Amada mía...

La aurora despierta.

La luz acaricia tu perfil, los destellos plata de tus cabellos, los párpados aún cerrados. Escucho tu respirar pausado que me acompaña, la boca entreabierta, los pequeños temblores que me dicen que aún estás soñando.

Te arroparía despacio, mi vida, y quisiera detener el tiempo, volver atrás los relojes, los calendarios, volver a los tiempos en los que tú eras viento y agua, y yo, desde lejos, te miraba.
Era cuando en tu ventana encontrabas, cada mañana, un nuevo abalorio de corteza, o de hueso, grabado de lunas y estrellas, o de pequeños corazones con tus iniciales.

No, las mías no estaban, solo quería adorarte en la sombra, verte llegar cada mañana con una sonrisa, ilusionada, y cómo observabas los bancos de la clase, preguntándote quien sería tu amante escondido.

Sí, alguna vez me miraste, pero era el muchacho callado que no tenía amigos, el que aún parecía un niño, y enseguida me descartaste.

Te ví crecer como crecen los sauces jóvenes mimados por las aguas. Creciste por fuera y por dentro, y amé tus labios, tus manos, tu mirada.

Crecí, dejé atrás al niño que se escondía en un mundo sin voz.

Cambié el hueso por papel, los dibujos por palabras. Los sueños por deseos, por ansias que me abrasaban.

Mis notas te hablaban de lugares lejanos, de bosques y lagos, de belleza. Y tus pupilas se fueron llenando de verdes, de azules, de amor y milagros.

Probaste a otros, pero duraba poco… en ellos no me encontrabas.

Mis letras se llenaron de dolor, de miedo a perderte, de añoranza por lo que nunca había sido mío.

Entonces dejaste tú, en el alféizar, tus propias palabras. Y me hablaste de bosques, de lagos, de águilas, dioses y hadas, de invisibles amores, de mi piel, de tu piel… de mi alma.

Y yo te hablé de océanos y estrellas. De mi sed… de tu alma.

Fijamos una noche, un lugar perdido. Te ví salir por nuestra ventana y te seguí en el silencio de mi corazón desbocado. Llegaste al claro iluminado por la luna.

¡Estabas tan hermosa!

Tuve tanto miedo, amor… tanto miedo…

Escuché tu súplica ciega mientras me alejaba.

Esa noche bebí el veneno de mis lágrimas de cobarde.

Ya no hubo más palabras.

Un día te marchaste. Dicen que te casaste, que fuiste madre, que una enfermedad te abatió, certera.

Y desde entonces te veo, aquí, en mi almohada, respirando serena hasta el amanecer.

Y te miro extasiado, sin apenas atreverme a arroparte, sin ni siquiera acariciar tu piel de fantasma.


Rocío Ordóñez


Carta ganadora del I Concurso de Cartas de Amor de Villa del Prado
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