Guerra en La Biblioteca Encantada. VIII Concurso de Microrrelatos Repentinos



La guerra no nos atrae demasiado, quizá esa sea la razón de que solo hayamos recibido cuatro microrrelatos en esta ocasión, pero vosotros mismos podréis comprobar en esta misma entrada qué gran calidad de textos nos han llegado.

Así se hace casi imposible elegir un ganador, aunque como en cualquier juego, al final tiene que haberlo. Enhorabuena a los cuatro escritores y muchas gracias por compartir vuestras palabras con todos nosotros. Es un placer leeros y (en el caso del ganador), radiaros.

Saludos.

La II Guerra Mundial


Blondie. La vida en una guerra

1934. Por primera vez en el ante patio de la Cancillería miles de gargantas gritaron por primera vez  ¡HEIL HITLER!  Mientras en casa de Martín Bormann, nacía una perra pastor alemán a la que llamarían Blondie.

Fue en 1941 cuando Martín Bormann le ofrece a Blondie como regalo a Hitler, convirtiéndose esta, en el ser mas importante de la intimidad del Führer. Era tal su obsesión por el animal que mientras su pareja Eva Braun dormía en la habitación contigua a el, Blondie lo hacia en las misma instancias, se pasaban las comidas y reuniones enseñando a todos, los trucos de Blondie, Hitler le decía: 

-Haz el conejito … ( y Blondie se sentaba sobre sus  dos patas traseras levantando las delanteras) mientras el Führer le pedía que cantara, a lo que la perra respondía con diferentes tonos de aullidos según Hitler le iba indicando.

Tras las cenas todas las conversaciones transcurrían entorno a los trucos de Blondie, tal era, que se comenta que Eva Braun (su novia) tenia tantos celos que por debajo de la mesa le daba patadas la cual llego a decir que estaba harta de oír hablar de la perra y de la comidas vegetarianas. Nadie salvo Hitler y su entrenador personal Fritz Tornow podía tocar a Blondie   pues esta les obsequiaba con un amenazante gruñido.

Vivió feliz con todo tipo de cuidados en el Bunker y ya casi finalizando la guerra, Blondie cayo enferma siendo hospitalizada, el Führer no firmaba ni prestaba atención a informes de guerra ni sentencias de muerte hasta no saber el estado de la perra.

En abril de 1945 Blondie tuvo una camada de 5 cachorros con el pastor alemán de Gerdy Troost, de nombre Harrass, tomando especial predilección por un cachorro al que llamó Wolf. Le nombro así por el significado de su propio nombre, Adolf, (lobo noble) y se dedico hasta su muerte de adiestrarlo el mismo, a diario iba al box donde los tenia y tras coger a Wolfi  (que era como le llamaba) se pasaba horas acariciandole sobre sus rodillas.

Llegaba el final de Tercer Reich así como el Blondie la única compañía en las comidas y cenas de Hitler, un Hitler que ya pensaba únicamente en su suicidio, hizo traer al Bunker unas capsulas de cianuro, con unas tenazas rompieron estas y se las dieron a probar a Blondie, la perra se desplomo Hitler entro en el aseo viendo como Blondie yacía en el suelo, entonces mando a su ayudante Otto Günsche que matara al resto de cachorros habidos en la caja del box donde los cuidaban, este, metió el cadáver de Blondie y a los cachorros vivos en una caja, los sacó al jardín de la cancillería allí cavo un agujero y los remato a tiros. Poco después   Hitler se suicida pegándose un tiro, capitulando así Alemania.

Fue la extraordinaria afición del Dictador al Pastor Alemán lo que provoco que a partir de entonces se les conociese como Pastores Alsacianos.

Jose Juan Parrón Calvo - Madrid


En el amor y en la guerra, todo vale

Octubre de 1940, Łódź, Polonia.

Se había ofrecido voluntario para hacerse con el preciado metal. Nunca antes lo había hecho. Por lo general, una vez ejecutados, uno o varios de sus verdugos, los registraban para adueñarse del oro mientras sus pensamientos decían Mein Führer.

