Vampiros en la Biblioteca. XVII Concurso de Microrrelatos Repentinos



Código Ético

Querido diario:

gracias a Nicholai he culminado el aprendizaje asistiendo como oyente a mi primera Asamblea de Ancianos. En este día, en el precioso bosque de Retezat, he entendido lo que necesitaba entender. 

Tras el discurso inaugural se ha repasado el código de conducta (en cada Asamblea es costumbre) y ya que lo tengo reciente, voy a recogerlo aquí junto con algunos comentarios de Nicholai.  

1º:  “No hieras a uno de los tuyos”. Esto es porque somos una familia y la sangre de unos corre por las venas de los otros. Matar a uno de los nuestros es como matarse a uno mismo. Nicholai me ha jurado que nunca se ha saltado esta ley. 

2º:  “No muerdas a niños”. Por lo visto, las ganas de travesuras se intensifican y con el paso de los siglos, se llenan de malicia. La experiencia que da la inmortalidad mezclada con una mente infantil a veces ha causado estragos hasta el punto de saltarse la primera ley. Nicholai me ha jurado que a pesar de tener tentaciones al respecto, nunca lo ha hecho.

3º:  “Muerde a animales sólo en caso de necesidad extrema”. Debemos olvidarnos de buscar sabores exóticos. Hacerlo como costumbre nos lleva a actuar según instintos animales, problema que puede hacernos violar la primera ley. Nicholai me ha jurado que sólo bebió de animales tras su naufragio en Tetepare, donde sólo disponía de los felinos que se habían salvado del barco. 

4º: “Respeta las leyendas y tradiciones humanas”. Según este folclore, la luz del sol, las cruces, los ajos, el agua bendita y las estacas de madera pueden hacernos daño. Debemos seguir pretendiendo que es así para que no encuentren las verdaderas formas de destruirnos. Éstas se han mencionado con detalle pero, por supuesto, no las escribiré aquí. Nicholai nunca ha tenido problemas con esta ley, cosa que también me ha jurado.  

5º: “No muerdas a humanos enamorados de ti”. Nosotros, cosa que ya he notado en estas décadas, no sentimos nada: ni ira, ni miedo, ni amor, ni odio... Pero sí hay una cosa que sentimos: la ausencia de amor. Ese vacío es lo único que puede llevar a un vampiro a un deseo de venganza hacia el sujeto que nos quitó nuestra condición humana. Cuando se ha explicado esto, Nicholai no ha tenido el valor de jurarme nada. 

Llevo toda la tarde dándole vueltas. Yo estaba loca por Nicholai y él simuló no ser lo que era para divertirse en una relación conmigo. Cuando me mordió, me condenó a no amarle por toda la eternidad y nunca lo he superado. Gracias a las palabras de los Ancianos he entendido lo que me ocurre y lo que deseo. Agradezco a Nicholai todas sus enseñanzas y su decisión de traerme hoy aquí porque, con lo aprendido respecto a la cuarta ley, tengo varias fórmulas para saltarme la primera. 

Querido diario, en unas semanas, no volveré a hablarte de Nicholai.  

Gema Moratalla García
Madrid


El alimento de las tinieblas

Amaneció su cuerpo tendido y despegado completamente de su sombra, quedando ésta erguida sobre el suelo, a la intemperie de un nuevo día que comenzaba en el claroscuro que comenzaba a vislumbrar desde su somnolencia. Avanzaba la sombra -o eso sentía él- entre la lentitud pesada que ocupaba sus párpados. El cuello le ardía, pero era un dolor placentero que invadía su consciencia y desorientaba sus pasos de una forma que nunca había conocido. Tanto era así que no acertaba a reconocer los muebles de la estancia donde se encontraba, envueltos con el espesor del aire y que se iban difuminando ante sus ojos tan pronto como pasaba cerca de ellos. Cómo deshacerse de esa sensación extraña que no se atrevía a pronunciar con palabras, se preguntaba, mientras la silueta de un hombre hecho latido se iba transparentando por la piel de esa masa de penumbra azul que seguía vagando hacia algún lugar que desconocía.

