Cuentos de Terror en La Biblioteca Encantada


Un comienzo de lujo

Comenzamos nuestra nueva colaboración con nuestros radiolectores pidiéndoos cuentos de terror, de no más de 500 palabras, algunos de los textos se pasaron de las 500 y por esta vez lo aceptamos, pero procurad no hacerlo, por favor, esto es un juego literario que pretende ser divertido, peor todos tenemos que jugar según las mismas reglas ¿vale? En fin, ya os hemos comentado que el premio (por el momento) es resultar seleccionado para ser leído en nuestro programa, aunque para esta primera vez, al tener por delante un programa especial de dos horas de duración, hemos podido hacer una excepción y seleccionar tres de los relatos.

Todos merecerían haber sido leídos, todos los textos eran buenísimos (como podéis comprobar leyéndolos) y todos nos han gustado mucho, por eso, tanto si te hemos leído como si no, gracias por haber jugado con nosotros, gracias por regalarnos tus letras y tu tiempo y te esperamos de nuevo por aquí.

Os esperamos por la Biblioteca, el viernes, en el programa especial sabréis qué textos hemos leído, gracias por jugar con nosotros, espero que lo hayáis pasado tan bien como yo leyéndoos a todos.

Disfrutad de estos seis viajes al mundo del terror...


 
La Cala Luna

La belleza esconde vestigios de un pasado tenebroso. La Cala  Luna en la Isla Furibunda pertenece al Ducado de la Familia Apulia. Dicha ensenada está cerrada al paso por cien candados y una reja de plata elevada a mil cielos devastados. Su extrema belleza quema los párpados. Por eso, sólo su paisaje puede ser percibido por los sentidos de los humanos durante la noche. Cientos de científicos han investigado el fenómeno sin encontrar el motivo. Vera se ha hecho con la llave principal del portón, escondida bajo el jergón de su madre Avanda Apulia. Alexander y ella entran al lugar desahuciado. Las amapolas negras son las flores favoritas de los enamorados, abundan entre la afilada hierba. Un tajo hiere la pierna de Vera.

V: ¡No es nada, la maraña!
A: ¡Bella!

Se desnudan hasta quedarse en bañador. El olor  de las adormideras enlutadas  embriaga sus pesares, y agudiza sus pupilas; el uno y el otro escrutan sus corazones hasta atravesar las retinas y estallar de amor. Sus labios son azúcares salvajes. 

La Cala Luna es el escondrijo de los bañistas; sólo allí pueden dar rienda suelta a su amor. El astro lunar despunta a lo más alto; quiere espiar a ambos. Un murciélago vuela con una mariposa violeta. Aullidos sin lobos emiten música para la pareja. Vera y Alexander deciden dar el último chapuzón en aquel mar cristalino. Los dos solos combaten para no dejarse atrapar por la claridad de las profundidades, la gravedad imprimida por la luna es el cebo de su locura. Cogen las piedras del fondo, necesitan ser peso muerto. ¡El azul oscuro es tan tentador! Desean  perderse  y no volver de él. Lo piensan. Enarbolan sus piernas y brazos entre colores de coral. Aprovechan sus últimos segundos juntos. Parecen espectros submarinos. En el Palacio de Apulia, la estricta sociedad victoriana no les permitía ni si quiera hablar. Él, un mísero jardinero; ella, la dama más bella. 

Emergen y dudan. Al final, concilian no llevar a cabo el suicidio previsto; por Vera, es demasiado hermosa para ser desfigurada por la descomposición del agua. La naturaleza lee su pensamiento. Nadan hacia el pequeño puerto  natural de mármol color perla. Están a punto de trepar a la balaustrada, cuando, de pronto, Vera nota como una mano la empuja hacia las profundidades.

-Alessander, ¿qué haces? ¡Dijimos que no moriríamos!
-Y así es.- Alessander asciende fácilmente hasta el dique.
-¿Entonces, qué me pasa? Algo me arrastra hacia dentro
-¿Qué dices? ¡Corre, dame la mano!

Los bañistas empujan hacia la superficie con toda la fuerza de su cuerpo musculado, pero una sombra siniestra sujeta a Vera por las piernas. Una oscura nube cubre la cara de la Luna. No debe haber testigos.  Alessander y Vera desaparecen bajo el agua como dos temblores de tierra. 