En aquella ocasión, Ludwig se quedó atrás. En pie, frente a aquella estremecedora estampa, el hombre lloró. Su miraba zigzagueaba por entre los desafortunados para posarse sobre el cuerpo de una mujer, pelo descuidado y tez parcialmente cubierta de barro.

Ludwig se arrodilló. Sus manos se liberaron de aquellos ásperos guantes que le permitían ejercer presión sobre el gatillo de su Sturmgewehr. En su mente, un millón de hechos empezaron a desfilar. Todos ellos de amor, caricias, besos… con ella. Desde unos meses antes del inicio de la guerra –época en la que se conocieron–, pasando por sus furtivos encuentros hasta finalizar la historia, en mitad de la hilera, con una pequeña cruz de madera fuertemente asida por los dedos de ambas manos.

Luego, el atronador e interminable discurso de las armas.

El hombre extendió sus brazos para cogerle de las manos, ahora frías y sentir su dulce caricia por última vez.
Esther abrió los ojos casi imperceptiblemente y sus labios, como dirigidos por un titiritero invisible, expulsaron siete palabras: Te esperaré en el cielo, mi amor.

Ludwig, entristecido y con el rostro bañado en lágrimas, sacó su cuchillo. Aún tenía restos de sangre de otros como ella, otros a los que tuvo que dar fin de forma obligada mientras sus oficiales bebían caldo caliente en sus tazas. Pero ahora, su cometido sería distinto.

Con la mano izquierda sostenía el crucifijo mientras que, con la derecha, el cuchillo afilaba el extremo inferior de éste. Lenta y parsimoniosamente.

Cuando acabó la miró y, sonriendo, le dijo: Te quiero mi vida. Juntos para siempre. Otras siete palabras pusieron fin a una vida. El crucifijo atravesó el corazón del hombre y, tendido junto a ella, se cogieron de la mano.
  
Sergi Orea Vilàs - Barcelona


La Razón vencerá a las balas

El panorama era desolador, tan solo se podía ver destrucción por todas partes. Las casas destruidas, las vidas apagadas… todo lo que había conocido se esfumó con rapidez. Mi familia estaba perdida, llevaba varios días intentando encontrarles. Juana es compañera del internado; tiene miedo a todo, cuando suenan las sirenas y, corremos como ratas hacia el refugio. Juana tiembla y reza, yo me tapo los oídos intentando mitigar el silbido silencioso del misil cayendo, ese silbido me pone el vello de punta, me corta la respiración. Es cuando se oye el estallido que todo lo hace temblar de miedo y, mirar alrededor y ver que ha caído lejos. Juana llora y sigue rezando y yo, tengo que salir, ya no suenan las sirenas y me siento agobiada en este lugar no puedo respirar. Afuera todo es gris, se puede masticar tierra en el aire. Pero aun así es mejor que estar dentro, no es que desprecie la compañía de los demás, es que me muero allí encerrada. Empiezo a caminar, como sonámbula. Por las calles voy apartando las piedras y ladrillos, escombros de desolación. Pero no iba a parame aquí, debía seguir buscando. Tenía que llegar a mi barrio y buscar mí casa, si tenía suerte un podría estar en pie. Debía darme prisa casi empezaba a anochecer y si me ven los soldados me llevaran de nuevo al refugio. Reconocí tres o cuatro calles, había incluso algunas tiendas donde mi madre me había comparado zapatos y algún vestido, ahora estaban saqueadas o quemadas. Dos calles más y llegaría a mi barrio, corrí con todas mis fuerzas al ver a dos hombres matar a otro y robarle una maleta, asustada me apoyé en el recodo de una casa, traté de calmar mi respiración tapándome la boca con las manos, pero estas me temblaban haciendo que cerrara los ojos. Un par de minutos después, cuando abrí los ojos de nuevo me asombré.  Estaba frente a mi casa, corrí hacia la puerta que asombrosamente estaba en pie y la abrí despacio. Las bisagras chirriaron, entré despacio. Estaba oscuro y muy silencioso, la tenue luz que llenaba una parte del salón, me mostraba una pequeña mesita de té. Me acerqué, sobre ella había una foto en un marco de plata. Era una foto de familia, estábamos todos, mis padres, mis hermanos, mis hermanas, y yo abrazando a calcetines, mi gato, le llamaba así porque era todo blanco con las patitas negras. Mi familia me había dejado allí su recuerdo. En mí corazón sentía su ausencia, saque la foto del marco y me abrace a ella llorando cuando leí “Mi querida hija, sabes que te adoramos, no nos busques más ya nos has encontrado” Así me sorprendió la noche y llorando afronté el día que llegó de nuevo, con las malditas sirenas, los horribles silbidos y, la pena que me ahogaba, me daba coraje para seguir resistiendo. Tenia esperanza de que la razón venciera a la balas.

