Los viajes de vuestros sueños en nuestras almenas



Sueños

-Cuando subí la pendiente que separaba las dos laderas, gracias a que el río había descendido a menos de la mitad de su caudal,  atravesé la zona hacia la otra orilla con mucho menos esfuerzo, coronando la cima del llamado montículo de Cairns. Al otro lado se extendía la sabana Africana, la cuna de la humanidad, el lugar donde terribles y feroces carnívoros campan a sus anchas alimentándose de cebras, ñus, y otros tantos bichejos. Aquí es donde comienza la verdadera historia, de este descomunal viaje, que me llevó a saborear lo más mágico que jamás pude vivir. Sí, una magia especial en el aire se extendía hacia todos los puntos cardinales. No os voy a contar lo que sucedió después, porque no me creeríais, pero os puedo asegurar que el cielo está repleto de estrellas, de puntos luminosos que  brillan sin parar al mismo latido que nuestro corazón. No pude contener las lágrimas al ver aquel espectáculo gratuito de la naturaleza y lloré...
- Entonces papá, ¿luchaste contra un león?
- No quiero asustaros. Pero sí, tuve que hacerlo.
- ¡Que pasada! – Exclamó el más pequeño de los dos -. Entonces eres superfuerte.
- Yo no me lo creo – dijo rápidamente el otro – porque a papá le cuesta sacar la basura diciendo que pesa demasiado.
- ¡Escuchad hijos! … - y se detuvo.
- Por favor – le dijo su mujer – deja de contarle a tus hijos la misma historia resumida de siempre, de los capítulos de National Geographic y báñalos – le expuso cortándole su sueño imaginativo.
- No hagáis caso a mama. Ella sabe que algún día iré, y ella vendrá conmigo. Hasta entonces la única manera de tener aventuras será contaros lo que viví después de la batalla, y el encuentro con los beduinos. ¡Tremendo!…. ¡Tremendo!…   

Francisco Manuel Marcos Roldán


El Pasillo

Es solo un pasillo blanco. De baldosas, como si fuera una cocina. Vulgar y corriente y moliente. Pero dentro de unos días, será el umbral de otra vida. Y será para bien, para mal, o si hay mala suerte, no será. Esther se pregunta, día y noche, mientras da vueltas en su cama cada vez más incómoda, menos cama, como serán esos cincuenta metros de pasillo. Toda una vida resumida en cincuenta metros. Para ver el rostro que atisba ya por las noches, en las duermevelas de sofocos, incómodo ardor de estómago.

¿Cómo puede ser, que un viaje tan corto de tantísimo miedo? Debería estar entusiasmada, conocer a la persona más importante de su vida no es algo que le suceda continuamente. Pero es que no puede dejar de darle vueltas: “¿Y si luego no le gusto? ¿Y si nos caemos mal? Que ya se sabe, que la primera impresión es muy importante, y si de principio el encuentro no sale, quizá tarden meses, años en reconstruir los lazos rotos”.

Cincuenta metros de pasillo y unos instantes para jugarse un futuro compartido por fuerza.

“Como para dormir estamos” - piensa Esther - mordiéndose las esquinas de los dedos, retorciéndose los rizos, mirando al telón echado del dormitorio, a oscuras.

-¿Qué te pasa, Esther? ¿No duermes?
-No. No puedo dormir. Tengo calor, o frío, o las dos cosas…
Suspiros a su vera, anticipando seis horas más de naufragio entre las sábanas…
-No te preocupes. Saldrá bien. Y tendrá mis ojos… y tu tozudez, (santa paciencia).
-¿Tú crees?
-Como no voy a creerlo. Se está haciendo de rogar. O sales de cuentas esta semana, o a mí me sacáis de quicio entre los dos, cariño... Como para no creérselo. Como para no.

Helga Martínez Pallarés
Madrid


La decisión

¿Sabes? Hoy he tomado la decisión de regresar. 

¿Te acuerdas de cuando me despediste? Llovía un montón y yo parecía un pollo mojado a lomos de mi motocicleta, y tú no parabas de reír a pesar de que sabías que desaparecía de tu lado.

Aquel día yo comenzaba a cumplir mi sueño de visitar todos aquellos lugares a los que viajaba con la imaginación y tú no podías ir conmigo.

Seguro que guardarás algunas de mis cartas, como aquella que te escribí en una costa desértica, con un descomunal  y herrumbroso carguero fuera del agua como único acompañante mientras la noche se cernía rápidamente sobre mí. Aunque seguro que la que más te gustó fue la postal que te mandé cuando pude salir de Egipto. Usé el reverso de la fotografía que me sacaron cuando me confundieron por un espía israelí. Cosas de la fimosis. Ahora me río, pero entonces… Joder, qué miedo pasé.

Mi querida BMW se quedó en una carretera del Nepal en dos cachos y me atrapó el invierno, por eso fui corriendo al Pacífico, hasta llegar a la playa donde estoy ahora. La tierra apenas parece levantar un palmo sobre esta agua verdosa. Es un espejismo. Es Rabaul, donde decenas de buques descansan en su lecho marino. Es el mejor sitio de todos los que he encontrado durante todos estos años en los que he dejado de ser un triste contable de oficina gris para ser un hombre, un aventurero.

Pero hoy he tomado la decisión de regresar. Mi piel está quemada y mis ojos están cansados. La fatiga, el hambre y la soledad han mordido mi cuerpo y lo han dejado hecho trizas. Sólo espero a que suba la marea, tumbado en esta playa. Que suba y me lleve porque ahora, tras todos estas decenas de miles de kilómetros y lugares que he visto, me he dado cuenta de que el único sitio en el que me gustaría estar era donde estuvieras tú. Me doy cuenta demasiado tarde. Lo sé. Perdóname. Llego tarde… Pero la marea está ya aquí para llevarme contigo.

Javier Yuste González
Pontevedra - Galicia


Encuentro

Descubrí una roca plana en una playa cercana a mi hotel. Sentí que era especial. Me aproximé a ella y recorrí mi mano por la suavidad de sus formas. Al conseguir ponerme frente a ella, me tumbé boca arriba y me permití el lujo de mantener mi mente en blanco. El agua del mar, al chocar contra las rocas, salpicaba mis mejillas y mi cuerpo semidesnudo. Un bikini minúsculo tapaba las partes más sugerentes de mi cuerpo. La fresca brisa evocaba en mí, recuerdos apenas olvidados por el tiempo. Esas vivencias lejanas que se mantienen en un rincón de la mente, pero que solo se despiertan con pequeños estímulos sensitivos. Me incorporé unos centímetros y observando el horizonte pensé en lo poco que echaba de menos ciertos aspectos de mi vida. 

La bravura de las olas no dejaban que mis ojos alcanzaran una visión más nítida del horizonte. Se asemejaba bastante a las sensaciones encontradas que experimentaba mi cuerpo desde hacía varios meses. Abrí los ojos. Un cuerpo varonil tapaba todo atisbo de luz solar. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Llevaba tiempo esperando ese momento. El cosquilleo que me recorrió el vientre, afianzó un sentimiento que nació entre los dos e iba creciendo a medida que pasaba el tiempo. 

Estas vacaciones no estaban pensadas para conocer un lugar recóndito del mundo. Ni siquiera para descansar de una vida sosa y rutinaria. No… Por fin conocía al amor de mi vida. Un amor que nació de las palabras… No sabía si perduraría en el tiempo. Lo único que podíamos hacer, era vivir cada minuto intensamente…

Esther Sanz Ayorga
Irún - Guipúzcoa

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