La revolución de los juguetes

Un buen día, Rudy abrió los ojos y una luz cegadora hizo que se viese obligado a parpadear unas pocas veces antes de poder abrirlos por completo. Con sus pequeñas manitas sin dedos se restregó los ojitos brillantes, dos botoncitos negros y redondos que estaban cosidos por las manos infantiles de un niñito camboyano.

Rudy notó que algo luchaba por colarse en sus dos orejas redonditas, rellenas de algodón blanco y suave, al cabo de unos segundos supo que eso que luchaba por colarse en sus orejas era ruido y poco a poco descubrió que ese ruido se convertía en otros muchos, y más tarde descubrió entre aquellos ruidos murmullos distantes que, con el paso de los segundos sonaron más fuerte y se tornaron en voces. Su cerebro de algodón y lana comenzó a distinguir unos sonidos de otros, hasta que Rudy fue capaz de comprender lo que escuchaba.

Estaba en un lugar muy alto, rodeado de cientos de Rudys semejantes a él. Cuando consiguió descoser su boquita, hecha de cremallera de tela, susurró unas palabras a los ositos más cercanos, pero ninguno dijo nada, por lo que Rudy se sintió muy triste, o no le escuchaban o no le querían escuchar, qué iba a hacer él solo allí.

Intentó mover sus cortitas piernas de trapo, pero estaba atrapado por los cuerpos de decenas de ositos mudos y dormidos, así que, después de un rato, decidió que lo mejor sería estarse tan quieto y tan mudo como los otros ositos de peluche.

Como no tenía nada que hacer, decidió prestar atención a todo lo que ocurría a su alrededor, sin moverse y sin hablar, no fuera a asustar a alguien.

Estaba en un lugar gigantesco, con mucha luz y muchísimos sonidos diferentes, algunos incluso que no eran más que eso, ruidos. Bajo él correteaban un montón de seres extraños que empujaban unos carros repletos de cosas, incluso en alguno de ellos Rudy vio que esos seres extraños metían a unos pocos ositos parecidos a él. Al paso de uno de los carros, un gato vestido de manera estrafalaria, con sombrero de ala ancha y botas altas, le guiñó un ojo a modo de saludo y Rudy se sintió muy contento al saber que no estaba solo, que había más como él, fuera él lo que fuera.

Pasaron las horas y Rudy vio que poco a poco pasaban delante de él menos personas, hasta que, de pronto, se apagó la luz cegadora y alguien se acercó, sólo una persona. Después de un día entero, Rudy ya sabía que los seres extraños que pasaban delante de él empujando carros repletos de cosas eran personas. El hombre iba vestido de un modo diferente a los otros que había visto durante todo el día.

El desconocido se sentó en un sillón, de espadas a Rudy y realizó magia, o al menos eso fue lo que a Rudy le pareció, porque de pronto volvió a haber luz. Aunque ésta era distinta a la de antes, procedía de un montón de ventanas cuadradas de todos los tamaños, situadas justo en frente de la montaña de ositos de peluche.

El hombre vestido de manera extraña, siguió haciendo magia, porque cambiaba el aspecto de las ventanas cuadradas cada vez que quería. Rudy estaba maravillado. ¿Sería aquél hombre extraño un mago?

De pronto se escuchó un nuevo ruido, uno muy fuerte y agudo que levantó de un salto al hombre vestido de manera rara y le hizo correr más allá de la vista de Rudy, pero la luz de las ventanas no se apagó y el osito empezó a comprender que lo que veía en las ventanas no se trataba de luces, sino de historias. Historias en las que había más personas y cosas que él aún no conocía. Así que, como no tenía nada mejor que hacer, los ositos de su alrededor seguían dormidos y le gustaban mucho las historias, decidió ver todo lo que salía de aquellas ventanas contadoras de cuentos.

