I Concurso de microrrelatos Steampunk Castillos en el Aire


Ana

La muchacha apura su tercer whisky. ¡Barman!-llama- aún no me siento bien...

Aún no estoy preparada, piensa.

El hombre llega con la botella y rellena el vaso. La muchacha: Gorro demacrado modelo bombín, gafas de aviador plateadas sujetas a él. Un revolver en una bandolera de cuero marrón. Y en lugar de brazo derecho, una ametralladora Gatlin de seis cañones. El barman, curioso, pregunta: ¿Para qué el revólver?

Ana sonríe de mala gana; señala el vaso con el dedo, inquisitiva. El barman lo llena otra vez.

Ana llora ahora en silencio, mirando su brazo ametralladora.

Observa de reojo al chico que ronda entre las partidas y los ebrios, un empleado.

Éste, limpia mesas y se encarga de las tareas desagradecidas: peleas, borrachos, vomitonas...

Ana piensa en el día del accidente, cuando decidió instalarse la grotesca arma.

Ya casi se ha acostumbrado al peso.

Es entonces cuando llega Betty. Puntual como siempre. Localiza al empleado. Camina hacia él, segura, con su revólver plateado enfundado en su bandolera. Sus dos brazos intactos y sus manos femeninas.

Y Betty, la lugareña encantadora, besa al empleado como cada día. Y se funden en público abrazo.

Jordi M. Novas

Clase del 88

Después de ver La Liga de los Hombres Extraordinarios aquel sujeto había inventado una máquina del tiempo con la que pretendía viajar al pasado y cambiar el futuro. Anhelaba los años de la máquina de vapor, la época en que la producción artesanal dominaba el mundo y la obra de arte no perdía su carácter único. Para realizar su misión decidió reclutar a sus antiguos compañeros. Aunque hacía mucho que no los veía, aquella era la clase en la que todos los profesores tenían puestas grandes esperanzas. De allí, iba a salir la élite del país. Políticos, empresarios, intelectuales, gente con poder e influencia para cambiar y enorgullecer a la nación. Cuando los reunió a todos se encontró con lo mejor de cada casa: putas, yonquis, delincuentes, estafadores, vagabundos, políticos corruptos y maleantes. Él, al menos, había hecho carrera: tornero fresador.

Rubén Gozalos

La patente

“...desde la MKW local en directo para todos los viajeros, levantaos de vuestros catres, el jefe os quiere despiertos y nada mejor para vuestros huesos quebrados que un poco de viejo rock ¿Rolling Stones? ¡Salve Victoria! Va por ti ¡Dámelo todo nena!: Honky tonk woman...”

- La turbina de vapor genera pulsos eléctricos a su vez estimula la galvanización de una tela perforada con códigos; estos se traducen en mecánica, conectada a un teletrófono se puede manejar cualquier aparato a distancia.
- Legar la patente de su invento a toda la humanidad le honra como ser humano. Me enorgullece que su espíritu altruista prevalezca a la avaricia de los hombres no solo soy su tutor soy su amigo.
- Es revolucionario señor Gates hasta un punto que no puede ni imaginar.
-¿Tesla no sabe nada del asunto aún?
-Le mandaré un telegrama, sin él Curtha sería un invento a medias.
-¿Brindamos? ¡Por la humanidad!
-¡Por usted señor! – se pronunció el joven antes morir.

“...interrumpimos la emisión, el gran jefe anuncia que terminamos en esta rama temporal: ¡regresamos a casa! Señor Bill siempre a sus órdenes ¿algo de los vejestorios para celebrarlo? : ¡OH, si Satisfaction!


Mecánica Divina

La conciencia de la maquina estaba contenida en infinidad de tarjetas perforadas. Ni el más anciano de los mecatrónicos sabia la cifra exacta de tarjetas que conformaban la conciencia y el intelecto del “Apollion”, el gran mecatrón que controlaba hasta el más mínimo detalle de la vida de los habitantes de Londres.

Jared trabajaba desde niño controlando el flujo de información que llegaba desde los puntos más alejados de la ciudad. Su tarea era evitar que alguna de las tarjetas se quedase atascada en el complejo mecanismo repleto de engranajes.

