Microrrelatos basados en "La ciudad silenciosa"


Mañana

Los crujidos y chasquidos que se escuchaban por las noches en el pequeño apartamento no eran tan aterradores como la incertidumbre de lo que podía encontrarse en el exterior. Esa tarde, Juan –en un alarde de valor– había apartado ligeramente las cortinas de la ventana del salón. El sol, a punto de desaparecer en el horizonte, iluminaba una ciudad inerte e inerme, repleta de objetos y vacía de personas. Por un instante se planteó abrir la ventana y gritar con todas sus fuerzas sobre el desolado paisaje urbano.
Sólo por un instante.

Tras cerrar nuevamente la cortina se dirigió a la cocina, donde una interminable colección de latas de comida lo esperaba. Abrió una y se dispuso a cenar.

¿Qué había sido ese ruido?

Se levantó y, con cuidado, observó de nuevo el exterior, en esta ocasión desde el pequeño ventanuco de la cocina. Sí, había una luz ahí fuera; un foco, o quizás el faro de un coche. Como si un resorte se hubiese activado, comenzó a asearse y a vestirse, cosas ambas cuya costumbre casi había perdido. Tras ello, se situó frente a la puerta de entrada, levantando hacia ella su temblorosa mano.

Unos segundos de vacilación acompañados del estruendoso sonido del más absoluto silencio hicieron que tomase una decisión. Con calma volvió a quitarse la ropa, a ponerse el batín, y a encaminarse hacia la cocina. Tal vez mañana abriese la ventana; puede que gritase; quizás, incluso, saldría del apartamento.

Pero hoy no.

David J. Skinner
Madrid
Microrrelato leído en La Biblioteca Encantada


Miedo 

El miedo a salir había superado al instinto maternal de su vecina. Estaba claro. Sólo eso explicaba que su mocoso, de apenas siete años, estuviera merodeando solo en medio de la calle. Una calle en la que últimamente merodeaban los animales salvajes. Pero no era su problema. O quizás sí. No podría vivir con su conciencia sin el chiquillo moría devorado frente a su casa, pero al igual que todo el mundo era incapaz de salir fuera.

Cogió el teléfono y llamó a la madre. No hubo respuesta. Volvió a intentarlo, con el mismo éxito. Cogió su megáfono para llamar su atención, pero ni siquiera se atisbó movimiento en la casa. Quien sí se acercó fue el niño, que estaba en los huesos.

Entonces cayó en la cuenta de que habían pasado semanas, y que no todo el mundo tenía un búnker totalmente equipado con provisiones para tres años en su sótano. Probablemente la madre le hubiera dado las últimas raciones y ahora estuviera muerta, como casi todos los demás. El misterio era cómo el crío había logrado vencer el miedo y salir a la calle. Suspirando, abrió la puerta y le invitó a pasar. Tendría que compartir sus provisiones, no era tan inhumano. Además, con un poco de suerte, descubriría cómo salir él también.

Déborah F. Muñoz
Madrid
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1 comentarios:

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