Microrrelatos: Fantasía Heróica y Guerra


Fue un héroe

Otro de los guerreros cayó a sus pies, inerte. La primera oleada parecía haber terminado, así que se agachó y limpió la hoja de su espada contra el cuerpo del último adversario muerto.

El cielo, que parecía haberse cubierto de oscuras nubes para que el cielo no viera la carnicería que estaba ocurriendo, comenzaba a despejarse. La luz del sol comenzó a iluminar el sangriento campo de batalla. Fue entonces cuando se dio cuenta de la situación en que se encontraba: era el único superviviente de los suyos; la única persona viva que se encontraba en el valle repleto de cadáveres. Una sensación extraña —tal vez de invencibilidad— recorrió su cuerpo.

El sonido de un cuerno, a lo lejos, le devolvió a la realidad. La segunda oleada de guerreros enemigos se preparaba para cargar hacia el lugar. Contempló su ahora limpia espada y la levantó hacia arriba, como desafiando a los Dioses.

La tierra temblaba, como si de una estampida de enormes criaturas se tratara. Comenzaba la batalla final.

Por supuesto, enfrentarse a aquellas docenas de hombres era una tarea absurda con un final claro; su única oportunidad era llegar hasta su general y acabar con él. Intentó localizarlo sobre la masa humana que se abalanzaba hacia su posición. Ahí estaba, con una enorme hacha de guerra en las manos, avanzando mucho más despacio que el resto, con la confianza que da el sentirse protegido.

Ese era su objetivo, sí. Mas alcanzarlo no sería tarea fácil.

Un grito gutural, salvaje, salió por su boca, mientras se lanzaba contra los sorprendidos atacantes. Algunos cayeron al suelo ante el ímpetu de la embestida; otros, debido a la brusca separación entre sus cabezas y sus cuellos. Él, sin mirar atrás, con la vista fija en el general, continuaba corriendo. Cualquiera se hubiera dado cuenta de que aquella misión era imposible.

Logró llegar junto al general.

Con un rápido e imprevisto movimiento, la espada atravesó el pecho del mismo, mientras el general miraba incrédulo a su contrincante. Contra toda expectativa, habían ganado la batalla.

La viuda del héroe intentó creerse esa historia durante el funeral.

David J. Skinner 
Madrid

Cazadores de dragones

La sangre caliente recorría parte de su mugriento rostro. Su largo cabello parecía una gran costra de sudor y fango contra su cabeza, hundida en el barro oscuro y silente. No podía oír nada. Solo era capaz de sentir el frío helador sobre su mejilla y barbilla contra el agua del charco, por donde no era paso regular de la propia esencia roja que iba abandonando su cuerpo con lentitud.

Nagre no recordaba cómo cayó del dragón cuando recibió la brutal embestida de cinco enemigos bajo las nubes de lluvia. Quizá sí la insignia grabada en la pechera de sus armaduras forradas de piel, junto al emblema de la casa de Odhul. La serpiente decapitada los identificaba como Cazadores de Dragones. No tenía nada que hacer contra ellos, sus armas y sus dotes mágicas. Una vez que aquellos seres, que no eran humanos, localizaban una presa, no se detenían ante nada. Ni el vasto cielo era límite para ellos.

Braham, su dragón, yacía ahora muerto sobre el pantano. Nagre, gravemente herido, se encontraba oculto de cualquier mirada indiscreta bajo un ala de su vieja y querida montura. 

Los Cazadores estarían persiguiendo a otros dragones si es que la batalla no había culminado aún. A estos lo mismo les daba si era con victoria o no para el bando al que servían. Ellos solo querían cortar la cabeza de sus presas para extraer sus conocimientos y visiones. De alguna manera podía revivir a los dragones sin el resto de sus cuerpos, de manera que no podían morir.

El corazón que quería hacer estallar su garganta cuando la batalla comenzó, parecía algo ya muy lejano en el tiempo. Un recuerdo de una vida olvidada y ajena.

El agua pútrida le entró por la nariz cuando su nivel ascendió gracias a la incesante lluvia. Sintió un asco innombrable y despertó. Casi gritó al no saber donde se hallaba hasta que identificó la grisácea membrana del ala del inerte Braham.

Su corazón volvió a asomarse a su boca cuando vio acercarse a la cabeza intacta de su dragón las botas de un cazador. 

Javier Yuste González
Pontevedra - Galicia

Criaturas del cielo

Dela se giró instintivamente al sentir sobre su piel húmeda por el sudor, el filo de una daga empuñada por una mano peluda y maloliente. Esquivó el envite sin apenas esfuerzo. Estaba acostumbrada  al combate cuerpo a cuerpo. Asió firmemente su espada bañada en sangre y la introdujo sin esfuerzo en la yugular del enemigo. Llevaban horas inmersos en una lucha sin tregua. La criatura que le bloqueaba el paso la sonrió maléficamente. Eran criaturas sin alma. Difíciles de aplacar, pero no se rendirían tan fácilmente. Cogió con su mano libre la cabellera encrespada de ese ser inmundo y tiró de la otra para retirar la espada de su cuerpo ya inerte. No pudo permitirse ni un leve descanso. De repente se vio rodeada por cientos de ellos. Habían ordenado retirada. Y toda su gente huía sabiendo que esta vez la batalla no era de ellos. 

