Salas de hospital. Un concurso muy "paciente"



El Purgatorio del Hospital

¿Qué es el infierno? Quizá una sala como esta, pero de la que no sales jamás. Aunque puede que exagere. Las salas de espera de los hospitales no son tan desagradables. De hecho, son la mejor parte de enfermar o de tener un accidente. Llegas con esa imagen que la gente trata de sostener, esa pretensión de ser columnas de piedra inamovibles, y al entrar aquí ves que todos se han resignado. Ves a la humanidad tal como es: vulnerable. Bebés alargados. Y como tú también estás en una situación similar, surge la empatía por sí sola, sin permiso. Esta habitación viene a convertirse en una iglesia, en la que el único pecador sería el sano, el que trata de justificar faltas a su empresa, y no aquel bastardo que me dio un bocinazo cuando intentaba aparcar, y que no para de toser. Ahora es el mismo que cede el turno a la señora que vino desde casa con el ojo tapado.

Más que al infierno, me recuerda al purgatorio: debes permanecer aquí hasta que te abren las puertas del Cielo. Un Cielo en el que te aprietan, te piden que intentes mover tal o cual miembro, y te sacan a la calle con hierros; pero un Cielo al fin y al cabo.

Estas imágenes me impulsan a quedarme un ratito cada día en la sala de espera antes de entrar a consulta y ponerme la bata.

Mi primer paciente. El bastardo del parking. Que espere.

Víctor Pintado
Alpedrete – Madrid


Contrastes

Sala de espera. Terror. Ansiedad. Cansancio. Segundos convertidos en minutos. Minutos transformados en horas. Las agujas del reloj aprisionadas en su esfera.

La desesperación consume al anciano que no cesa de observar la puerta. Una mujer acaricia la calva de su hijo de apenas seis años. Sus ojos están bañados en tristeza. Enfermeros que van y vienen. Afligidas miradas. Rostros de temor. Gente absorta en sus pensamientos:

Seguro que ese lunar en el pecho no es nada, se dice la chica.

A ver Dionisio, que te recete los supositorios y el jarabe para hacer de vientre, masculla el abuelo.

Joder, ése se ha colado, pero si yo llegué antes, musita el joven del tercer asiento.

¿Pero, qué haces aquí? Si tú no tienes ningún problema. Son las siete de la mañana y estás seco. Lo único que necesitas es una copa de whisky y no que un maldito matasanos te diga que padeces cirrosis, articula en voz baja el tipo de la chaqueta.

Dos y dos son cuatro. Cuatro y dos son seis. Seis y dos son ocho, canta mentalmente el crío con leucemia mientras abraza a su madre y se pasa la mano por su cabeza pelona.

Que no se me olviden los tomates y la caja de condones para Eva, se repite Maider en voz baja.

Semblantes serios. Una niña de coletas con el brazo en cabestrillo me mira y se reclina en su asiento. Un señor se pone a hablar con otro y le desea suerte cuando un médico pronuncia su nombre.

Sombras difusas proyectadas en la pared.

Olor a mala ventilación, ambiente cargado y fármacos.

Me han dicho que me quedan seis meses de vida, se oye al fondo del pasillo y una grieta se abre debajo de los pies de los presentes.

Silencio. Más silencio, solo roto por la voz de un auxiliar administrativo que habla con un hombre de color: lo siento, pero con la nueva ley, si no tiene papeles aquí no podemos atenderle.

—¡Señor, es un niño! ¡Un niño sano y fuerte! —me dice la enfermera.

Rubén Gozalo 
Salamanca


Al otro lado

Odio vivir en un hospital, pero no me queda otra. Aquí me han dejado y aquí me quedaré.

Lo odio por que apesta a esterilidad, sangre y pena. Las risas las atesoran sólo unos pocos como avaros de cuentos de navidad. Las guardan en pequeños saquitos que esconden para ellos solos.

Yo sé muy bien lo que siente y respira un hospital. Vivo y ocupo una habitación concreta desde que alcancé los 12 años: la 101. Justo al otro lado de estas paredes se encuentra la Sala de Urgencias y los ecos de sus historias es la única compañía que tengo. Conforman la programación de una radio distorsionada y extraña. Aún así, la escucho bien y a diario. Atesora desde relatos espeluznantes a otros bastante divertidos o, incluso, idiotas. Desde gente que ni gime sintiendo el dolor más brutal, a otros que se desmoronan entre sollozos por una simple gripe. 

