Microrrelatos Fantásticos: XVIII Concurso de Microrrelatos Repentinos




Breve historia de Grónor

La ciudad costera de Grónor había llegado a ser uno de los puntos comerciales más importantes del reino, mas su ventaja se había convertido en los últimos meses en un grave problema. Ubicada junto a las inhóspitas regiones norteñas, y separada del resto de ciudades amigas por una pequeña masa de agua, este asentamiento fue el primero en sentir las repercusiones de la recién comenzada guerra.

Básicamente comercial como era, la Orden estaba representada allí tan solo por tres miembros, alojados en un pequeño y poco visitado templo. A todas vistas, una defensa insuficiente ante la poderosa magia de las tribus del norte. Aun así, los monjes fueron los primeros en ponerse a defender el único acceso, una pequeña senda que discurría junto al enorme macizo montañoso que rodeaba la ciudad. No llegaron a causar ni una sola baja en las filas enemigas. Luego, comenzó la auténtica tragedia.

Según ha llegado a nuestros días, el ejército norteño que entró en la ciudad estaba compuesto por unos pocos hechiceros y un par de docenas de guerreros. Más que suficientes para arrasar la ciudad, claro, pero no era esa su intención: su objetivo principal era el miedo, o tal vez la venganza. En cualquier caso, las atrocidades que se cometieron en aquel lugar consiguieron cumplir con ambos objetivos, convirtiendo a la que había llegado a ser una ciudad próspera en poco más que un vertedero. Ahora, cinco décadas después del final del conflicto, Grónor seguía bajo una sombra de oscuridad; una ciudad repleta de bandidos, ladrones y asesinos. El reino no perdió la ciudad, fue mucho peor: era una pustulenta herida que nunca sanaba, recuerdo eterno de un conflicto sangriento que se llevó la vida de cientos de personas de los dos bandos.

Resultaba peculiar que aquella guerra se originase por los acontecimientos que acaecieran en la ciudad trescientos años antes, aunque tal información nunca fue conocida por el pueblo llano. Sin embargo, esto forma parte de otra historia más larga y compleja que no nos pondremos a analizar en estos momentos. Baste decir que aún quedan más cosas por contar sobre Grónor, tanto acontecimientos pretéritos como futuros. En estos momentos, un barco proveniente de la cercana Berronte está acercándose al muelle, y dentro de él se encuentran cuatro personas cuyos actos de los días siguientes serán decisivos para determinar el destino de todo el reino, para bien o para mal.

David J. Skinner
Madrid


El reino de cuarzo

Allá donde se percibía un aura casi estremecedora. En aquel lugar inhóspito. Se encontraba Cuarzo. El reino de cuarzo. Un lugar donde prevalecía la magia.  

Sus habitantes, con gran desconcierto,  observaban más allá del infinito cielo. La paz en su reino, hasta entonces armonioso,  presagiaba el caos. Shilfi, morena y con grandes ojos ambarinos, apenas contaba su edad con los dedos de sus pequeñas manos. Sus ojos llameaban. El estómago se le encogía. La impotencia se había apoderado de ella. . Meredith, su madre, intentó tranquilizarla. Se equivocó al pensar que este día no llegaría nunca. Pero llegó. Y su niña, la única que había vivido, hasta entonces, en la pura ignorancia, acababa de conocer su secreto. Un secreto que conocía todo el reino menos ella. Su padre volvía a casa. Pero no para conocerla, sino para destruir todo lo que amaban. 

Hubo un tiempo en el que Marcus fue todo bondad pero un hechizo desafortunado hizo que olvidara todo su pasado  y la maldad se apoderó de su entonces joven alma… Ese día, tan fatídico,  en el que Meredith y Marcus experimentaban con innovadores hechizos, acababan de conocer la pronta llegada de su primera y única hija, Shilfi.  En cuestión de pocas horas, Marcus desaparecía en la lejanía dejando a una Meredith destrozada intentando asimilar lo ocurrido. ¿En que se pudieron equivocar?

