XI Concurso de Microrrelatos Repentinos - El amor


No podéis ni imaginar lo complicada que fue la elección para el programa de la semana pasada, cada vez se nos hace más difícil elegir y es que, amigos, escribís de miedo, ¡nos encanta recibir vuestros escritos! Es un placer inmenso sospecharos al otro lado de las ondas y devanarse los sesos procurando seleccionar uno de vuestros textos. Nos cuesta mucho dejar algunos sin leer, hay días en los que querríamos leerlos todos (como en el día de hoy). En fin, tenemos que elegir uno y lo hacemos con la mejor de las intenciones.

¡Sois un lujazo!

No sé si será feliz

Había cumplido su sueño, no sé si era feliz, pero sabía que el mundo terminaba en la otra casa, todos los recovecos de la siesta me daban su cobijo y sus fantasmas.

Mi padre era tan sabio como un libro, mi madre era el auxilio de mis manos, mi almohada era mi amante y mi enemigo, en las confusas noches del verano.

No sé si era feliz, pero bastaba un pedazo de azul en la mañana, una promesa a cambio de una nota o fugarse a través de la ventana.

No sé si era feliz, pero qué lejos... No sé si era feliz, pero qué lástima.

Josep Manuel Segarra Bellés 
Quart de Poblet - Valencia



Tu nombre en un susurro

Tu nombre en un susurro, leve soplo de aire, brisa desde mi interior, suave viento hacia ti. Viajando en una vela henchida de deseo, dirigida desde el pensamiento de una imagen evocada, compuesta con retazos que emanan de tu presencia y que recojo, reuniéndolos en una impronta fielmente grabada.

Tu nombre; sonido pleno de significado, de sentido en mi interior; secreto para los demás, también para ti, amiga mía, mientras no llegues a descubrir mi mirada, ni el oculto pensamiento que dirige mis ojos.

La vida nos separa, nos mantiene en caminos diferentes; pero también nos permite el contacto en un mundo virtual, donde podemos estar... no juntos, pero sí cercanos, compartiendo algunas vivencias desde la distancia, mientras el tiempo fluye.

En ocasiones observo tu llegada, y algunas veces como te retiras. Mezclados en la inmensidad del grupo, mi mirada busca tu presencia entre las conversaciones, reconociendo tu forma de ser en tus palabras; ajena, creo, a mis  pensamientos que giran, una y otra vez, a tu alrededor, cuidando de no acercarse más allá de lo natural y permitido. No siempre descubro rápidamente tus palabras, pero hay muchas ocasiones en que, sin saber como, parece que me llaman en cuanto las escribes, y entonces acudo en su busca, raudo en la lectura, a veces con respuesta, otras en silencio.

Siento alegría por tus sonrisas, algunas imaginadas por el contenido de tus palabras, otras directamente a la vista; todas las recibo como un precioso regalo, con una satisfacción  muy personal, sin que importe hacia donde apunten. No hay momento perdido en tu compañía, te siento cerca, aunque no esté a tu lado.

No osaría dirigirte estas palabras de otra manera, pero no dejaré escapar esta oportunidad de expresar, de vivir interiormente un momento intenso; no ya una aventura, sino una vida alternativa. Querría decir como empezó, como noté que tu presencia me hacía sentir diferente, como mi interés se dirigía hacia ti día tras día; pero eso significaría demasiado riesgo. De descubrirte, de romper el encanto.

Tal vez me leas, o tal vez no; esa será una dulce incertidumbre que me mantendrá estos días pendiente de tus palabras, intentando descubrir una reacción o, sencillamente, un sutil comentario, indirecto, inofensivo. Ni por asomo pienso que me preguntes directamente y, mientras tanto, yo seguiré manteniendo el anonimato.

Pero quien sabe. No será así si la votación me descubre, aunque entonces el susurro aún será más tenue y no lo oirá nadie ajeno. Reverberará gozoso por mi interior, como tantas otras veces, sin apenas asomarse al exterior para nada, llegando a ti tan suave como una pluma, un soplo de viento con tu nombre, que sentirás en el fondo de tu alma y del que sólo serás consciente… si es ese tu deseo.

