Microrrelatos Repentinos - Vida posterior al fin del mundo



La Paz de Nos
por Lamont Cranston

Nos fuimos los primeros en conocer el inframundo. Nos lo construímos para ellos. 500 millas cuadradas de rostros macilentos acarreando agua, pescando y trabajando para Nos. Sí, merecíamos veneración por todo aquello, y meses después del último sol, la mayoría ofrecía las llaves de su destino en bandejas de plata. Pero las cifras bailaban en los informes de control poblacional. Habíamos cometido pequeños errores de cálculo. Unos pocos hacen demasiadas preguntas; unos pocos perturban la paz de Nos... Pronto será necesaria una nueva purga.

Noviembre Nocturno
Getafe - Madrid



Bóveda Exterior

Desde pequeño había sido educado para formar parte de la élite de la casta de los exploradores, quienes se encargaban de localizar nuevas galerías en la Gran Caverna, pues la población se había duplicado en los últimos cincuenta años desde la Explosión Final. Descendía de aquella parte de los supervivientes que por caprichos o quién sabe qué adaptación de la genética no habían perdido la pigmentación de su cuerpo y conservaban más del 70% de su visión, mientras que la inmensa mayoría  de la población si acusaba tales mermas. Ampliar los límites de la Gran Caverna se consideraba un acto de gran valor y de gran reconocimiento en aquella sociedad subterránea.

Su abuelo, uno de los padres fundadores de la nueva ciudad, se sentiría orgulloso. Había descubierto una vía inexplorada y tenía esperanza, que dada su gran anchura, pudiese el rocoso túnel desembocar en una gran bóveda, donde nuevos colonos pudiesen asentarse. Un bloque calizo de considerables dimensiones estorbaba su camino, utilizando como en otros casos similares una pequeña carga explosiva para despejar el trazado elegido. Sin embargo un pequeño error de cálculo en su colocación provocó un derrumbe en cadena, con la mala suerte que un pétreo cascote golpeó la cabeza del explorador Mateo.

Tras unos instantes inconsciente, Mateo se reincorporó dolorido, al reincorporarse sintió una luminosidad tan extraña tan distinta a la que emanaba del Gran Generador, que se sintió embriagado y desorientado. Aunque con cierto dolor, sus pupilas se adaptaron a la rara luz, mientras sentía una corriente de aire nada parecida a la generaban los enormes ventiladores de la sala de control. Se arrastró hacia el origen de la misma y una bocanada de frescura como nunca había experimentado bañó su rostro. Estaba fuera de la Gran Caverna, quedando maravillado con la explosión de colores, olores y formas que lo rodeaban. En los libros de texto, el exterior siempre aparecía tétrico y oscuro, inhabitable. La vida había resurgido de sus cenizas. La euforia inicial fue progresivamente convirtiéndose en tristeza al pensar en aquellos seres casi ciegos y de piel tan sensible. En el nuevo mundo aún serían más desgraciados que en su artificial hogar. Colocó una nueva carga y selló la puerta hacia el exterior.

Sergio López Vidal
Rojales - Alicante
Microrrelato Ganador del Concurso


El preludio

Montika Enama se alzaba sobre los pliegues cóncavos de una formación rocosa, coronada por serpenteantes cascadas de agua canalizadas hacía los bordes de la ciudad que alimentaban el gran lago de su base. Majestuosa, el brillo de las nítidas aguas la engalanaba haciéndola la ciudad más bella de subterránea.

Muller escuchó desde la habitación de casa  el ruido provocado por un tropel de personas que se agolpó cerca de la puerta central de la ciudad, al oír la llegada de un grupo de feriantes. Carromatos cargados de explosivas aventuras, marionetas, ungüentos, espectáculo…  asomó su hocico por la ventana y se apresuró en cerrarla, quería silencio.

