“Manual para salir de fiesta en tiempos de crisis”



Con esto de la crisis tuvimos que reinventar las fiestas. La primera cuestión que debíamos resolver hacía referencia al local. Los botellones en la calle estaban prohibidos y con la nefasta situación económica que se cernía sobre el país florecían los locales del tipo: se vende, se traspasa, se alquila. De modo que romper un cristal y ocupar uno durante unas horas resultó muy fácil.

El José, como era chispas (electricista, para los no entendidos), no tuvo ningún problema a la hora de enganchar un cable a la corriente eléctrica del bloque de enfrente. De este modo tendríamos luz y música gratis durante toda la noche por cortesía de Iberdrola.

De los cubatas se encargó Benja y el fulano era mejor incluso que Fénix del Equipo A consiguiendo cosas. Fue él, quién profesionalizó el arte del sinpa (irse sin pagar, para los que aún no lo sepan). En el barrio le conocían por el sobrenombre del Houdini del hurto porque, en cuanto el barman se descuidaba un instante, era capaz de sustraer una caja de botellas de whisky DYC, dos de Soberano, otra de Anís del Mono, unos Farias y hasta una vez, incluso, le birló al camarero los calzoncillos.

El tema de las tías corrió a cargo de Tomás Cruise. El apodo le vino como consecuencia del crucero que realizó unos años atrás por el Mediterráneo. Lo cierto es que el tío se las llevaba de calle. No sé qué le veían, la verdad. Bajito era y los dientes los tenía destrozados. No obstante, en cuanto las miraba, las mujeres caían rendidas a sus pies como insectos.

A mí, como casi siempre, me tocó la parte más espinosa: el suministro de la marcha, los polvos blancos; llámenlo como quieran. A pesar de la desaceleración económica, el precio del gramo se encontraba por las nubes. Así las cosas, me las ingenié para buscar un sustitutivo más económico, como la harina. Colocarse, resultó un flipe. La peña alucinó mientras se preparaba unos tiritos con las tarjetas de crédito. Algunos se ponían a toser. Otros, después de beberse hasta el agua de los floreros, entraban en órbita y lanzaban la harina al aire como si fuese Navidad y esperasen el advenimiento de los Reyes Magos o la llegada de Papá Noel.

Lo mejor de la noche vino al final. Cuando llegaron las siete de la mañana y todos enfilaron las calles de la ciudad haciendo eses. Subían las escaleras de casa, con litros de alcohol corriendo por sus venas y la imperiosa necesidad de encontrar cuanto antes un retrete. Después, arrodillados frente al inodoro, echaban todo tu ser por la boca y pensaban en lo gratificante que hubiera sido quedarse esa noche en casa durmiendo tranquilamente.


Microrrelato Ganador X Concurso Microrrelatos Repentinos
Rubén Gozalo - Salamanca
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