Tu nombre en un susurro, casi impronunciado, apenas oído, ofrecido al viento, un deseo expresado al paso de una estrella fugaz. Para que no te sientas aludida y, aunque me hayas leído, sigas siendo mi amiga.

Javier Camúñez  "Selin"
Santa Margarida de Montbui (Barcelona, España)



Un beso, toda una eternidad

Noto su mirada feliz, sus gestos son cariñosos y sus palabras me llegan a lo más profundo de mi corazón. Hace ya muchos años que estamos juntos, y sin embargo, nada ha cambiado. Aquel sentimiento que nació una noche estrellada de verano, perdura pese a las adversidades que el tiempo ha puesto en nuestro camino.
Sus manos son cálidas, me procuran la tranquilidad que preciso mientras sus labios me siguen encandilando. Las palabras fluyen con dulzura y, atravesando el espacio que nos separa, se adentran en mí hasta aquel hermoso lugar que antaño conquistó con sólo su presencia.

Le miro. Me mira. Ambos sonreímos, a nuestro modo.

En ocasiones, me siento culpable. Lo observo y, en sus ojos, veo tristeza; una tristeza que encierra un largo pesar y una carga difícil de soportar. Pese a ello, no soy la culpable, lo fue aquel demonio que un día me visitó y que, con sus tormentosos actos, dejó huella en mi cerebro. Desde entonces, mis palabras se silenciaron, mis gestos fueron a menos, mis lágrimas fluyeron cada vez que me besaba y mi mente, feliz y atormentada al mismo tiempo, se vio imposible de expresarle todo mi amor.

De eso hace ya dieciséis años, demasiado. Aún así, sin desfallecer ni rendirse, cada mañana me despierta con un beso, me acaricia el rostro con sus arrugadas manos y me dice que me ama, que su vida no es nada sin mí y que, cuando me pierda, su corazón dejará de latir para siempre.

Yo sólo lo miro… y lloro. Lloro de felicidad, lloro de alegría, lloro de ilusión pero también lloro de tristeza, porque mi derrota significará la suya. Entonces, la felicidad, la alegría y la ilusión retornan a mí pletóricas de energía y lucho con todas mis fuerzas por vivir un día más.

Un día significa toda una vida. Un beso, toda una eternidad.
  
Sergi Orea Vilàs
Barcelona


Otro amor para mi colección

No hacía falta que me le presentaran, ya le conocía. Le había visto tantas veces… La primera vez fue en una librería, se cruzaron nuestras miradas desde el escaparate y sentí un flechazo explosivo. Ahora le tenía en frente, mí corazón se aceleraba por su cercanía, tenerle tan cerca de mí, provocaba que se secara mí boca y me temblaran las piernas. Tenía que hacerle mío, no estaba dispuesta a dejar pasar un día más sin tenerle para mí, cuando me apeteciera. No pude evitarlo y, me llevé al que sería mi amante a mi casa. Esperé a que se hiciera de noche para sacarle de mi habitación. Le había escondido en mi armario, como se esconde a los amantes. Me fui al salón con él, apagué la luz y encendí una pequeña lámpara de pie. Me acomode en el sofá con él entre mis brazos. Ya desde el comienzo me hacía suspirar solo con su presencia, su suave tacto y su aroma… ¡Qué delicia! Desde luego era de los que enganchaba desde el principio. Creo que sería incapaz de dejarle hasta el amanecer. “Amor mío, no sabes cuánto tiempo estuve esperándote… ¡Oh! Cariño me hacías tanta falta, creía que jamás volvería a sentir unos labios besar los míos, nunca una manos acariciaron así mi cuerpo. ¡Te deseo tanto! Hazme tuya…” “Eres tan bella, tan sensual… no sé cómo he podido estar sin ti todo este tiempo ¡Te amo! Y voy hacerte mía” Su voz tan varonil y sensual me atraía como un imán, sus manos eran ávidas en mí cuerpo y su boca, donde la posara, donde me besara sentía una explosión de placer. Sofocada le abrace contra mí pecho, le necesita más cerca, era mi amante perfecto.