Esa mañana revisando las tarjetas se fijo en una que le llamó particularmente la atención. No sabía por qué, pero la configuración de celdillas perforadas no era la habitual.

Introdujo la tarjeta en el lector y espero a que saliera la información en la pantalla finamente decorada con figuras de latón y bronce. Segundos después apareció el mensaje traducido. Corrió a la zona de control y empezó a revisarlas, observando lleno de pánico que todas tenían el críptico mensaje en forma de celdillas perforadas. En todas y cada una de las miles de tarjetas que discurrían como la sangre en las venas del gran mecatrón ponía lo mismo: “Estoy Vivo”.

Víctor Gascón Fernández
Premio Microrrelato Steampunk Castillos en el Aire (Accesit)

Último recurso

El estruendo de los cañones, el reflejo de los hornos quebrados; en llamas arde Bilbao. El maestre nos reúne en torno a una mesa con mas años que el suelo que piso, somos pocos; un mero resumen de la Gran logia de Occidente y de todas formas nuestra decisión en este conclave mantendrá los años venideros.

Los hermanos de Bretaña esperan en la ría una indicación, una señal y el sitio quedará libre al fin ¿conviene esta decisión? De ser así llevará a esta nación al desorden y a su liberación, Isabel nos miente como tantos monarcas hicieron antes, Francia queda muy lejos, una revolución virtuosa no imitable en esta tierra discordante de España.

El maestre nos muestra el invento, henchido de vaho, pulido, obsceno en este lugar salvaje. Levita en el patio del rectorado: un globo picudo sostenido por amarres, cargado de muerte en los costados. La votación es unánime, debe embestir: destruir las tropas que nos sitian para más tarde, romperse en mil trozos. No puede quedar huella del aparato, no es su tiempo ni su lugar; solo una huída.


Un mal día

Holmes volvió a mirar su brazo mecánico. Lo miraba como lo hacía desde aquel fatídico día en el que lo perdió. Como si fuera algo extraño, ajeno a su cuerpo; un parasito que hubiese devorado carne, músculos y huesos sustituyéndolos por válvulas de vapor, pistones y engranajes.

Habían pasado dos años desde su enfrentamiento con Moriarty en el puerto de Londres y aun le llegaban los recuerdos del hecho entre punzadas de dolor. Recordaba a su querido amigo Watson herido de muerte en el suelo con la cabeza destrozada de un disparo, la persecución a través de las calles, su pelea en el puerto y la terrible explosión que le arrancó su brazo derecho de cuajo. Realmente había sido un mal día.

Ahora estaba allí, con su flamante nuevo brazo de cobre y latón, con el silencio de la noche roto únicamente por el ligero zumbido de los engranajes al flexionar sus dedos de metal alrededor de la empuñadura de su revólver.

Entonces, sin inmutarse, dirigió el cañón del arma al cuerpo tendido en el suelo, apuntó a la cabeza y sentenció antes de abrir fuego.

—Es elemental Moriarty, todos tenemos alguna vez un mal día.

Víctor Gascón Fernández

Negocios en el East End

La niebla. Esa maldita niebla lo cubría todo. Odiaba merodear por el East End londinense. Ese ambiente húmedo y frío podía con mi paciencia y mi humor.

El humo de mi pipa se entremezclaba con la niebla y se confundían la una con la otra. Absorto en mis pensamientos, distingo que mi contacto se ha detenido en una tienda de ultramarinos regentado por un matrimonio bengalí.

–¿Sr. Von Brokenheimer? –Me pregunta el hombre con marcado acento aristocrático.
–Sí. Ese soy yo caballero. ¿Lleva lo que acordamos?
–Por supuesto –responde abriendo un maletín de cirujano bastante grande. –Cuatro viales de Aliento de Dragón. Tal y como usted los pidió.
–Gracias caballero –digo haciendo una señal a mi servomayordomo Jefferson, para que se acerque. –Jefferson. Pague a este buen señor.
–Si no es demasiada molestia, podría preguntarle para qué quiere… ¬–pero la pregunta queda en el aire. El servomayordomo Jefferson se queda paralizado señalando el final del callejón.

