Superhéroes y Tebeos en el Castillo



Aquellos maravillosos años

Nos encantaba leer aquellos tebeos con Spiderman, el hombre de hielo u otros superhéroes como protagonistas. Mi hermana Carol se enfundaba el disfraz que le había regalado mi padre deWonderwoman y se disponía a imitar cuantas hazañas aparecían en cada una de las páginas leídas aquel día. Por su parte, Nico (el pequeño de los tres) se sentía más próximo al “hombre murciélago” y de ahí que convirtiera el sótano  en su particular Gotham. Se metía tanto en el papel que convertía a mi progenitor en el alcalde de la ciudad, a mi madre en Catwoman y a mí en el malvado Joker. Cuando se cansaba de ser Batman, nos pedía que fuésemos otros héroes de culto, tales como los “X-men”,  Thor o El capitán América.

¡Qué maravillosa niñez tuvimos en la casa del pueblo!

Hoy, los tebeos guardados en el arcón son la prueba de todas nuestras aventuras, las que llevarán a cabo nuestros hijos y quizás nuestros nietos.  
                                                                                                                
Rafael Bailón Ruiz
Castillo de Locubín (Jaén)       


El Ilusionista

El trabajo del superhéroe era cuanto menos ingrato. No porque no le gustara machacar a su supervillano y salvar la ciudad, sino porque el Ilusionista no se andaba con chiquitas. Daba igual que ese malvado envenenara el suministro de agua, secuestrara gente y robara bancos: sólo le hacía falta hacer uso de sus habilidades para hacerle quedar a él -nada menos que el protector de la ciudad-, como el peor de los villanos.

Lo de mantener su identidad en secreto no era cuestión de evitar a la prensa del corazón y tener un poco de intimidad, como hacían otros, sino una mera cuestión de supervivencia. Si se descubría quién era, le lincharían o acabaría en la cárcel. Ya había estado allí una vez (después de evitar que el Ilusionista hiciera estallar una bomba de neutrones en el casco histórico) y no le había gustado nada la experiencia. Por suerte, ningún policía se había atrevido a quitarle la máscara.

Desesperado, volvió a enviar una carta al sindicato de superhéroes para que le cambiaran de destino, pero no había forma: nadie quería enfrentarse a su supervillano. Así que sólo le quedaba el plan B: colgar su capa y dejar que el malvado en cuestión destrozara la ciudad. Sinceramente, lo sentía por los ciudadanos, pero habían tratado tan mal a su superhéroe que, en el fondo, esperaba que el Ilusionista les diera su merecido.

Déborah F. Muñoz
Madrid


El Supercapa

Desplego los ojos cada mañana hacia la ventana y observo los transeúntes pasar, de un lado a otro, mientras mi vida se mimetiza en vencer al mal. La capa esparcida en la cama descansa después de una ajetreada noche, mientras recupero fuerzas. Parece que esté metido en una urna, cuando llega mi madre y con su voz de pito me alienta a que salga de una vez de la habitación. No tengo ganas le digo, estoy cansado, se va quejándose, como siempre, piensa que soy un vago. Hace meses un día paseando por el bosque me impactó en la frente una piedra plateada. Lo recuerdo vagamente. Estuve días en coma según mis padres, desde entonces soy diferente. Siento la fuerza salir de mi pecho, con ganas de aniquilar al mal cada noche, y vuelo en su busca. Es mi secreto inconfesable, pero odio cuando escucho las voces interiores murmurar en sus verdaderas intenciones. Nunca han sabido por qué tengo tanta premonición avanzándome en sus pretensiones. Mi madre siempre dice que desde que tuve el accidente murió su hijo, que llevo un antifaz, porque mis ojos brillan diferentes. Vive ciega, no sabe que yo soy el que la libra del desahucio.

Francisco Manuel Marcos Roldán
Sabadell


Forjando un héroe

Se planteó el ponerse los calzoncillos por fuera. No, eso no sería necesario. Cualquiera que le viese aparecer, al instante comprendería quién era. Un logo, sí; tal vez la inicial de su nombre, aunque lo mejor sería esperar y ver qué nombre le ponían en los medios. Quedaba la elección de colores, por supuesto. Esta era la parte más complicada, pues él no era publicista y no tenía la capacidad para discernir el efecto de uno u otro color en la gente. ¿Azul y rojo? No, eso ya estaba cogido. ¿Verde y morado? Uf, qué horterada…

Por fin sería blanco y negro, con un hueco en el pecho para la futura letra que infundiría temor en el corazón de los delincuentes, y respeto y amor en las gentes de bien. ¿Una capa? Daba un cierto toque elegante, eso no podía negarlo. Pero no, mejor sin capa. Tenía que ser molesto llevarla a la hora de combatir el mal.