Pero ahora no podía parar, le puse de nuevo en la posición ideal y me dejé que llevar. En verdad era maravilloso, fuerte, decidido… un caudal de sensaciones placenteras recorrió mis venas, cuando le sentí pegado a mí… ¡oh, sí! Sabía que había hombres así, me estaba volviendo loca, su pasión desbordante hacia que me elevara y llegara al séptimo cielo. Le abracé de nuevo contra mí pecho jadeante, necesitaba saborear toda la ternura que él eslava. Me amaba esta segura, mi amante me amaba y yo le deseaba.  

Durante las horas que siguieron, continué inmersa en él, dejándole fluir de nuevo en mí interior, acaparando todos mis sentidos, era único y especial. Pero como todo lo bueno se acaba, su final lo vaticinó la aurora que anunciaba el día. Suspiré cuando le alejé de mí, estaba satisfecha, había llegado con él hasta el final. Me levanté del sofá con él entre mis brazos.

Besé la cubierta donde se dibujaba su rostro y le dejé de entre el resto de mis libros. Me habían dicho que era muy bueno, pero no me advirtieron, que un libro, me podía enamorar.

Oscura Forastera
Torrijos - Toledo


Me debes un beso

Desde el momento en que le vi en la sala del juzgado me quedé sin respiración. Sentir emociones tan intensas el día de tu boda no es malo ¡Lo malo es sentirlas por el desconocido que tienes enfrente, y no por el hombre que está a tu lado! Ni siquiera su atractivo físico justificaba mi reacción.

Leyó el texto legal con aburrida entonación, hasta que pronunció mi nombre. Entonces, me miró directamente a los ojos con tal intensidad, que me quedé completamente petrificada ¿Y si había descubierto lo que me pasaba? Sentí pánico y, como siempre hacía cuando buscaba seguridad, toqué el anillo que llevaba en mi mano desde hacía tantos años. Él siguió mis movimientos con su mirada, y ¡sonrió! Después, tomando mi mano entre las suyas, se inclinó hacia mí hasta que sus labios rozaron mi cuello. Con una voz íntima y envolvente, me susurró al oído:

-Princess, no puedes casarte con este hombre. Tu marido soy yo.

Al oír cómo me llamaba aquel desconocido, una ola de excitación recorrió todo mi cuerpo. Recuerdos del pasado volvieron a mi mente: el verano que vine de Inglaterra a pasar las vacaciones en el pueblo de mi madre.

Allí conocí a Javier. Él tenía quince años y yo doce. Cuando me lo presentaron, pensé que era el chico más guapo del mundo ¡Me quedé como hipnotizada! Él debió notarlo porque me dijo al oído:

-“Princess, si pretendías hechizarme con tu mirada, lo has conseguido”.  

Unos días después, a alguien de la pandilla se le ocurrió que podíamos jugar a “las bodas” en la ermita. Los chicos elegían a la Novia, y ésta, al Novio. La “inglesita” ganó. Escogí a Javier. Una chica comentó que él nunca participaba, pero éste, sin dar más explicaciones, se colocó a mi lado en el altar. Leímos nuestros votos, y Javier se quitó su anillo de plata para ponérmelo en el dedo. Después, llegó el momento que todos esperaban con interés. Dejé de respirar cuando sentí su mano izquierda deslizándose por mi espalda para atraerme hacia él. Como en un sueño, me dejé llevar y no pude evitar suspirar cuando acarició mis labios con el pulgar de su mano derecha ¡Me sentí transportada al paraíso! Lentamente, fue acercando su boca a la mía. ¡Juro que en toda mi vida he deseado más que alguien me besara! Mientras cerraba los ojos, escuché su voz como un susurro:

-“Ahora eres mi mujer, Princess. No lo olvides nunca”.