En muchas de las ventanas aparecieron muchas personas pequeñas, cachorros humanos –como suponía el osito de peluche desde esa mañana, cuando había visto a personas muy grandes acompañadas de otras muy pequeñas-, pero las que salían en la ventana cuenta cuentos eran muy diferentes a las que había visto hoy pasando bajo él, no es que fueran demasiado distintos o fuesen raros, pero sí había diferencias que a Rudy le daban qué pensar.

Los niños que salían en la ventana cuenta historias estaban muy delgados y sucios, además, eran de color negro y sus ojitos estaban apagados y tristes, no empujaban carros repletos de cosas y no tenían una amplia sonrisa dibujada en sus caras. Por más que miró y miró, Rudy tampoco vio cerca de esos niños a unos papás sonrientes y consentidores que jugaran con ellos, como había visto frente a la montaña de ositos de peluche que hacían algunos de los hombres grandes con sus cachorros. No, aquellos niños no sonreían y tampoco parecían tener demasiadas cosas... excepto moscas, de esas tenían muchas más que los niños que habían paseado con muchas cosas delante de Rudy, las tenían a montones y debían de ser amigas suyas, a lo mejor eran sus mascotas, porque los niños no las apartaban de sus cuerpecitos delgados.

Al cabo de un rato viendo aquella historia contada por muchas ventanas, donde se veía a esos niños tan tristes, el cuento cambió de pronto. Ahora, en las ventanas, salía un señor muy gordo y con barba blanca, vestido de rojo y con un saco repleto de cosas y juguetes que dejaba debajo de un árbol de colores después de deslizarse por una ventana. Solía ir a casas de niños que tenían un montón de cosas y que tenían tantas que las amontonaban unas encima de las otras... aquello a Rudy no le gustó demasiado, le pareció una gran injusticia, el señor gordo y vestido de rojo, tendría que haber ido con su trineo tirado por renos a la casa de esos niños tristes que había visto antes, porque ellos no tenían tantas cosas y no las amontonarían las unas sobre las otras, seguro. Y además, Rudy estaba seguro de que así los niños tristes no lo serían tanto y podrían sonreír casi tan ampliamente como los niños que si tenían cosas.

Durante un par de horas, las ventanas que contaban historias sucedieron las imágenes de niños muy felices recibiendo todo tipo de cosas y juguetes, con otras de niños pobres que apenas tenían nada, salvo un montón de moscas y basura, o que, en vez de jugar con los juguetes, como lo hacían los niños felices, dedicaban el día a hacer esos juguetes con los que los otros jugaban.

En aquella noche Rudy aprendió lo que era la Navidad, los juguetes, las cosas, los hombres, los niños... también aprendió lo que era la injusticia y lloró mucho por aquellos niños, lo que hizo que el suave algodón de su carita se ensuciara, le daba mucha pena que las cosas fueran así. Decidió que él iba a hacer algo para que todos los niños del mundo pudieran sonreír y tuviesen juguetes, cosas y comida por igual.

Lo sorprendió la luz cegadora y pasó todo el día pensando en los pobres niños que lloraban y no tenían nada mientras veía pasear y jugar a su alrededor a los niños felices que empujaban los carros repletos de cosas y juguetes.

La noche siguiente, cuando se apagó la luz cegadora, Rudy decidió despertar a todos los juguetes, él sólo no podría hacer nada o muy poco, necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir. Estaba tan enfadado con los humanos adultos que no le importó que ningún juguete se despertase la primera vez, no paró de llamarlos hasta que consiguió despertarlos a todos y una vez que lo logró, los reunió a todos delante de las ventanas contadoras de historias.

Rudy les contó lo que sabía sobre la Navidad y sobre las personas, les habló de los niños felices que tenían muchos juguetes y cosas y de los niños que lloraban y no tenían nada con lo que jugar, les habló del señor vestido de rojo, que siempre llevaba regalos a los mismos niños porque éstos, eso lo había descubierto Rudy esta mañana, le dejaban pasteles, galletas y leche en sus casas, cosa que los niños tristes no podían hacer, porque no lo tenían, y les habló de los tres señores montados en camello que tenían mucho oro y riquezas. Tras una asamblea de juguetes que se alargó hasta casi el alba, todos decidieron poner remedio a esa situación tan injusta.