A la mañana siguiente el periódico del Ducado anuncia el hallazgo de los cuerpos de dos jóvenes bañistas. Lo curioso del artículo es que la policía ha sido incapaz de identificar los cadáveres, pues su rostro ha desaparecido producto de una feroz abrasión.

Corales de fuego quemaron la belleza de los enamorados, con el fin de alimentar a la guadaña de la hermosura, que habita en la Cala Luna.

Ana de Beraza


Había llegado la hora

Había llegado la hora; él lo sabía, sin ninguna duda. Sacó la pistola del cajón y la miró. Era increíblemente negra, sin rastro del brillo que tenía cuando la adquirió. Amartilló el arma para dejar un único proyectil en la recámara y retiró el cargador, lanzándolo con fuerza al suelo. Se sentía cansado, tan cansado...

Pero ya sólo quedaba un último esfuerzo, un pequeño paso para alcanzar lo que podría haber denominado como objetivo, pero que más tomaba como destino. Salió decidido del pequeño cuarto, pistola en mano, y tras cruzar un par de puertas se encontró frente a frente con él. Le miró y sólo encontró indiferencia, dejadez...

Por su cabeza, y durante un tímido instante, pensó si era esa la respuesta, hasta que la mirada, ahora desafiante, alejó todas sus dudas. Sí, lo merecía; claramente, el mundo sería un lugar mejor después de aquello. Una pequeña vacilación más, sólo una, y después apretó el gatillo...

Fue dos días después cuando los bomberos, alertados por varias llamadas de vecinos, descubrieron el cuerpo. Estaba en una posición casi fetal, frente al gran espejo del baño, y curiosamente, con una expresión que reflejaba a la par una gran tranquilidad y una cierta satisfacción, como de quien con esfuerzo llega a lograr algo querido y puede finalmente descansar.

David J. Skinner


Sollozos en la Noche

Los quedos sollozos de la niña comenzaron, puntuales, a las 2 y 34 de la madrugada.

Si os dijera que Ángela ya nos los escuchaba, os mentiría. Si os dijera que habían dejado de importarle, os estaría mintiendo otra vez. Y si os dijera que estaba comenzando a volverse loca, no podría estar haciendo un mayor honor a la verdad.

Aquél lastimero lamento era como un grillo alojado en las cavernosas paredes de su tímpano: constante, doloroso y profundamente dañino. Nada cuanto hiciera Ángela podía alejarla de él.

Cada noche, la mujer se repetía que ni la muerte la salvaría de aquél sonido, pues sus sueños estaban perlados de delirios suicidas.

Todo había comenzado pocas semanas después de instalarse en aquella casa. No era la típica casa de película; ni tan siquiera tenía una macabra historia a sus espaldas: nadie había muerto allí, nadie la había construido para los hijos que nunca llegaron a nacer, y nadie la convirtió en escenario de satánicos rituales. Aún y todo, su precio era exageradamente bajo, incluso con las importantes reformas que hubo que realizar en la fachada y el sótano.

Durante las primeras noches en la casa, los sueños de Ángela comenzaron a llevarla por laberínticos pasillos, todos ellos mal iluminados y entre cuyas paredes rezumaba un líquido denso y negro. Y cada mañana, nada más despertar, un intenso terror se apoderaba de su alma, al comprender que aquella sustancia era su propia sangre.

Unos días más tarde, empapada en su frío y acre sudor, y por encima del suave tic-tac del reloj del pasillo, Ángela escuchó, por primera vez, el llanto de Rebeca. Aquél sonido era débil, pero no por ello difícilmente audible. Sonaba triste, apagado y solo. Era como el frío que se cuela tras una ventana mal cerrada, ocupando lentamente el calor de la estancia.

Al principio, Ángela creyó seguir dentro de una pesadilla, hasta que comprendió que aquél fantasmal aura de irrealidad que la rodeaba era demasiado aterrador para pertenecer a su mente dormida… aquello era real.

Con cuidado, Ángela cogió el albornoz que había sobre un pequeño sillón beige junto a la cama. El suave tacto del algodón consiguió reconfortar su aterido cuerpo; hasta que los sollozos la golpearon como si de un mazazo se tratara. El miedo volvió a atenazarse a su corazón, y Ángela tuvo que hacer acopio de todo el valor y la fortaleza que había ido almacenando durante su vida, envolviéndola en una capa protectora, y permitiéndole salir del dormitorio.