 Fue, entonces,  cuando asió el libro de hechizos que Marcus había olvidado  tras su fatídica transformación y visualizó detenidamente la frase desafortunada que pronunció su amado, cuándo reaccionó e intentó deshacer el conjuro…Tras varios intentos, se dio cuenta de que era imposible. Había perdido sus poderes…

Corrió veloz al encuentro de Shaurus, un mago con mucho poder pero hasta el día de hoy incapaz de que todo volviese a su cauce. 

Marcus, tras diez años desaparecido volvía para traer caos e incertidumbre a su propio reino, y únicamente, Shilfy, la princesa Shilfy, podía hacer que recuperasen todo el tiempo perdido…Poseían un vínculo especial aun no sabiendo el uno del otro. 

Cuando observó que se acercaba una mancha oscura a través de un cielo turbio, Shilfi sujetó fuertemente el libro de hechizos que le arrebató una parte de su vida…Una férrea determinación hizo que pronunciara el conjuro con firmeza…Y esperó…

Esther Sanz
Irún - Guipozcoua
Microrrelato ganador del concurso


El Harry Potter de Carabanchel

Empecé en esto de la magia casi por casualidad. Mi tío era un gran admirador de David Copperfield y Juan Tamariz. De modo que, en apenas unos meses, aprendí a hacer desaparecer las carteras, los relojes, los bolsos y los anillos de los turistas en el metro de Madrid. A veces, cuando el negocio flojeaba, recurríamos a trucos inverosímiles como bloquear con silicona las ranuras de los cajeros automáticos para sustraer a los usuarios el número pin y las tarjetas de crédito. El timo de la estampita también lo empleábamos bastante.

A mí siempre me tocaba interpretar el papel de disminuido mental. Resultaba sencillo enseñar un fajo de billetes a algún anciano avaricioso. Casi siempre se dejaban convencer e iban de inmediato al banco a sacar el dinero de la cartilla. A mi tío le gustaban las emociones fuertes y con frecuencia recurría al truco del atropello. Sin ni siquiera pensárselo, se abalanzaba sobre un coche en un paso de peatones y fingía haber sido arrollado. Se quejaba de la columna, las vértebras y simulaba que le dolía todo el cuerpo. Además, para hacer más escalofriante la escena, se echaba ketchup a escondidas y simulaba un ataque epiléptico. 

Los conductores, asustados, se apeaban del vehículo para ayudarle. Temerosos, ante una posible denuncia, le ofrecían dinero para ocultar a la compañía de seguros el accidente.

Y todo nos iba perlas hasta que una tarde se acabó la magia cuando nos detuvieron en el instante en que nos disponíamos a realizar la estafa del cobrador del gas, en la vivienda de un tipo que por desgracia resultó ser guardia civil. Pasamos tres años entre rejas. En el talego aprendimos un sinfín de nuevos números de ilusionismo: el timo del antenista, el de la oferta de trabajo, el de la lotería y hasta el del nazareno. La trena era una cantera inagotable de grandes magos de lo ajeno. Talento inaprovechado que pasaba las tardes de patio al sol. El Josele, El Drogas o El Mercherito eran capaces de hacer desaparecer en solo unos minutos cajas fuertes, lavadoras, frigoríficos, coches o hilo de cobre. Cuando terminamos de cumplir la condena, decidimos cambiar de oficio.

Ahora nos ganamos la vida realizando escenificaciones teatrales a pie de calle. Yo toco la flauta y mi tío con su habilidad innata hace que Rita, nuestra cabra, suba a lo alto de una escalera y salude al público. Entonces la gente se pone a aplaudir y a vitorear al animal durante varios minutos. Con todo el truco de magia más sorprendente viene al final, cuando voy a pasar la gorra, y los viandantes se volatilizan.

Autor: Rubén Gozalo
Salamanca

El invierno de la venganza

-Solo quien ama, entiende; pero, el que odia sabe. Las horas finales de Hrijlack van desgranándose con rapidez como arena en el reloj del tiempo. Y con él se irá para siempre la dicha de esta tierra. Ya en el horizonte se divisa la barrera gris del invierno. Atrás viene el pueblo de los frinsys, gente depravada, viciosa y brutal. Y solo yo puedo impedir la catástrofe porque nadie más tiene los cardos tumefactos que pide la profecía. El rey Hrijlack debe beberlos, lo sé. No será posible. Prefiero que los tiempos sean peores a que ese rey se salga con la suya. ¡Retírense! Quiero disfrutar mi venganza a solas.

