Microrrelatos participantes en nuestro concurso Booket, "No soy un Serial Killer"



Café con tostada de mantequilla

Estaba obsesionado con ella, lo admito. Llevaba siguiéndola semanas. 

7:15, cafetería cerca de su casa. Café con tostada de mantequilla.
7:30, coge el coche y conduce hasta su oficina.
8:00, deja el coche en el aparcamiento, se pinta los labios mientras se mira en el espejo retrovisor y se dirige a entrar en el edificio lleno de oficinas.
10:45, sale del trabajo con sus compañeros y entran en el bar de al lado. Segundo café del día.
11:00, vuelven a entrar en el edificio.
15:00, sale de la oficina, se despide de sus compañeros y se dirige a su casa.

Y así todos los días de lunes a viernes. No había nada que cambiara ni un ápice. ¿Es que no estaba harta de tener que soportar a sus compañeros? Algún día me tocaría intervenir para acabar con su monótona vida…

Todas eran iguales. Desde la primera –hace cinco años-, hasta la última, hace ya un mes: morena, ojos verdes, traje de chaqueta, vida perfecta. Quizá era eso lo que no podía soportar, el pensar que tenían una vida mejor que la mía. Pero eso iba a acabar pronto…

Alicia Serrano
Microrrelato Ganador del Concurso


Perversidad

En la penumbra de la calle atisbaba todos sus movimientos a través de la ventana. Corregía los exámenes realizados aquella mañana.

La miraba entre sueños, como si una especie de neblina difuminara su hermoso perfil inocente. El reloj de pared no cesaba de tocar la danza de las horas y ella no cejaba en su empeño de tener las notas para el día siguiente.

La había advertido, le había dicho que aquella noche era muy importante en sus vidas, pero ella, con una sonrisa en los labios, le había pedido que esperara al día siguiente.

Del pantalón vaquero ajustado, sacó una llave y abrió la puerta. Al oír el chirrido del gozne, ella se levantó presurosa de la silla y, corriendo, se dirigió hasta la entrada. Añoraba fundirse en sus brazos, descansar la cabeza sobre su hombro y compartir la añoranza que la había invadido durante todo el día. Vislumbró su figura, a través de la mortecina luz de la luna. El gozo se reflejó en sus ojos y se abalanzó sobre él. Antes de llegar tropezó con algo que detuvo su carrera y fulminó su alegría.

Al día siguiente Amparo, la vecina, la encontró acurrucada en un charco de sangre.

María Oreto Martínez Sanchís


Monster

Al despertar, reparé de inmediato en el cuerpo despedazado de mi novia en mitad del bosque. No tenía ojos, su mandíbula estaba aplastada y había fragmentos de cráneo esparcidos por la maleza. Su torso se encontraba abierto en canal y le faltaban los pulmones y el corazón. La parte inferior del tronco había desaparecido y un reguero carmesí lo inundaba todo. ¿Qué clase de loco podía haber cometido un crimen tan atroz? Pensé en Armin Meiwes, un informático que devoró a su amante. Me acordé de Aileen Carol en la película Monster y de Ted Bundy, despiadados homicidas en serie. Rápidamente, me arrodillé a su lado, la abracé muy fuerte y me puse a llorar. ¿Por qué? ¿Por qué?, grité desgarrándome la garganta entre abetos y arces. Pero el eco no me respondió y solo me dejó lágrimas en los ojos. Me hallaba tan afectado por su muerte que ni siquiera reparé en que estaba desnudo, con la ropa hecha jirones, tenía sangre seca en la comisura de los labios y mi madre me iba a matar porque había roto otra vez los brackets.

Rubén Gozalo
Microrrelato Ganador del Concurso



Fijarse un objetivo 17.04.2012.

Vi su mano lánguida apoyada en el brazo del sofá. Vista así, desnuda, tenía alguna curva más, pero no dejaba de ser bastante escuálida. La sangre le cubría el pecho como un abrigo, y fluía algo espesa hacía el resto del cuerpo. Las dos incisiones eran perfectas en forma de cruz griega. La vi por última vez y me sentí redimido, pero también feliz por ella. Había hecho un buen trabajo, minucioso y perfecto como era habitual. No podía conformarme con menos.

En cuanto salí a la calle, un vacío me inundó el estómago. Acababa de terminar un trabajo que me había llevado casi 10 días, y ahora culminado, sentía nuevamente la nada más absoluta mientras iba caminando hacia la iglesia, una extraña mezcla de melancolía, tristeza y soledad. Sólo unas horas antes había estado inmerso en mi trabajo, dirigiendo todo mi esfuerzo hacía un fin concreto, un fin que me enorgullecía y ahora preso del pánico, me veía en la obligación de fijarme urgentemente un nuevo objetivo.