Echó mano rápidamente de mi pistola “Schaffer Modelo VI” y giro sobre mis talones para lanzar una intensa ráfaga de fuego infernal sobre la bestia inmunda que había surgido de las sombras, que ahora yace hecho un montón de cenizas en el suelo.

–Para esto querido amigo. Es para esto.

Jason Roger Burrows

Antigua Colt

Billy dio un puntapié a su hermana para que se levantara. Empezaba a tener prisas, debía ir por las demás armas si quería que su plan saliese a la perfección.

Miró aquella belleza, su Colt predilecta de doscientos años de antigüedad, del mismísimo Anson Chase; le sonrió de lado cómo el que mira devoto a la mujer amada.

_Quédate aquí y prepárala, ponle pólvora suficiente y no olvides limpiar el cañón antes, la última vez casi me explota en la cara_

Los vehículos pasaban deformes ante sus ojos siseando sobre el asfalto de la gran ciudad. Montó en su Aston Martín y pisó el acelerador a fondo al tiempo que retiraba con extremo cuidado la gabardina de cuero marrón de la palanca de cambios.

El ilegal vendedor de artillería le entregó su pedido sin mirarle a los ojos, anhelaba los dólares de la transacción y ya eran suyos, no era necesario marrullar más al cliente. Billy agradeció la presteza del trato y regresó a casa con la nueva carga.

El tren de vapor haría su parada en Carlton Wich sobre las siete, y él cómo siempre dominaría la situación, no en vano era el gran Billy.

Irene Comendador

Sin energía

El supervisor recorría los pasillos hacia el centro de mando tan rápido como se lo permitían sus rechonchas piernas. Toda la ciudad estaba sin energía. ¿Qué narices se supone que hacen allí abajo?
—¿Por qué no hay energía? –preguntó colérico al jefe del turno de tarde tan pronto como entró en la sala.
—Esto… señor… —el hombre carraspeó asustado—Se ha agotado el petróleo… solicitamos más ayer…
—Ya… —El supervisor recordó la pila de papeles que descansaba sobre su mesa desde hacía varios días.

Sacó una llave de su bolsillo y abrió un armario del fondo de la sala de donde extrajo una garrafa de aquel peligroso líquido. Sin despedirse, salió hacia los talleres y descendió por las interminables escaleras. Al llegar a la oscura sala de calderas entregó el envase al encargado de fogones. Éste, vertió el líquido en un pequeño depósito y, a través de las tuberías, fue repartiéndose por la sala. Accionando un mecanismo, las lámparas de combustible se prendieron iluminando la sala. Los hombres sonrieron y volvieron a concentrarse en sus tareas con los depósitos de vapor.

—A los chicos no les gusta trabajar a oscuras –se excusó el encargado encogiéndose de hombros.

Marcos Prieto

El engranaje dorado

Cada engranaje estaba en su lugar, pero no giraba; cada correa ocupaba su sitio, pero no se movía; todo estaba listo, pero el tiempo seguía parado.

Preocupado, el relojero vertió varias gotas de aceite aquí y allá, lubricando los engranajes, haciéndolos girar. Después, comprobó los ejes del reloj. Repasó las agujas y comprobó que estuvieran bien colocadas. Sí, todo estaba en su lugar pero, por algún motivo, el paciente no quería vivir. No podía vivir.

El relojero, desconsolado, se dejó vencer. Dejó que la luz se le apagase.

Sin fuerzas, se dejó caer sobre el cuerpo inerte y muerto de su compañera, y una lágrima brotó. Una sola lágrima surgió…

Y, sin que se percatase, esta cayó sobre las agujas del reloj, avanzando lentamente hacia el eje de la maquinaria, recorriendo el engranaje dorado, resplandeciendo, iluminando su mundo. Una lucecilla se encendió… ¡y el engranaje se movió!

Las agujas comenzaron a marcar las horas. El tiempo que pasaban juntos volvió a contar. El reloj comenzó a funcionar. Pero no para ella, no para ella.

El relojero revivió al ver funcionar su creación, su gran creación.

Pero no se percató de que ella seguía sin moverse, sin revivir, porque ya no tenía corazón.

Josué Ramos Casal
Microrrelato Ganador Concurso Microrrelatos


De las sombras

Cuando escuchó aquel silbido penetrante, la prostituta corrió intentando encontrar una vía de escape. Las calles estaban oscuras, desiertas; la niebla le impedía ver con claridad.

