Resistencia en el París de la II Guerra Mundial...



Seis microrrelatos geniales

La verdad es que es envidiable la cantidad de escritores que nos seguís en los programas y que acudís a nuestras convocatorias cada semana. Para nuestro nuevo concurso de microrrelatos hemos recibido seis textos espectaculares sobre el París ocupado durante la II Guerra Mundial.

Vale, podéis pensar que exagero... por eso os invito a leer los textos y a juzgar por vosotros mismos. Yo tengo un microrrelato favorito ¿y vosotros? ¿Os gusta alguno en especial?

Ladrones de Luz

Lo que más me asustaba era el olor, ese olor a metal rugiente y a sudor extranjero que lo iba impregnando todo como una marea. También el ruido, tan extraño y brutal. En cada esquina resonaban las botas, las órdenes marciales, los cristales rotos. Rasgaban el aire como puñales dejando detrás un reguero de miedo y ojos bajos. Y a cada paso me llegaban los susurros asustados de vecinos que contemplaban impotentes cómo camiones sin futuro se llevaban a quienes hasta ayer compartían rellano o confidencias.

Se llevaban también las obras de arte, los cuadros, el alma de los museos. Convertían barrios enteros en calles llenas de fantasmas y tiendas cerradas. Lo peor de todo es que nos robaban la luz, la misma que ha iluminado París desde que tengo recuerdos. Todo se estaba volviendo gris y aparecía plano, sin vida, sometido a la implacable disciplina grosera y humillante que se nos imponía. Ni siquiera los cuadros de la Place du Tertre osaban ser demasiado brillantes a sus ojos.

Y a pesar de todo los cafés se llenaban por las tardes, antes del toque de queda, y durante unos minutos podíamos pensar que nada ocurría mientras el sol caía lentamente tiñendo los muros del Louvre de oro viejo. Aún podía coger tu mano y sentir que había algo que jamás nos podrían robar. Luego llegaba la noche y volvían los coches sin luces, los gritos lejanos, las puertas quebradas. El miedo se convertía en un animal furioso que nos golpeaba cada minuto que precedía al alba. Sólo tu aliento me hacía revivir entonces.

Te perdí una de esas madrugadas, en uno de esos coches, en nuestra ciudad que agonizaba, aunque ni siquiera las cruces de giros grotescos pudieron hundirla. Hace tiempo que recuperé las calles y la luz, pero nunca sabré dónde buscarte.

Yolanda Rocha Moreno 
Fuenlabrada - Madrid
Microrrelato Ganador del Concurso


Un último deseo

Un largo periodo de extremadas privaciones y enfermedades no curadas había terminado convirtiendo el cuerpo harapiento de aquel paria en un miserable, patético revoltijo de huesos y mugriento pellejo oscuro. Este desventurado hombre se hallaba tendido de espaldas sobre la grama de un céntrico parque de la superpoblada ciudad de Bombay.

Era de madrugada y el paria agonizaba. Sus pitañosos ojos veían turbio el cielo que estaba paulatinamente aclarando su tonalidad grisácea. Cuando la claridad emergente le dolió en los ojos abatió sus párpados y se despidió del mundo que solo crueldad había tenido para él. Y este ser humano perteneciente a la casta más baja en la India, formuló el último deseo de los irremediablemente sentenciados a muerte: que una chica lo besara. Y casi enseguida sintió sobre sus labios una humedad cálida y tierna. Y murió con una sonrisa-mueca en su boca. La mansurrona vaca sagrada, que acababa de lamerlo con su gran lengua, continuó su camino quizás ignorando que acababa de realizar una piadosa obra de caridad. 

Andrés Fornells


Victoria Nazi

Todos los monumentos destacables habían sido profanados. La esvástica lucía en la fachada de Notre-Dame, sustituyendo a la ventana de West Rose; la perspectiva aérea de los Campos Elíseos también mostraba el símbolo nazi de manera gigantesca; el Arco de Triunfo se había reformado, cerrándolo en círculo para exhibir de nuevo la marca de aquellos desalmados.

Era increíble con qué celeridad transformaron París tras su victoria en la guerra: en los primeros días de noviembre de 1944 solo la Torre Eiffel  mantenía su identidad. Perder en el resto de Europa les permitía centrarse en su única conquista: Francia.

Pero la derrota de un país nunca significó la derrota de todos sus ciudadanos, y Marie lo sabía. Aquella mujer aún disponía de los explosivos de su grupo de resistencia, en uno de los escondites que los nazis no habían descubierto. Sabía que pronto se iniciarían las obras de remodelación de la Torre Eiffel, símbolo mundial de París, de Francia, y de todo lo que representaba. No permitiría que su torre luciera el símbolo del fracaso galo.

Infiltrada como obrera, cada día conseguía colocar una pequeña cantidad de sus reservas de explosivo en la zona donde iban a fundir la odiada esvástica de metal, entre el primer y el segundo nivel. Estaba sola y debía tener extremo cuidado en no ser descubierta. Pero esta vez el miedo de Hitler jugaba a su favor. En cada uno de sus actos, debido a los numerosos intentos de asesinato por parte de los aliados, colocaba una urna de metal a prueba de balas para encerrarse en caso de que hubiera problemas. El primer día, debido a sus habilidades como cerrajera, creó un molde de la llave. Cuando nadie la veía depositaba con cuidado su carga: solo Hitler disponía de la llave y eso la aseguraba que nadie descubriría su escondite.