-Vengo a confesarme – me dijo una muchacha rubia de unos 15 años.
-Ave María Purísima – respondí.

Mi sonrisa volvió a relucir cómo tan sólo 10 días atrás.

Cristina Peña Andrés


Estado Civil: psicópata

Lo que más me excita es el momento exacto en el que la luz de sus ojos deja de resplandecer, cuando soy consciente de que nunca más brillarán lascivos.

Me gusta sincronizar sus últimos espasmos con la cercanía de mi culminación, hacer coincidir su último latido con mi éxtasis. Es cuando más poderoso me siento, es un momento casi místico, la vida y la muerte  entre mis dedos. 

He de reconocer que soy implacable con ellas, no las concedo un último deseo como los verdugos de las películas. No tengo conmiseración alguna, no la merecen.

Aprieto mis manos sobre su cuello, su piel se embravece, mi deseo se encoleriza. Y subyugada ya, su juventud se derrama por mis piernas. 

Raquel Lozano


El espejo

Me miré en el espejo a los ojos  y no vi a aquel niño extrovertido que había enamorado con sus encantos a mi madre. Una leve sonrisa me hizo palidecer aun más, queriendo mostrar el lado más humano que se había apagado hacía años. Mentir no me había supuesto demasiado esfuerzo y alimentaba mi instinto hasta el extremo de convertirme en alguien superior. Sí, una sensación pasajera que me invadía transformándome como lo hacía el doctor Jekyll y mister Hide. La explosión del bien y el mal, el renacimiento a la gloria… No tenía más remedio que consolar mis cualidades. Ser carnicero me había enseñado tanto sobre relaciones humanas que las exploté al máximo. 

Me miré de nuevo… ese ser era magnífico, galante, bello, sin arrepentimiento, fruto de sus hazañas. Nadie podía pensar que él me acompañaba allá donde fuera, mientras servía gustoso lo que las clientas me pedían. En la tienda tenía donde escoger, tan fácil como señalar con el dedo, solo era cuestión de impulso, y a iniciar la cuenta atrás….  Siempre fui un hijo ejemplar, ¿porqué dejar de serlo?. Una profunda carcajada hueca levantó la imagen del espejo y me fui a mi labor.

Francisco Manuel Marcos Roldán


El destino ya está escrito

¿Qué le vamos a hacer? Es mi naturaleza. Me gusta observarlos cómo se pelean por mí para gozar de mis encantos. Rara vez es uno sólo. Cuantos más, mejor.

Cuando se acerca el día en que decido entregarme a alguno de ellos, me pongo coqueta y luzco mi palmito por todo el barrio. Me observan, me siguen con la mirada, noto que se excitan y que su testosterona llega a límites insospechados. Es entonces cuando saco a relucir mi sonrisa y, con un ligero movimiento de párpados, ya son míos.

Se aproxima mi objetivo.

Me hago la desinteresada… y le gusta. Sigue allí, acechándome. Se mantiene firme en sus intenciones.

Me mira.

Lo miro.

Permito que se acerque.

A partir de aquí, pasión desenfrenada. Lucha entre cuerpos, algún pequeño mordisquito y arañazo, todo lujuria hasta llegar al clímax. Cuando noto que se estremece, actúo. Le arranco la cabeza mientras su cuerpo sigue convulsionándose de placer. Su esencia emana de su tronco y me impregna. Me gusta quedar empapada por su sangre.

Mis patitas recobran su entereza y mi cuerpo de mantis vuelve sentirse pletórico de energía. No soy un serial killer, sólo una femme fatale.

Sergi Orea Vilás


Un asesino en serie menos

Contaba con numerosas víctimas a lo largo de sus treinta años de vida. El asesino en serie obedecía a un plan trazado al dedillo, sin dejar ningún cabo suelto.

Su primera víctima fue una mujer de la que se enamoró perdidamente, siendo acosada en primera instancia ,y, ante el rechazo, asesinada después. Se llamaba Elisa Abril y fue encerrada en el sótano de una vieja casa que nuestro opresor tenía (herencia de sus padres ya fallecidos).

La policía encontró el cadáver aunque no al sospechoso del crimen. El loco Burns huyó despavorido y se escondió como una rata en una alcantarilla.

Hallado en un cobertizo con tejado de paja, aquel demente puso fin a su vida con un grito espeluznante y un corte directo y certero a la carótida ,cuando se cumplieron cinco años desde la muerte de Elisa.

Tylor Burns dejó tras de sí un reguero de sangre y desconcierto, una vida de locura al igual que aquella muerte sumida en la más absoluta de las incognitas . Dos violaciones, tres secuestros y seis asesinatos ilustran el currículo de un loco que por fortuna no volverá a dañar a más inocentes.

Rafael Bailón Ruiz
Microrrelato Ganador del Concurso

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