Iba recorriendo los largos pasillos como si una fuerza lo empujara a depositar su languidez sobre un camino infinito a través de aquella casa que no reconocía como propia. La confusión le obligaba a buscar algún espejo donde mirarse y olvidar la incertidumbre que empezaba a inquietar su respiración. Pero era su propia casa, y además era él; algo le hacía sentirse dentro de aquella sombra cada vez más clara que dejaba entrever su rostro, sus brazos delgados, el temblor de su pecho y cada músculo que alineaba sus piernas. Podía incluso palparse. Entre la fumosidad de sus ropas iba dejando a su paso un sonido que se alejaba en el eco del tiempo, un tiempo que le parecía totalmente ajeno a su capacidad para pensar.

Poco a poco iba llegando a su memoria el recuerdo de un instante que se presentaba como todo su pasado entero y gelidificado en su mente. La agitación violentaba su calma cuando sus pies se deslizaban cargando ya todo el peso que ocupaba su cuerpo, intentando llegar a un espejo que apaciguara el temor que se apoderaba ya de sus pensamientos. Quería llegar a mirarse a los ojos, antes de que el verdadero miedo paralizara sus movimientos y mucho antes de que ese recuerdo cobrara realidad frente al desvanecimiento de aquel letargo enigmático. Inició su huida, corriendo sin sentido tras la búsqueda del maldito espejo.

Fue entonces cuando paró en seco su desesperada carrera. Sintió la punzada de unos ojos. Una mirada enrojecida se arrastraba y lo alcanzaba de lleno. Era como si se adueñara de él, logrando dominarlo lentamente y sin apenas pestañear. La dueña de la mirada se iba descubriendo al compás de un misterio que inevitablemente conseguía fascinarlo. Eran los ojos más depredadores que jamás se había encontrado, portadores de una fuerza tan siniestra que golpeaban su visión sin darle tiempo a la reacción, dejando entrever una belleza inexplicable que descontrolaba todos y cada uno de sus sentidos.

Todo iba adquiriendo nuevas dimensiones al ir acercándose a aquella mujer tan hermosa que lo observaba sumida en un gesto que vacilaba entre la ternura y la perversidad. Esta incoherencia hería su voluntad, le hacía rendirse a la necesidad de tocarla de alguna manera. Comprobó que las manchas rojizas que cubrían sus labios de niña aún brillaban como en aquel recuerdo que estaba golpeando ahora en su cabeza. Observó despacio su tez blanca, el azul de las venas que cubrían sus ojeras y la lengua que intuía aún mojada por la sangre que le había robado. Pero había algo más que le había robado y no se atrevía a nombrarlo siquiera.
Por momentos, el dolor que arañaba su cuello se intensificaba. La herida había sido demasiado profunda, la llaga se abría y le hacía caer al suelo. Arrodillado ante los pies de aquella criatura oscura, gritó desconsoladamente durante un tiempo incalculable. Ella lo cubrió con su capa negra de un modo casi maternal, musitando con dulzura unas terribles palabras:

— No temas... Soportarás vivir entre las tinieblas. Ellas te necesitan tanto como yo. 

Y sacó de su capa un espejo, el maldito espejo que él había estado buscando desde su subsconsciente. Ella se lo acercó al rostro y él asumió entonces que estaba en el comienzo de una nueva eternidad. Tomó el objeto despacio, tembloroso aún por las lágrimas. Se miró y se reconoció. La herida en el cuello no dejaba lugar a dudas, y ya había alcanzado una profundidad cercana al corazón. 

No, no había sido una pesadilla. Aquel intenso recuerdo que le había sacudido brutalmente no era más que la llamada de un submundo que le había estado buscando desde lugares secretos de su espíritu. Él había sido el elegido esta vez y no podía más que aceptarlo con sumisión. Aquella criatura se había alimentado de su sangre, mordiéndolo hasta hacerle perder el conocimiento durante aquella inolvidable noche. 