Pero Rudy les explicó que la solución no sería irse a jugar con los niños llorosos, enfermos y tristes, no, eso sólo solucionaría el problema a medias, la solución no era que los niños felices se convirtiesen de pronto en los tristes. Si Rudy había aprendido algo en sus dos días de vida, era que todos los niños eran inocentes y que en ellos estaba la única solución. Los juguetes trazaron un plan para que aquella Navidad todos los niños del mundo fuesen igual de felices y tras llegar a un acuerdo, se marcharon del Centro Comercial, ocultándose de los humanos adultos y preparando su solución a aquella injusticia.

Por la mañana, los dueños de los grandes almacenes donde habían estado Rudy y sus amigos se llevaron una desagradable sorpresa al descubrir que las estanterías de la sección de juguetes estaban totalmente vacías, creyeron que les habían robado y llamaron al seguro. Pero, como nosotros sabemos, estaban equivocados y aún no conocían el alcance de aquella revuelta recién iniciada.

Los juguetes del Centro Comercial, encabezados por Rudy, se infiltraron poco a poco en todos los Centros Comerciales y jugueterías del mundo. No era tan difícil, siempre había una nave espacial o un avión dispuesto a jugarse las piezas para recorrer la distancia que separaba su juguetería de la siguiente para llevar el mensaje de la asamblea revolucionaria de juguetes asociados. Pronto, las jugueterías y grandes almacenes de todo el mundo veían cómo sus estanterías se vaciaban de la noche a la mañana sin ninguna explicación. Y además del problema que suponía un robo o una desaparición así, estaban las Navidades encima, lo que hacía que los encargados y dueños de las tiendas estuvieran alarmados y desesperados.

Una vez estuvieron avisados y despiertos todos los juguetes del mundo, comenzó la segunda fase de la Revolución.

Una mañana de mediados de diciembre, unos días antes de la llegada de la Navidad, todos los niños felices que tenían muchos juguetes y muchas cosas, se despertaron con uno o dos juguetes nuevos junto a sus camas. Los niños no se lo esperaban, porque aún no era Navidad o su cumpleaños, pero todos fueron mucho más felices y sonrientes, y abrazaron a sus papás y a sus mamás para agradecerles el gesto. Aquella fue una escena que se repitió por todo el mundo y aquel fue un día especial: subieron todas las bolsas, los bancos dejaron de cobrar comisiones y dieron muchos más créditos de lo habitual, ningún jefe despidió a sus empleados, se solucionaron muchos juicios por la buena voluntad de los enjuiciados y los jueces, se liberaron a personas secuestras y muchos ladrones se entregaron a la policía, que los encarceló con muy buenas maneras, se firmaron tratados de paz y se acabaron muchas guerras y conflictos por toda la Tierra... sí, fue un día especial y muy feliz para la mayoría de los humanos.

Y entonces, sin que nadie se diera casi cuenta, llegaron las Navidades. Los Centros Comerciales y las jugueterías habían repuesto a marchas forzadas sus existencias de juguetes y tenían todas las estanterías repletas otra vez. Y llegó el día de escribir la carta de regalos de aquella Navidad, el momento en el que los más pequeños expresaban sus deseos a su personaje favorito.

Y aquel fue otro día señalado en el mundo entero.

Nadie se podía explicar cómo podía suceder algo así. Los telediarios y los periódicos de todo el mundo dieron la extraña e inverosímil noticia de los contenidos de las cartas escritas por los niños y las niñas de todo el mundo. Cada uno la había escrito a su manera y con sus palabras, algunos hasta con sus faltas de ortografía correspondientes, pero el mensaje de todas las cartas del mundo era semejante en todo el mundo, estuviera escrita en el idioma que estuviera escrita. Todos los niños que sabían escribir, algunos incluso que no sabían, dejaron su carta a los pies de la cama de sus padres, todos.

