Microrrelatos Ciencia Ficción para la Biblioteca Encantada 75



La Odisea de Menesteo

El Crucero Estelar Casiopea I —nave de combate de clase alfa— arrimó la proa al muelle número cuatro de la Estación Orbital Constellation. Situada en el cuadrante occidental del cinturón de asteroides de la Luna Euler, constituía el último punto de avituallamiento de la flota en su camino de vuelta a casa.

Tras la dura batalla librada en la superficie del Asteroide NA-2345-Apohis  contra los rebeldes de la Confederación Minera, el Comandante de Crucero Arvidas Menesteo se disponía a pasar unas horas en sus dependencias personales. Dejó al mando a la Oficial de Primera Penélope y abandonó el puente de mando. En su camino se cruzó con varios infantes que hacían guardia en las galerías de acceso a los sectores más delicados del Crucero Estelar; armas mayores, armas menores, combustibles y la central potabilizadora de agua. Todos ellos le saludaron afables; también estaban contentos ante la idea de regresar a casa, sanos y salvos. 

Un año antes, la Confederación Minera Estelar se declaró en abierta rebeldía, al no acatar de buen grado la nueva política de la comisión senatorial de Minerales Esenciales; en las nuevas directrices se dejaba claro que los tributos a devengar a las arcas del gobierno aumentarían de forma exponencial durante los próximos diez años, y así de forma sucesiva en periodos de dos lustros. 

La Confederación Minera Estelar gozaba del privilegio de explotación de la mayoría de los asteroides del cinturón de Euler, lo cual le había reportado a la familia Arkán —titular de la mayoría de las acciones de la empresa— suculentos beneficios a los que no estaba dispuesto a renunciar.

Justo cuando el Comandante Menesteo se dejó caer en la litera, a estribor de la Estación Orbital, se abrió un campo de luz. No lo dudó un instante, era el preludio de una tormenta gaseosa…

Diego Castro Sánchez


Un viaje por el que morir

Sí, estaban muy contentos, dándose la enhorabuena unos a otros por su genialidad. ¿Qué mejor que enviar una nave no tripulada al interior de un agujero negro, recolectar datos, y traerlos de vuelta? De lo que no se hacían eco las noticias era del "elemento de seguridad" que iría en su interior, para el caso de que algo saliese mal. Y sí, ese "elemento" soy yo.

Con cuatro carreras universitarias finalizadas, una de ellas con honores, este iba a ser mi primer trabajo. 'No puedes dejar pasar esta oportunidad', dijo mi padre cuando se enteró del trabajito que me esperaba. Por supuesto, mi padre no era precisamente un entendido en física, o jamás se alegraría de una asignación como la mía. Espero.

Así pues, llegó el día del despegue. Lo bueno es que no tuve que apartar a un enjambre de periodistas queriendo escuchar mis últimas palabras. Últimas antes de la misión, quiero decir. Los miles de reporteros que se encontraban en la explanada no repararon ni un instante en mí. A fin de cuentas, yo no había participado en la creación de la nave, ni tampoco había desarrollado la aleación que, en teoría, iba a permitir explorar con seguridad el rincón más peligroso del universo.

Me pareció un mal truco de circo el hecho de que la escotilla de la nave estuviese totalmente camuflada, como intentado mostrar al mundo que ahí no había trampa ni cartón: era una maravilla no tripulada, sí o sí. En fin...

El interior, por otra parte, dejaba patente la poca intención inicial en contar con tripulación. Angosto, incómodo y oscuro; esas fueron las primeras tres palabras que vinieron a mi mente. Me acomodé lo mejor que pude, en espera del despegue.

La ignición comenzó de manera imprevista, sorprendiéndome. Ningún aviso por parte del Control Central, ninguna cuenta atrás, todos los pilotos apagados. Algo iba mal. Intenté contactar por la radio, pero tan solo conseguí un leve ruido como respuesta.

Ninguna información en los sensores. Funcionaban, o eso parecía, pero no mostraban datos. Era como sí...

