XII Concurso de Microrrelatos Repentinos... El fin del mundo



Despertar

-Ave María purísima, sin pecado concebido. –Repetía una y otra vez Juana-.

Sabía que el final del año del demonio significaría un nuevo comienzo. Se lo había advertido su párroco. Lo que no sabía, era si el demonio devoraría las almas de los desviados, o si el Señor descendería y les perdonaría a todos.

-Ave María purísima, sin pecado concebida. –Tiritaban sus labios-.

Sus hijos jugaban con una muñeca de madera, y una espada improvisada hecha a partir de la rama de un árbol centenario. Imitaban a los caballeros y sus batallas, simulaban rescates de doncellas como en los cuentos, y gritaban eufóricos por la habitación. Llenos de vida.

-Ave María purísima, sin pecado concebida.

Estaba pelando unas patatas mientras un puchero con agua se calentaba sobre las llamas de la leña otoñal. El olor a anises secos y a laurel fresco, impregnaba la habitación mientras las sombras de los fantasmas de sus antepasados titilaban por las paredes. Recuerdos, nostalgias, memorias, momentos felices y amargos; y ahora un nuevo principio se acercaba, pero antes del principio se inicia un final.

Palabras mezcladas con rancios pensamientos envenenados de temor.

Y de repente, dejó de rezar. Su piel se rizó al sentir el hedor del azufre caliente; su mirada se fijó en la oscuridad de la noche y en los violentos silencios que albergaba la calle; sus piernas se doblaron al sentir el peso del transcurso del tiempo. Por favor, a mis hijos no. –Pensó arrepentida-. Y eso que nunca había hecho nada malo. Las palabras del párroco la atosigaban como avispas enfurecidas. Muerte, pecados, el fin del mundo… sombras, tinieblas, fuego y hielo, exterminio, un nuevo comienzo…

El año del demonio llegaba a su fin, y en su lugar, el año cero, o mil, o nada, o no sabían el qué; ocuparía su lugar. Y la peste no ayudaba, y las guerras tampoco, y el hambre se apoderaba de las calles. ¿Cómo es posible que el demonio no quiera venir a por nosotros? –Pensó la mujer-. Durante unos segundos cerró los ojos y suspiró profundamente. ¿Cómo es posible que queramos ser perdonados? –Susurró para sus adentros-.

Abrazó a sus hijos y se sentó junto a ellos. Comenzó a jugar a aquellos juegos ya olvidados por los adultos. Sonrió de nuevo, y dejó de pensar en el demonio… de momento. Aunque sabía que lo inevitable no se podía evitar.

Alexander Copperwhite
Murcia


5 horas antes

Lo último de lo último es el crepúsculo que bambolea en el horizonte y que también está debajo de los pies, de tus pisadas. Lo lastimoso es el atardecer, ese novísimo rojizo atardecer que se va por siempre a los recuerdos, muriendo para renovar el círculo incansable de los cielos más allá, los que alcancé sintiendo y de los que a dura pena sabía.

Como marmita cobijando las brazas. Como el apremio de mis interiores, la sensación de un barco al abandonarte. Crepúsculo anterior al ocaso, dura el deseo de los deseos. El camino del último Sol que no entibia.

Tiempo último, primero y muy hermoso.

Cristian Cano
Buenos Aires, Argentina


Camino
 
He oído miles de historias. A cada lugar que visito, el temor por la falta de esperanza me brinda una incierta bienvenida. Mire donde mire, escuche a quien escuche, todas esas historias tienen un final en común. Oscuridad.

No queda mucho para que los rumores subsistan consagrados para la posteridad, la poca gente que osa salir de sus casas, lo hace temerosa de perecer lejos de los suyos, pero el hambre y la necesidad así lo exigen.

A lo largo de mi peregrinación, he visto a hombres arrancarse la vida mientras, en sus ojos, el terror a lo desconocido les guiaba a ello. He visto linajes, ejércitos e incluso ciudades enteras, extinguirse para no tener que afrontar el incierto final. La sombra hace bien su trabajo. Y yo, viajero incansable y gran conocedor de culturas, sigo mi camino con la esperanza de encontrar una historia que sea diferente… pero no existe. Sólo tengo que observar la expresión de sus rostros para reconocer sus expectativas, sus gestos para advertir sus miedos, sus súplicas… palabras de auxilio que no son escuchadas.

Sigo mi camino con el pesar de no encontrar la salvación, con la esperanza perdida de fenecer. Sigo atormentado por mis visiones, por mis venturas y por mis vivencias pasadas, presentes y futuras. No resta mucho por vivir, mi sangre circula más lentamente a cada paso que doy, mis ojos ya no pueden llorar, pues mis lágrimas las he dejado atrás, mis sentidos me alientan a rendirme y mi mente, perpleja, temerosa y a la vez atrevida, provoca en mi interior todo un aquelarre de sentimientos. Sigo adelante, sigo. Muriendo en vida… viviendo hasta mi muerte.
 
Sergi Orea Vilàs
Barcelona

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1 comentarios:

  1. ¡Enhorabuena Alexander! Esto ya se va repitiendo bastante a menudo :P
    Un abrazo muy fuerte.

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