Microrrelatos históricos en La Biblioteca Encantada



Darí Dará

Darí Dará se convirtió en paloma cuando aún era un polluelo en su nido, recurrió a un hechicero para convertirse en lo que no era. Madura y blanca pero pequeña por dentro con la inocencia de un polluelo que es lo que debía haber sido. Con las prisas de crecer y estar con sus hermanas las palomas para alzar el vuelo en la época que no le tocaba. Pues así el hechicero se lo hizo saber antes de convertirla en adulta. Este hechicero estaba apartado en el bosque en un lugar mugriento y apestoso, en donde el barro te tragaba si caminabas por él, eran arenas movedizas. Hasta los hierbajos crecían y ni siquiera se podía ver el agua de un riachuelo que pasaba por aquel lugar. En los próximos días ya preparaban sus hermanas el recorrido para la emigración en el cambio de estación, pero el recorrido que hizo Darí Dará todavía fue peor cuando pequeña aun fue a visitar al hechicero con sus patitas pequeñas y sin poder volar, esquivando las malas hiervas y las arenas movedizas. Cuando vio por primera vez al hechicero entre boles y cazuelas, pócimas y especies en una casa hecha de trozos de madera y barro, se asustó pero el hechicero la tranquilizó con su voz noble y buena, ya que casi siempre las apariencias engañan, pues así trató a Darí Dará con dulzura y nobleza, mas que era él así por tradición y cultura le enseñaron sus antaños todo lo que sabía y con sus propios conocimientos que adquiría mientras cumplía años. Siendo ya una bella paloma blanca voló en el día señalado con sus hermanas las palomas hacia un lugar mejor, en donde podrían hacer sus nidos en bellos árboles de algún pueblo cercano de algún parque floreado.

Nani Pons
Valencia


Hace 400.000 años...

Color rojo fuego en el cielo, llamaradas de nubes amarillas bañadas en velos naranjas bañan el cielo, siento el frío bajo mis pies que… están descalzos, mis manos heladas sujetan mi cabeza cansada, mi cuerpo semi desnudo emana un cierto olor entre cuero y animal, una especie de harapo color marrón cubre mi piel,  el blanco fluido de la luna baña mi cara, mi mirada se escapa hacia el horizonte donde varias sombras acordonan un centro, el baño de la luna me deja entrever una figura sentada en el suelo con las piernas cruzadas y en medio de ellas tiene unas piedras, ¿qué hará con ellas?, yo aquí helada sin apenas poder moverme y esa gente jugando con las piedras, las frotan unas contra otras, es como si estuviera viviendo en sueños la creación del fuego, no puede ser otra cosa, sí, estoy soñando, he viajado largo y tendido en el tiempo, y ahí están ellos, la luna ya vino, y …yo mientras contemplo como comienza una chispita a  emanar de aquellas piedras, una chispita que se eleva al baile del movimiento de la luna, humeante, solitaria hasta engrandecerse y formar una gran masa de fuego que iluminaba los rostros de los comensales erectus.

Pero algo  pasa, todo se nubla, no por dios, no quiero despertarme, quiero ver más, ¿dónde tendría que cambiar la hora de vuelta de este sueño?, a eso no me enseñaron, por unos momentos noto como si cayese de la cama pero al segundo me veo de nuevo allí, escondida entre unas piedras, el sol ha inundado toda la escena, ya no hay sombras, no hay piedras, no el fuego se esfumó entre cenizas, pero ahí siguen y hacen cosas curiosas, parece que estuvieran comiendo algo, pero un momento, no, no comen, tienen como grandes trozos de pieles sujetándolos con la boca y con las manos las raspan y las limpian, gran fábrica de confección del homo erectus, sus dientes y sus manos, pero de nuevo una espesa niebla cubre de nuevo mis ojos, devolviéndome de nuevo 400.000 años mas allá a la tierra.

Marse Sobrino
Ciudad Real


Polvo antiguo

Aquella tarde de verano el sol pegaba fuerte, pero no lo suficiente como para amilanar el fervor infantil por el verano y la lejanía de las clases. Bien podría freírse un huevo sobre aquel alquitrán que aquel chaval tan bien conocía por sus no pocas caídas de la bicicleta y sus cicatrices cubiertas de mercromina, algo de lo que alardeaba orgulloso ante sus amigos.

El paisaje era un tanto desolador. Un pequeño valle caía hasta un riachuelo domado por la mano del hombre y el hormigón. A las espaldas del terco crío, crecía una gris urbanización de chalets con lujosas vistas a un complejo de naves industriales.  Él quedaba justo en medio, en aquella franja de asfalto solitario donde la bicicleta a galope tendido era la única reina.

Sudoroso, se sentó en la acera y la desagradable sensación de calor extremo atravesando la tela de sus pantalones cortos le embargó durante unos segundos hasta que desapareció. Todo ardía bajo aquel sol, hasta las piedrecitas y escombros de las obras adyacentes de los nuevos y extraños ricos.

Sin darse cuenta, el asfalto comenzó a verse inundado por un torrente de agua de procedencia inexplicable. Lo que fueron milímetros, se convirtieron en centímetros. Las zapatillas de deporte del chaval  pronto se encharcaron ante su mirada atónita y petrificada. Era agua salada… Pero… la playa estaba a varios kilómetros de distancia.

El torrente ganó fuerza pero el chaval no se movió de su sitio a pesar del ímpetu del agua que lo terminó por cubrir. Abrió los  ojos y vio decenas de animales que habían escapado de las estampas de sus cromos de Historia natural. Peces con armadura y de aspecto imposible nadaban  de nuevo, rumbo al mar. Era una maravilla… Pero pronto se quedaría sin aire y era ya momento de que la imaginación fuese dominada por el hormigón. 

La sequedad del sol de verano regresó y no quedó rastro de aquel Pasado más que un pequeño fósil de ammonite que el chaval encontró entre los escombros de un chalet y que se deshizo entre sus dedos nada más tocarlo.

Javier Yuste González
Pontevedra – Galicia


Coliseo

Jaime salió del metro y se dirigió, caminando por la Vía Labicana, hacia la imponente y cilíndrica construcción. A pesar de que el lugar se encontraba abarrotado de gente —turistas, principalmente—, la imagen del Coliseo se impuso sobre todas las demás, llenando por completo su visión y su mente.

Por un instante creyó escuchar, proveniente de su interior, el sonido de africanas fieras, los gritos de los gladiadores y también algunos vítores ahogados de los espectadores, ansiosos de espectáculo y sangre. Cerró los ojos, intentando visualizar la escena, mas no consiguió otra cosa que el empujón de un hombre rechoncho que portaba una pequeña cámara. Se acercó un poco más.

El entrechocar de espadas resonó con fuerza, aunque tan solo él era capaz de escucharlo. Las verjas de hierro estaban cerradas, pero podía intuirse el desarrollo del combate que se mantenía en el interior: uno de los gladiadores, quizá hispano, levantaba su escudo mientras el otro atacaba con fuerza. El público estaba ahora en silencio, esperando la inminente resolución mientras degustaban extraños manjares. El hispano dio un golpe de escudo que, además de desarmar a su adversario, hizo que se tambaleara y perdiera el equilibrio. La lucha iba a terminar.

Fue entonces cuando el centurión se acercó a él. ¿Tal vez sería Jaime el siguiente combatiente? El centurión le habló, en un tono que era a la vez cortés y contundente:
—Vuoi una foto, signore?

David J. Skinner
Madrid
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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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