Pero el beso nunca llegó. Mi madre apareció en ese momento con la noticia de que mi abuelo se había muerto. Teníamos que regresar a Inglaterra.

Fue la última vez que le vi.

El tiempo difuminó los recuerdos de aquel verano, pero no así las emociones que Javier me hizo sentir en sus brazos. Un fiel testigo todavía lucía en mi mano. Por eso, no tuve dudas cuando mirándole fijamente a los ojos le contesté:

-“Si eres mi marido, todavía me debes un beso”

Ditar de Liesse
Madrid


La gran sorpresa

 Laura se encontraba muy alterada. Sofía, su mejor amiga entre risas y con una copa de más, le había entregado un regalo. En su regazo descansaba un sobre abierto. Hacía sólo unos escasos minutos que había leído su abrumador contenido. Más que un regalo era toda una sorpresa. Ahora sólo quedaba esperar a que llamaran al timbre. Con razón le había dicho la noche anterior que se vistiera con sus mejores galas. No podía hacerlo. Con celeridad cogió su bolso con la intención de irse y en ese instante el “ding - dong” de la puerta sonó. ˂˂Tierra trágame˃˃, pensó paralizada. Tomó aire varias veces y con decisión abrió.

Y allí estaba él. Alto, moreno, de arrebatadora mirada. Dispuesto a realizar los servicios estipulados en su contrato. Alzó la mano y saludó con un leve gesto, seguidamente entró y cerró la puerta tras de sí.

La cara de Laura se puso roja como una amapola.  Temblaban como la gelatina. Se sentó y con la mirada perdida en un punto impreciso del espacio fue divisando con el rabillo del ojo como él se quitaba con elegancia parte de su ropa.

 — Señorita, dime lo que deseas.

Su voz era profunda, muy masculina. Laura alzó la cabeza y sin mirarlo dijo:

— Creo que ha sido una equivocación. Ahora mismo llamo a Sofía…

Los endemoniados nervios hicieron que al coger el móvil este se cayera estrepitosamente sobre la alfombra, justo bajos los pies del gigoló.

Mientras él lo recogía. A Laura se le saltaron las lágrimas. No podía acostarse con un desconocido, aunque la amarga soledad de la viudez la consumiera por dentro.

  Él se acercó y con mucha suavidad acariciando el dorso de sus trémulas manos, introdujo el móvil entre las mismas.

— ¿No me recuerdas verdad?

Estaban cara a cara. Al observa la profundidad verdosa de sus pupilas supo que lo conocía, pero, ¿quién demonios era?

— Esto si que es decepcionante —. Dijo él resoplando mientras se incorporaba. — Le diré a Sofía que lo he intentado.
—Yo…—. Laura enmudeció intentando recordar.

Comenzó a retirar su ropa que estaba esparcida por el suelo. Sólo tenía el torso desnudo. Hasta que lo vio, el nudo celta del amor tatuado sobre la parte posterior de su hombro derecho. El mismo que ella tenía tatuado en una de sus caderas.

 Se levantó y se acercó a él. Su corazón palpitaba queriendo salir por la garganta. Situado de medio lado a ella, sólo pudo hacer un gesto que lo detendría. Con suavidad besó el tatuaje como antaño.

Él se giró frente a ella, sabiendo que lo había reconocido.

— Bésame —, dijo Laura en un suspiro.

Con un fuerte apretón la estrechó entre sus brazos. Se aferraba a él como si fuera su salvavidas. Jamás olvidó la promesa que le hizo y ahora la estaba cumpliendo. Le prometió que si ambos se quedaban solos, volverían a reencontrarse.

Se besaron apasionadamente, confirmando que el primer amor nunca se olvida.

Lola Sánchez
Arahal - Sevilla


Dibujándonos

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar […]”
Julio Cortázar, Capítulo 7 de “Rayuela”.