Pero lo peor de todo era que él sabía lo que significaba esa suerte de vampirismo salvaje en el que aquellas criaturas no saciaban nunca su sed. Buscaban algo más. Los colmillos de esa mujer envuelta en la magia más lúgubre se habían adentrado hasta el fondo de él. Lo habían arrancado de la vida. Lo asumió de nuevo, en silencio, contemplándose ahora en las pupilas de ella. La dueña de los ojos más depredadores se había bebido todo su sueño.

Aranzazú
Madrid


El juego de la eterna condenación

Me muevo por las tinieblas, por las sombras de la noche, habito en las entrañas de las ciudades, donde nada vivo se arrastra excepto las ratas. Recuerdo como era ser uno de ellos, un simple mortal, recuerdo lo que era estar vivo, y en muchos aspectos no lo echo de menos, aun así nada ha cambiado demasiado, antes era un ser desgraciado y sigo siéndolo, muy a mi pesar.

Si cualquier persona mirase mi rostro gritaría de horror. Un grotesco y deforme rostro me devuelve la mirada cada vez que me reflejo en un espejo, un rostro monstruoso que me hace ser un paria y un extraño entre los vivos y entre los muertos, pues soy un hijo de la noche, un vampiro que se alimenta de la sangre de los vivos, aunque casi todos los demás vampiros sienten repulsión y asco ante mi presencia. Me toleran porque mis ojos y oídos ven y escuchan todo, nada me es vedado, me fundo con las sombras haciéndome invisible a miradas ajenas, sin más compañía que mis propios pensamientos, me escondo bajo las junglas de asfalto, sumido siempre en la más completa oscuridad.

Esa es mi pena y mi maldición; ese es el juego de mi eterna condenación.

Miguel Ángel Naharro
Sant Boi de Llobregat (Barcelona)


Inapropiado

El Conde estuvo a punto de decir algo inapropiado, pero se mordió el labio justo a tiempo; murió desangrado, pero satisfecho.

Lucas Gattoni
Córdoba, Argentina


Matrimonio truncado  

Esos  ojos, sin vida, me observan…De sus labios rojos  y carnosos sobresalen unos colmillos blancos y puntiagudos…Retrocedo varios metros. Al fondo de la calle Robles, unos tipos con garrotes se dirigen hacia nosotros. No sé si debo alegrarme por ello. El ser, con expresión amenazadora, se gira tensando todo su cuerpo en posición de defensa. Su rostro aniñado con aspecto cetrino se inclina ligeramente hacia un lado negándose a entender el estado de su naturaleza. Acababa de despertar de su letargo. Un sueño profundo lleno de incertidumbre, dolor, sangre…

Nicolae, un joven  e inquieto escritor de novelas terroríficas, no imaginó jamás  que uno de sus más temidos personajes existiría en este mundo, su mundo,  y que él formaría parte de su estirpe…

Aprovecho la distracción  y me dirijo a un lugar seguro, mi casa…Mis piernas se detienen un instante al escuchar lo que parece ser un grito ahogado, desgarrador...Al instante, las palpitaciones de mi corazón se aceleran, sacudo débilmente una cabeza embotada a causa de una, hasta ahora, desconocida sensación, el miedo…

Todo aquello era muy extraño. Sólo quería estar en mi hogar, con mi recién estrenado marido. Lo había  conocido hacía dos meses  en Sighisoara, una preciosa ciudad medieval de Transilvania. Las puertas del Castillo de Bran se encontraban entreabiertas y decidí  penetrar en la fortaleza movido solo por un motivo, la curiosidad… Me aproximé lentamente a la biblioteca de la estancia, y allí, sentado tras un pupitre con una pluma en su estilizada mano e inmerso en sus pensamientos se encontraba el hombre más atractivo que había visto jamás. Nicolae… Me cautivó al instante y, en un estado de locura, decidimos casarnos…

Una felicidad desbordante inundó nuestros corazones, hasta que la luna de miel se tornó una pesadilla…Nicolae yacía inmóvil en su lecho nupcial mientras que un ser antinatural succionaba ávidamente el jugo color púrpura que emanaba de su estilizado y pálido cuello.