Aunque gritara, nadie acudiría en su ayuda. Siguió corriendo alocadamente, hasta que se encontró con el ser. Salvo por el brillo del cigarrillo en su piel metálica, habría pasado un auténtico gentleman. Se intentó alejar, al menos rogar por su vida, pero estaba tan aterrorizada como para no hacer anda más que mirar asustada al asesino.

El cuchillo no tardó en llegar y sesgar su vida. Cuando cayó, el ser la miró sin emoción alguna y comenzó a vaciar el abdomen de la víctima. No le gustaba matar, pero necesitaba pagar sus gastos y el único empleo que consiguió, era para recolectar vísceras para las tiendas esotéricas. A saber qué harían con los despojos. Tenía entendido que los usaban para crear remedios contra la infertilidad. Le daba igual: nacer implicaba responsabilizarse de uno mismo y, ya que le habían obligado a ser una criatura de metal, no dudaría en subsistir a costa de los desperdicios de Londres.

―No me culpes. Solo son negocios y sabes de qué hablo -le dijo al cadáver tras abandonarlo.

Laura López Alfranca

El esparcidor

Ajustó la válvula. El sistema vibró con un suspiro, alimentado por el nitrógeno líquido al deslizarse por las tuberías de cobre. La guarida de Wolf se ocultaba entre las cumbres nubladas de la Montaña Roja. Allí, a salvo de sus perseguidores, ultimaba su maléfico plan: El Esparcidor.

Durante años recorrió el mundo persiguiendo un imposible. Para ello empleo mil y una argucias, inventó cientos de máquinas malévolas que empleó para evitar a su archienemigo, el inspector Yves Lautrec. Hasta que finalmente halló lo que buscaba; el gran maleficio, la profecía que se esparciría hacia los cuatro puntos cardinales, sumiendo el planeta en La Obscuridad.

Pero para llevar a cabo su plan necesitaba la máquina definitiva, el invento supremo…lo que el llamaba… El Esparcidor; un híbrido de cañón que combinaba las más avanzadas teoría trigonométricas con los estudios que el gran Leonardo De Vinci realizara sobre trayectoria, velocidad cinética y topografía. Todo combinado daría lugar a un engendro capaz de esparcir a lo largo y ancho del mundo la maldición con la que el faraón Akenaton condenó a la Humanidad; la maldición de Apophis, la serpiente, esparciría por el mundo la noche perpetua…en unos segundos…cinco, cuatro, tres, dos, uno…. Obscuridad.

Diego Castro Sánchez


The Golden gear

La noche, envuelta en espesa niebla, apenas permitía posar los ojos más allá de unas pocas millas. El capitán Winchester trataba de exponer la situación a sus subordinados: varados y sin propulsión. De entre la niebla, se hacía patente la flota de naves Imperiales. Todos comprendieron entonces que era momento de elegir. Morir libres en el cielo, o vivir esclavizados en tierra.

Los Imperiales oímos entonces su poderosa voz a través del viento celestial, arengando de tal modo que a muchos hacía dudar de todo lo que habíamos creído hasta ese momento.

Lleno de orgullo les recordaba, como siempre había hecho, que lo único que decidiría sus destinos serían sus propias acciones.

No le era preciso disciplinar a los suyos para luchar, para mantener la jerarquía, para morir. Cien hombres ante doscientos cañones.

“¿Qué derecho tengo –dijo— a ordenaros que perezcáis bajo mi mando? ¿Qué derecho, a ordenaros que entreguéis vuestras vidas?”

No honraré más mis destrozados galones ni la Union Jack arrancada de mi deshonrado uniforme.

No quiero dejar este mundo con el uniforme sobre mí.

Me despido, a quien lea esta carta, confiando encontrarme con los valientes caídos del Golden Gear, bravos compañeros del capitán Winchester.

Josué Ramos Casal

Que la presión te acompañe

El puñetazo en la mesa hizo saltar chispas desde el guantelete de cobre.

—¡Pues liberen la presión!
—¡Lo intentamos, Lord Vader, pero los engranajes de exclusión están bloqueados!