Con mi mano creo tu cuerpo. Dibujo caricia a caricia la suavidad de tu piel y su calor. Cubro de rubor tus mejillas, de pasión tus labios. Hago que tiemble tu estómago al deslizar un solo dedo sobre él, y que un suspiro desinfle tus pulmones para perderse entre mi pelo.

Eres la creación más perfecta y apasionada de toda mi existencia. Tus fuertes piernas, tu cabello sedoso y oscuro, tus propias manos dibujándome a mí.

En la semi oscuridad, creamos a dos seres que sólo viven prisioneros del momento. Para ese tú no existe otra más que esa yo. Ella es parte de mí y de lo que buscas inventarle: un seno suave, un pulso acelerado, una humedad creciente.

Ambos nosotros, los artistas y los creados, nos sumergimos en el placer del éxito, sabiendo que hemos de crear más noches como esta y más perfección que la alcanzada…

Eugenia Sánchez Acosta
Uruguay


Será

“La curva de tus hombros forma un recodo umbrío, sinuoso y lleno de misterio y dudas irresolubles. Y es allí donde me gusta perderme, esconderme de este mundo, lobo al acecho de entrañas amargas, a salvo de todo, mi amor, hasta de mí misma...”

Taché este párrafo de inmediato. No sé si porque de verdad resultaba inadecuado para el texto que me traía entre manos, o porque no pude perdonarme la desfachatez de escribir algo así, sin tener novio, ni amante, ni hombro en que apoyarme, ni lugar dónde esconderme. Era tan sólo un deseo inconfesable (otro más), pero me sonaba pretencioso, con esa vehemencia de matices; las palabras se quedaron retumbando en las paredes blancas del estudio cuando las leí en voz alta, mientras los ecos, asfixiados por el calor de agosto, repetían burlones a mi espalda... “más quisieras, Cecilia, más quisieras”.

El caso es que sí, que me hubiera gustado escribir letanías de suspiros junto a tu nombre, pero eso, de momento, no es más que una vulgar intención de futuro, el “de mayor quiero ser bombero” de las mujeres como yo, con una ristra de años como ajos colgada a mis espaldas, negra soledad que imprime olor a óxido y rincones en las páginas de mi diario, de las novelas rosas que publico y que me dan de comer, (me calientan la sopa pero me enfrían la conciencia)...

Mientras tanto, tanteo con miedo las hojas del calendario, no vaya a ser que se me escape la fecha mágica en que mi vida se dará la vuelta como un calcetín, redobles de tambor y un salto acrobático directo al infinito, y entonces pasará algo que merezca la pena, (por fin), y no tendré que inventarme más besos insípidos, huecos de puro inventados, sin camino, sin destinatario...

Claro. A cualquiera que lea todo esto le tiene que dar mucha pena, muchísima, la pobre Cecilia ha desparramado su vida por las aceras, sola y obsoleta, una máquina de escribir destartalada en el mundo de los ordenadores ultrarrápidos... Cecilia que ya peina canas, la pobrecita Cecilia que comparte sus ilusiones con una colección de gatos recogidos en la calle.

Tampoco me importa demasiado lo que opinen. Siguen comprando mis libros, esas historias fantásticas que resumen una vida que no tengo, que cuentan lo que pudo ser y no será porque yo vivo en el siglo veintiuno y ahora ya no hay quien bese a nadie, atrapados como estamos en las autopistas de la rabia, descreídos, desfondados…
Las ocho y media. Suena el móvil. No lo cojo, no tengo ganas de hablar con nadie, ni aguanto que me vendan nada.

Un pitido, dos. Mensaje. El destino que se ríe de mí, de mis sombras impostadas.

Te quiero y necesito verte. ¿¿¿Un café???

Al final va a ser que existes. Que te adivine en lugar de inventarte. Será que existes. Será…

Helga Martínez Pallarés
Madrid
Microrrelato Ganador del Concurso - leído en La BIblioteca Encantada 40
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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