Cuando el führer alentaba a los suyos con su egocéntrico y racista discurso, sucedió la explosión. Todos los libros recordaron su muerte, pero ninguno habló de Marie y su gesto por la libertad.

Vicente Ponce López
Móstoles - Madrid


Deseos
    
París, 1945

—Tres deseos te concedo —dijo el soldado nazi.

El soldado francés, con un gesto de felicidad, pidió hacer un brindis por su patria, dos cartas: una para su esposa, otra para su madre y tres piedras preciosas para sus hijas.
Al finalizar las peticiones, un tic se mostró en el ojo derecho del soldado, seguido de un estruendoso ruido, el cual terminó por rodar el último trago de su vida.

Beto Benza
Lima - Perú


Pierre

Ya hacía más de un año desde que nuestra República, a la que reconozco no haber profesado mucho cariño, pasara a convertirse en el Estado Francés. Aunque el sentido común me gritaba que abandonara el país, ni mi esposa ni yo lo hicimos. En lugar de eso, actuamos contra las fuerzas nazis que se habían adueñado de Francia.

Nuestra librería en la Rue de la Pompe ha servido para que lograra, lográramos, poder poner a salvo a gran parte de la población judía. La Resistencia, como nos llamábamos a nosotros mismos, iba aumentando en adeptos poco a poco, aunque aún éramos tan solo un pequeño grupo de personas. Nunca estuve a favor de la violencia, a pesar de mis años como militar, mas no puedo condenar a aquellos de los nuestros que usan el fuego para combatir el fuego; yo, por otra parte, prefiero dedicarme a lo que mejor se me da: escribir.

De manera irregular, la Resistencia distribuye panfletos y prensa entre los ciudadanos franceses. Intento colaborar en ambas cosas, tanto a la hora de escribir como de repartirlas. Somos pocos, sí, pero la mayoría de París está en contra del régimen de Pétain, y nos acogen con calidez. Puede que no logremos acabar con los enemigos, no lo sé. Lo que me satisface es que, al menos, somos un rayo de esperanza, una luz que alumbra las grotescas sombras que nos acechan durante estos días.

Espero que, con nuestra persistencia, logremos que Francia aguante hasta que sea capaz de retomar su anterior esplendor.

Pierre Brossolette

El 3 de febrero de 1944, pocos meses antes de que comenzara la liberación, Pierre Brossolette fue arrestado por la Gestapo. Sometido a torturas continuadas, se suicidó antes de revelar información sobre la Resistencia a sus captores.

David J. Skinner
Madrid


El amante enemigo

A pesar de todas las palizas que me dio de niña y las que seguirían hasta que me escapé a París, sentí una gran pena por mi padre cuando regresó, sudoroso, sucio y herido, a hombros de uno de sus compañeros. Era el día en el que los hombres volvieron tras la derrota ante los alemanes. Fue un día de vergüenza…

Cuando no pude aguantarlo más. Cuando la rabia era mayor que el dolor y el torrente de lágrimas ya carecía de sal de niña, imité a mi hermana mayor, abandoné a su suerte a los pequeños y corrí hasta la gran París que sólo conocía por postales y fotografías en blanco y negro donde aparecía mi fallecida madre.

Aunque pretendía ser una mujer, en realidad era una chiquilla en una urbe cubierta por la tristeza y señales de direcciones en alemán. El gris de sus uniformes parecía nublarlo todo. Miedo, odio y atracción. No era lo que yo sentía, si no lo que me obligaban los parisinos a sentir contra ellos. 

No les hice todo el caso que debí. Cuando no se es más que una chica perdida y maltratada, no cuesta mucho irse con el primero que te da cariño. ¡Ese es mi crimen! Sólo quería ser feliz. Es algo egoísta, pero al menos no me dejé arrastrar por querer ser como los colaboracionistas, beneficiándose con denunciar y robar.

Nos conocimos en el Café donde encontré trabajo. Él era casi tan joven cómo yo y sus intentos por comunicarse conmigo en un francés casi ininteligible me hacía reír sin rencor. No me sentía tan feliz desde hacía años. Por eso no me costó nada pasearme de su brazo por las calles, aunque vistiera ese odiado uniforme con su cruz gamada.

No era más que un muchacho que le obligaron a luchar y a sobrevivir. Yo era igual.

Ahora que ha muerto y los aliados se pasean por París, sólo me queda su hijo entre mis manos y la cabeza afeitada como signo de escarnio y vergüenza para todas las que, como yo, osaron a relacionarse con el enemigo.

Javier Yuste González
Pontevedra - Galicia

Share on Google Plus

Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
    Blogger Comment
    Facebook Comment

2 comentarios:

  1. Encantada de haber participado y de haber sido tan bien recibida. Ha sido un placer y un honor. Espero poder compartir muchos más ratos con vosotros. Un abrazo. Yolanda Rocha Moreno.

    ResponderEliminar
  2. Yolanda, encantados nosotros de que seas una nueva Radiolectora que nos escribe. Además, tu microrrelato era genial, me pareció tierno, duro y muy, pero que muy bueno. Gracias por compartirlo con nosotros.

    Te esperamos siempre que quieras.

    Un beso.

    ResponderEliminar

Bienvenido Radiolector. Estamos encantados de recibir tu mensaje. Solo te pedimos que no publiques spam raro de ese y que seas respetuoso con todo el mundo. Saludos desde las Almenas.