La criatura debió de saciarse inmediatamente, porque tras dirigirme una mirada penetrante, se esfumó sin dejar ningún tipo de rastro…

Solo me quedaba huir...aunque no las tenía todas conmigo. Nicolae me encontraría  en cualquier lugar del mundo…Nuestros corazones se unieron desde el primer día…HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE… ¿Y por qué no sucumbir? ¿Por qué sufrir su pérdida si podía tenerlo a su lado eternamente?

- Si, Nicolae.  Dejaré que me despojes de mi alma, a cambio, no deberás  separante de mí jamás.

Nicolae,  tras escuchar las palabras de su amado, se dirigió veloz a su encuentro dejando tras él un reguero de sangre… los cuerpos de los maleantes yacían inertes en el suelo…

Esther Sanz
Irún - Guipúzcoa


Noches de luz oscurecida

Bajo la ensangrentada mirada del dueño del tiempo, la presa jadeaba de cansancio y horror. Las voces de la noche susurraban su nombre, una y otra vez, sin que ella pudiera entender el idioma de las palabras que lo seguían.

- Emma, hapoter num samoit.

Tiritaba del dolor producido por la mordedura del ser maligno. Sus ojos se asemejaban a mil infiernos que pululan en los corazones de los desavenidos, sus orejas se estiraban malditas, como las de un animal casi extinto, sus pies, sus brazos, y lo poco que se distinguía del putrefacto cuerpo de ese ser, apestaba a migrañas de desastres inundados en ríos de sangre inocente.

Ella no era capaz de reaccionar. Por desgracia, se había paralizado y únicamente conseguía gritar histéricamente, sin conseguir nada con ello. 

- Emma, faretem num samoit.

Esas palabras, esa frase que su significado se ocultaba en el pasar del tiempo y que nadie, excepto los malditos, podía comprender; invadía sus pensamientos y la atormentaba. Palabras de odio y sacrificio humano; palabras de desasosiego que conduce a la vida eterna; palabras de terror que se inyectaba directamente en las venas de las víctimas.

Emma moriría, pero no antes sin ser torturada.

El ulular de pensamientos adversos se mezclaba con el aullido de las bestias nocturnas que esperaban su pequeño pedacito de carne humana. Así se alimentaban los siervos de los vampiros; así sobrevivían en esta pestilente y mísera vida que les habían regalado. Animales peludos que caminan como hombres olvidados por Dios, y que se arrastran para complacer a sus amos provenientes del infierno. 

Los dientes se le calvaban con más contundencia y a más profundidad, el sentir de sus músculos se entumecía y se desvanecía, como si se quedasen dormidos o si su cuerpo fuese descompuesto. La sangre caliente se derramaba por la comisura de la herida, que se parecía más a unos labios rotos que a una desgarrada parte del cuerpo humano. 

- Emma, gume num samoit.

Ella por fin entendió las palabras. Por fin supo qué era lo que buscaba ese ser extraño y desfigurado, olvidado por los cielos y reclamado en el infierno. El vampiro quería su alma inmortal que fluía por su sangre. 
Y así, él viviría para siempre mientras ella estaría condenada a vagar sin alma entre el resto de los sacrificados. Sin penas, sin dolor… sin recuerdos. Olvidada por todos y para toda la eternidad.

Alexander Copperwhite
Murcia


Nunca te fíes de mí

“Desde el balcón se podía ver el escenario del crimen, las manchas de sangre resaltaban en la pared blanca de la fachada del edificio de enfrente.

