Microrrelatos XX Concurso de microrrelatos repentinos. La soledad del locutor



Un lenguaje nocturno

Ya desde que mis pasos comenzaron a perderse por el interminable pasillo que conduce al estudio noté una extraña sensación que iba acompañándome durante aquellos segundos. De alguna manera me estaba envolviendo una lentitud de pensamiento de la que no podía huir. Al fondo me esperaba la puerta. No la crucé deprisa esta vez, sino que quise experimentar todos los instantes que me llevaban a sostener mi cuerpo sobre la levedad del espacio. Y, como por un mecanismo rutinario que se incorpora al cerebro, comencé el tradicional ritual de todas las noches. Avancé hacia la mesa y revisé los papeles. Puedo confirmar que los leí, pero mi mente estaba circulando por otros paisajes ajenos a mi usual sentido de la realidad.

Tal vez sea esta luz tenue que ilumina el ambiente la que, desde que entré por esa puerta hace horas, me concede una intimidad que ahora puedo concretar en cada objeto que alcanzo a mirar y que se muestra portador de lo que realmente necesito: estar solo. Me quito las gafas, con un gesto pronunciado que inaugura mi cansancio. El ordenador se oscurece, me obliga a ausentarme de su vorágine, parpadea tenuemente y me ocupa durante unos segundos el vacío instalado en las retinas. Sentado sobre mi silla, puedo vislumbrar  las sombras de los muebles. Y respiro, como si lo estuviera reaprendiendo, mientras cierro los ojos, abarcando con otra mirada el silencio que escucho. 

Escucho todos los cuerpos, también cansados, que puedo dibujar con mi pensamiento y que sé que alargan su materia desde el otro lado. Todo el imaginario de mi memoria logra traerlos hacia mi silencio, sin rasgar la intimidad que nos refleja mutuamente. Tantas horas consumidas entre las vidas ajenas que han traspasado la distancia de la invisibilidad me han hecho ser partícipe de un lenguaje nocturno que hoy me hace temblar la voz y me arranca un pedazo de mí. Un pedazo inmenso que se me va con ellos, para siempre, con todos esos cuerpos que ya van abriendo sus oídos y usurpan mi garganta.

Como si viniera de otro mundo, me interrumpe una voz desde el control y entonces me abandono, una vez más, al poder de vuestra llamada: 

—Estamos en el aire.

Y me incorporo a la luz que se amplía y al esbozo de nuestras sonrisas irónicas, que solamente por las noches son capaces de ser un diálogo sin preguntas ni respuestas.

Aranzazu
Madrid

Microrrelato Ganador del Concurso



Todo por un sueño

William, desde muy pequeño ya soñaba con ser un afamado locutor en alguna importante emisora de radio. Empezó a intentarlo cuando cumplió los 18 años, ese fue el deseo que pidió al apagar las velas. Se propuso llamar a cada puerta que se encontraba, pero nada más abrirla ésta se cerraba. A veces, ni siquiera se la abrían. Muchas veces pensó en renunciar a su sueño… “Será que no sirvo para locutor” se decía a sí mismo una y otra vez. Pero cada vez que pensaba en dejarlo, algo dentro de él se lo impedía, y volvía a remontar con más fuerza y positividad. No se explicaba por qué le sucedía eso, ¿por qué esa fuerza interior que afloraba en los peores momentos le animaba a seguir adelante con ese sueño?

Cada mañana se levantaba ilusionado creyéndose capaz de conseguirlo. Sin embargo, conforme pasaban las horas volvía a venirse abajo de nuevo. Ni siquiera conseguía que  escucharan el CD que llevaba en las manos. Por más que pensaba en cómo hacérselo llegar para que al menos, se tomaran la molestia de oír unas palabras…

Ya estaba casi convencido de que no lo conseguiría, cuando de pronto se le ocurrió una genial idea. 
A la mañana siguiente se puso en la calle peatonal de la Plaza Mayor. Desplegó la silla y dejó en el suelo un radiocasete con CD que contenía la locución que había grabado, y antes de darle al play pronunció unas palabras:
“Quiero ser locutor y nadie me da una oportunidad, y si ustedes me lo permiten a partir de hoy se creará una nueva emisión radiofónica, espero que les guste”.

