Cyberpunk entre libros



Hotto-San

Me siento rara. No es por el tifón que aplasta los últimos sembrados fuera de la ciudad. Ni siquiera por el olor a sangre evaporada de mi desecador mini. Más bien porque, en la última visita de mi madre al campus, según entró por la puerta le dije con voz muy alta: --¡Hembrononón!

Mis dos compañeras se excusaron del apartamento. Mi madre carraspeó sin acordarse de cerrar la boca. Disimuló y comenzamos una conversación normal.

Nada más irse, revisé mis apliques cerebrales. Lo malo de este tipo de "apuntes", es que a veces también se traspasan datos que no tienen nada que ver con la materia. Las profesoras nos suministran resúmenes limpios, inamovibles, sin interferencias emotivas. Pero una compañera siempre puede dejar alguna impresión en sus apuntes sinápticos, y al ser un sistema en pruebas, salen en automático para evitar daños neuronales. Cuando entró mi madre, estaba estudiando economía. ¿Quién me pasó los apuntes?

Horton. "Hotto-san". No sé para qué nos separan por sexos, si luego dejan entrar a alguien como ella. Voy a desactivar su archivo; prefiero aprobar economía a base de esfuerzo antes que volver a piropear a mi propia madre. Pero antes, a refrescarme la cara en el lavabo.

Miré en el espejo mi propio rostro, adornado por las gotas que aún resbalaban. Decidí girarme deprisa. Regresé por el pasillo, rumbo a la habitación, pero algo me hizo detenerme. No me había secado la cara. ¿No me la había secado, o...? No, tenía que ser eso. Volví al lavabo. Usé mi toalla, pero la cara me ardía de tal modo que tuve que remojármela otra vez. Una sensación cálida me inundó al mirar el reflejo de mi propia sonrisa. Me da vergüenza reconocerlo, pero aprobé economía.

Víctor Pintado
Madrid


Al otro lado del mundo

El campamento se extiende al otro lado del muro.

Los degradados habitan al otro lado del muro. Son una multitud; hambrientos, degenerados dentro de su propia decadencia.

Yo estoy a este lado del muro…por fortuna.

De este lado del muro las cosas no son mucho mejor, pero al menos estamos aquí. Y nadie nos discute esta situación.

Como cada estación vienen de todos sitios. Acuden en grupo o solitarios. Familias enteras o individuos exiliados de sus comunidades. Todos con un objetivo común: cruzar al otro lado del muro y después, al otro lado del mundo. 

Formo parte del Comité Selectivo de Recursos Humanos. Mi trabajo no es demasiado complicado. En realidad todo el trabajo lo realiza el ordenador central de la corporación. Nosotros lo llamamos, Yahvé. 

Yahvé elige a su pueblo…una reminiscencia religiosa que a la mayoría le hace gracia. Como un mal chiste.

Premisa fundamental. Hombres fuertes y jóvenes.

Necesario un Coeficiente Intelectual medio/bajo. Los clientes de la corporación no desean individuos conflictivos. No quieren a los que nosotros en el comité llamamos, Pensantes.

De forma inicial, estos suelen fingir sumisión y docilidad extrema. Pero una vez instalados en sus destinos, desarrollan una perniciosa habilidad para infiltrar en el resto de individuos sus ideas. Suelen ser ideas peregrinas, sobre igualdad de derechos, religión, raza y sexo. A nadie, al otro lado del mundo, le gustan los Pensantes. 

Para realizar esta selección se llevan a cabo una batería de test psicotécnicos, que separan la paja del grano. 

Una vez realizada la selección de individuos varones, se lleva a cabo la selección de hembras. Para ello se hace hincapié en sus cualidades como gestantes. No gustan las Gestantes, y la corporación suele llevar un férreo control de éstas, a fin de evitar la sobrepoblación al otro lado del muro.  

Hoy, en principio, es un día como otro cualquiera. Me he levantado temprano, he comprobado que las funciones de mi certificado digital de selección están al día y ahora estoy aquí, en lo más alto del muro, contemplando el remolino de degradados que se agolpa frente al Torno. 

Diego Castro Sánchez
Algeciras


Libertad

La imagen se pixela en los márgenes, pero es de altísima calidad. Sobre el campo de visión se superponen las etiquetas de realidad aumentada de los comercios que atestan el callejón de Nairobi y los iconos del interfaz. Altitud, velocidad y dirección del viento, temperatura, estado del sistema. Alerta: alguien ha llamado a la policía. El aire huele a lluvia ácida y metal caliente, a pólvora y al regusto cobrizo de la sangre que empapa la tierra sin pavimentar, reflejando los neones. Los sensores le permiten olerlo incluso desde su futón en un piso abandonado de Helsinki, conectada al vehículo no tripulado tan íntimamente que es como si su cuerpo fuera de fibra de vidrio, sus ojos las microcámaras HD, sus manos, las ametralladoras que acaban de fusilar al líder regional del principal clan de traficantes de oro, uranio y coltán de África Oriental. 

Se eleva hacia las nubes, enviando señales codificadas en todas direcciones en busca del camión nodriza. Una vez allí basta cerrar sesión; la contraseña de acceso cambia y la empresa estará lista para alquilarlo a otro ejecutor. No les interesa para qué lo quieran, solo el dinero. Como a ella. No sabe quién la ha contratado, y no le importa; podría ser un gobierno, la policía, la ONU, o el segundo clan de traficantes de África Oriental.  En columna, en la parte derecha de su campo visual, se alinean nuevos iconos, nuevas solicitudes, nuevos trabajos. Asesinatos en África, robos de datos en el Sudeste Asiático, sabotajes en Centroamérica, espionaje en Asia Central. Hoy es un drone en Nairobi, mañana un servidor en Bangkok o el sistema de control de una esclusa en Panamá. Es una sensación indescriptible, una libertad absoluta, más que humana. Puede estar en cualquier lugar, en cualquier momento. A veces se olvida de su frágil cuerpo físico sentado en posición del loto en Helsinki; ni siquiera sabe qué hacer con la paga, aparte de encargar alimentos y bajar actualizaciones. 
Hace un mes que no ve el sol con sus propios ojos. No recuerda la última vez que respondió a su nombre de pila. 
Enrique Castro
Santa Cruz de Tenerife


Transparencias

Se conocieron en un bar de la Sexta Avenida y después de unos meses quedaron en el mismo lugar para ver si su relación tenía solución. Cuando él reunió valor para decirle lo que sentía, alguien llamó al fotófono de ella y pasó media hora chateando después. Cuando ella encontró tiempo para hablar con él, tuvo que esperar una hora a que dejara de consultar su blog preferido y respondiera a sus mensajes sobre el tablero virtual de la mesa. Después de eso, descubrieron que las bebidas que pidieron a la llegada se habían agotado y el camarero les miraba con cierta impaciencia. Así que salieron y caminaron unos minutos por la calle iluminada de neón. Pero las distintas alarmas de sus dispositivos móviles, de nuevo, sonaban con insistencia. Hacía frío y empezó a llover. Se susurraron unas palabras de disculpa y se dieron un beso fugaz. Cada uno, enfundado en su abrigo de camuflaje ambiental, tiró para su lado. Entonces se dieron cuenta de que se iban a echar mucho de menos, volvieron ambos la cabeza, pero la figura del otro ya se había vuelto a fundir con la ciudad y era indistinguible del rastro de vacío que iban dejando el resto de los solitarios caminantes.  

Francisco Domínguez
Chapinería
Microrrelato ganador del concurso

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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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