Venecia en La Biblioteca Encantada



El visitante

Mientras Venecia dormía bajo una fina capa de niebla, nadie podría sospechar que con la noche, un misterioso visitante se acercaba a las islas. De pie, en el centro de una góndola y completamente de negro bajo un manto que parecía absorber toda la luz, el Titiritero mágico entraba en la vida de los incautos habitantes de la majestuosa ciudad de piratas.

Cuando el sol se descubrió, los venecianos se maravillaron ante la inquietante y atractiva figura del Titiritero mágico y sus muñecos que hacía mover sin hilos, tan sólo moviendo sus huesudos y enguantados dedos. 

Era como un espectro de pesadilla, sobre todo cuando dejaba ver un poco su rostro, el cual no era más que una máscara roja sin expresión.

La Plaza de San Marcos o cualquier rinconcito misterioso de las profundidades del gueto judío eran el escenario perfecto para que el Titiritero mágico hiciera a sus muñecos bailar danzas increíbles, pelear contra pequeños dragones que lanzaban bocanadas de fuego o hadas sarracenas que se introducían en los pensamientos de todos los que, según ellos, tenían la inmensa suerte de cruzarse con alguna de sus actuaciones. 

Nadie sabía cuándo y dónde iba a aparecer el Titiritero mágico.

Torrentes de monedas caían si cesar sobre un sombrero viejo y raído que el Titiritero colocaba entre él y su concurrida audiencia. Cuando se acercaba alguien para depositar sus monedas, aquel individuo aspiraba el aire de una forma escalofriante y no pocos aventuraron con que fuese un ciego desfigurado por el fuego. No parecía haber otra explicación para toda aquella parafernalia.

“Es, sin sombra de duda alguna, la atracción de nuestra Venecia este otoño de 1904”, afirmaba tajantemente un articulista en su pequeño periódico, aunque copiando burdamente lo que otros ya habían escrito anteriormente en sus columnas.

Pronto la ciudad se sumió en un letargo obsesivo por buscar al Titiritero. La vida en Venecia parecía haberse convertido en un extraño sueño del que nadie parecía despertar cuando el dragón de hojalata lanzaba su bocanada de fuego… Tampoco cuando los canales se vieron asolados por decenas de cuerpos horriblemente mutilados…

Javier Yuste González
Pontevedra - Galicia


Maldigo el día en el que te conocí

Maldigo la hora en la que decidí viajar a Venecia, y más aun maldigo, alojarme en frente de una antigua juguetería de nombre “La Grotta della Fenice”. 

Una tarde, me encontré a la dependienta esperándome en la puerta de su tienda.

—Hola Edric, tienes un nombre característico para ser español —me dijo.
—Hola, ¿Cómo sabes mi nombre? —le dije acercándome con cautela hacia esa preciosa mujer que vestía con ropas anticuadas.
—Digamos que conozco bien al dueño de la pensión, por cierto me llamo Silvana.
— ¿Y puedo saber  el por qué de tu interés por conocerme? 
—Digamos, que me interesas ¿te gustaría pasar y ver mis obras de arte? 
—Si con obras de arte te refieres a esas muñecas diabólicas mejor no —le dije intentando parecer divertido.
—Entonces vete por dónde has venido —me contestó enojada mientras entraba de nuevo a su tienda.
— ¡Espera! No pretendía ofenderte, tus muñecas son… ¿inquietantes? —le dije sonriendo de oreja a oreja intentando arreglar mi entuerto.

Pero no me respondió, cerró la puerta en mis narices y colgó el cartel de cerrado mirándome fijamente.
Lo cierto es que no la había engañado, sus muñecas parecían tan reales que daban miedo.

Quise volver y pedirle una vez más perdón a aquella mujer tan bella.

Golpeé varias veces la puerta, pero nadie abría, entré a aquella tienda y miles de ojos me miraban desde cada rincón, todas y cada una de las muñecas me daban pavor.

Al no haber nadie, pensé que lo mejor era volver al día siguiente, pero en ese momento tras la puerta de la trastienda, oí un ruido, fui hacia él, abrí la puerta despacio, y lo que allí vi hizo que me quedara petrificado, no podía creer lo que estaba viendo, aquello era horrible, Silvana estaba… ¡dios mío! Salí huyendo de la tienda y esa misma noche cogí un avión de vuelta a España.