“Queridos Papá y Mamá:

Este año no quiero cosas ni regalos ni juguetes, sólo quiero que todos los niños del mundo tengan una sonrisa en la cara. Papá, mamá, por favor, no me regaléis nada ni le pidáis a nadie que me lo regale, enviad alguna de mis cosas a niños que tengan menos que yo. Así seré muy feliz estas navidades. Os quiere...”

Los juguetes se habían desplegado por todo el mundo y habían hablado con sus nuevos amigos, los niños y niñas de todas partes, hablándoles de la injusticia de los niños y niñas que estaban tristes, lloraban y sólo tenían muchas moscas y basura... cuando supieron aquello, los niños felices también se pusieron muy tristes y lloraron por sus amigos más necesitados. Niños y juguetes se aliaron en la revolución iniciada por Rudy, el mundo iba a cambiar de manera drástica y nadie podría evitarlo, porque sus propios hijos querían que así fuese.

De todas formas y a pesar de la extraña noticia de la carta colectiva que nadie podía explicarse o de las colas vacías delante de los personajes navideños o de la falta de interés de los niños y niñas de todo el mundo por los regalos de esa inusual Navidad, ningún padre o madre hizo caso de la extravagante petición de sus hijos ¿cómo no iban a querer ningún regalo en Navidad? Una cosa era pensar en los niños más necesitados y ser solidarios con cosas sencillas como comprar un bolígrafo, pagar dos euros en la compra del Super para los pobres, echar alguna moneda a una hucha de Intervida, apadrinar a un niño... cosas de esas que limpian tu conciencia y te hacen creer que eres muy bueno y generoso con los que más lo requieren; y otra muy distinta era regalar los magníficos juguetes que tenían o que les comprarían esas Navidades, seguro que en cuanto los vieran perdían el presunto desinterés por ellos.

La mañana de los regalos, todos los niños felices recibieron los suyos a montones y como niños que eran, jugaron y disfrutaron mucho con ellos, pero por alguna razón que ningún padre fue capaz de comprender, no reían como solían hacerlo y parecían no disfrutar tanto como era habitual al recibir un obsequio tan bueno. Los niños felices recordaban las palabras de sus amigos juguetes, pues se habían grabado para siempre en sus corazones y recordaban con pesar las penalidades que estarían pasando en esos mismos instantes los niños que no tenían nada más que muchas moscas y basura... así que, los niños felices no pudieron serlo realmente aquella mañana de diciembre.

Los papás y las mamás de los niños felices se dieron cuenta de ello, pero no le dieron la mayor importancia, los adultos son así de tontos y descreídos, no le dan importancia a las cosas realmente importantes. Ellos pensaban que todo aquello era una chiquillería puesta de moda que se acabaría al día siguiente, incluso muchos apostaron que cuando se durmieran, sus hijos olvidarían todas esas bobadas.

Y entonces fue cuando Rudy, los demás juguetes y los propios niños felices acordaron comenzar la tercera fase de la Revolución. Estaba claro que los adultos de todo el mundo se merecían un buen escarmiento y para un osito de peluche con varios días de vida, era muy sencillo saber qué escarmiento tenían que dar a esos padres.

Todos esperaron a que los adultos se durmieran y cuando hasta el último de ellos se durmió, comenzó la tercera fase del plan. Los niños y niñas felices de todo el mundo, acompañados de sus juguetes favoritos, así como de los más nuevos, abandonaron sus casas sigilosamente, en pijama y calzados con sus zapatillas de invierno, además de provistos de una mochila en la que echaron latas y comida de todo tipo, llena hasta los topes. Algunos tuvieron que recibir ayuda logística de sus juguetes de construcciones, de espionaje o con alas para poder salir de sus casas, pero todos lo lograron sin percances y acudieron al punto de reunión fijado en cada uno de los barrios, pueblos, aldeas, ciudades... todos los niños y niñas felices del mundo y todos sus juguetes se reunieron en una convocatoria como nunca antes se había visto.