Todo ello se mezcla al final con la sorna incontenida o la verdadera preocupación de los médicos, unos seres tan extraños y extravagantes como los propios enfermos. Les escucho cuchichear o vociferar sin cuidado y no les importa lo más mínimo hacerlo junto a mi puerta. No me tienen en cuenta. Creen que una puerta cerrada les protege. No soy nada para ellos. Sólo un simple y silencioso residente más.

En definitiva, escucho miles de historias para las que necesitaría miles de noches para registrarlas y escribirlas una por una. Pena que me falte talento para ello. Nunca fui muy dado a esto de escribir. Una lástima, en serio, porque tiempo, me sobra.
Absorbo todas sus palabras amparado en el silencio y oscuridad de mis cuatro paredes, al igual que vengo haciendo desde hace cinco años, cuando clausuraron mi habitación tras los extraños acontecimientos que siguieron a mi muerte.

Estoy mudo, pero sigo escuchándoles.

Javier Yuste González
Pontevedra – Galicia


De vuelta a la sala de espera

De nuevo en ese lugar que tantos recuerdos, por desgracia, me traía. Otra vez ese olor característico a hospital en el que se enlazan la fragancia de productos de limpieza desinfectantes con la mezcla de diversos perfumes humanos. 

Me era inevitable pensar en la última vez que allí estuve. Cuando salía por aquellas puertas tras tres meses ingresado…

Pero vayamos al principio de aquella vez, lo que sentía en la sala a la que todos llaman de espera y a la que todos pondríamos un nombre diferente como, por ejemplo, la sala que desespera. Recuerdo el temor que poseía cuando esperaba en aquella sala a que me llamaran a sabiendas de que, en ese preciso instante, comenzaría un proceso duro y de mucho aguante. Por un lado, estaba ansioso por oír mi nombre para que todo acabase pronto pero, por otro, sabía que se me iba a hacer eterno. Me planteé escapar de allí sin dejar rastro pero mi lógica por mi bienestar me retenía. Visualizaba, atentamente, todo el entorno que me rodeaba haciéndome a la idea de que sería lo que tendría en mi vida los próximos días, semanas o meses. Ese ambiente en el que sólo percibes a los batas blancas o verdes y a los demás enfermos. 

Pero yo no quería que aquella situación me hundiese, me deprimiese, ni siquiera que me afectase ni un poco a mi buen ánimo. Así que, pensé en todo lo bueno que podría pasar y me prometí a mí mismo, como hago siempre que piso esa sala, el no perder la sonrisa. 

Fue sólo entonces, cuando todo el asunto comenzó. Cuando escuché la pronunciación de cada letra de mi nombre. Cuando vi cada movimiento labial expulsando el sonido que conforma las letras que siempre me han acompañado. Cuando abandoné esa sala de espera para entrar hasta el corazón del hospital.

Abel Jara Romero
Vallecas – Madrid


Uno rápido

Visiblemente nerviosa, la joven se paseaba de un lado a otro por la sala de espera, se sentaba, se volvía a levantar, hacía amago de irse y, tras pensárselo mejor, se iba a la ventana y se quedaba inmóvil, aunque un tic en la pierna la delataba.

-Pobrecita... ¿ves, cariño? Siempre hay alguien que tiene más miedo de los médicos que tú, y aun así está aquí sin quejarse –dijo una madre a su hijo, al que casi había tenido que arrastrar hasta la consulta, para intentar que cesaran sus quejas.
-Sí, pero ella se va y a mí no me dejas irme –protestó el pequeño, al ver que el ejemplo de su madre salía corriendo por la puerta.

Ella no supo qué responder, maldiciendo a la chica por inoportuna, pero al poco rato volvió, también corriendo pero más tranquila y con toda la pinta de haberse fumado un pitillo rápido. La madre miró al niño con aire triunfal, arqueando las cejas, y él, aunque aún enfurruñado, se calló por fin. Sólo esperaba que les tocara antes de que a la joven le volviera a entrar el mono y su hijo pensara que huía de nuevo.

Déborah F. Muñoz 
Madrid


Sin poder respirar

En el Hospital privado de la Santísima Trinidad, concurren una serie de factores que lo hacen, si no único, sí diferente. El gran edificio acoge no solo la atención médica de consultas, urgencias y hospitalizaciones. También hay una residencia de ancianos que comparten pasillos y paseos con los enfermos, acompañantes y visitantes.

Viejecitos solos, que recorren de un lado a otro los anchos pasillos con aviesa mirada, que se asoman a las salas de espera o simplemente se sientan y se sumergen en Dios sabe qué pensamientos con la mirada perdida.

Muchas veces he pensado sentarme un par de horas en una de las bancadas para, a buen seguro, conseguir estupendas historias para mis relatos.