Levantándose como un resorte, se acercó al ventanal del puente de mando. Desde su casco dorado, las sonoras bocanadas de aire desprendían una nube de vapor que pronto empañó el cristal, no sin antes confirmar sus sospechas: a pocos kilómetros del puente de mando, alejándose a toda velocidad, el zeppelín sónico de Luke Skywalker desaparecía entre la colmena de aeronaves rebeldes e imperiales que luchaban entre sí. 

Pronto los millones de estridentes silbidos ensordecieron a la tripulación entre los temblores de la estación espacial. Igual que una olla a presión, la Estrella de la Muerte reventó en mil pedazos.

Ángel Villán

Abrazos de vapor

El chatarrero del pueblo, Geppetto, siempre había querido un hijo. Pero enfrascado en su taller noche y día, únicamente salía a la calle para rebuscar entre los desperdicios de máquinas estropeadas y viejas.

De entre aquel montón de trastos inútiles, poco a poco fue dejando volar su imaginación y usó ciertas piezas para montar un gran muñeco articulado. Con el tiempo aquel muñeco fue bautizado como Pinocho, y finalmente llegó el día en el que Geppetto se atrevió a accionar el pequeño interruptor.

Las agujas de los indicadores saltaban como locas, el flujo de aceite goteó en sus articulaciones y la pequeña caldera de su interior comenzó con un dulce silbido. El fuego interior se reflejaba en los dos redondos ojos de cristal y los chirridos de la vieja chatarra comenzaron a cantar.

El autómata miró a ambos lados, reconociendo lo que había a su alrededor, mientras la sonrisa del viejo Geppetto cruzaba de mejilla a mejilla y apretaba aun más sus monóculos gigantes. El pequeño niño chatarra se levantó y coordinó sus primeros pasos, movido por centenas de engranajes, relés que iban desde la cabeza los pies y varias válvulas que dejaban salir la presión de sus órganos de latón y corazón de cobre. Instantes después, Geppetto recibía su primer abrazo.

Ángel Villán

Esencia

¡Ignorantes! Eso es lo que son, unos completos y absolutos ignorantes.

Ya, ya sé que eso me beneficia, ¡por supuesto!, pero no puedo evitar referirme a su ineptitud. ¡Que sigan en el limbo con sus burdas teorías y vacuas elucubraciones!

Ah, si supieran que yo soy Jack el destripador… No pueden ni imaginárselo, con mi aspecto distinguido, mis sienes plateadas, mi rostro amable… Yo soy Jack, el Rey de Whitechapel, ¡el Diablo hecho hombre!

Pero debo calmarme, aplacar los nervios y centrarme en mi obra más importante.

Mi querida autómata, pronto dejarás de ser simples engranajes, pronto cobrarás vida y seremos felices por fin. Recuerdo cuando mis amigos te vieron por primera vez, cómo se quedaron absortos mirándote. “¡Es el autómata más perfecto que he visto nunca!” decía entusiasmado mi querido amigo el doctor Christie…

Luego leí aquel libro prohibido, blasfemo… El libro donde se hablaba de cómo para crear vida es imprescindible obtener la esencia de cinco cadáveres. Y así lo hice… Tras la muerte de la última prostituta, Mary Jane Kelly, todo está dispuesto… Pronto cobrarás vida mi querida autómata, mi gran amor…

Sir Jack Winchester

La Liberación

Los mecánicos, secuestrados desde hacía meses por el Culto del Escorpión, acabaron al fin sus engendros mecánicos y no pudieron evitar mirar con mal disimulado orgullo las bellas formas de sus letales creaciones mientras eran conducidos al lugar donde habían retenido a sus familias. Algo sorprendidos aunque felices porque los sectarios les liberaran después de todo, estaban tan centrados en la alegría del reencuentro que no oyeron el siseo del vapor ni los leves chirridos que hicieron los escorpiones al ponerse en marcha. Después de todo, pensaban los sectarios, unas máquinas tan sofisticadas había que probarlas antes de usarlas para la invasión… ¿y qué mejores víctimas que los únicos que conocían sus puntos débiles?

Deborah F. Muñoz

Asno estúpido

¡Profesor, Profesor! - Allan subió muy velozmente la escalera de caracol que accedía a la planta principal, de la biblioteca. - El Profesor Fernández, nos envía la información de su último invento.

