Microrrelatos Prehistóricos


Búsqueda

Pedro sintió que la rueda era el invento más extraño del mundo. Prefería aquellos cuadrados que tan bien simulaban una honda; en su cabeza no cabían las formas esféricas, pues le recordaban las curvas imposibles de la mujer que convertían su estancia en el mundo en algo contaminado. Se consideraba eficaz y trabajador, pero en el momento en que lo emocional acudía a su cerebro, sólo era capaz de imaginar elementos demasiado complejos y poco dados al entendimiento de mentes sencillas. Gracias al arte, empezó a considerar la posibilidad de lo artesano, y olvidó por un momento que tenía que ganarse la vida con la caza ancestral de gamos, tomó aire y por una vez en su vida, reflexionó.

¿Qué soy?, se dijo a sí mismo.

Apareció entonces su mujer Leyla, que le contestó:

Mi marido, y lo has hecho tú solo.

Un par de lágrimas se deslizaron por la mejilla de Pedro, y comprendió que en eso consistía la felicidad, y no tanto en utilizar cuadrados o cubos para la caza. Aquel día decidió no salir a la selva, sólo regocijándose en su alegre estado. Por una vez en la vida, había encontrado algo sin buscarlo antes.

Daniel González Irala


Oradora

Quizá os sorprenda mi voz de hombre. A vuestros guerreros también les extrañaba. Por un derrumbamiento, era el único varón de mi tribu. Hasta que nos encontrasteis y nos acogisteis. Y de repente me convertí en el bebé. ¡Los bebés erais vosotros, arrastrándoos bajo ídolos ciegos! Mi madre en cambio era sabia: incluso atraía la caza con sus pinturas. La relegasteis durante un tiempo a enterradora.

Os reísteis de mí cuando me negué a marchar de caza con los demás. También cuando regresaron y quise participar en la gran orgía reservada para ellos. Ese cazador que nunca había venido a oír historias de la oradora, ese, quería yacer con mi querida, con aquella compañera de infancia que conocía desde antes del desastre. Era mía. Supongo que mi error fue buscar pelea con el mejor guerrero... No. Mi error fue pensar que sería una pelea justa. Al menos morí como un hombre. Tramposo.

Tramposo. No se asusten por el sonido de mi voz. Ahora escucháis de nuevo la voz de una madre doliente. Una madre que tuvo que enterrar a su propio hijo. Una vieja cuyos cuentos nadie cree. Un cuenco roto. Que sin embargo, alberga dos espíritus.


Víctor Pintado



Sentidos

Cuando mis pies se alzaron varios palmos del suelo pude sentir como el aire azotaba con violencia mi cara y mis músculos se tensaban. Sentí como mi mano aferraba aún con más fuerza el gran machete de roble que alzaba con potencia. Después de asentar el golpe, el escuchar de la piel rasgada, el olor de la carne fresca y de la sangre salpicando mi pecho desnudo, me hizo sentir la adrenalina corriendo por cada fibra de mi ser hasta llegar a estremecer lo más profundo de mi ser. El gemido de dolor sonó como el canto de la eterna victoria en mis oídos, y la visión de sus ojos, palpitantes de sangre y muerte, se quedó grabada en mi primitiva mente para el resto de mis días.

Cuando todo pareció terminar, alcé la mirada al cielo aclamando a los espíritus por la fortuna que me había acometido, y sin soltar la lanza, dediqué una mirada de desafío al resto de cazadores, que miraban atónitos a varios metros de distancia como un solo joven había tumbado a un león cavernario de una sola estocada.

Fue solo entonces cuando noté sus miradas en mí.

Y entonces lo que sentí fue respeto.


José Miguel
Microrrelato ganador del concurso


Si creemos podemos

Hace muchos, muchos años, cuando el mundo que conocemos era impensable, sucedió algo que me gustaría que vosotros supierais.

La tierra estaba poblada de animales que actualmente no existen, también el ser humano era diferente a nosotros. Vivíamos en cuevas, no utilizábamos lenguaje alguno, nos comunicábamos mediante señas, nunca nos alejábamos demasiado del poblado, nuestro miedo a lo desconocido era tan grande que nos paralizaba por completo.

Un día las cosas cambiaron, se presento un hombre desconocido, venia vestido de una forma muy rara, un mono blanco y un casco eran su indumentaria.

Se comunicaba mentalmente, nos preguntó por nuestras costumbres, ritos, etc. Nos descubrió que fuera de nuestro entorno existían otros seres humanos con los mismos miedos que los nuestros. Nos instruyo en algunas artes, como hacer fuego, pinturas, etc., nos hizo ver que el miedo no es un buen compañero de viaje, que el éxito radica en la unión de los seres humanos.

