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Placer Creador

Los labios, húmedos y cálidos, acariciaban los de su compañero de pasiones. Ella pretendía complacerle como ninguna lo había conseguido, quería superar cualquier expectativa. Estaba dispuesta a lo que él le pidiese. Quería exteriorizar toda la sensualidad que una mujer como ella, morena y con hermosura suprema, poseía. Las caricias comenzaban a bailar entre ambos cuerpos, era un combate con final feliz. 

Era tal el goce que, en ocasiones, unas sonrisas complacientes encendían las luces del universo. Eso provocaba aún más excitación entre ellos. Era curioso, pues cuanta más iluminación gastaban más energía adquirían.

Eran como plena agua en proceso de evaporación, y no por el manifiesto de sudoración, que también, sino porque el uno transformaba al otro en seres divinos consecuentes del placer. Cualquier poder mágico o paranormal era un nada en comparación con la fuerza y lo extrauniversal que ellos creaban. 

Abel Jara Romero
Madrid

Lazos marchitos

Los lazos se entrelazan entre sus dedos, sabrosos pedacitos de piel que recorren como el mimbre las manos. Dulces atardeceres sin marea alta, nuevas historias, sentimientos revueltos. Pasión desenfrenada, lazos que perfilan y no quedan en nada. Explosión a buen ritmo. Sigue el río su curso hacia el mar y exuda minerales por los poros atrayendo el manar de sus ojos. Doblega el cuerpo como el mecer de las olas, le invade una inmensa paz, el navío flota encima de la espuma. Ella perfuma el ambiente, apaciguado. Las interminables horas corren hacia la deriva, el tiempo se exime, segundo a  segundo. No hay vuelta a atrás. El silencio sucumbe bajo los rayos del sol que inciden en el marco de la ventana, se abre el abismo, el silencio se resquebraja. Surge el murmullo, suave balanceo de cuerdas entretejiéndose. Es uno el cuerpo, un todo sin nada. Al escuchar el sonido del reloj dar las horas, él se despega de súbito entre sudores y piel impregnada de flores. No hay evento que los separe, pero se tiene que marchar. Le espera su mujer a las seis y debe llegar a la hora. Un inmaculado beso les hace traspasar la puerta de sus verdaderos deseos.

Francisco Manuel Marcos Roldan
Sabadell - Barcelona


Amémonos una vez más

Allí estaba acostada sobre mi pecho la pelirroja diablesa. Me dejé vencer por el deseo y comencé a dar rienda suelta a un ritual erótico que comenzaba acariciando sus pechos, a la vez que me adentraba en su anhelado pubis. Nos besamos como lobos hambrientos y sedientos de amor y sexo al cincuenta por ciento. Pasé la lengua por todo su cuerpo, sintiendo ambos una profunda excitación. Nos brillaban los ojos cuando jugábamos.

Orgasmos llenos de ansia, semilla de pasión aquella noche cultivada que germinaba y alcanzaba el clímax,treintañeros que se sentían como niños con zapatos nuevos...

Cortejos sensuales que quedaron grabados por siempre en mi memoria. Masajes y caricias llenas de pasión, adrenalina que sube cuando siento sus muslos...

Cariño, gocemos de nuevo el uno del otro. Sintamos la exaltación del erotismo. Amémonos una vez más.

Rafael Bailón Ruiz
Jaen


Inaccesible

Si me hubieran dicho que acabaría teniendo sexo en la oficina nada menos que con Héctor, alias “Inaccesible”, habría soltado una carcajada. Ese fue el último pensamiento racional de Alicia, mientras él le mordisqueaba el lóbulo de la oreja. Después, cuando empezó a bajar lentamente con su sensual boca, primero hacia el cuello y luego en dirección a sus pechos, todo atisbo de racionalidad se evaporó dejando paso a un único deseo: acariciar su torso, quitarle la ropa lentamente y tenerle dentro de sí.

Con una sonrisa arrogante, Héctor permitió que le desprendiera de su ropa mientras exploraba debajo de su blusa. De pronto decidió acabar los preliminares y, quitando todas las prendas que quedaban por medio, se apartó un poco para mirarla, desnudo y gloriosamente empalmado. Sin rastro alguno de pudor, Alicia abrió las piernas con una sonrisa traviesa, ansiosa por sentirle dentro. Esa invitación fue suficiente para que él volviera a acercarse y, besándola, se hundiera profundamente dentro de ella.

Su propio gemido fue lo que la despertó. Avergonzada, no sólo por haberse dormido mientras hacía horas extra sino por el resto de ruidos que, con la suerte que tenía, seguramente había realizado, miró a su alrededor con la esperanza de que no hubiera nadie en los alrededores. Pero ahí estaba Héctor, alias “Inaccesible”, alias “el mejor polvo imaginario que había echado nunca”, mirándola fijamente con una expresión extraña en el rostro. Aunque roja como un tomate, se dio cuenta de que en esos momentos no parecía inaccesible en absoluto. Sonriendo con picardía, le guiñó el ojo. Quizás pudiera hacer su sueño realidad.

Déborah F. Muñoz
Madrid


La Cremallera

“La Comunidad de Propietarios del edificio en reunión extraordinaria convocada con carácter urgente, ha resuelto denunciar por escándalo público a doña Violeta Martínez P., dada su reiterada insistencia en presentar conductas que alteran el orden de la vecindad…”

-Y mire usted, yo es que soy el Presidente, por eso me han hecho venir aquí, a la ventanilla del Juzgado, a interponer la demanda… Aunque están exagerando, creo yo, que tampoco sería la primera vez que la lían por casi nada… 

Porque ya me dirá, a quién se le ocurre: salir al descansillo, la cremallera del vestido bajada hasta la cintura, el encaje del corsé a la vista enmarcando las costillas, invitando a probar cual es el mecanismo que hace caer el telón (Dios, y encima me han dicho que es de los antiguos, de esos de corchetes que salen en las películas, qué barbaridad). 

Y es que la chica al parecer, vive sola. Y estos modelos que llevan las mujeres hoy en día, se sabe que requieren habilidades de contorsionista, un problema de verdad... Así que, como bien dice la pobre, solo le quedaban dos opciones: salir a la calle con una manta encima, a  pedir ayuda en alguna tienda cercana, o solicitar la colaboración de algún amable caballero del rellano para terminar de vestirse. Porque además, y para complicarlo todo, la cremallera esa noche se había atascado, y no tenía vuelta atrás.

Si lo normal es que no hubiera pasado nada... Salvo porque las cremalleras, ya se sabe, que son indecisas a veces. Por lo que me cuentan, a la del sábado, en vez de subir como estaba previsto, le dio por bajar. Hasta donde ya no es cremallera. O eso dice la esposa del vecino, que es la que al final terminó apareciendo y deshaciendo abruptamente el entuerto, ayudándoles a subir la problemática cremallera.  A los dos.

Así que mire usted, por eso he venido. A poner la denuncia. Aunque estoy pensando que no se a quien denunciar: a la chica, o a la cremallera, que la culpa yo creo que es toda suya, al final…

Helga Martínez Pallarés
Madrid
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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