Aquel día tuve la desgracia de comprobar que por aquellos pasillos también pasaban hacia el depósito las camillas con el cuerpo de a quien le había llegado su hora.

 Desde la sala de espera divisé a un  celador que, presuroso, empujaba la camilla en la que se recortaba el bulto de un cuerpo totalmente cubierto por la sábana blanca. Detrás, una mujer, ya mayor, susurraba entrecortadamente: “¡Hijo, hijo, hijo mío!”, rota, deshecha en lágrimas, arrastrando los pies, intentando en la parálisis de su congoja seguir el paso acelerado del insensible que, ajeno a cualquier sentimiento, iba echando ojeadas a los ventanales como si se estuviera dando un rápido paseo al sol.

Era una dantesca escena en la que no sabría distinguir si el infierno era el dolor de la madre o el horror de la impasibilidad del celador frente a tal desgarro. 

Quise correr y pararlo. Quise abrazarla y consolarla, pero me paralicé. Se destrozó el aire y me quedé sin poder respirar.

No hablé con ella, no hizo falta. Sentí su dolor como si me lo estuviera gritando al oído. Sentí su soledad pegada a todo mi cuerpo. Sentí su impotencia ante la sinrazón de que una madre vea morir a su hijo.

Sí. Me quedé sin poder respirar.
Lejos, cada vez más lejos, oí una voz que gritaba: “¡Se ha desmayado, un médico!”

Carmen Prada Alonso
Salamanca


Lo que hace leer

Estaba dando de comer a su madre. Al darla una cucharada  tuvo la sensación de que  respiraba con gran dificultad. Con su edad era un problema; y sin más la llevó a su hospital de referencia. En pocos minutos el control  dio acceso a su madre al  servicio de urgencias.  Sorprendido por la amabilidad y eficiencia del personal, se dirigió a la sala de espera. Había menos gente y  más silencio de lo normal. Tras cruzar alguna que otra mirada  con las personas que también esperaban, en las que encontró las mismas dudas, ansiedades y esperanzas que rondaban por su cerebro, encendió su libro electrónico y reanudó la lectura de “El corazón de las tinieblas”. De pronto, algo le hizo levantar la vista y fijarla en la puerta de acceso. En el umbral estaba una salvaje y deslumbrante figura femenina envuelta en una tela rayada, guarnecida de flecos, pisando el suelo orgullosamente, con un ligero sonido metálico y un resplandor de bárbaros ornamentos. Mantenía la cabeza erguida, sus cabellos estaban arreglados en forma de yelmo, llevaba anillos de bronce hasta los codos, innumerables collares de abalorios en el cuello, objetos estrambóticos, amuletos. Era feroz y soberbia, de ojos salvajes y espléndidos; había algo siniestro y majestuoso en el lento paso con el que…

Un parpadeo y aquella espléndida figura ya no estaba...  Volvió a su lectura y entonces se dio cuenta de que la mujer que había creído ver era la que Josep Conrad describía en las páginas de su obra, cuando narra el  encuentro  con Kurtz.  

En realidad, quien entraba por la puerta era una persona de los servicios de urgencia que, empujando una silla de ruedas, le traía a su madre. 

–No ha sido nada, está muy bien para su edad  –le dijo la enfermera–, mírela cómo le sonríe. Le debe de querer mucho a usted. 

Sin saber qué contestar, se limitó a sonreír, miró a su madre con  gran ternura y cerrando el libro electrónico la llevó  hasta su coche, lo puso en marcha y se volvieron a  casa. Vivían en Pelayos de la Presa.

Rafael Rodríguez García
Pelayos de la Presa


La sala del final

¿Por qué lloras?, le preguntó con voz apagada. Ella lo vio con odio, con un rencor que parecía tener siglos, luego se calló de súbito y se tragó sus lágrimas. Todos en la sala la vieron, ella estaba allí, sola, como abandonada a la suerte del tiempo. Nadie se intentó acercar. La miraban con extrañeza, con sigilo e incluso con algo de compasión, pero nadie se arrimó para verla en detalle. Pasaron las horas y ella seguía a la deriva, en silencio. Creo que imaginó lo que iba a pasar, por eso la actitud de mutismo. Cuando guardó silencio parecía recordar, tenía la mirada perdida, extraviada, tal vez viendo un horizonte, la playa o el pasado. No lo sé, pero eso parecía hacer, recordar. Un murmullo trepidante anunció la desgracia. Total, a veces la muerte se viste de blanco y gusta de esperar por las esquinas oscuras que tiene la vida. Se lo dijeron de golpe, ha muerto. Ella se quedó un instante, que bien pudo durar una eternidad, sin pronunciar palabra, con un mutismo aterrador, después empezó a llorar. Un anciano solitario se conmovió pero no se aproximó, una mujer extraña la acompañó en su desgracia, incluso derramó algunas lágrimas por ella, por esa desconocida que estaba sentada llorando. Hasta que llegó él y le preguntó, ¿por qué lloras? Con una rabia espurrea le gritó, porque ha muerto, no lo ves. El hombre la vio con una ternura total y le respondió, no, quien ha muerto eres tú, no llores, esta es la sala del final. 