Hoy vivimos en una sociedad avanzada tecnológicamente, pero se nos ha olvidado que debemos evolucionar espiritualmente, para llegar a construir una sociedad justa, en la que todos tengamos cabida, sin importarnos la raza, color ó credo, ante todo y principalmente somos seres humanos y los dueños de nuestro propio destino.


María Montero


Evolución


Los machos chillaban y golpeaban el suelo con los puños peludos, intentando ahuyentar a la manada de lobos que rondaba la cueva. Las hembras protegían a sus crías con los cuerpos encorvados. Yo no era macho ni tenía crías, por lo que huí cueva adentro, tan profundo que pronto me sorprendí engullida por la intensa oscuridad. Entonces llegaron ellos, iluminando el recinto con sus pieles radiantes. Me entregaron un palo con el “amarillo que duele”. Sentí miedo, pero una luz se encendió en mi pequeño cerebro.

Una vez, un rayo cayó en el bosque, llenándolo de “amarillo que duele”. Nuestra horda huyó presa del pánico, pero también los animales. O sea que, si yo tenía miedo del “amarillo”, los lobos también deberían tenerlo. Acepté el regalo. Cogí el palo con cuidado, aunque no pude evitar perder algunos pelos de mi cara y antebrazo. Corrí veloz, apoyándome en el puño libre para hacerlo mas rápido, gritando y saltando, con el palo y “el amarillo” puesto frente a mí. Cuando aparecí, los lobos huyeron raudos, temerosos del palo y “el amarillo”. Salvé a mi horda.

Nuestros dioses se fueron en su piedra circular allende las estrellas, felices por habernos ayudado.


Francisco José Palacios Gómez


Un pasito

La niña de largas melenas, se protegía en su vestido de piel de oso, mientras arrastraba sus pies, aburrida en medio de la fría caverna. Le parecía divertido eso de pintar en las paredes, como los mayores, así que cogió un poquito de barro y un palo. Se acercó hasta la pared donde dibujos de vigorosos mamuts trataban de huir y hombres portadores de lanzas con afilados picos, los perseguían. Sintió mucha pena por los animales y trató de protegerlos, rodeándolos con un fuerte trazo de color marrón. Los hombres de la tribu, la miraron sorprendidos, la pequeña cromañón les había mostrado un paso hacia la domesticación.

Ángeles Sánchez Portero


Chía y el fuego


Chía pasa las manos sobre las llamas fascinado y las mantiene ahí hasta que sus uñas se chamuscan. Es un espectáculo mágico del que nunca se cansa. Oye el crepitar de las brasas y se siente importante. Unos son fuertes y protegen a la tribu, otros son hábiles y construyen herramientas para luchar; pero él tiene el secreto del fuego, lo puede crear y conservar, y por eso le adoran.

Toma una porción de ceniza y se tizna el rostro; orina sobre el resto y lo amasa hasta que la mezcla adquiere un tacto untuoso. Se acerca a la pared para contemplar el resultado de su obra. La luz parpadea y da vida a las gacelas que huyen de los cazadores. Introduce una vara en la pintura y continúa con una presa caída. Chía se hiere un dedo y utiliza su sangre para simular el goteo que brota del cuello del animal.

Fuera de la caverna ha comenzado a llover.


Teresa Hernández


La gesta rupestre


Había nevado y no conseguimos suficiente alimento. Encendimos fuego, el humo dentro de la cueva nos hacía toser. Sin embargo mi vecino el grandulón y su grupo cazaron, y se saciaban.

Al día siguiente salí de montería. Situado en un recodo, avisté un ciervo, acertando al tirar mi lanza. Atrapé al animal herido, hallando cerca el suelo teñido de rojo.

-¿Qué cosa es?, esto no es de la bestia –dije.

Entonces decidí llevar una cantidad del pigmento en la bolsa de vejiga. Con la presa sobre mi espalda, regresé a casa. Mi familia festejó el logro, y por ello inauguramos una caverna más amplia. A la mañana siguiente, cuando el Sol iluminaba partes del recinto, decidí perennizar mi habilidad, representándola en el muro; con el raro material. Posteriormente, al notar que mi mujer e hijo admiraban la obra, invité conocidos.

-¡Caramba! –exclamó el grandulón.
-Eso me permite conseguir presas semejantes –expliqué. Pronto me hice popular, y visitado para compartir el secreto.

-Por favor, pinta una gesta en mi gruta –suplicaban. Con mi nueva tarea, no necesité cazar; impuse condiciones.
-Queremos figurar enfrentando tigres –pidieron varios.
-A cambio traerán venados y leña –solicité.
-Aceptamos –contestaron.


Miquel Alberto Rivera Santiváñez
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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