El comienzo de este crimen, es muy simple, la victima andaba de noche, llovía y el vecindario estaba completamente vacío, es lo que tienen las vacaciones de verano, que todo el mundo desaparece cuando llueve.

La víctima iba andando, algo cansada, pues seguramente llegaba a casa después de una noche de fiesta o de estar en el gimnasio, no se sabe. Pero era el blanco perfecto para cualquier ladrón o psicópata… la persona que lo atacó debía de ser sigilosa para que la víctima no se diera cuenta de que le estaban siguiendo, se le acercó deprisa y no tuvo tiempo de reaccionar.

Los especialistas que han examinado las manchas de sangre en la pared y el suelo, determinan que la persona atacada fue empujada contra la pared produciéndole una brecha en la cabeza y había caído al suelo sangrando.

Y yo me pregunto ¿Ésta gente es realmente especialista en esto? Pues según tengo entendido no fue así como pasó.

La policía no encuentra el cuerpo de la víctima, el asesino ha tenido que esconder el cuerpo y las pruebas, también se comenta que este tipo de “crimen” se ha repetido ya varias veces en otros vecindarios de la zona y, que harán todo lo posible para que estos sucesos no se vuelvan a repetir.

He de reconocer que los agentes de la Ley tienen una fe impresionante, porque no van a poder hacer nada contra lo que se enfrentan, si es que saben a lo que se enfrentan, claro.

Con esto quiero deciros queridos amigos y seguidores, que la Ley se va a lavar las manos cada vez que vean sangre y no haya cuerpo, además de no obtener ninguna clase de prueba que delate al asesino.

Atentamente,
ANACIA MANSON”.

He terminado de publicar el artículo referente a lo que ha sucedido en mi ciudad, miro a mí alrededor y reparo en mi copa, vacía…

 Pesadamente voy a la cocina con la copa en la mano, cojo un cuchillo, abro la puerta del frigorífico y miro al chico que hay dentro “no debería de haberse fiado de una extraña, pobrecillo” pensé.  Tomo su muñeca izquierda y le hago un corte con el cuchillo, la sangre brota y cae en mi copa.

-Bebe Coca-Cola o algo niño, no me hagas de echarle azúcar a la sangre –digo.

Sí, claro que fui yo, da escalofríos verdad, no os preocupéis por el joven… vivirá, al fin y al cabo no soy tan mala. Cierro el frigorífico y vuelvo al ordenador… tengo que seguir escribiendo el microrelato para el concurso del blog “Castillos en el aire”, aun no sé cómo terminarlo.

Anacia Manson Bowie
Toledo


¿Quién quiere vivir para siempre?

La película había terminado. Salí de la sala de cine con una extraña sensación, como si algo estuviese a punto de nacer en mí (¿de ser sentido dentro de mí, tal vez?). Naturalmente, fue solamente un instante, como tantas otras veces.

Porque, ¿quién sabe de dónde sacaban los guionistas de Hollywood la inspiración para escribir sobre los suyos? ¿En que se inspiran esos prolíficos novelistas que venden millones de copias de sus libros? Si su “estado”, su maldición, su raza, fuese tan romántica como los dos protagonistas de aquella película, o tan malvados y mezquinos como los de tantas otras, al menos su existencia no sería tan… vacía.

“¿Quién quiere vivir para siempre?” decía la letra de una de las canciones que sonaba durante la proyección de aquel largometraje de los ochenta, hacía tanto o tan poco tiempo, según se mire. Yo sabía la respuesta a esa pregunta. Por desgracia, la conocía muy bien. Ventajas de llevar caminando por el mundo más de siete siglos. Miré a las personas que salían también de la sala y sentí envidia: envidia por el amor que eran capaces de sentir, por las experiencias que les irían enriqueciendo, por la misma muerte que les aguardaba al final del camino. Ellos, al menos, tenían un principio y un final.