Me toqué la cara. Esa mañana me había afeitado a conciencia (para estar guapo en la tele, pensé ingenuamente) y, a pesar de ello, noté como mis dedos frotaban una barba de, al menos, dos o tres días. El estómago, en ese momento, también quiso llamar mi atención con un sonoro rugido. Todo mi cuerpo ya sabía lo que había pasado, excepto mi cerebro, que no tardó en sumar dos más dos y darse cuenta de que, como estaba planeado, la nave había llegado a su destino.

Por desgracia, con visibilidad cero.

Me gustaría terminar diciendo que vinieron a rescatarme, que me convertí casi en un héroe para el mundo, y que mi padre estuvo orgulloso de mí. Puede que algún día alguien venga, no lo descarto; quizá recuperen la nave y la devuelvan al universo conocido, no lo sé. Lo único de lo que estoy seguro es de que, si ocurre, hallarán la nave con la escotilla abierta.

David J. Skinner


La Avantis

A la deriva va, siguiendo los derroteros que marcan las fantasmagóricas corrientes del viento solar. Un punto luminoso en medio de la eternidad del Universo. Errante y sin rumbo navega la Avantis, reliquia de un Pasado que no se supo salvar a tiempo. Su impoluta estructura, blanca y acerada de proyectil, contrasta con el oscuro interior de pasadizos herrumbrosos cubiertos de un polvo extraño. El aire reciclado durante siglos bombea la vida en su interior, pero es una vida dormida. Las bodegas de la Avantis se asemejan a un gran cementerio. Decenas de miles de capsulas la componen y, en cada una de ellas, una miríada de lucecitas parpadean en una sinfonía siniestra en la oscuridad del vientre de la ballena espacial. En el interior de cada nicho, un cuerpo, de hombre, perro, halcón… reliquias para aquel que sepa interceptar el curso errático de la Avantis cuando la descubra con su telescopio electrónico, al pasar por la órbita de su planeta. Pero debe darse prisa, ya que no todos siguen vivos y muchos comienzan a descomponerse en silencio.

Hay que darse prisa para coleccionarlos y colocarlos en vitrinas. Son seres olvidados que ahora están a merced del que quiera. La Avantis carece de defensas y los miembros de su tripulación hace siglos que se convirtieron en esqueletos unidos a sus mandos, sin posibilidad alguna de huir del vacío.

La Avantis es un gran sarcófago esperando a que un arqueólogo estelar lo encuentre.

Quizá ese momento… Ya haya llegado.

Javier Yuste González


Batalla en las Estrellas

Dick lo supo en cuanto la alarma se iluminó, el sistema de escudos defensivos había caído, solo era cuestión de minutos el que uno de los acorazados enemigos acertase el minúsculo blanco que ofrecía en la inmensidad y los enviasen directos al Infierno. Sin embargo, a pesar de que se sabía perdido, de que era más que probable que muriesen abrasados en cualquier momento, sonrió, se sentía vivo por fin después de muchos años...

A pesar de las protestas continuas de los droides de mantenimiento y del chillido alarmado de su robot piloto, arrebató los mandos de “La Argo” de sus manos mecánicas y se dispuso a pilotar personalmente por primera vez en lustros, estaba un poco oxidado, era cierto, sus reflejos tampoco eran los de antes, pero cuando esquivó dos cazas “A-1XB86” que venían directamente hacia ellos y fue capaz de alcanzar con su viejo cañón a todo un “B-534” y hacerlo explosionar tras dos certeros aciertos, supo que nunca tenía que haber dejado de pilotar su propia nave espacial…

Desde la zona de pasajeros llegaba el sonido de un tumulto creciente, aquellos estúpidos de ciudad no estaban acostumbrados a las brutales maniobras que estaba realizando, no le importaba, era eso o acabar tostado. Pulsó el indicador que aseguraba la puerta de la cabina e hizo caso omiso de los golpes y gritos que se escuchaban al otro lado. Pensó en aquellos gilipollas a los que estaba salvando la vida, ¿se lo merecían?, ¿debía salvar a aquellos groseros y arrogantes gobernantes que habían declarado la guerra sin pensar en toda la gente que sufriría por su causa? Y entonces supo que no iba a sobrevivir a aquella batalla, se puso a tiro de uno de los grandes acorazados y se sintió mejor que nunca, él solo iba a terminar con aquella guerra de mierda.

Javier Fernández Jiménez
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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