Ahora vivo angustiado, no logro olvidar todo aquello que vi.

¡Riiing! Sonó el teléfono.

— ¿Diga?
—Hola, soy el portero de su edificio, una señorita llamada Silvana está aquí y pregunta por usted ¿le digo que suba?...

Cristina
Cola de Sirena


El Antifaz

Se alza la neblina desde el agua de los canales de Venecia. Las farolas crean sombras que inquietan por sus repentinos cambios. Sartori se detiene frente a la vieja puerta verde de un oscuro negocio de antigüedades. Una placa dice que está desde 1770. "Hace cien años", piensa. Sabe que ahí está el antifaz Leopardi. Un escalofrío de placer recorre su espalda. Entra.

Al terminar de sonar las campanillas de la puerta, un anciano sale de detrás de unas cortinas. El interior está plagado de objetos de todo tipo y material típicos de Venecia: pinturas de sus canales, góndolas oscuras, balcones decrépitos, reproducciones extrañas de trajes para el Carnaval, pero, sobre todo, antifaces. Decenas de ellas. Pero, lo más llamativo son sus diseños retorcidos y malignos.

—Ah, signore Sartori, ¿viene a llevarse el antifaz que le gustó ayer? Uno molto speciale, ¿eh? Le mantengo el precio: due mille lire, prego.

Sartori sonríe pensando en la nada que es esa cantidad para lo que en realidad vale.

—Justa cantidad —agrega el anciano —para algo que fue del Divino Marqués, ¿verdad?
Sartori se pone serio. Así que también lo sabe. ¿Entonces...?
—Mediocre regalo del Príncipe Giacomo Leopardi cuando estuvo en la peor orgía que se recuerde en esta ciudad —dice Sartori con una sonrisa torcida —. Yo deseo ponérmela  para sentir lo que ese antifaz atestiguó.

El anciano lo mira ensombrecido.

—Leyendas. Cuentos. Patrañas. Pero, le recomiendo que no la use en plena neblina. Su último dueño enloqueció...

Sartori paga y sale del negocio. Se gira y ve que por la ventana el anciano lo sigue con la mirada. Ríe por lo bajo y se pierde entre callejones oscuros y las pesadas sombras de las góndolas negras. Al doblar una esquina, divisa la silueta de la catedral de San Marcos. Se detiene, abre el paquete y sin más se pone el antifaz de brillos dorados. Sus gritos de terror rebotan entre los balcones.

Eliseo Carranza Guerra
México


Réquiem de medianoche
El dulce olor de las flores colgantes, que amanecen en los balcones reconcomidos por el tiempo y el agua, imprime un recuerdo de una melancólica alegría y se pierde por los canales. Los cantares de los gondoleros, que imitan a los grandes cantantes de ópera, resuena por cada rincón de la ciudad, y esta los ahoga en el silencio del vaivén de los mortales. Son momentos de descubrimiento y de reflexión; de encontrar un trocito de nuestra alma perdida. La piedra filosofal de nuestra mente, que tan bien la escondió Dios envolviéndola en lo mundano.

Peligrosas e intrigantes las palabras que buscan respuestas a preguntas ancestrales. Que no se revelaron y que jamás se revelarán, por no contaminarse por la soberbia y la avaricia de los hombres. Aquí, rodeados de puentes y canales de mitos y leyendas, abordados por el pasado de las cosas, aquí es donde el amor florece y muere, mientras la vida se fabrica en casas adornadas con bajorrelieves curvados y frescos gastados por la humedad.

Con el silencio de los relojes no se detiene el ahora, de la misma forma que cualquier intento por detener a la naturaleza es una causa perdida. Y la ciudad que se sumerge lentamente en el Adriático, como una Atlántida de mediados de siglo, es testigo de ello. Sus habitantes se ocultan tras máscaras carnavalescas y se disfrazan de seres de otros mundos; de aquellos que viven bajo los puentes de piedra, de aquellos que trasnochan en los laberintos que la ciudad esconde, y de los pocos que caminan como fantasmas entre nosotros. Aunque a veces, y sólo a veces, es la noche la que ilumina esta ciudad de mercaderes y artistas; y el sol sólo se dedica a limpiar lo poco que queda de los sueños vividos, mientras la oscuridad reinaba.

Alexander Copperwhite
Murcia
Microrrelato Ganador del Concurso
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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