Es triste no tener un final, la verdad. Como también es llamativo su interés insano —el interés de aquellos destinados a yacer en el suelo que pisan—, por conseguir alargar su vida. ¿No se dan cuenta de la suerte que tienen? Sus acciones, que distingo claramente —pues los años me han hecho darme cuenta de ello— como insignificantes y banales, para ellos suponen alegrías y tristezas, risas y llantos, fracasos y victorias. No se dan cuenta, no pueden dársela, de que al final no son más que individuos insignificantes; que la distancia que les separa de las hormigas es apenas perceptible para alguien como yo. Al igual que la distancia que me separa a mí de ellos.

Sí, ese es el problema: la constatación de mi propia insignificancia. Ninguno de mis actos, a la larga, significará nada; se desvanecerá como la espuma de una ola, por más alta que esta sea.

Intentó quitarme esos pensamientos de la cabeza observando la cartelera del cine. Increíble. Parece que hay otra película más sobre el mismo tema, que curiosamente también cuenta con licántropos, como la anterior. Puede que aproveche la oscuridad de la sala para saciar mi sed, para alimentarme y mejorar mis ánimos. Sí, creo que haré eso; después de un buen “festín”, la moral sube mucho. Además, ¿qué importancia puede haber en que uno de estos mortales no regrese hoy? La respuesta es clara: ninguna. Ahí veo una joven —aunque todas son jóvenes para mí—, entrando sola.

Perfecto.

David J. Skinner
Madrid

Stipes de Nocte

Antenoche fui caritativo, y eso me sorprende. Hace centurias que no sabía lo que es eso. Y, sin embargo, me tendré que ir de esta ciudad. Justo acabo de deshacer lo que hice. No me puedo ir dejando las cosas así. ¿Por qué? ¿Por qué nada puede ser fácil?

Lo bueno es que no hubo luna, caía una llovizna fina y fría. Todo fue cerca del Parque Hundido. Cada que los mortales actúan con violencia provocan unos ruidos que me atraen. Por eso acudí a ver lo que sucedía. No tiene caso que lo recuerde. Pero tampoco me puedo sacar de la mente la desamparada expresión del niño recién ultrajado por esa bestia. Tampoco me puedo quitar de encima el olor a sangre derramada. Aún estaba vivo y su perpetrador lo dejó cuando adivinó mi silueta arriba de la farola. Huyó más por el miedo a sus actos que por su vida. Y ahí estaba el niño, desangrándose, con la ropa desgarrada, hecha girones de la cintura para abajo. Patético hasta para alguien como yo. Y su mirada triste clavada en el brillo de mis ojos. Descendí hasta él.

Lo salvé. Así nada más. Alcé su pecho y descubrí su cuello palpitante, caliente aún. Hundí mis colmillos en su tierna piel y apenas pude resistir un temblor seco cuando mi garganta comenzó a tragar el fluido de la vida. Nunca había probado nada tan joven, tan sutil. No podía dejar que se muriera así, lejos de la justicia que lo abandonó. Y ya que estaba hecho el daño, le ayudé a vestirse, a recomponer su ropa maltratada. Tuve que explicarle cómo tendría que hacerlo para su beneficio y le señalé el camino que agarró el pérfido en su huida.

Ayer por la noche, volví al Parque Hundido. Él debía de andar por ahí. Siempre volvemos al punto de origen. No sé la razón. Por eso sabía que andaba cerca. Entonces, tomé la ruta que le había enseñado y, no muy lejos, dentro de un bote grande de basura presentí un cadáver. Era el ultrajador. La turbia luz de las farolas me sirvió poco para darme cuenta de las decenas de pequeños agujeros en su cuello, rostro y brazos. No puede evitarlo. Sonreí.

