo, ralentizo el tiempo para contar con tres horas y siete minutos. Quizá sea suficiente para idear una solución.

Tres horas después, estoy igual y sólo me quedan siete minutos: no encontré salvación posible. Estoy tentado de regresar al tiempo normal para no alargar esta tortura. Sólo siete segundos. Eso no es nada. Pero... no quiero morir todavía. Podría hacer un esfuerzo final: multiplicar mis poderes y convertir estos siete minutos, ¡no, seis!, estos seis minutos en al menos tres horas más. Pero, ¿y si me desmayo y la explosión me desgarra lentamente? Prefiero que me mate al instante. Vamos allá. Vamos. A la una, a las dos... a las dos... ¡Ánimo, Carlos, que no te llamen “El Chico Relampagueante” por nada!

¡Ya!
Cinco, cuatro, tres, dos...

¡Maldito “Desactivador Alado”! ¿Por qué los superhéroes siempre llegan en el último segundo?

Víctor Pintado
Ganador Concurso Microrrelatos Superheróicos



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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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3 comentarios:

  1. Yo tenía tres microrrelatos favoritos: El chico relampagueante, Pet el Gordo y Formol (un remedo de Capitán América a la española)... enhorabuena a todos, cada día conseguís sorprendernos más con vuestros textos

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  2. El autor ha eliminado esta entrada.

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  3. ¡Genial! Veo que coincidimos en dos, El Chico Relampagueante y Formol, aunque mi segundo favorito es Héroes de Acción :)

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