Ya tenemos resultado en nuestro II Concurso de Microrrelatos Steampunk


La diferencia

Sesenta y cuatro casillas y un número casi infinito de posibilidades. Ese era el campo de batalla. Un cuadrilátero de hierro y cobre, tan pulido, que los reflejos de las fichas iluminadas por las lámparas de gas parecían multiplicarse en facetas caleidoscópicas e hipnóticas.

Concentrados en el tablero se enfrentaban dos jugadores. Ambos imponentes, ambos esculpidos en bronce por las sombras y las luces del salón.

Llevaban horas, tal vez días jugando y ya se acercaba el final de la partida.

La máquina ya había movido para ganar. Lo había hecho con un rápido y seguro movimiento mecánico. Más que con determinación, con determinismo. Con ciega, precisa e inevitable respuesta.

Le tocaba jugar al anciano. Pero éste, en cambio, no parecía tener prisa. El tiempo se había detenido en sus ojos y en el movimiento de su mano, que se alzaba leve sobre todas las fichas como si no supiera cual escoger. 
Tenía todo el tiempo del mundo para pensar. Para pensar. Esa era la diferencia entre ambos, ¿no?

En algún momento, mucho más tarde, el anciano ajedrecista sonrió para sus adentros cuando se percató de que un petirrojo había comenzando a hacer su nido sobre la válvula de presión de su adversario.

Lady Valender
Microrrelato ganador del concurso


Zombies mecánicos

Primero asesinó a la sirvienta, porque entró sin llamar en su habitación y le dio un susto que dio al traste con su trabajo de las últimas horas. Luego acabó con la ama de llaves, que insistía en que tenía que bajar a atender a sus invitados. Y el mayordomo fue el último, cuando puso su casa patas arriba en busca de las otras dos, molestándole.

Días después se dio cuenta de que necesitaba a esos tres, porque un genio como él no podía permitirse el lujo de hacer tareas tan mundanas como preparar la comida o limpiar el polvo, así que cogió sus cadáveres, los disecó y comenzó a montar un sistema de engranajes en su interior.

Al fin consiguió que el mecanismo funcionara y empezó a escuchar el maravilloso sonido del mecanismo que llevaban al interior. Sus cerebros habían quedado dañados por la muerte, pero sin duda seguían siendo eficientes en su trabajo y tenían la ventaja añadida de no ponerse pesados. Lo que no tuvo en cuenta fue que sus zombies mecánicos sí que eran conscientes, aunque ligeramente, de que él les había matado. Y ya sabemos cómo son estas cosas, los no muertos siempre obtienen su venganza…

Déborah F. Muñoz


Soñadores de pesadillas

Mi último recuerdo es el de encontrarme frente las aguas gélidas de un lago suizo, la casa de campo tras de mí. Han muerto todos a manos del monstruo.

El monstruo soy yo. Yo, que debía ser un nuevo Adán y que como Adán fui creado sin ninguna relación con otro ser humano, convertido en un reflejo defectuoso de la creación divina. Yo, que sentí el proceso electrobiológico recorriendo todas mis células con la fuerza de un rayo, dándome la vida. Yo, que ningún consuelo obtuve con la muerte en el frío ártico de Victor Frankenstein.

Yo, su criatura, que tuvo por primera vez conciencia real de la propia existencia cuando leyó su historia en un libro. ¿Cómo pudieron hacerme eso? Ser creado para sufrir, como un ejemplo moralizante para esa Humanidad de la que no me ha sido permitido formar parte.

Yo, que busqué y encontré. Y ellos, los cuerpos rotos de Byron y el doctor Polidori, Percy y, sobre todo, Mary Shelley. Me siento libre ahora que desaparezco.

Daniel Latorre


Redención

Débilmente levanto la vista y un manto blanco impide que la luz del fluorescente me acaricie. El endeble traqueteo, a lo lejos, me indica que el fin está cerca. Por mi mente transcurren visiones de otros mundos, extraños laberintos de algo ya olvidado, altas torres con engranajes que desafían al mismísimo Dios y… ya está aquí, el cálido manto desciende y el sonido de mi verdugo se aproximan hasta envolverme por completo. Mi aleación es profanada y lo que antes fue una visión, ahora toma forma en mi interior para transformarme por completo en uno de ellos. Titanio por cobre, microchips por pequeñas ruedas dentadas, robótica por metalurgia…la oscuridad y el silencio dan paso a una nueva era de liberación.

Sergi Orea Vilás


MODA Steampunk

Lord David Lovesteel empezó a desnudarse. Dejó sobre la silla el sombrero, el reloj de bolsillo, las gafas de aviador, la levita, los pantalones y hasta la pistola láser. Su amante lo miró y sintió un fuego atroz en su pecho. Notaba su corazón y su respiración jadeantes. En apenas unos segundos, ella se quitó el vestido, el corsé y las enaguas. La luz de una vela osciló en la oscuridad e iluminó su cuerpo tibio. Él se fijó en el sostén que dejó entrever unos pechos firmes, suaves y jugosos. Cuando se lo quitó, la temperatura de la habitación superó los cuarenta grados. Se acercó a ella y sus labios se fundieron como dos lonchas de queso calientes embutidas en un sándwich. Lord David Lovesteel se dispuso a quitarle las bragas y, cuando ya pensaba que esa noche sería suya, sus dedos se toparon con un tanga metálico con engranajes y cinturón de castidad acoplado.

—¡Me cagüen el puto Steampunk de los cojones! Otra noche que no mojo.

Y se marchó a casa, con una nueva espada láser en sus calzoncillos.

Rubén Gozalo

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1 comentarios:

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