Cuando me giré y estuve a punto de tomar el vuelo, vi al niño. Estaba de frente, con la respiración agitada, como si hubiera corrido mucho. Su cabello desordenado me informaba de lo mal que lo había pasado. Me dio ternura. Le hice un gesto invitándolo a seguirme. Bajo la oscura sombra de unos árboles, lo liquidé. La justicia ha sido vindicada y yo tengo que irme de esta ciudad, por mi propio bien.

Eliseo Carranza Guerra
Otumba - Monterrey, N. L. México


Tu amor me alimenta

Mientras le veo recoger sus cosas, mirando con pena el reloj de pulsera, vuelvo a pensar que debería cambiar de vida. Ya no me siento eterna ni siendo inmortal, mi cuerpo no es el mismo fragor de oleajes a medida que pasan los años, y al fin y al cabo, un poco de vida mundana, también tiene sus ventajas prácticas – incluso aunque sean aburridísimas-.

El caso es que estos jovencitos me dan vida. Me alimento de las ansias de su sangre joven, me las apropio para mí. Me hacen sentirme briosa y lozana, cuando ya ni bajo el prisma de la mente velada y sus buenas intenciones lo soy.

Ya sé, lo dicen los científicos, que la vida plena de las mujeres empieza en realidad a los cincuenta, la vejez llega cada vez más tarde, y se vive de otra manera. Pero también pienso en el fondo que todo eso es pura propaganda. Que me podían haber convertido en la treintena, y no estaría aquí pensando tonterías, como la anciana que nunca seré. Aunque lleve con los mismos sesenta ya cuatro siglos. Mi cuerpo de potranca enfurecida ya no es el que era. Y es que los recuerdos no perdonan, me asfixio en plena noche, pensando que aunque mi fuerza física es la de siempre, yo ya no soy la misma; será el aburrimiento, o que los vampiros también envejecemos. El caso es que no me siento igual.

Ya se marcha. Le gustaría quedarse, pero se tiene que marchar, lo quiera o no. Por las mañanas los gatos ya no son pardos, no soporto el cuchillo de la luz del día en mi realidad cotidiana. Y él mismo, ya no me sirve de nada. Su sangre, y su esencia, solo me reaniman las dos, tres primeras veces. Luego pierden fuerza y ya no surte el mismo efecto.

Además… no sé. A veces pienso que debería parar, buscarme un buen hombre para ejercer el atroz simulacro de pareja feliz hasta la muerte (de él, porque yo nunca le haría inmortal, no soy capaz de semejante barbarie)… Pero es que me queda mucho para eso, no me siento todavía con ganas de tirar la toalla, dejarme vencer de pura monotonía. Me siento capaz, más bien, de exprimir a otra nueva retahíla de mil gallitos ufanos, deseosos de aprender, como buenos pupilos, con ninguna teoría - poquísima práctica-  y un folio en blanco en el currículo de experiencias, esperando por mí…

En fin. A ver si se marcha, por cierto, me muero de sueño y no tengo ganas de más arrumacos de opereta.

Ya, ya. Es verdad. Estoy desvariando, soy y seré siempre la misma vampiresa. Y el día que deje de serlo, no importará la edad que tenga, ni los milenios que me queden por delante. Ese día me habré muerto. O habré decidido que vivir es lo mismo que si estuviera muerta. O enterrada viva, que me cuentan que viene a ser lo mismo.

Helga Martinez Pallarés
Madrid

Una noche inolvidable

Eran las 2:30 y yo seguía despierta.

Estaba sentada en el sofá de mi casa, con el portátil en mis rodillas, escribiendo un relato de quinientas palabras para un concurso de un blog llamado “Castillos en el Aire”, cuando de repente la puerta de mi terraza se cerró de golpe...No la quise dar importancia. La brisa que entraba por la ventana era bastante fría, tuve que cerrarla, pues me estaba quedando helada.

Apagué el ordenador... Me escocían los ojos... Estaba cansada...

Fui a la cocina a por un vaso de agua, pero en el instante en el que salí por la puerta, llamaron al timbre.

Miré por la mirilla de la puerta. Era mi vecino de al lado, ¿Qué quería a estas horas?