Dela, en cuestión de segundos, comprendió cual era su destino. No tenía nada que hacer ante un enemigo tan numeroso, pero combatiría hasta final, hasta caer exhausta. Moriría sabiendo que lo había dado todo por los suyos. La tristeza se apoderó de ella cuando en su mente se dibujaron imágenes terroríficas, aldeas quemadas, niños gritando de desesperación…

Al momento, escucho un ruido ensordecedor. Elevó la cabeza hacia el cielo al mismo tiempo  que sus enemigos. 

Una luz cegadora se abrió a través de unas nubes negras que cubrían toda la comarca, y de ella emergieron criaturas nunca vistas. El enemigo se apartó asustado retirándose susceptible a lo desconocido. Dela se quedó quieta sin poder reaccionar. Eran hombres armados con artefactos desconocidos. No sintió miedo, sabía de qué bando estarían. Y esperó sabiendo que ahora si habían ganado la batalla pero aun así les quedaba enfrentarse a una guerra…

Esther Sanz Ayorga
Irún - Guipúzcoa
Microrrelato fuera de concurso

La Espada Mágica


Solo se basaba en conjeturas. Su magia estallaría cuando llegara el momento, no antes. Había luchado hasta llegar aquí, pero aquella espada no había desplegado su poder en los momentos que él creía necesarios. 

“No necesitabas de ella”, le decía su anciana maestra, inquietando más aún al joven guerrero. Y más aún cuando era burla a lo largo y ancho del reino por ser el único que era entrenado por una mujer. Pero él sabía que, aunque impuesta como castigo por ser vástago de criminales, aquella vieja de aspecto afable era una bendición. Había enderezado su vida, había focalizado su rabia al combate. Lo que antes eran nervios ahora eran templanza, lo que fue poco autoestima era ahora confianza. Pero allí, viendo llegar a aquel descomunal ejército de gigantes, todos sus pulidos defectos afloraban de nuevo.

Miró a ambos lados de su corcel, contando a sus hombres, como si no supiera el número exacto: veintitrés. 

Vulgares magos de pocas habilidades y aún menor destreza. Aún así, quería seguir creyendo en su maestra, en que la espada ejecutaría la misión para la cual fue forjada. Quizás esa era la parte que más le costaba creer, aquella en la que esa misteriosa espada de leyenda llega a las manos del único guerrero capaz de blandirla en momentos de imperiosa necesidad. Por Lénder, ¡si la anciana se la había regalado por su aniversario de nacimiento!

El trote de los gigantes ya hacía temblar la tierra. Los veintitrés hombres de su mermado ejército le miraron, aunque él no sabía distinguir si lo que miraban era su rostro preocupado o la mano que empuñaba su única esperanza. El enemigo estaba cerca, muy cerca. Levantó el brazo, con más intento de ánimo que esperanza, y entonces un pequeño brillo que comenzó a crecer se reflejó en las pupilas de todos ellos. Comenzaba la batalla de la espada mágica.

Vicente Ponce López
Móstoles
Microrrelato fuera de concurso

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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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5 comentarios:

  1. Es un placer poder seguiros... Sigo muy vivo envuelto en palabras que recojo al vuelo y alguna vez consigo acoplarlas, formando algún verso que satisfaga mi alma, ya que el corazón lo tengo en su sitio dispuesto a fluir sangre renovada, por si alguien la quiere..., por si alguien le hace falta.
    Mi admiración por seguir en la brecha con LO QUE ESTA CALLENDO Y POR LA INCULTURA DE AQUELLOS QUE NOS GOBIERNA. Que usan la cultura como herramienta arrojadiza para que nadie se entienda.
    Si alguien te pide pan…, dale medio pan y un libro. Son palabras de Federico García Lorca…, por eso lo mataron…

    Gracias por vuestro programa y pundonor para seguir luchando

    un abrazo

    Antonio Molina

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  2. Antonio, muchas gracias por tus siempre cariñosas palabras de apoyo. En estos tiempos, necesitamos mover la cultura nosotros para que no decaiga. Juntos podemos llevar adelante grandes proyectos, esperamos que nos envíes alguno de tus poemas.

    Un saludo. Javi

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  3. Qué sorpresa encontrar mi microrelato aquí!!! :)

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  4. Y se me olvidaba a mi colega y amigo David :)

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    1. Un abrazo, Javier. Y ya sabes, a escribir en todos los concursos que puedas de aquí, ¿eh? :-)

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