Se miró al espejo, y un esperpento —en blanco y negro— le devolvió la mirada. Se tumbó en la cama, una noche más. «Tal vez mañana» pensó. «Sí, puede que mañana lo haga…»

David J. Skinner
Madrid


Guerra de luces

Bola de fuego que invade la atmósfera y succiona el oxígeno del aire. La noche se transforma en día y no existe ser en este mundo, inteligente o animal, que no se haya fijado en el terror del universo que desciende a gran velocidad. Ni los mismísimos dioses del inframundo serían capaces de detener tal bestialidad. Con sus llamas que se esparcen igual que los pétalos de una margarita maldita y quemada, se abalanza hacia la ciudad del pecado para abrazarla y destruirla. El castigo de los cielos se aproximaba, tal y como lo predijeron los antiguos moradores de las tierras oscuras. 

La peste de las entrañas de esta arma de la naturaleza no era controlada por nadie más que por la mismísima venganza del cosmos. Y mientras la raza humana se atormentaba y ansiaba acabar con la tortura de su extinción; un hombre se vistió de luz y se dirigió hacia la bola de fuego. Las dos masas se acercaban una hacia la otra confundiéndose con los rayos del sol, y la luna miraba a escondidas desde el otro lado de la tierra para deleitarse de nuevo con una nueva batalla, aunque antigua. El bien contra el mal.

Alexander Copperwhite
Murcia


Malditos Buenos

¿Por qué los siguen? ¿Cuál es el motivo de su éxito? Sí, son la bondad, el altruismo, la luz. Pero, ¿son esas las virtudes que destacan en el ser humano? La gente es egoísta, pérfida, cruel. Su hedonismo está por encima de cualquier sentimiento que involucre a otros seres ¿Por qué se identifican con ellos? Yo estoy hecho a su imagen y semejanza, me muevo por intereses propios sin pararme a pensar en las consecuencias ¿No es ese su modus operandi? Si tuvieran mis poderes no dudarían en beneficiarse de ellos: volarían, destruirían, vencerían. Sin embargo, míralos: llevan sus camisetas, compran sus figuras, les adoran. Luego llegan a casa, insultan al vecino, a la familia; roban cuando pueden, evaden impuestos y pisan cabezas para conseguir un puesto de trabajo mejor ¿Los usan como tapadera? ¿Vanaglorian aquello que nunca podrán ser gracias a su vil corazón? ¿O es acaso la envidia la que les impide admirar a alguien como yo, alguien con sus mismas aspiraciones pero con un móvil para lograrlas con el que solo pueden soñar? Todos desean parecerse a mí, y su único consuelo es refugiarse en ellos, los buenos. Malditos buenos.

Vicente Ponce López
Móstoles - Madrid


Obsoleto

Maldigo mis poderes y no.... no es la responsabilidad... ojalá fuera la razón. Dios se ríe de mí, gran villano, oigo sus burlas...

Mi piel es impenetrable, poseo un factor curativo y no hay manera de que muera, doy fe de ello. Soy una mezcla de tus superhéroes favoritos, pero con una vuelta de tuerca... a lo Alan Moore o Frank Miller. Origen desconocido, me la suda, prefiero no saberlo... 

Sin padres, solo cuidadores, de los cuales ya perdí la cuenta como con mi edad, sí... soy un superhéroe que necesita cuidadores, muy típico. Tengo un factor curativo que ralentiza los tumores extendidos por todo mi cuerpo pero no es capaz de "curarlos", y no hay cirujano que los pueda extirpar. Me encanta ser impenetrable, me encanta ser inmortal; si preguntas por el dolor... sí, soy vulnerable al dolor.

Mi vida de superhumano ya era una gran mierda sin necesidad de sufrir estos dolores: leí que teníamos un sistema de autodefensa que al llegar a cierto nivel de dolor colapsaba nuestro sistema nervioso. Es maravilloso ser tan especial: también soy superincolapsable. Te felicito de nuevo Dios, porque pensé que siendo tetrapléjico no podías ser más cruel.