Armando Rivera 
Guatemala


Incertidumbre

Sentí como el corazón se me desgarraba. Los sentidos embotados surgieron desde un hondo pesar que se concentro en todo mi cuerpo. Recostado como estaba, en esas sillas incómodas diseñadas seguramente para un despache rápido, dirigí mi cabeza hacia delante. Mis manos la sujetaban intentando aplacar un sentimiento incómodo. Sentí la necesidad de levantarme y gritar. Solo veía borrosas batas de color deambulando por la sala de espera. Mis ojos vidriosos observaron como un niño, apenas recién nacido, lloraba en brazos de una mujer cansada, Seguramente llevaba sentada en esa silla horas. La sanidad decaía por momentos. Los servicios estaban descompensados. Pocos médicos y demasiados celadores y enfermera/os. Pasé de la pena a una furia interna  provocado por una falta de incompetencia. Mis manos entrelazadas luchaban por no separarse. Sentí la necesidad de preguntar. Su niña, su pequeña Amanda había ingresado de urgencia hacía tres horas. La espera, tediosa, se estaba alargando. No podía evitar sentirme preocupado. Me levante decidido y me dirigí al mostrador de urgencias…

- Disculpe, por favor, ¿podría decirme como está mi hija? Amanda Ramos. Llevo tres horas  esperando y quisiera saber si está todo bien.
- Si, Amanda se encuentra estable. Se complicaron las cosas y tuvieron que operarle de urgencias. Preguntaron por usted en la sala de espera pero no le pudieron localizar. En breve le llamarán para que pueda verla.
-¡Vaya! ¿Está segura de eso? Sólo me he ausentado dos veces.

Ya no me escuchaba. Me sentí mal por no haber estado en ese momento pero no entendí que no me hubieran buscado. Me senté y seguí esperando.

Esther Sanz Ayorga
Irún – Guipúzcoa


Impaciente

El olor a colonia a granel administrada con pulverizador de plástico impregnaba la sala de espera de aquel ambulatorio. Situé su fuente de emanación en una anciana vestida con ropa "de boda" y la cara pintada con ceras "manley", que miraba constantemente su reloj de pulsera y buscaba en los que estábamos sentados enfrente la complicidad en su queja sobre el retraso que en las citas llevaba la doctora. Arquear las cejas en ese instante fue mi perdición pues la señora en cuestión entendió tal movimiento como un signo de aprobación a su demanda y bajada de bandera para entablar conversación. Comenzó a mostrarme las fotos tamaño carnet de todos sus nietos haciendo hincapié en la hija de su Daniel, para preguntarme con aires de celestina si yo era soltero. Pensé que lo siguiente sería preguntarme aquello de ¿y tú de quién eres? Por suerte la  enfermera salió a la sala y llamó en voz alta a una tal Eutropia Valdemira. Respiré aliviado pues tan singular nombre no tendría más cabida que en el DNI de mi lenguaraz compañera de espera. Sin embargo erré en mi nominativa apuesta, ya que una joven de generosos pechos y exhibicionista tanga fue la que acudió al llamamiento de la enfermera. !Qué poca vergüenza!, me dijo mi vieja nueva amiga, señalando con su barbilla el escote trasero de la gentil Eutropia. Esta vez tuve la precaución de no arquear las cejas y opté por mirar al suelo y limpiar las punteras de mis zapatos. Acompañado de un resoplido la anciana volvió a su queja sobre el retraso en la consulta."Por los clavos de Jesucristo, no voy a llegar a la misa de doce. Tendré que volver mañana, fíjate tú, solo me quedan ocho cajas de Adiro 100". No pude más que arquear las cejas, otra vez.

Sergio López Vidal
Rojales – Alicante

Share on Google Plus

Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
    Blogger Comment
    Facebook Comment

0 comentarios:

Publicar un comentario

Bienvenido Radiolector. Estamos encantados de recibir tu mensaje. Solo te pedimos que no publiques spam raro de ese y que seas respetuoso con todo el mundo. Saludos desde las Almenas.