La gente se agolpaba al escuchar aquellas palabras. Cuando empezó a sonar la música del CD, esperaron expectantes la locución de aquella voz que hasta ahora era desconocida para ellos. Consiguió que la gente le riera sus gracias, les gustaba el sentido del humor que desprendía cada vez que hablaba de la canción que sonaba en ese momento. Cada vez había más gente, y cada día mucha más… salió hasta en las noticias. Fue entonces cuando las más importantes emisoras de radio se fijaron en él. Cuando le propusieron fichar por alguna de ellas, él orgulloso por ello les dijo:

“Antes debo consultarlo con mi público que es el que ha hecho que se cumpliera mi sueño… haré lo que ellos me digan”.

Mercedes Rodríguez
Valencia


Que pase el siguiente

Había sido una noche pésima, y la fría lluvia otoñal no había hecho más que enfatizarlo. Javier salió del apartamento y encendió un cigarrillo. No solía fumar, mas la situación parecía requerir de algún estímulo externo, y ese cigarrillo era lo único con lo que podía contar.

Sin lugar a dudas, sus compañeros —sobre todo las mujeres, que parecían tener un sexto sentido para aquello— se darían cuenta de que llevaba la misma ropa del día anterior. Habría alguna broma inocua, eso lo sabía, pero nadie llegaría a imaginar la realidad. Y, ¿cuál era esa realidad? ¿Qué había pasado durante las últimas horas? Javier tiró el cigarrillo a medias y miró su mano derecha. Definitivamente, tenía que lavarse las manos antes de ir al trabajo; aún quedaba sangre.

Las pocas personas que caminaban por la calle a esas horas lo hacían agachando la cabeza, como si sintiesen vergüenza por tener que ir a trabajar tan temprano, o bien por trasnochar. Él no. Observaba a cada uno de los individuos, imaginando cómo sería su vida; si él pudiera ser como ellos, ser normal… Aunque, ¿en qué residía la normalidad?

Sabía que en matar gente, no.

Ojalá pudiera evitarlo. Cada vez que realizaba una de esas entrevistas levantaba la vista —quizás hacia Dios—, suplicando no tener que hacerlo de nuevo. Sus ruegos no eran escuchados. Siempre era igual: salían de la emisora, iban a cenar y puede que a tomar una o dos copas. Luego, cuando la noche avanzaba, convencía al entrevistado para tomar una “última copa”. Y sí, era la última.

Un café sirvió de excusa para visitar el cercano bar y limpiar en el aseo las delatoras manchas rojas. Por algún motivo, después de aquello sentía un descanso casi místico. Miró de nuevo sus manos y sonrió. Ese era el momento que daba sentido a todo: la satisfacción tras la absolución. Era un hombre nuevo, o así lo sentía; dispuesto a afrontar cualquier cosa que ocurriera. Salió del local y entró en la emisora.

Saludos, sonrisas, algún que otro apretón de manos. Todo iba bien, como siempre; y al día siguiente, mejoraría. Sonrió mientras miraba a la persona sentada junto a él, sin que pudiera notarse la presión que ejercía con los dientes.

—¡Muy buenos días, queridos radioyentes, y bienvenidos a nuestro programa! ¡Hoy contamos con la presencia de…!

David J. Skinner
Madrid


Regalo de Navidad

Una mañana de Navidad, el niño recibió un regalo que no era del todo suyo, pero que fue el principio de lo que vendría después, para el resto de su vida.

Un radiocasete con grabadora. Prodigio de modernidad, cuando lo que circulaba por la casa era exclusivamente un transistor, escondido en la mano del abuelo, que lo pegaba a su oreja y gritaba a ratos, su potente, estirado gol, desde la butaca del salón.