Oscura Forastera - Torrijos, Toledo


Sal en las venas

Un hombre viejo, sentado en el porche de su derruida casa, sudaba sin motivo alguno, y no lloraba porque no le quedaban lágrimas. Sus brazos guardaban el cadáver de su nieto de ocho años. Se trataba de su tesoro, de lo único que le quedaba y que le ataba a este mundo miserable y cruel. Pero sólo se trataba de una ilusión, sólo era una falsedad que le obligaba a auto engañarse mientras él también moría en vida. Aguanta viejo –Decían los soldados que desfilaban frente al portal de su casa-. Aunque ya no eran capaces de sentir el dolor y la pena que los hombres deben de sentir. Carne de cañón. Simples herramientas para conseguir un fin. Adolescentes con la juventud asesinada.

- Aguanta viejo. –Repetían uno tras otro-. Y en realidad se lo decían a ellos mismos.

El rugido de los aviones que sobrevolaban la zona, únicamente era superado por el silbido de las bombas que penetraba en los oídos de los soldados, y les turbaba la mente como las palabras de un demonio que intenta seducirles. La muerte acecha. –Decían esas palabras-. Y cuando los silbidos desaparecían, un estallido de muerte y destrucción se apoderaba de las casas, los almacenes, las calles, los vehículos, las personas, y lo poco de decencia y humanidad que quedaba en los hogares que estaban ardiendo. Daños colaterales y bajas aceptables. –Los llamaban los generales-. El fin justifica los medios. –Se excusaban los políticos-. Pero las víctimas de esta guerra ya se contaban a millones, y el anhelo de vivir se había extinguido por completo de los ojos de una generación.

El color caqui, monótono y triste, ocultaba las almas de los soldados tras la ilusión de un fin deseado. Y los bombardeos no paraban, y los tanques rugían, y los hombres lloraban; pero el viejo no se movía de su porche. No soltaba el diminuto y muerto cuerpo de su nieto, no reaccionaba ante la locura que se desataba día tras día, como si de algo cotidiano se tratase. Se había muerto por dentro. Aguanta viejo. –Pensaban ahora los soldados-. Escondidos bajo escombros, detrás de paredes, dentro de zanjas de agua podrida, y cobijados bajo vehículos despedazados; algunos lloraban, otros canturreaban para no volverse locos, unos pocos se mordían la lengua para sentirse vivos, y otros rezaban. El olor a orina despojaba a la palabra “Gloria” todo su valor. El demonio seguía cantando la canción de la muerte, y los restos de carne se mezclaba con el polvo, y los restos de ropa se fundía con la metralla candente, y lo poco de sentido común que quedaba en el mundo se desvanecía a causa de la avaricia de los poderosos. Aguanta viejo. –Pensaban los soldados-. Que morir ya hemos muerto todos por dentro.

Alexander Copperwhite - Murcia

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4 comentarios:

  1. Para mí es un honor y un placer que mi relato esté entre los demás, que son realmente magníficos, les deseo mucha suerte y os animo a seguir escribiendo. Gracias también a Javier y au gran programa, un beso.

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    1. Muchas gracias por tus palabras María. Es verdad, los cuatro microrrelatos son una pasada. Enhorabuena a los cuatro!!!

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. ¡FELICIDADES ALEXANDER! Muy bueno tu relato se merece ser el especial esta vez, gran programa Javier, un beso a todos y no dejéis de leer y escribir... :)

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