Rubén Ponce López
Salamanca


Súper Espagueti

Tras las calles repletas de salsa boloñesa, la marabunta de gente huía despavorida. El peligro acechaba en la ciudad. Albondigoz, tras años recluido en Cacerola city, había vuelto. Espagueti pensó que nunca más volvería a encontrarse con semejante enemigo. Un ser atroz, dispuesto a destruir todo aquello que encontrase a su paso. 

Súper Espagueti, dispuesto a salvar a todos los habitantes de la ciudad, llegó a tiempo a la casa de la familia Hambur, que llevaba horas intentando desalojar su casa.

Albondigoz y sus secuaces les impedían el paso. Buscaba venganza, y papa Hambur era su principal objetivo. Súper Espagueti, con su cola escurridiza, consiguió bloquear el ataque salsa boloñesa de sus secuaces. Expulsando tiras de espagueti de sus muñecas, los noqueó a todos. Albondigoz, sintiéndose indefenso, intentó huir con la mala suerte de caerse desde el ático  donde se encontraban. Todos se asomaron. Incrédulos,  divisaron desde lo alto a un  Albondigoz corriendo despavorido con lágrimas en los ojos. Con la caída, se había convertido en hamburguesa. El impacto le había jugado una mala pasada…

Dedicado a Leo
Esther Sanz
Irún – Guipúzcoa


Momentos heroicos

“Un superhéroe vive para luchar contra las injusticias. Incluso aunque sólo sean fantasías nocturnas producto de leer el último número de Lobezno”, pensó Benito aquella tarde de invierno. 

El capullo del Dr. Necio estaba allí, delante de él, humillándole e insultándole con palabras bonitas. Si sus dardos se hubieran destinado únicamente a Benito, a éste no le hubiera importado lo más mínimo, estaba acostumbrado, pero las garras grasientas de Necio se abalanzaron también sobre la indefensa Nerea, que temblaba como un junco en plena tormenta.

Los músculos de Benito se tensaron y el superhéroe que sólo nacía en el secretismo de la noche y que se recortaba a la luz de la luna, aulló por salir al exterior, aún a pesar de que perdería para siempre la protección del anonimato... A Benito ya no le importaba. Aún con aquel ridículo uniforme pegado a su cuerpo, Benito acabó propinándole una soberana tunda al Dr. Necio y Nerea lo comenzó a ver con diferentes ojos.

Benito se sentía genial. Ni la carta de despido disciplinario que recibió al día siguiente perturbó su ánimo. Había lanzado a su jefe a través del cristal de la hamburguesería donde trabajaba y era feliz.

Javier Yuste González
Pontevedra – Galicia


Valentina, una heroína muy fina

Valentina sigue viviendo en la misma casa que la vio nacer  hace 70 años, en un vetusto edificio que sin duda conoció mejores épocas, en pleno centro neurálgico de la vida social de una ciudad de provincias.

En la terracita del salón, Valentina instaló una mecedora en la que pasa las horas haciendo punto. El chirriante sonido de la mecedora se sincroniza con el tintineo de sus agujas entrelazándose en interminables nudos de bufandas. Teje con tal destreza que nunca mira sus puntadas, sino los escotes lascivos que lucen las indecentes jovencitas que han perdido la compostura y que circulan como vulgares barraganas en un exacerbado culto a la obscenidad.

Valentina sabe que ha venido a este mundo carnal a enarbolar la bandera del  decoro y las buenas formas. 

Cuando los pechos turgentes se avecinan a sus pupilas, extiende su bata de guatiné, se afianza la goma de sus bragas color carne y bufanda en ristre, se lanza desde la terraza cual ave rapaz, al escote de la depravada. Con una pericia sin igual, cubre de recato las voluptuosas formas de sus presas y con la voz quebrada en su propio júbilo grita:

- ¡Que la bufanda te acompañe!

Raquel Lozano Calleja
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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3 comentarios:

  1. Me quedo con "Obsoleto", a lo Frank Miller, mola

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  2. Hooola, fue el microrrelato de Déborah F. Muñoz, "El ilusionista".

    Un saludo desde las almenas

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