El aparatito, con trampilla sorpresa para la cinta en blanco, y una tecla de color rojo, distinta de las demás. Al apretarla, la máquina enmudecía. Daba vueltas igual, pero ésta vez era ella la que te escuchaba a ti. Y luego, al retroceder, y volver a ponerla en acción, la máquina demostraba que había escuchando aplicadamente, repitiendo, palabra por palabra, todo lo que le hubieras contado con tu misma exacta voz (bueno, no exactamente, tenía dejes metálicos, que extrañaban, pero luego averiguó que es así como te oye la gente en realidad, y no como tú piensas que suenas cuando las palabras están dentro de la carcasa de ecos de tu cabeza).

Pronto empezó a grabar en las cintas los resultados de las pachangas colegiales en la plaza del pueblo, los sucesos cotidianos y los descubrimientos del barrio. Y lo que captaba furtivamente a través de las paredes, en las conversaciones de los mayores. Y empezó a fijarse en como lo hacían ellos, “los reporteros de verdad”.

Empezó a poner voz rasposa de periodista deportivo, profunda de galán de radionovela, a poner otra voz, más seria de locutor de informativos… todas, en su propia voz. A ratos, aunque no le gustaba, se lanzaba y en chillona cascada, envalentonado gritaba: - Gooooooooooooooooooooooooooooool. Gool, goool, goool…

Hasta que poco a poco encontró la suya propia, mezclada con la del capitán trueno, Roberto Alcázar, y la del señor ese tan raro que se hacía llamar el loco de la colina… todas las voces en la suya propia, que es la que cada semana, un par de décadas después, nos llega desde las ondas radiofónicas de la torre de cierto castillo…

uno de los cuentos de antes, y la radio de la memoria.

Y no sé si él lo recuerda, pero es su niño interior el que habla y ensueña, cada noche, con su entonación de niño grande, y su antigua (o nueva) voz...

Helga Martinez Pallarés
Madrid

Encuentro inesperado

Sonia, agazapada en el sofá, escucha atentamente una voz que por años, y todavía ahora, la cautivaba. Permanecía quieta, aguzando el oído. Sus sentidos, incluso los más ocultos, solo se despertaban en esos momentos que aprovechaba para relajarse.  Necesidad, era lo que su cuerpo demandaba…necesidad de conocer, de poner rostro a ese hombre, ese locutor de radio  que inspiraba en ella noches de locura. Sensaciones hasta entonces agazapadas en el interior de su exuberante cuerpo. 

De repente, sonó el teléfono inesperadamente. Asió el auricular  e intentó desperezarse…al escuchar la voz al otro lado, su corazón le dio un vuelco. No podía ser. Eran de la radio. Habían seleccionado un número de teléfono al azar y al parecer ella era la ganadora. Una sonrisa se dibujó en su rostro, pasando de la melancolía a la alegría absoluta. Por fin podría ponerle cara. Imaginó mil formas para acercarse a él. Todavía temblaba emocionada. No podía estar ocurriendo…

Esperó excitada a que el claxon del taxi le avisara de su llegada. Asió el bolso y salió disparada. El taxista, al verla, silbó alabando semejante monumento. Se había enfundado en uno de sus más atrevidos vestidos. Corto y veraniego, dejaba entrever gran parte de su anatomía menos las más explícitas… Al llegar al destino, se apeó nerviosa y se adentró en los estudios de radio. Allí se encontró, tomando un café a una pareja charlando amenamente. El chico rondaría los 40 años y ella no tendría más de 50. El hombre estaba cumpliendo sus expectativas. Era guapete, morenazo con ojos verdes, su cuerpo fibroso enfundaba una camiseta ajustada y bermudas con motitas floreadas que le daban un aire algo más juvenil. Se acercó a ellos y les saludó con su mejor sonrisa…

-Hola, soy Sonia…me habéis llamado hace un par de horas. La ganadora del concurso ese… La verdad, es que no se seguro que he ganado…

-Pues has ganado una cena con tu locutor preferido.