Las llamas de la chimenea crepitaban dando chasquidos como su ajetreada mente. Cansado de darle vueltas a lo mismo consignó en letra una carta dirigida al gobierno central. A los dos días recibió una visita inesperada. Tras el portón de casa apareció Ritma, la procuradora del gobierno central. Su rostro serio no le dio buena espina a Muller, que deshaciéndose en un leve sollozo respiró profundamente. No hubo espera, Ritma le miró a los ojos fijamente pronunciando: “hemos estado vigilando tus pasos, no estás solo. Sabemos de tu legado como científico e innovador. Nuestro mundo subterráneo se expande y con el ciertas necesidades básicas. Necesitamos procurar la estabilidad, para generar riqueza. Tú tienes el don.” Él, sin mediar palabra, no vaciló en dar un paso al frente y estrecharle la mano agradecido. Ritma sonrió. Sofocado abrió la ventana y observó desde casa los tejados de la ciudad. “Vamos a financiar tu proyecto. Queremos una vida mejor para todos.” Había descubierto la fusión nuclear, y con ella obtener energía a bajo costo. Un concepto olvidado que volvía de nuevo a ser la punta del iceberg. Fue un instante feliz, tremendamente feliz. En sus ojos el brillo se matizó en lágrimas que le cayeron por la mejilla. Todo tenía un ciclo, y este volvía a ser el nuevo examen preludio de una noche incierta.

Francisco Manuel Marcos Roldán
Sabadell - Barcelona


El precio de la felicidad

Katherine acaba de cumplir los catorce. Una edad difícil ya de por sí, pero que resulta mucho más complicada cuando toda la vida has vivido bajo tierra. Desde luego, el concepto “bajo tierra” no terminaba de ser comprendido por los más jóvenes, igual que un pez no entiende el significado de “humedad”; Katherine, y el resto de chicos de su edad, no habían sentido jamás el calor del sol en sus rostros, el olor del antaño respirable aire de la superficie, la suavidad de la hierba tras las primeras lluvias… ni las lluvias, hablando ya de eso.

La observé ensimismado mientras soplaba lo que podrían denominarse “velas”, colocadas sobre algo que de ninguna manera podía ser llamado tarta. Pensé en Carla, su madre. ¡Cuánto le hubiera gustado estar ahí! Por desgracia, fue una de las víctimas del incidente del túnel 4-J. De buena gana habría cambiado mi vida por la suya; aún lo haría, si fuese posible. Sin dudarlo.

Al mirarla en este momento, con su sonrisa de felicidad, la culpabilidad me atraviesa el alma, como un cuchillo que se abriera paso entre mis costillas para llegar hasta el corazón. Sí, yo soy el responsable de que Katherine tenga una vida subterránea. El culpable de la muerte de Carla. En definitiva, el causante del fin del mundo.

Si mis compañeros, mis amigos, supieran lo que hice, lo que permití que ocurriera… pero no, nunca deben averiguarlo; aunque mi destino sea arder en las llamas eternas, no puedo dejarle ese legado a Katherine.

La fiesta de cumpleaños está en pleno apogeo, mas mis ojos no dejan de dirigirse hacia mi hija. Mi mano derecha, por otra parte, se acerca a la rústica pistola que llevo colgando del cinto. Durante varias décadas he podido ocultar mi crimen. ¿Podré hacerlo siempre? ¿Llevará Katherine el estigma de mi imperdonable pecado?

Me mira. ¿Qué estará pensado? Se la ve tan feliz… Y yo quiero que sea siempre feliz.

Así que desenfundo la pistola, la apoyo en mi sien y disparo.

Feliz cumpleaños, Katherine.

David J Skinner
Madrid

Share on Google Plus

Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
    Blogger Comment
    Facebook Comment

2 comentarios:

  1. Enhorabuena a Sergio! Gran relato! y abrazos tentaculares a todos!

    ResponderEliminar

  2. CASTILLOS EN EL AIRE: Que el viento siga soplando para que la llama se extienda por la sabana inundándola de CULTURA.
    Gracias por vuestra labor y sabes hacer

    Un abrazo

    Antonio

    ResponderEliminar

Bienvenido Radiolector. Estamos encantados de recibir tu mensaje. Solo te pedimos que no publiques spam raro de ese y que seas respetuoso con todo el mundo. Saludos desde las Almenas.