Microrrelatos Fantástico-Épicos


Ojos de venganza


“Debo hacerlo” Pensé. “El rey la quiere muerta”

Entonces tomé aire, agarre fuertemente mi espada, y sobre todo, cerré fuertemente los ojos.

Todo se volvió lento.

Giré ciegamente mi cuerpo para dar una estocada limpia y certera. Pude sentir como la punta de mi espada se introducía en su garganta, y como el grito de mujer más espantoso jamás entonado hacía a mis tímpanos sufrir de puro dolor. Quedé quieto, y solo cuando escuché el sonido de su cabeza caer a mis pies supe que podía abrir los ojos.

Sentí entonces el cosquilleo de la victoria en la sangre, la adrenalina borbotear en mis heroicas venas. Acababa de matar a una de las criaturas más temibles de la tierra, a ciegas. Sonreí, pero aún así no desvié mi mirada hacia mi presa. Debía ser cauteloso aún. Me desaté entonces mi capa para envolver en ella su cabeza y volver triunfante a la ciudad, para presentarla ante el rey.

Allí le advertí ante todo que no mirase la cabeza, pero era absurdo, pues no podría saber entonces si había cumplido la misión.

Al desatar la capa, el ignorante rey quedó convertido en piedra para siempre, y la cabeza de Medusa rodó hacia el suelo, con un irónico halo de venganza recorriendo sus hechizantes ojos verdes.

José Agustín



En lo alto de la torre


Se subió a lo alto de la torre norte, como gustaba hacer las noches de luna llena. Desde allí observaba los tejados de la ciudad, las callejuelas, las plazas y la estatua de aquel rey ya casi olvidado. Bajo las tejas bañadas de plata lunar dormían apacibles los moradores de aquella villa, ajenos a la decisión que aquella noche tomaba. Había llegado la hora. Se lo decían sus huesos, viejos y cansados. Lo veía en la paulatina pérdida por el respeto a los ritos ancestrales. Pero sobre todo, lo sentía en su soledad. Las atenciones de las ninfas del templo ya no podían disimular el cambio que llegaba. Alzó su cabeza hacia la luna y, durante unos instantes, se dejó acariciar por su argénteo velo. Con un leve impulso, se lanzó al vacío, cerrando los ojos, con el silbido del viento en sus oídos. Con precisión, extendió sus alas y planeó majestuosamente sobre las torres más bajas del castillo, sobre las humildes techumbres. Desviándose de la ciudad, el dragón tomó altura, con la mirada fija en el astro nocturno, y se alejó llevándose con él la magia que agonizaba en un mundo que ya no dejaba lugar para la fantasía.

Marcos Prieto
Ganador del Concurso de Microrrelatos


La puerta


La gran puerta de bronce de quince pies de altura esperaba clavada en la pared de una montaña. Ordep, el trasgo, se acercó dispuesto a abrirla con una maza afilada labrada en piedras brillantes y mágicas, pero con su golpe no consiguió ni arañarla. Siul, el mago, dejó al descubierto sus manos al alzarlas mientras las mangas de su túnica sagrada caían hacia los codos y lanzó un sortilegio en forma de hechizo, pero nada. La puerta ni siquiera se movió. El enano Onurb se subió a su dragón alado, se elevó en el cielo y bajando en picado hizo que el animal escupiera su fuego del infierno que era capaz de derretir el metal más resistente, pero tampoco. El rey supo que aquella gruta no sería suya, estaba encantada. Fue entonces cuando oyeron un ruido metálico como de bisagras escondidas al otro lado de la puerta, y ésta se abrió, hacia afuera. Una niña apareció desde adentro y dirigiéndose al rey dijo: “¿Tan difícil era el acertijo de una puerta que se abre hacia afuera? El trasgo, el mago y el enano no merecen llevar esos nombres y desde ahora serán llamados al revés de cómo sus letras llevan”

Agustín de las Heras Martínez
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2 comentarios:

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  2. Árboles andariegos

    El extraño árbol bebió su brebaje y se dijo:
    ─Saldré a cuidar mi bosque: los tallos vacilantes, los árboles recién nacidos, los bebés caídos de su casa...
    Los pájaros revoloteaban alrededor del Árbol Andariego. De repente, cayó en un negro agujero, formado de improviso en el camino.

    En otro bosque, otro Árbol Andariego dijo a su compañera:
    ─Los pájaros traen malas noticias: Arborandel fue tragado por un agujero oscuro.
    ─¡Hay, Frondael, qué pena! ¡Y qué miedo!
    ─No temas, querida Ramacacia, no permitiré que te hagan daño. Tengo un plan...
    Como todas las mañanas, Frondael y Ramacacia salieron a cuidar su rebaño de árboles.

    Frondael Se paró en seco y agarró a Ramacacia. Un agujero redondo y negro se abrió a sus pies. Él recordó algo de un pasado remoto:
    ─¡Durguron, corazón negro! ¡No nos tragarás también a nosotros! Vuelve a la oscuridad, a la tristeza y soledad que te ganaste, al frío y al vacío. Nadie quiere estar contigo, ¡Arborandel tampoco!
    Este canto de poder obligó a Durguron a liberar a Arborendel, que emergió de la oscuridad, mientras el agujero tenebroso se cerraba.
    ─¡Gracias, Frondael! Hola, Ramacacia.
    Ella le dijo:
    ─Ven con nosotros, amigo, te invitamos a nuestra morada.

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