Una vez en el pasillo, la joven notó cómo el ambiente se volvía denso y opresivo. La noche proyectaba distintas sombras, que jugaban con su mente y su imaginación. Y allí, junto a las escaleras, se encontraba una niña pequeña, de no más de seis años. Su piel era pálida y sus ojos estaban cubiertos por una película opaca. Pero, por encima de todo, Ángela nunca conseguiría olvidar aquella sonrisa repleta de maldad. 

Miguel Rodríguez Robles


Lo Innombrable

Indagaciones, no confirmadas, daban cuenta de que se arrastraba por los rincones más olvidados de las azoteas, se tendía en las cornisas o irrumpía por la torre de alguna iglesia abandonada. Los mejores avistamientos habían sido experimentados por niños; uno de ellos lo vio aparecer volando en círculos por el cielo, siendo la Luna llena su testigo. No obstante en boca de la gente las descripciones sobre la entidad tomaban formas inverosímiles. Algunos señalaban que era una mutación humana y otros no se atrevían siquiera a nombrarla. Los indicios hallados eran muy variados: paredes carcomidas, farolas convertidas en hierro retorcido, estatuas desprendidas de su base y ventanales arañados. Pero la prueba inobjetable de su hostilidad yacía en las perturbadas mentes de las madres, que no lograban reconocer a sus hijos ultimados.

El director de la gaceta demandaba respuestas.

-¡Quiero una explicación razonable y un artículo sobre mi escritorio, mañana a primera hora!

Como reportero no tuve mejor idea que encender el grabador, subir a la edificación más alta del pueblo y observar desde el frontispicio. No pareció ser mi noche, pues nada excepcional aconteció. Afligido por la incomodidad y desalentado por mi fracaso, me di vuelta para regresar y fue, entonces que colgando del capitel, descubrí sus dientes…

Pablo Nicoli Segura


La Reencarnación del vampiro

Elisabeth era una adolescente distinta a las demás chicas de su edad. No era coqueta ni tampoco social. Y vivía en un mundo lejos de la realidad.

Desde niña había sentido cierta atracción por la muerte y la sangre. E incluso llegó a obsesionarle tanto que planeó su propia muerte. En ocasiones fingía que era aplastada por la metálica puerta del garaje o bien decapitada por una soga que colgaba en el techo del mismo lugar. Y cada día que pasaba aquellas muertes eran cada vez más escalofriantes. No obstante, no dejaban de ser atractivas.

Un día, maravillada de aquél talento psicópata que tenía, decidió coger la cámara de fotos profesional de sus padres para así poder capturar cada una de sus muertes. <<Esto es realmente asombroso>>, se decía con una sonrisa de oreja a oreja al contemplar fijamente cada imagen que imprimía desde su ordenador. Y después empapelaba el pequeño cuadro de corcho que colgaba de la pared de su habitación, sobre el escritorio, de todas aquellas muertes macabras.

Poco a poco, Elisabeth, fue obsesionándose más con la sangre. Hasta entonces solo había jugado con kétchup y pensó que aquello era de niños. Si quería parecer una profesional tenía que ser sangre de verdad. Pero obviamente no podría ser la de ella. Además, a pesar de que tenía los diecisiete años de edad recién cumplidos, todavía ignoraba los síntomas de una menstruación.

Su madre, Alexandra, la había llevado al ginecólogo en más de una ocasión. Pero la respuesta de dicha visita siempre era la misma: Beth no tenía ningún problema. Por muy extraño que aquello fuese.

Una noche, Elisabeth, cansada de que su madre tratara de encontrar a otro profesional del rango para entender por qué ésta no tenía la regla, terminó cortándose las venas.

-Vamos, Beth –se dijo con la cuchilla en las manos- ¿A estas alturas tienes miedo?

Claro que lo tenía. Pero había discutido con su incansable madre y sentía que necesitaba desquitarse consigo misma. No tenía la regla. Una chica de diecisiete años que todavía desconocía el dolor hormonal. Pensó que la única culpable de ello era ella. Solo ella. Así que cuando se tomó unos minutos y obtuvo el valor suficiente, acercó la cuchilla a su muñeca e hizo un corte. No le dolió. No era profundo. Sin embargo, sintió algo en su interior al observar como la sangre manchaba poco a poco el agua de la bañera. Aquella era una muerte que todavía no había experimentado. Por lo que rápidamente actuó según sus pensamientos le enviaban dicha imagen. <<Atractivo>>, pensó Beth en cuanto se fotografió ante aquél suicidio. Segundos más tarde decidió probar ese sabor; el de la sangre. Al principio le repugnó tanto que fue imposible no vomitar. No era para menos, pensó. Pues aquello no era kétchup. Ni siquiera se le parecía.