Y comenzó el viaje. Aviones de juguete, trenes eléctricos, coches de carreras... cualquier juguete era válido para viajar a través del mundo y llegar a las zonas más necesitadas del planeta, donde estaban los niños que no tenían cosas y siempre estaban llorando. Si algún coche o tren era demasiado pequeño, los muñecos del Lego o los clics de Playmobil se afanaban en reconvertirlo para que pudiese acoger a uno o varios niños en su interior. Incluso las Barbies se pusieron sus trajes de mecánicas para ayudar en las tareas de reconstrucción de juguetes. Las piezas de Tente se unían las unas a las otras, conformando gigantescos aviones y naves espaciales que podían transportar a casi cien niños de una vez. Cada niño iba a su vez acompañado de varios peluches de todo tipo y de muñecos varios. Rudy asentía satisfecho ante el espectáculo desarrollado, todo estaba saliendo según lo previsto.

Cuando llegó la mañana siguiente todos los padres de los niños felices del mundo se pusieron muy tristes, porque ningún niño estaba en su cama o en su casa, todos habían desaparecido y no sólo eso, sus juguetes y buena parte de la comida de sus despensas también se habían evaporado como por arte de magia. Los centros comerciales y jugueterías también descubrieron un nuevo robo a escala mundial en sus estanterías de juguetes, ahora además se habían sumado la sección de ropas, de bebés, de alimentación... toda la parte rica del mundo lloró mucho esa mañana y las comisarías se llenaron de gente que quería denunciar la pérdida o el robo de algo o alguien.
Aquella mañana fue la más trágica mañana que muchos de los adultos de todo el mundo habían vivido en toda su vida.

Las televisiones y las radios apenas emitían noticias, porque sus presentadores estaban tan preocupados como cualquier otra persona. Los presidentes de los países se encontraban buscando a sus propios hijos y muchos policías abandonaron también sus puestos de trabajo para intentar encontrar a sus niños y niñas desaparecidos. Todo era un caos, hubo muchos accidentes de tráfico y peleas, aunque nada demasiado grave, pues todos en seguida dejaban de discutir o pelear para ponerse a llorar muertos de preocupación; en cuanto a los accidentes de tráfico, como todo el mundo estaba buscando a sus hijos perdidos y había tantos atascos, no pasaron de pequeños golpes de chapa y pintura.

En todo el mundo se suspendieron las fiestas, actos y eventos deportivos previstos para celebrar la Navidad, se cerraron todos los centros comerciales y tiendas, las luces que adornaban por millones las calles de todos los pueblos y ciudades se apagaron, nadie estaba dispuesto a celebrar nada y todos buscaron sin descanso a sus hijos durante todo el día de Navidad.

Cuando llegó la noche, una televisión recibió una llamada telefónica diferente a todas las demás, la voz suave, aguda y melosa que se escuchaba al otro lado del hilo telefónico, dijo ser un oso de peluche. El angustiado presentador que, agotado, había decidido acudir a su puesto de trabajo con la esperanza de hacer algo diferente para encontrar a sus tres hijos de tres, cinco y nueve años, estuvo a punto de colgar a aquel que decía ser un oso de peluche, pero, de pronto, escuchó la voz de su hijo pequeño y permaneció muy atento al teléfono.

Rudy avisó a aquel hombre del lugar en el que se encontraban sus hijos sanos y salvos, y no sólo sus hijos, sino los hijos de todo el mundo. Todos estaban visitando y llevando presentes a los niños pobres, que siempre lloraban y sólo tenían moscas y basura a montones.