Abrí la puerta, estaba totalmente pálido, las ojeras bastante marcadas con un tono grisáceo, totalmente vestido de negro y sus ojos negros atraían toda mi atención.

-¿Puedo ayudarte en algo?- pregunté nerviosa por su presencia
-Creo que sí, ¿Me invitas a pasar? Quisiera contártelo en privado el portal tiene oídos - dijo con una risa un tanto forzada
-De acuerdo- dije titubeando- Adelante pasa.
Él se quedó en el recibidor apoyado en la puerta.
-¿En que puedo ayudarte?- pregunté mirándole las manos... Le temblaban
-Necesito usar tu teléfono, es urgente - se puso más pálido aún.
-Claro, está en el salón, pasa y llama- dije amable
-Gracias-dijo sonriéndome y me fijé en sus colmillos, bastante largos y puntiagudos.
-Estoy en el baño, cuando hayas terminado me avisas- salí disparada hacia el baño.

Me eché agua en la cara, la brisa que corría por la casa ya no era helada, no cerré la puerta del baño.
Estaba de pie mirándome al espejo y sentí algo detrás de mí.

Cuando miré al espejo no había nada pero cuando me giré, vi a mi vecino, con unos colmillos bastante afilados y largos, con esos ojos negros... Me cogió por los brazos y me dijo:

-No te dolerá...-Con una mano apartó el pelo que me caía por el cuello e hincó sus colmillos en el...

 En ese momento pensé (primero conoce a la persona y no dejes entrar a extraños)

Me dejó en el suelo retorciéndome de dolor, se corto con una uña su muñeca y dijo "Bebe"

Bebí... A partir de ahí sé que mi vida cambio pues yo era inmortal y estaba con mi compañero... siempre tendríamos a nuestra fiel compañera la ETERNIDAD.

Luz Sykes Rock
Toledo

Una amistad muy particular

— ¿Desde cuándo los vampiros se cepillan los colmillos? ¿Acaso os preocupan las caries? 
— Muy graciosa. Si pudiera alimentarme de gente honesta, buena y de “alta sociedad” como tú, posiblemente no tendría este sabor de boca. El último llevaba meses sin ver el agua y el jabón. 
— Que asco, mejor ahórrate los detalles. 
— No todos tenemos la “suerte” de podernos alimentar como tú lo haces. Todavía estoy perplejo de cómo surgió nuestra amistad. A cualquiera le resultaría gracioso. 
— Mi condición es exclusiva, y tampoco es que sea de las mejores, tiene sus pegas.
— ¿Pegas? Con lo bien que vives… la cosa es quejarse. 
— ¿Tú crees? No puedo saborear cosas buenas, ni oler esencias deliciosas, no puedo follar y sentir placer con nadie ni nada. Hasta tengo prohibido tener deseos. En algo nos parecemos, tampoco puedo dormir y soñar. 
— Ohhh… pobre Ángel Caído, que dura es su vida. Si no me llego a comerme a tu último trabajo, aquel asesino degenerado, ahora estaríamos destripándonos mutuamente. La vida es insólita. 
— Absurda, diría yo. Vamos, acerquémonos un poco al sol, también es mi hora de comer. 
— Después del almuerzo podríamos tener sexo juntos, yo no soy humano, conmigo sí que puedes. 
— ¿Y perder mis alas? Ni de coña. Terminaría siendo tu postre.

Irene Comendador
Madrid


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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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2 comentarios:

  1. Hola!! no conocía tu blog, lo he estado leyendo y me ha gustado, me pasaré más a menudo, un abrazote!

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  2. Recién veo que publicaron mi microcuento aquí! No había recibido ningún aviso... :(
    Les agradezco igualmente, y les dejo el link a otro de los microcuentos de vampiros que tengo en mi blog!
    Saludos :)

    http://conunojosolo.wordpress.com/2012/03/12/risotada/

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