Sonia cambió su cara, a la más pura extrañeza. Quién había contestado había sido ella, y su voz era exactamente igual que la que escuchaba en casa imaginándose noches de pasión, idilios con finales húmedos, besos hipnóticos…Qué raro le resultaba todo ahora. Llevaba años enamorada de una voz, y nunca se imaginó que podía ser de una mujer…Pensó que la realidad nunca podría superar la ficción…lo  acaba de comprobar… La decepción se dibujo en su rostro…

Esther Sanz
Irún (Guipuzcoa)


El locutor habla

El locutor habla mientras otros callan. Si falta a La Verdad —léase como “una verdad”—, su micrófono dejará de funcionar. Podrá raspar su garganta de puro alarido, que no se le escuchará. El último favor que le harán será servirle miel. El ácido le terminará de enmudecer. Y cuando respire, su aliento no se diferenciará del de aquellos que callaban.

Habla, locutor, no al oído sino a los corazones. Olvidarán tu voz, tus palabras, tu época. Mas no tu intención.

Víctor Pintado



El dúo vital

La noche despertaba mientras el sol empezaba a acurrucarse para, finalmente, caer en un profundo sueño. Las distintas tonalidades de voz de aquellos dos locutores producían un cambio en el universo sin que ellos mismos lo supiesen. Estaban siendo los responsables de que esa noche, precisamente esa, la luna diese ese pequeño deslumbramiento a la Tierra. Pero también eran culpables de que el sol, después de un duro día de trabajo aportando sus radiantes rayos de luz a todos los seres vivos de nuestro planeta, por fin descansase.

Las voces, las emociones y todo lo que transmitían a sus oyentes eran cruciales. Eran los elegidos por el universo entero para mantener el equilibrio de la vida y que todo siguiese siendo como hasta el momento. Ellos, ignorantes a todo esto, creían que solamente deberían hacer lo que acostumbraban como cualquier otra jornada laboral. Pero no, la diferencia era abismal, esas horas de trabajo de aquél preciso día tenían todo el peso de la existencia. De ellos dependía todo el mundo, hasta la más milimétrica partícula. Cuanto mejor lo hiciesen, mejor futuro tendría la vida. Todos deseaban que transmitiesen lo mejor de ellos, que se encontrasen anímicamente mejor que nunca, que exteriorizasen  todo lo que tenían dentro…

El programa se estaba acabando y la sentencia de cómo funcionaría el universo en los próximos años estaba casi tomada. Por el momento, parecía que habría un futuro prometedor gracias a la gran variedad de buenas sensaciones que estaban creando aquellos dos locutores en sus oyentes. Pero entonces, ocurrió algo impensable. Algo que cambió radicalmente el curso de todo lo conocido hasta el momento. Con una combinación, en una misma frase, de humor y cultura unidos a un timbre de voz idóneo, ambos hicieron posible la perfección. El mal lo acaban de disolver, el ser humano ahora sería inmensamente creativo. Habían creado una utopía, no existiría ser humano sin grandes cualidades, todos estaban destinados a aportar algo necesario para la evolución del ser racional. Y todo ello, fue posible gracias al entusiasmo con el que trabajaron aquellas dos personas ese día tan decisivo. ¿Quiénes serían los elegidos dentro de cinco años? 

Hasta entonces, la raza humana estaba destinada a evolucionar a grandes pasos en un intervalo escaso.

Abel Jara Romero
Madrid


El chupetín

Con los papeles en la mano se enfrentó, como cada noche, a su público imaginario. Se preguntó con una mueca por qué el operador había cambiado la cortina musical sin consultarle, pero él era el locutor y debía continuar, así que tomó el micrófono, abrió la boca y antes de que se diera cuenta  se tragó entera  la última palabra de aquella canción. Comenzó a lamerlo, de abajo hacia arriba mirando cada tanto de reojo. Aunque disfrutaría del último bocado, cuando los dientes  aniquilan el último sueño azucarado, hipaba con lentitud el trabajo colorido de su lengua tiñendo de un encanto meloso la comisura de sus labios.

“Culpa de la luz roja” se dijo babeando cuando los hombres de blanco se lo llevaron.

Bibiana Pacilio
Rosario- Santa Fe
Argentina
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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1 comentarios:

  1. Gracias chicos !!! Soy de Rosario, Pcia de Santa Fe, Argentina!!!!!

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