Y, desde esa noche, no volvió a ser la misma. Pasaron semanas, meses... Incluso se cumplió un año desde que decidió alimentarse con sangre; tal y como lo había hecho el mismísimo "Conde Drácula". Salvo por una diferencia: ella no mataba a nadie, ella bebía de su sangre. La sangre de su propio cuerpo.

Y, pasados unos meses, sus padres la encontraron muerta. Jamás se supo qué había pasado realmente. Pero se especuló que podría tratarse de una secta…

Soni Jackson



Desacierto Nocturno

     A Natika

Un día me encontraba bajo la lluvia, tal vez lo soñaba. No, ahora creo que sí. Espero que esto pueda ser concebido como un sueño. Todo era permanente, muchas de las razones enfocaban hacia la mirada que le lanzaba, era una mirada netamente desaforada; pero ella, tan quieta, tan estática, tan fría, tan apagada, tan opaca. Ahí, solo pude decirle: ¿Qué te pasa? –Ella, al instante- no contestaba. Nuevamente la sacudía, la movía, pero nunca respondió.

Luego, al encontrarme en ese cruce de sentidos, sobretodo por la confusión tan grande que poseía. Tomé una pequeña pero unánime decisión: ¡Quitarme la vida! Para poder seguir tranquilo, en un cruce de lentos pasos. ¿A donde? a un lugar incierto por cierto. Todo, porque al ver aquella sombra nocturna tan helada, tan grisácea, ya no era un ser tangible.

Así, el agridulce camino labrado se calmaba en la turbulencia, de pronto, lo opacaste. Ahora ya te vi. Me sorprendí mucho al verte sonreír, por eso, comencé a correr y no paraba para nada, solo quería alcanzarte. Mientras tanto la felicidad era igual, tú también lo hacías.

“Lamentablemente cuando los dos estaban a punto de chocarse y pactar el encuentro, apareció una nube fría que les heló hasta los huesos”.

¡Volvió a despertar!

En ese momento, cayó en cuenta de la profecía, se encontraba en la silla, cubierto de mucha sangre, con un gran picahielos. Acababa de asaltar la vida de su mujer, la que más quería, pero que gracias a esos deseos desenfrenados, había terminado con la historia de un amor, un amor que no debió dudarse jamás.

César Eliécer Villota Eraso 


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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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2 comentarios:

  1. CORDIAL SALUDO...

    DESDE EL BELLO SUR DE AURELIO ARTURO, LES ENVÍO UNAS SINCERAS FELICITACIONES POR ESTE MARAVILLOSO ESPACIO, DONDE LAS PALABRAS CONFLUYEN PARA FORMAR UNIVERSOS O MUNDOS POSIBLES COMO MUY BIEN LO ANOTABA SILVIO SANCHEZ FAJARDO... GRACIAS POR PERMITIRME PLASMAR UN TEXTO O AWASCA, COMO DECIMOS GRACIAS AL INFLUJO DEL IMPERIO INCA...ESPERO POSTERIORMENTE SEGUIR CONTRIBUYENDO CON TEXTOS,DESDE LA HUMILDAD DE ESTE APRENDIZ DE ESCRITOR..MUCHAS GRACIAS..
    ATTE.
    CÉSAR VILLOTA

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  2. CORDIAL SALUDO...

    DESDE EL BELLO SUR DE AURELIO ARTURO, LES ENVÍO UNAS SINCERAS FELICITACIONES POR ESTE MARAVILLOSO ESPACIO, DONDE LAS PALABRAS CONFLUYEN PARA FORMAR UNIVERSOS O MUNDOS POSIBLES COMO MUY BIEN LO ANOTABA SILVIO SANCHEZ FAJARDO... GRACIAS POR PERMITIRME PLASMAR UN TEXTO O AWASCA, COMO DECIMOS GRACIAS AL INFLUJO DEL IMPERIO INCA...ESPERO POSTERIORMENTE SEGUIR CONTRIBUYENDO CON TEXTOS,DESDE LA HUMILDAD DE ESTE APRENDIZ DE ESCRITOR..MUCHAS GRACIAS..
    ATTE.
    CÉSAR VILLOTA

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