Los representantes del reino se miraron. El Caballero Duilno avanzó y con dos movimientos rápidos desenvainó y descargó el golpe sobre la rubia Harald. Todos la vieron caer pero nadie la vio tendida en el suelo. El límpido sonido de una botellita de cristal rodando por el suelo, fue lo único que vieron todos. Eran los últimos cardos tumefactos esparciéndose por las baldosas húmedas de la habitación. Una risa amarga se fugó por las ventanas. A lo lejos, el rey muere y llega para quedarse el invierno de la venganza. 

Eliseo Carranza Guerra
Monterrey, N. L. México


El Ópalo del Destino

Shardang estaba agotado. Su maestro, Burkhal, era el mejor. Eso no podía negarlo. Y en estos meses había aprendido mucho. Y no sólo de magia. Burkhal era un auténtico sibarita y en su casa sólo se comía y bebía lo mejor. Y esto, en el laboratorio de un Alto Mago del Círculo Oculto, era mucho decir.

Cuando llegó a la casa del mago, Shardang se había sorprendido de lo pronto que le inició en artes profundas. Con deleite y sorpresa se vio usando la traslocación y el “paso a otro tiempo” desde el principio. Claro que fallaba en muchas leguas y en muchos años pero con la práctica mejoró mucho. Bukhal parecía satisfecho y le encomendaba tareas más complejas.

Por eso estaba agotado Shardang. Era un muchacho alto y fuerte con experiencia en espada y equitación pero las exigencias de su maestro le estaban llevando al límite. Cada hechizo requería gran cantidad de energía vital y cada “salto” le llevaba a situaciones de peligro. En varias ocasiones sólo su habilidad con la espada le había salvado la vida.

Shardang resopló mientras calculaba cuidadosamente. Lo último que necesitaba era aparecer incrustado en un bloque de granito o en medio de una manada de bestias escamosas.

Intentó olvidar su último viaje. Todavía agarraba el Ópalo del Destino cuando vio que había fallado por poco. Un alarido le hizo notar que le habían visto. Miró alrededor, localizó el almacén y corrió. Empujó la puerta, cogió un saco y justo antes de que le alcanzaran, aferró el ópalo y musitó el hechizo de regreso. 
Lo peor fue la tibia respuesta de Burkhal. Le dio las gracias distraídamente y siguió confitando escalonias en mantequilla.

Pero eso fue hace días. Ahora había que concentrarse en el nuevo experimento. Shardang no entendía porqué su maestro se empeñaba en traer esa planta. Había otras que podrían servir igual pero no, tenían que ser aquellos frutos verdes y amargos.

Quemó la rama de ensoñadera, murmuró la fórmula del Gran Grimorio y apretó con fuerza el Ópalo del Destino. 

Supo enseguida que la cosa estaba muy mal. Un griterío aturdió a Shardang. A su alrededor hombres morenos y bajos adornados con cascos de bronce y túnicas cortas rojas le miraban asombrados. Él y ellos estaban en lo alto de la escalinata de un edificio de mármol rodeado de columnas. A los pies de la escalera se congregaban cientos de vociferantes guerreros. El que parecía el cabecilla vio el ópalo que colgaba del cuello de Shardang y de un salto se echó encima de él y le arrancó la piedra.

Shardang maldijo los encargos de Burkhal.

-Sólo tomo el mejor café -había comentado levantando la ceja al recibir el saco del viaje anterior. 
-Es la aceituna para mi martini -había dicho como justificación para ir a coger aquellos frutos verdes.
Café y martini. 

Shardang sacó su espada y se dispuso a combatir. Los enemigos sólo llevaban armas de bronce pero él sabía que esta vez eran demasiados.

Eduardo Martínez-Abarca
Madrid

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