Más erotismo en el Castillo con dos estupendos microrrelatos para subir el tono...


Inoportuno


Sus dedos fríos contrastaban con su interior mientras le subía a Lucía la parte de debajo de su vestido veraniego. Las florecitas se replegaron y se arrugaron mostrando más y más sus muslos y ella se deleitaba con el tacto helado sobre su vibrante piel. Él profundizó hasta agarrar las braguitas de su nueva “víctima”, aunque ella también era su verdugo.

La miró a los ojos como si fueran dos espejos.

Sus piernas se abrieron más sobre la mesa en la que la había colocado. Las uñas rojas se clavaban sin pudor ni piedad sobre la espalda de su amante.

Lucía abrió la boca. Sus labios… rojos, cubiertos de saliva. 

Necesitaba respirar más. Su corazón no podía soportar el empuje y el calor que ondeaba con furia dentro de su cuerpo.

Él asió los bordes de encaje de las braguitas de Lucía, que gemía en la oscuridad menguante de aquel rincón. Al otro lado de la pared, la vida bullía y podía escuchar voces conocidas.

Un violento movimiento acercó lo máximo su sexo, aún cubierto, a la bragueta a punto de reventar. Iba a quitarle las bragas, a arrancárselas más bien, pero ella quería otra cosa.

-Con la boca…
-¿Perdón?

La cara de tonto fue para enmarcar. Aquello rompió el encanto… Había que ser pardillo para no saber qué le exigía ella. La sangre iba menos al cerebro y más a otras partes, sin duda. 

Lucía frunció los labios y masculló un improperio por lo bajo.

Solo la posibilidad de que alguien abriera la puerta mientras lo hacían, mantenía su fuego vivo. Tras la estupidez de su amante, solo el sentir su sexo dentro del suyo, desplazándose en su marea, y saber que alguien los iba a descubrir era lo único que la obligó a quedarse allí.

Javier Yuste González


¿Te atreves?

Era una situación extraña, un momento embarazoso. ¿Verdaderamente, me estaba pidiendo aquello? Supongo, que en aquel momento mi vena aventurera decidió por mí. Interné dos dedos en mi entrepierna, como me había pedido, y comencé a tocarme sin escrúpulos, si vergüenza. Era la primera vez que me masturbaba en público, pero mirar sus ojos brillantes, expectantes, lo hacía más sencillo. El ritmo de mi mano aumentaba conforme nuestros jadeos subían de intensidad, hasta que por fin, descargué sobre mi palma, sintiendo el orgasmo chorrear por mis piernas. Tomó mi mano y la metió dentro de su boca, chupando mi lubricación, cerrando los ojos con fuerza, disfrutando del sabor. Una vez limpió mi piel por completo, nuestras bocas se juntaron con desesperación. Su lengua, cálida y pringosa, tenía mi sabor. Agarré su nuca, profundizando el beso, convirtiéndolo en algo obsceno, necesitado, prohibido. 

Cuando menos lo esperaba, tiró de mi pelo hacia atrás y separó nuestros cuerpos bruscamente; con media sonrisa y entrecerrando los ojos, me dijo:

— No me basta con probarte de esta manera, quiero beberte directamente, ¿te atreves?

Asentí. 

La luz de la ventana despegó mis ojos hinchados, desconectó el lujurioso sueño de mi subconsciente, me arrebató el momento y sin poder evitarlo, grité.  

— ¿Te encuentras bien? — Dijo mi marido incorporándose sobre la cama. 
— Solo ha sido un sueño, no te preocupes. 

Salí del cuarto, acalorada y con la firme decisión tomada. Bajaría al salón, llamaría a mi compañera de oficina y terminaríamos lo que habíamos empezado en el lavabo del trabajo. Pronto sabré cómo sabe tu sexo, María; y tú disfrutarás una vez más del mío. Me atrevo a decir que el sueño está cumplido. 

Irene Comendador

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Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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3 comentarios:

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