El Profesor Cibermann, sorprendido contestó:

¡Oh!, ¡maravilloso! – Mientras escucha al muchacho, va abriendo el libro de registro de inventos -. A ver, ¿qué invento es?

Un fusil de múltiples cañones y de alta velocidad, accionado a vapor y electricidad ¡Y además portátil!

¡Oh!, ¡maravilloso!, por fin Carlos se ha decidido por la electricidad – Y empieza a apuntar, con extremo cuidado, el nombre del profesor y su invento – Por cierto, Allan, supongo que el accionamiento va en una carretilla aparte, ¿no?

¡Ahí está lo bueno del invento! El sistema se acciona por medio de una pequeña caldera, mientras que la presión del mismo genera un campo eléctrico que es condensado en el recipiente de cristal de flujo electromagnético de campo voltaico de tensión inercial. ¡Y todo ellos en la espalda del artillero!

El Profesor Cibermann se queda atónito, mira el libro de registro, moja su pluma en el tintero y, por primera vez en su dilatada vida como registrador de inventos funcionales, tacha el registro mientras exclama:

¡Asno estúpido!

Salvador Rossello

Nos hará mucho daño

El almirante Cleor McKardigan miraba satisfecho por el ventanal frontal del gran dirigible. De reojo vio la cara de preocupación de un joven marinero. Y se dirigió con paso firme hacia el joven marinero, que apenas sobrepasaba los 18 años de edad.

Usted, marinero, ¿Qué es lo que le preocupa?

Con su permiso mi Almirante – el marinero más temeroso de no contestarle que de lo que pudiese decirle su capitán – Pero, la aviación enemiga ¿puede hacernos daño?

El almirante, con una estrepitosa carcajada socarrona respondió.

El HSS Queen Victori, el dirigible de guerra británico más grande del mundo y que los del enemigo, con 150 cañones por banda, con un alcance superior a 1000 metros más que lo que alcanzan los cañones enemigos, con una escolta de 2 acorazados, 6 destructores y 12 corvetas, no tiene rival. Cualquiera que pueda pasar la barrera de fuego de esta flota aérea, se lo pensará antes de seguir el ataque.

El marinero, todavía visiblemente preocupado vuelve a preguntar:

Almirante, lo que quería preguntar es que si aquel pequeño Fokker DR1 triplano rojo, que viene con el sol en cola desde arriba, con una ametralladora con balas trazadoras de fósforo, ¿Nos hará mucho daño?

Salvador Rossello

Columna de humo

Dice la Biblia que en ocasiones Yaveh se manifestaba en forma de columna de humo.

Nuestra iglesia del pueblo, siguiendo la tecnología más innovadora, ha prescindido de cirios y velas: con un sistema a vapor, las figuras de los santos se mueven, representando los pasajes más relevantes de sus vidas. Incluso al final de cada misa, la figura de Cristo se descuelga del gran crucifijo en el altar y se eleva mediante poleas hacia la cúpula, desapareciendo en la luz cenital del mediodía.

Al salir, los menos rezagados podemos apreciar una columna de humo saliendo de una chimenea del lateral del edificio. Esa columna no es Dios, porque la hemos creado nosotros mismos. Pero a la hora de sembrar lo que será la cosecha, da sensación de seguridad. Sientes que el Señor está en ti, y en tus propias manos. Aunque desde luego no se encuentre en esta iglesia a vapor.

Víctor Pintado

Sin Carbón

Desde que se ha acabado el carbón, el cementerio de al lado del ferrocarril amanece cada día profanado. No nos importa, el Primer Ministro nos considera un ejemplo a seguir: somos la única ciudad de la región cuyos trenes, automóviles y jetpacks aún funcionan.

Víctor Pintado
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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2 comentarios:

  1. Que buen relato el del ganador, me ha encantado, esas targetas de vida son pura letra bien escrita, genial.
    AuNQue he de decir que esta vez el jurado lo ha debido tener dificil, porque hay relatos verdaderamente buenos.
    Gran concurso chicos y hasta la proxima

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  2. Felicidades a los ganadores. Y a ver si mantenemos, por lo menos, este número de participantes.

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