Cuando el presentador de televisión emitió la noticia, fueron muchas las personas que escucharon su mensaje. Al principio nadie le creyó, pero, poco a poco, todos entendieron que no había otra solución al misterio de la desaparición colectiva. Todos los niños, de alguna manera inexplicable, se encontraban en el tercer mundo, cumpliendo ellos mismos la petición de sus cartas de regalos que ningún padre o madre había atendido en todo el mundo.

Rudy también dijo al presentador de televisión que todos los papás y mamás de aquellos niños recibirían una carta en sus casas con el día y la hora en la que tendrían que ir a recoger a sus hijos al país en el que estuvieran y pasar allí un mes completo, con las familias de los niños necesitados. Entre todos tendrían que hacer un mundo mejor y más justo, ya no podía haber más injusticias en el mundo. Mientras tanto, los papás y las mamás podían estar tranquilos, porque sus niños y niñas estaban muy bien cuidados por sus juguetes.

Poco a poco, todos los padres y madres acudieron a los países, las ciudades, los pueblos y las aldeas donde se hallaban sus niños y niñas perdidos. Allí conocieron a los pequeños con los que sus hijos habían jugado durante todo este tiempo, con los que habían compartido juegos, juguetes, comidas y conocimientos. También conocieron a sus familias y los problemas con los que tenían que vivir día a día.

Durante más de tres meses toda la actividad laboral, política y comercial de todo el mundo se detuvo. No hubo guerras ni robos, no hubo ningún problema serio y nadie intentó aprovechar el paro mundial para su bien personal, no hubo peleas o discusiones, porque todo el mundo estaba pendiente del bienestar de sus pequeños y de aquellas familias tan necesitadas que acababan de conocer. Se acabaron todas las guerras del mundo y se empezaron a solucionar todos los problemas de escasez de agua o alimentos, además, al ver la desolación de algunos países, muchas familias que habían vivido en la zona rica del mundo, decidieron quedarse en los países pobres para que éstos dejaran de ser lugares tan tristes y necesitados.

Los juguetes colaboraron en todo, aunque ningún adulto conversó jamás con alguno o supo en realidad lo que había ocurrido en el mundo, a excepción de aquel joven presentador de televisión que había dado la noticia más importante de su vida y había recuperado a sus hijos.

El mundo arregló sus diferencias y colaboró para convertirse en un lugar mucho más apacible y acogedor. Incluso se luchó para solucionar el famoso Cambio Climático. No es que todos tuvieran lo mismo, en el mundo siguió habiendo personas ricas y personas pobres, gente que triunfaba y gente que no, gente que tenía más y gente que tenía menos, pero al menos, se logró que nadie se muriera jamás por hambre o por sed y que los niños de todo el mundo recibieran regalos y cosas por igual y sonriesen de forma muy parecida a todas horas. Incluso las moscas fueron felices de dejar de estar siempre con los niños tristes y se fueron a jugar con las flores y la basura, aunque muy lejos de cualquier niño, a no ser que fuesen de vez en cuando a molestar a alguno de manera traviesa y juguetona.

La gente se mezcló y a nadie le volvió a importar el sexo, la raza o la religión, porque todos eran iguales ante la ley de todos los hombres y todos tenían los mismos derechos. Además, cada uno podía ser todo lo diferente que quisiera de los demás, siempre y cuando también respetara la libertad y la diferencia de los otros. En fin, que fue un mundo mejor.

Y ya fue así para siempre, porque las personas estaban gobernadas por las buenas voluntades y los deseos felices de sus hijos e hijas, y así fue para siempre. Los niños recibían los consejos de los juguetes, que nunca más tuvieron que intervenir de un modo tan evidente como cuando iniciaron la revolución, cuando los niños pasaban a ser adultos, olvidaban que, en una ocasión, habían tenido a sus juguetes como amigos y consejeros, aunque jamás, por viejos que fueran, olvidaban que todos tenemos el mismo derecho a disfrutar de las mismas cosas, las consigamos luego o no.


Dedicado a todos los niños del Mundo,
los que son felices
y los que lo serán...
 
Javier Fernández
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